Son dueños de un país que detestan.
Buitres que observan desde la montaña a sus presas. Ahí están.
Con sus rostros inmunes y perfumes frescos.
Reyes con coronas de lata que se mecen en diluvios de licor ahogando con su sangre la felicidad del otro.
Se relamen esperando el momento de atacar.
Con sus garras afiladas, su codicia fértil, la mirada atenta y la sonrisa opaca.
Pobres con trajes caros.
Pobres con autos nuevos.
Pobres de amor y de fe, intentando comprar un alma con papel.
La vida de un pobre rico sin amor.
La historia que los recordará como espejos de cartón.
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