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Carmela

Escritura y literatura
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Ella

Apenas salía el sol. El olor a humedad, a tierra mojada, olor a tierra mojada por las lágrimas de Dios. El sudor en su frente, el calor, la luz por la ventana. En su mano derecha una carta arrugada que había conservado en algún cajón de aquellos rotos. Su mano izquierda sobre su pecho, las sabanas rotas, nuevamente el sudor en su piel, el calor de una mañana de verano y la luz entrando por la ventana, rayo de luz glorioso que sedujo sus ojos. Ojos tristes. Ojos infelices, quizás. Ojos que ansiosos despiertan en un nuevo día, una nueva rutina. Se levanta, pies desnudos sobre el cemento frío. Allá afuera el canto de un zorzal, la hierba mojada, despertar del día, naranjo en flor. Ella desdobla la carta y lee, inquieta. Se levanta, sonríe pero no, no lo siente, lo actúa, lo busca, lo intenta pero no, su rostro es viejo, es difícil sonreír. A veces lo es. Ella lo ha decidido, no sé por qué esa mañana. Quizás el sabor amargo del presente, el sabor, el olor del ayer, un recuerdo vago en sus pupilas, en su pecho. Pobre de su pecho. Si supieran, si supieran su dolor detrás de su piel blanca, si supieran tan solo los zorzales dejarían su canto. Ella y su decisión. El reloj marcó las diez y abrió la ventana. Ella afuera, sus pies desnudos sobre la tierra húmeda y su corazón latiendo al ritmo que marcaba el viento cálido del norte. En una mano amarrando sus zapatos desgastados y en la otra la carta, su compañera, el único motivo en su deplorable existencia. Y salió, sigilosa, y corrió, entre el pasto, las espinas. Pasos acelerados, la arboleda, el canto de los pájaros, el rayo del sol en su frente en alto dejando correr el sudor por sus arrugas, arrugas precoces del dolor temprano. Los pasos agigantados que corren una carrera contra el tiempo. Y tropezó una, dos, tres veces. Apretó la carta fuertemente en su mano y corrió, sin mirar atrás, semidesnuda y débil. Y llegó, después de largo trecho. Su estómago vacío. Caminó apresurada las cuadras de aquel pueblo. Monstruoso pueblo. El calor del asfalto, las calles interminables, el calor agobiante de una tarde de verano. La gente rozando sus brazos. Las caras, los nervios que había decidido no tener, incontenible su miedo. Pero era ella (ella y su decisión). Había gente pero no la había. El mundo era solo una pequeña partícula absurda en su deplorable existencia. Y miró aquellos rostros y tembló, tanto que se escabulló entre los ombúes, sudada, frágil, agitada. Se desplomó sobre la hierba, abrió la carta casi destrozada y húmeda por el sudor de su mano, y la calma volvió. A veces recordaba esas voces bonitas, esos paisajes dulces que había visto alguna vez. A veces una pequeña mueca que simulaba ser sonrisa se dibujaba en su rostro y desaparecía de inmediato, como si algo, alguien intentara arrancarlo de su más profundo ser, alguien se ensañara con arrancarle con una adorable delicadez todo aquello que alguna vez creyó cultivado e inamovible. Y se levantó, y corrió, no supo cómo. Y allí estaba el tren. Y lo contempló. Y lo sintió. Sintió ese aroma encantador, familiar, que llenó su alma por un instante y así como sucedió ese instante en un suspiro recordó los incontables rostros, el olor, el dolor, la misma muerte. Y derramó una lágrima, dos, tres... quién sabe. Pero allí estaba, parada y transpirada, frente a él, lo que había soñado en sus noches en vela, durante meses, o años, en cada despertar. Allí estaba la resurrección, el milagro, el motivo de su existencia. Dicen los que saben que el hombre tiene capacidad de elección aun en las circunstancias más terribles e inimaginables. Y ella escogió. Su yo más intimo, su libertad interna y espiritual, su dignidad humana aún estaban intactas a pesar de quienes intentaron arrebatarle hasta el cansancio lo último que le quedaba de humanidad en sus huesos. Y sintió la mano en su hombro. Y lo supo. Dejó caer la carta hecha añicos en el suelo, aquella que la fortaleció desde el primer momento y que voló, entre las vías del tren, entre los ombúes, entre la gente tan ajena, tan lejana, tan afortunada, tan libre. Y vio aquel tren que se alejaba, sin ella. Y esa mano en su cuerpo luego fueron varias, y sintió el sabor del fracaso, en ese carro extraño que la devolvía al cemento frío y las camas con sabanas rotas. Y volvió, otra vez, al tormento. A los cuerpos desnudos, al jugar a ser una niña grande, al dolor, a la mugre, a su entierro. Y allí permaneció ella, y en otro extremo lejano sus muñecas abandonadas, su niñez, su adolescencia, guardadas en un baúl. Y el eco de su risa corriendo por el viento, allá lejos, allá entre los pájaros, se escondió, para no regresar. Ella niña, ella mujer. Ella débil, ella muerta. Ella inocente, ella esclava. Camu. -Dedicado a todas las victimas de Trata de Personas con fines de Explotación Sexual.-
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Ella por Carmela | Cafecito