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des.verbada

Arte
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Cinco: Nunca estuve sola.

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Desde que empecé Des-verbada te hablé en primera persona. De confianza recuperada. De procesos que cambiaron. De procesos vividos desde adentro. Lo cuento en primera persona porque estoy convencida de que así se siente la vida cuando te atraviesa el cuerpo: propia. Intransferible. Sin testigos posibles en el núcleo. Cada proceso tiene su piel. Su tiempo. Su forma de ser habitado. Entender lo que nos pasa - a nuestra manera, sin apuro, sin traducción-, es un acto de respeto. Hay movimientos que nadie puede -o al menos, debería- marcar por nosotros. Ni acelerar. Ni juzgar desde afuera. Y sin embargo... No estaría donde estoy sin personas que estuvieron conmigo incluso sin moverse de su casa. Personas que ofrecieron tiempo, palabras, presencia. Que sostuvieron cuando todo parecía inclinarse demasiado. Que celebraron mis victorias como si fueran propias. Algunas llegaron sin explicación. Otras se quedaron, sin hacer ruido. Distintas entre sí, improbables juntas - o eso parecía -, y aún así inevitables. Me miraron cuando yo no me veía con claridad. Vieron luz donde yo distinguía contornos. Prestaron fuerza cuando la mía no alcanzaba. Y también supieron correrse cuando necesitaba probar(me) sola. Nunca dijeron “tenes qué”. Nunca pidieron certezas. Solo estuvieron. Como faros discretos en este océano que es vivir. Hoy pienso en eso y algo se ordena en silencio: la singularidad no es soledad. La intimidad no es aislamiento. Caminar desde adentro no significa caminar sin otros. Hay presencias que no invaden. Acompañan. Esas son las que me tocaron y las que creo, que son el tipo de presencia correcta. A esas presencias ¡gracias, muchas gracias! Nunca estuve sola. P.D.: la pintura que acompaña esta vez. “Noche estrellada sobre el Ródano” de van Gogh. Figuras pequeñas y un mundo enorme que igual abraza.
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