La dulce tragedia deleitada,
sentimiento anonadado
del alucinante deseo,
estupor de dilemas.
Rodeados de presencias banales,
acechado por el enfático tiempo,
que pasa por pasar para consumirnos,
entre el sueño y la palabra,
y unos besos imprudentes,
se escabulle el barrunto presagio;
presente color de nuestro arte,
que vive el momento
y respira las ansias,
zafadas de nuestras angustias.
¿Qué somos?
La parábola desastrosa,
de una metáfora existente.
¿Qué esperamos?
Lo inesperado,
lo más complicado: la nada.
A pesar que te mienta honestamente.
¿Qué hacemos?
Respiramos involuntariamente,
con propósitos idóneos,
dónde el pesimismo se entrelazan
en nuestra manos,
caminado sin estar seguro del siguiente paso.
En fin, hay que disfrutar
de esta peripecia,
de esta eterna despedida,
de un perecedero saludo...
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