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El juego de la tortuga
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El dolor de espalda me dice que algo anda mal. Que cargo con cosas que no son mías. Que me exijo mucho. Que tengo que parar. Eso dicen, los que hablan de síntomas y emociones. Me lo dice una vecina, mi amiga la que hace yoga, el taxista que dice que escucha mucho en la radio que vos 'sabés piba que todo está relacionado con todo, viste'.
Salgo del masajista, y de nuevo 'todo esto que vos tenés viene de algún lado negra, seguro algo te anda pasando porque esto es algo de eso, así nomás te digo'. Me mira con cara de "vos me entendés" y yo se la devuelvo con una de "claramente que te entiendo", y me voy, caminando por la calle, sin entender, con pensamientos vagos, de cómo tratarme mejor: y aún más, cómo ser la mejor versión de mi, de un ideal que no existe ni existirá jamás.
Voy caminando sin pisar las rayas de la vereda, sin que nadie se entere de mi tonto juego. Sin que nadie se entere. Así. Así es mejor. Siempre funciona.
Señor taxista, usted no sabe que tengo un secreto que no le puedo contar a nadie. Juego con las baldosas, cuento números hacia atrás, me invento chistes y rio por dentro. Me hablo y me contesto, y hago ovillos en mi cabeza que se estancan en mi pecho. Me hago pequeña por las noches y abrazo un almohadón viejo. Luego me despierto, y me recubro con un pesado y enorme caparazón, que me acompañará a donde vaya. Me gusta y lo odio a la vez, me cuida y me pesa, unos días más que otros. Siempre está. Me cuida de la lluvia, del sol, de mi, de todos. Señor taxista, ese es el gran secreto de mi juego: que nadie se entere.
Me bajé, salteando las baldosas negras como en un enorme tablero de damas. Evitando ver sitios que no quiero ver, calles que no quiero transitar, haciendo como si nada, anidándolo todo en la columna, en el cuello, en los omóplatos. En el alma. En silencio, con mi grueso caparazón a cuestas. Ocultando mi cabeza de mi, de la gente, tan ajena. Jugando a que nadie se entere de mi fabuloso invento: el juego de la tortuga.
Camu.
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