El manual que no me dieron. Límites abstractos y la trampa de la responsabilidad
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Cuando recibí mi diagnóstico tardío de AuDHD (y mientras intento descifrar mis Altas Capacidades en un entorno que prefiere no mirar), pensé que la clínica y la academia tendrían respuestas. Creí que, una vez que alguien le pusiera nombre a mi forma de procesar el mundo, las herramientas empezarían a aparecer y tendrían sentido. Que el mundo sería un poco más habitable.
Qué ingenua.
Hace poco, durante una internación, escuché —una vez más— una frase que probablemente muchísimas personas hayan recibido alguna vez:
"Tenés que aprender a poner límites."
No me enojó. Me desconcertó.
Porque mi cerebro no escucha esa frase como una metáfora. Escucha una tarea incompleta.
Entonces apareció la primera pregunta.
¿Después de tantos años de terapia todavía no aprendí a poner límites?
Y esa pregunta abrió muchas más.
¿Cómo sabés que es el momento de poner un límite y no simplemente de esperar un poco más?
¿Cómo distinguís una discusión incómoda de una situación que ya se volvió abusiva?
¿Cuándo insistís y cuándo es más seguro retirarte?
¿Qué tono de voz usás para que el mensaje sea claro sin que parezca una agresión?
¿Cuántas veces repetís el mismo límite antes de aceptar que la otra persona no quiere escucharlo?
¿Qué hacés si llora?
¿Y si grita?
¿Y si dice que sos egoísta?
¿Y si quien está del otro lado es tu madre? ¿Tu padre? ¿Une profesore? ¿Tu jefe?
¿Y si dependés económicamente de esa persona?
¿Y si sostener ese límite implica pasar tres días recuperándote de un meltdown?
¿Cómo sabés, en medio de toda esa incertidumbre, que realmente estás haciendo lo mejor para vos y no simplemente sintiéndote culpable por dejar de complacer?
Para una mente que necesita comprender el procedimiento antes que la consigna, "aprendé a poner límites" se parece bastante a que te sienten en la cabina de un avión en pleno vuelo y te digan:
"Bueno... volá."
Y ahí empecé a sospechar que el problema no era solamente esa frase. Era algo mucho más grande.
Con el tiempo empecé a notar un patrón.
No importaba si el tema era una internación psiquiátrica, una universidad con barreras que expulsan silenciosamente a quienes no encajamos, una familia que infantiliza o un trabajo donde el masking es obligatorio.
Las respuestas cambiaban de forma, pero no de dirección.
"Tenés que regularte mejor."
"Tenés que comunicarte mejor."
"Tenés que aprender herramientas."
Siempre había algo más que yo debía hacer.
Nunca aparecía una pregunta sobre el entorno.
Nunca aparecía la posibilidad de que el ambiente también necesitara transformarse, aprender herramientas o asumir responsabilidades.
Durante esa internación esto se volvió especialmente evidente. El eje estaba puesto en desarrollar estrategias individuales de regulación emocional.
Y claro que esas herramientas pueden ser valiosas. Las sigo aprendiendo.
Pero empecé a preguntarme algo que todavía no logro sacarme de la cabeza.
¿Cómo se supone que una persona debe regular un sistema nervioso que está siendo agredido de manera constante?
No alcanza con respirar profundo si las luces encandilan, el trato es infantilizante, el ambiente resulta manicomializante o las instituciones producen violencia a través de su propia organización.
(Hablaremos mucho más sobre esto.)
Hay una diferencia enorme entre ayudar a alguien a desarrollar recursos y convertir esos recursos en la explicación de todos los problemas. Entonces empecé a preguntarme por qué situaciones tan distintas terminaban siempre recibiendo la misma respuesta individual.
Creo que ahí aparece una de las trampas más persistentes de cierta salud mental contemporánea.
Los consejos abstractos.
"Poné límites."
"Regulate."
"Gestioná tus emociones."
"Dormí mejor."
Consejos que parecen universales precisamente porque omiten aquello que más necesitamos:
el procedimiento.
¿Dónde están los manuales?
Porque poner un límite no es una idea.
Es una secuencia de decisiones.
Es un guion.
Es saber qué decir.
Qué hacer cuando la otra persona se enoja.
Cómo responder si intenta hacerte sentir culpable.
Cómo sostener la decisión cuando aparece la vergüenza.
Cómo calcular el costo que esa conversación va a tener sobre tu energía.
Con el tiempo descubrí que muchos límites ni siquiera empiezan con un "no".
Empiezan con una frase mucho más difícil: "Esto es lo que necesito."
Necesito bajar la luz.
Necesito que me avises antes.
Necesito terminar una tarea antes de empezar otra.
Necesito irme.
Necesito silencio.
Necesito que no me hables así.
Necesito pensar antes de responder.
Necesito descansar.
Durante años me resultó mucho más fácil adaptarme a las necesidades de todo el mundo que identificar las propias. Y creo que ahí hay otra trampa.
No podemos poner límites sobre necesidades que todavía no aprendimos a reconocer (hola y gracias alexitimia).
Muchas personas divergentes crecimos aprendiendo a desconfiar de nuestras propias señales para sobrevivir.
A ignorar el cuerpo.
La saturación.
El cansancio.
La incomodidad.
A convencernos de que exagerábamos.
De que éramos demasiado sensibles.
Demasiado intensas.
Demasiado complicadas.
Entonces no alcanza con decirnos que pongamos límites. Primero necesitamos reconstruir el mapa que nos enseñaron a borrar.
Por eso este espacio no se llama Apuntes Neurodivergentes.
Elegí llamarlo Apuntes sobre Divergencias.
Porque me interesa pensar las divergencias en relación con la norma.
Esa idea que nos enseñaron a percibir como natural e inmodificable, como si no estuviera atravesada por la historia, la cultura, las relaciones de clase y las necesidades del sistema en el que vivimos.
Durante demasiado tiempo las divergencias fueron estudiadas como excepciones.
A mí me interesa estudiar la norma.
¿Quién decidió qué era normal?
¿Para qué?
¿A quién beneficia?
¿Qué personas deja afuera?
Porque cuando la norma se vuelve invisible parece natural. Y pocas cosas son más políticas que aquello que logra presentarse como inevitable.
La exclusión no nace únicamente de una forma diferente de procesar la vida. Nace del encuentro entre eso y una escuela, una universidad, un hospital, un trabajo o una familia organizados como si solo existiera una manera válida de habitar el mundo, de existir.
Las divergencias no existen en el vacío.
También son una pregunta política.
Feminista.
De clase.
Y quizás por eso prefiero hablar de divergencias.
Porque no solo describen una forma distinta de procesar el mundo.
También expresan la posibilidad de divergir de las normas que producen exclusión.
Este espacio nace porque me cansé de las respuestas que terminan patologizando individuos aislados.
Y también porque me cansé de creer que alcanza con cambiar de profesional cuando el problema muchas veces es mucho más profundo.
Quiero investigar otra cosa.
Quiero preguntarme por qué problemas tan distintos reciben siempre la misma explicación individual.
Quiero entender cómo las instituciones producen discapacidad.
Quiero cuestionar las prácticas individualizantes y capacitistas, y reivindicar aquellas que construyen comunidad, apoyos y organización
Quiero investigar —junto con quienes quieran pensar conmigo— los manuales que nunca fueron escritos y las preguntas que nunca nos enseñaron a hacer.
No porque crea que un buen manual vaya a reemplazar la necesidad de transformar el mundo.
Al contrario.
Los necesitamos para sobrevivir mientras lo transformamos.
Porque ninguna estrategia individual reemplaza una transformación colectiva.
Nadie se salva sole.
Pero tampoco alcanza con encontrarnos entre quienes compartimos una experiencia. Necesitamos organizarnos para disputar las condiciones materiales que producen exclusión, precarización y sufrimiento.
Si algo me enseñó este recorrido es que el problema rara vez empieza —o termina— en nuestros cerebros.
Empieza mucho antes.
Empieza en las instituciones.
En las relaciones de clase.
Y en un sistema que convierte problemas colectivos en responsabilidades individuales.
El burnout se vuelve falta de resiliencia.
La pobreza se vuelve falta de mérito.
La discapacidad se vuelve incapacidad personal.
La violencia institucional se vuelve un problema de regulación emocional.
Cambian los nombres.
La lógica es la misma.
No alcanza con adaptarnos mejor.
Necesitamos imaginar —y construir— un mundo donde vivir no implique sobrevivir todo el tiempo.
Un mundo donde el cuidado deje de ser un privilegio.
Donde la accesibilidad sea un principio de organización social.
Donde nuestras diferencias no tengan que justificarse para existir.
Y donde podamos dejar de sentir vergüenza por defender un horizonte emancipador, colectivo y profundamente humano frente a quienes quieren convencernos de que no hay alternativa.
No sé si este newsletter cambiará algo.
Pero sí sé que ninguna transformación empieza con respuestas perfectas.
Empieza cuando dejamos de creer que nuestros problemas son únicamente individuales y nos animamos a investigarlos, compartirlos y organizarnos colectivamente.
Si llegaste hasta acá, quizás ya seas parte de esta investigación. 📚
💬 ¿Qué "manual" necesitabas y nadie escribió?
💬 ¿Qué estrategia inventaste para sobrevivir que nunca viste en un libro?
💬 ¿Qué experiencia cambió tu forma de entenderte?
Quiero que Apuntes sobre Divergencias sea un lugar donde esos manuales empecemos a escribirlos entre todes.
Porque compartir estrategias nos ayuda a vivir hoy.
Pero organizarnos puede ayudarnos a construir un mundo donde la vida merezca ser vivida.
Porque, si estos apuntes tienen algún sentido, no es porque yo tenga las respuestas. Es porque sospecho que muchas de las preguntas que nos hacemos en soledad son, en realidad, preguntas colectivas.
Y cuando una pregunta deja de ser individual, deja también de ser un problema privado.
Puede convertirse en investigación.
Puede convertirse en organización.
Y, con suerte, puede convertirse en una herramienta para cambiar el mundo.
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