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Mio Sakine

Escritura y literatura
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Beso.

Se moría por un beso suyo, sus labios lo llamaban desde el otro lado de la sala y lo mantenían completamente atontado cada vez que se desconcentraba de la música que sonaba. Sebastián, su amigo, lo animaba a acercarse a Javier y hablarle, pero Damián no se animaba. Había estado durante meses mirándolo en el colegio en los recreos, intentando recobrar valor para acercarse y hablarle, aunque sólo fuera para pedirle el número, pero los nervios lo traicionaban y decidía no hacer nada. Miró el vaso que tenía en la mano con la tenue luz que apenas era suficiente para poder ver por dónde iba sin tropezar. Pensó que ésta sería la última vez que podría hablarle, puesto que Javier era un año menor que él y se graduaría el año siguiente. Tomó un sorbo de su bebida y miró a su alrededor, gracias a un grupo de compañeras que habían decidido organizar aquella fiesta contaba con una última ocasión. Desvió la mirada a Javier sintiendo como se le agolpaba la sangre en la cara cuando sus miradas se cruzaron. Respiró profundo, tomó valor y se acercó a él con nerviosismo. No desvió la mirada de sus labios curvados en una sonrisa radiante. Al principio, las palabras casi no le salían provocando que los amigos de Javier y él mismo soltaran pequeñas risitas, se sentía cohibido y avergonzado. Pensaba en abandonar la idea, pero, antes de que pudiera pensar en alejarse, Javier lo tomó de la mano y lo llevó a través de los demás chicos que bailaban en medio de la sala hasta afuera. Luego, lo guio hasta un costado de la casa, dónde parecía que iban a tener un poco más de privacidad. Javier se recostó contra la pared sonriéndole cómo si fuera lo único que supiera hacer en aquel momento. Luego de unos minutos en silencio, que a Damián le parecieron eternos, Javier le comentó que se había percatado de sus miradas furtivas durante el último tiempo y, sobre todo, desde que llegó a la fiesta. El futuro graduado se sintió avergonzado al escuchar aquello, pero se relajó al sentir la mano contraria rozar la suya hasta tomarla. Damián tomó valor nuevamente, acortó la distancia que los separaba y, rogando que no lo rechazase, lo besó. Cuando se separaron, Javier le pidió entre risitas que quitara la cara de vergüenza que tenía, que no había por qué después de todo. El mayor inhaló profundo, contuvo el aire unos instantes y exhaló relajándose, le mostró una sonrisa recibiendo como respuesta un beso fugaz.
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