Veinte: Dejar que pase.
queremos saber.
Qué va a pasar.
Cómo va a terminar.
Si va a salir bien.
Si esa decisión es la correcta.
Si lo que estamos haciendo va a llevarnos a algún lugar.
Queremos saber antes de vivir.
Como si conocer de antemano el inal pudiera protegernos de algo.
Entonces hacemos planes.
Calculamos.
Planteamos escenarios.
Buscamos señales.
Intentamos reducir las posibilidades hasta quedarnos con una sola.
La que conocemos.
La que podemos controlar.
Pero la vida tiene una costumbre poco considerada:
no avisarnos.
Las cosas pasan.
A veces como imaginamos.
Muchas otras no.
Y hay algo de la incertidumbre que nos incomoda profundamente
porque no podemos hacer demasiado con ella.
No se puede organizar.
No se puede apurar.
No se puede negociar.
Está ahí.
Entre una decisión y su resultado.
Entre lo que queremos y realmente sucede.
Entre el momento en que algo empieza
y el momento en que entendemos que era.
Quizás por eso intentamos llenar ese espacio.
Con explicaciones. Con certezas.
Con planes. Con esfuerzo.
Como si hacer más pudiera garantizar que algo ocurra
de determinada manera.
Y no siempre es así.
Hay cosas que no dependen de cuánto hagamos.
Hay momentos en los que hacer y hacer
solamente consigue que dejemos de ver lo que está pasando.
Me pregunto cuanto de nuestra ansiedad viene de ahí.
De necesitar saber qué significa algo antes de haberlo vivido completamente.
De querer convertir la invertidumbre en una respuesta.
Pero hay algo que aparece justamente cuando dejamos de exigirle
una respuesta a todo.
Una conversación que toma un camino inesperado.
Una idea que aparece mientras hacíamos otra cosa.
Una decisión que no habíamos considerado.
Un cambio de planes que, por alguna razón, nos lleva a un lugar
al que nunca hubieramos llegado siguiendo el plan original.
La incertidumbre también hace eso.
Nos desordena.
Pero también nos encuentra.
Porque si todo estuviera decidido de antemano,
no habría demasiado espacio para que algo nuevo sucediera.
Vivir no es solalemte elegir un camino.
También es aceptar que el camino cambia mientras lo estamos recorriendo.
Que podemos hacer planes, y aún así, dejar una parte disponible.
Un espacio sin definir.
Algo que todavía no sabemos.
No cómo una falla.
No como algo que tenemos que resolver.
Sino como una posibilidad.
Una planta no crece solo porque la reguemos.
Crece porque encuentra condiciones para hacerlo.
Hay cosas de la vida que funcionan de una manera parecida.
No todo necesita ser empujado.
No todo necesita ser entendido inmediatamente.
No todo necesita una respuesta.
Hay cosas que necesitan tiempo.
Otras, movimientos.
Otras, simplemente, que dejemos de ponerles trabas.
Tal vez por eso me gustó una idea que leí hace unos días:
“hacer no haciendo”.
No como quedarse quieto.
Sino como aprender cuando intervenir y cuando dejar espacio.
Porque hay algo que solamente puede aparecer cuando no sabemos qué va a pasar.
Y eso es una de las cosas más difíciles de aceptar:
que no saber también es una forma de estar viviendo.
Que no tener certezas no significa estar perdido.
A veces significa que todavía hay algo por descubrir.
Y eso,
aunque nos incomode,
también puede ser hermoso
(y humano).
P.D.:La obra de esta entrega es “Tormenta de nieve: un barco de vapor frente a la desembocadura de un puerto”, de J. M. W. Turner.
Hay pinturas que intentan mostrarnos el mundo.
Y hay otras que parecen recordarnos que no siempre podemos verlo con claridad.
La incertidumbre se parece un poco a eso: estar en medio de algo que todavía no entendemos y dejar que ocurra.
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