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Mio Sakine

Escritura y literatura
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Invitame un Cafecito

Ya no.

Isabel clavó su mirada en el repasador que Manuel dejó con rabia sobre la mesada con la tenue luz que se encontraba bajo la alacena. Anoche, después de discutir como de costumbre, Manuel decidió irse dejando a su mujer sola con una marca en su mejilla. La oscuridad comenzaba a disiparse gracias a la claridad que le traía la mañana, indicándole que había pasado la noche llorando apoyada en el desayunador. De nuevo se había desvelado después de una pelea. Aún le resonaba en los oídos los gritos de Manuel diciéndole lo inútil que era por no tener la cena lista cuando él llegaba del trabajo, que no había limpiado bien la casa, que no sabía cuidar a Sofía porque dejaba que se fuera a la casa de su amiga sin haberle preguntado antes. Todas sus reconciliaciones eran iguales desde que se casaron, sabía que cuando Manuel volviera le pediría que lo disculpe, que estaba muy estresado por el trabajo y que ella lo provocaba, que no lo volvería a hacer. Las lágrimas se le escapan de nuevo. Volvería a pasar, siempre volvía a pasar, lo sabía. “Aguantá, nena”, diría su mamá, “las mujeres estamos para aguantar”. Miró el reloj de pared, Sofía volvía en cinco horas y a Manuel no lo veía hasta la noche. Salió de la cocina y caminó hasta la pieza de su hija con dolor pero decidida. “Aguantá, nena”. Abrió la puerta, tomó una mochila que Sofía ya no usaba y cargó una remera, un pantalón, un buzo, ropa interior, su muñeco favorito. Se metió en su cuarto, guardó la misma cantidad de ropa en su bolso y salió. “Aguantá, nena”. Ya no.
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