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Mio Sakine

Escritura y literatura
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Miradas.

Sus ojos negros penetrantes, labios color cereza gracias al labial que tanto le gustaba verle usar, los risos negros como el carbón adornado delicadamente con sencillos broches posicionados a cada lado de su cabeza. El vestido hacía lucir su esbelto cuerpo, había tomado una buena decisión al elegirlo. Se percató de la sonrisa que su amiga le dedicaba a través del espejo, haciendo que la sangre se le agolpara en las mejillas. Le devolvió la sonrisa con timidez, cómo si la hubiera conocido aquella misma noche y no cuando eran unas niñas que aún correteaban en pañales por la casa. Miriam le hizo una seña con la mano, quería que terminaran de prepararse juntas para el baile de fin de curso. Vanesa se acercó intentando ignorar el rápido latir de su corazón, parecía que en cualquier momento se le saldría del pecho. —Te ves muy bonita, Vane. —Nada comparada contigo —le contestó evitando hacer contacto visual. —Es una pena que no consiguieras pareja para el baile. —Tú tampoco tienes una. Vanesa levantó la mirada tímidamente hacia su amiga, esta le dedicó una sonrisa, la más dulce y radiante que había podido verle dibujar, casi parecía iluminarle el rostro y empalagarla al mismo tiempo. —No tengo pareja porque tenía la esperanza de que fueras tú quien me acompañase como tal. Fue entonces cuando los ojos verdes se clavaron en su rostro, desatando el nerviosismo que había podido contener hasta aquel momento, notó sus mejillas sonrosadas y las pequeñas pecas que su amiga detestaba, pero que ella adoraba admirar como quien admira las estrellas. La vio abanicarse con la mano y desviar la mirada a cualquier otro rincón que no fuese su rostro. Notó que inhalaba profundamente, inflando el pecho lo más que podía, se acercó a ella y le rozó los labios en un beso torpe, pero cargado del amor que había florecido durante tantos años.
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