Dieciocho: Del otro lado.
y no sabía muy bien qué esperaba encontrar.
Quizás porque uno llega a estos lugares con algunas ideas previas.
Sobre la fe.
Sobre las creencias.
Sobre creer en cosas que uno no necesariamente entiende.
Pero después llegás.
Y hay algo que cambia.
El rojo está por todas partes.
En las banderas.
En las cintas.
En las flores.
En las velas.
En las imágenes.
En las cosas que alguien dejó ahí porque,
de alguna manera, necesitaba dejar algo.
Hay gente que llega.
Que toca.
Que se persigna.
Que reza.
Que se queda un rato.
Algunos piden.
Pero muchos otros agradecen.
Y eso fue lo que más me interpeló.
Porque agradecerle a alguien que no vemos.
A una figura.
A una creencia.
A un lugar.
Tiene algo extraño.
Y, al mismo tiempo, algo profundamente humano.
Porque quizás existe una necesidad muy antigua
de poner afuera de nosotros aquello que necesitamos
agradecer, pedir, explicar o simplemente confiar.
Como si algunas cosas fueran demasiado grandes para quedarse solamente adentro.
Entonces las llevamos a algún lugar.
Las dejamos.
Las decimos en voz alta.
Las atamos a una cinta roja.
Las convertimos en una vela.
En una promesa.
En un ritual.
Y quizás eso sea, en parte, lo que hacen los santuarios.
No necesariamente resolver.
Ni siquiera responder.
Sino ofrecernos un lugar donde poner aquello
que no sabemos muy bien dónde poner.
Mientras caminaba por ahí pensaba en eso.
Cuántas personas habían llegado con una historia que yo no conocía.
Alguien que había pedido por una enfermedad.
Alguien que había agradecido haber salido de un momento difícil.
Alguien que había prometido volver.
Alguien que simplemente necesitaba estar ahí.
Y todas esas historias, tan distintas entre sí,
terminaban compartiendo un mismo espacio.
Eso también me pareció hermoso.
Porque la creencia hace algo que no siempre vemos.
Convierte una experiencia íntima en algo compartido.
Una persona llega con su miedo
(como me pasó a mí cuando le pedí por primera vez).
Otra con su agradecimiento.
Otra con una promesa.
Otra con una pregunta.
Y, por un momento, todas están haciendo lo mismo:
poniendo algo de sí mismas en un lugar que sienten capaz de recibirlo.
No sé si necesitamos creer.
No sé siquiera si la palabra es necesidad.
Pero sí sé, que hay algo profundamente humano en querer confiar en algo que nos excede.
En pensar que hay algo del otro lado.
Alguien. Algo.
Una fuerza.
Una historia.
Un lugar.
Lo que sea.
Algo que pueda recibir aquello que nosotros solos no sabemos cómo sostener.
Y entonces no termina siendo tan importante aquello en lo que creemos.
Lo importante es entender qué hacemos con aquello que no podemos controlar.
Qué hacemos con el miedo.
Con la gratitud.
Con la incertidumbre.
Con las cosas que no tienen explicación.
Con aquello que queremos que ocurra y no depende solamente de nosotros.
Algunos lo llevan a un santuario.
Otros encienden una vela.
Otros miran las estrellas.
Otros tienen pequeños rituales que jamás le contarían a nadie.
Y todos, de alguna manera, estamos haciendo algo parecido.
Buscando un lugar donde dejar aquello que pesa.
O aquello que agradecemos tanto que necesitamos decirlo.
Porque agradecer también es una forma de creer.
Creer que aquello que nos pasó merece ser reconocido.
Que no fue solamente suerte.
Que no pasó inadvertido.
Que alguien, aunque no sepamos exactamente quién, puede recibir nuestro agradecimiento.
Y mientras me iba del santuario pensé en una pregunta que todavía no sé responder.
¿Qué parte de nosotros necesita creer que hay alguien del otro lado?
En mi caso, la visita al santuario no era para encontrar una respuesta.
Pero sí volví con la certeza de que, de una forma u otra,
todos, algunos más otros menos,
seguimos necesitando creer que lo que sentimos puede ser recibido por alguien.
P.D.: La obra de esta entrega es Gaucho Gil, de Marcos López.
Una imagen construida para representar a alguien a quien nadie pudo fotografiar.
Quizás creer también tenga algo de eso: construir una imagen para aquello que necesitamos sentir que existe.
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