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des.verbada

Arte
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Veintidos: La vida de adentro.

Hace mucho tiempo que vivo en mi mente,
en un ecosistema propio que para mí es tan importante como la vida
que pasa ante mis ojos.

Mis diálogos son constantes.
Siempre estoy acompañada de mi voz interior, con la que debato y reflexiono,
pero también con la que creo cosas asombrosas que nunca van a saber,
porque no existe ninguna puerta secreta a mi cerebro.

Y no digo todo esto con un sentimiento pesimista
ni como un grito de ayuda por estar presa de mi propia psique.
Hace ya bastante tiempo entendí y di lugar a esa relación conmigo misma.
Que identifiqué los pensamientos como remolinos de ideas que,
así como vienen,
también pueden irse.
Y también hago magia, porque con un chasquido imaginario
puedo pasar de una tormenta en medio del océano a la tranquilidad de un bosque.

Vivo sin arrastrar los pies por la culpa
y sin pensar tanto en el eco de mis palabras en otras personas.
Porque un día me dolió tanto la espalda que casi me partió en dos,
y cuando solté la mochila,
no pasó nada.

Ahí entendí que aprender y escuchar está bien,
pero no cuando se convierten en una puerta de juicios, excusas, imposibles,
ni tampoco para quienes siempre dejan a uno para después.

Siempre habrá miradas sobre tu camino.
Algunas se posarán más tiempo; otras apenas durarán un pestañeo.
Siempre vas a mirar otros caminos, deteniendo tus pasos, enredándote en ellos
o simplemente encontrándotelos por accidente cuando buscabas el horizonte.

No es tan importante. De verdad que no lo es.
Hacé lo que más te guste, hacé lo que tengas ganas.
Viví sin expectativas, sin crear moldes de piezas que ya se han hecho
millones de veces.
Pueden corregirte, intentar que seas más recto o más ondulado, incluso ayudarte dándote la mano.
Pero solo hasta donde vos quieras.

“Nadie puede habitar tu mente tanto como vos”.
Este ha sido el diálogo (algo aproximado) que mi mente me susurró esta mañana, cuando, una vez más, fui al cuaderno de los textos a elegir un nuevo Des-verbada.

Descargar la mochila está muy bien, pero descargar la mente es mucho mejor.







P.D.: La obra de esta entrega es La luz del sol entre los árboles (Fontainebleau),
de Valdemar Schønheyder Møller.
Hay algo en esta luz que parece desarmarlo todo por un instante.
Como si, entre tantos pensamientos, juicios y cosas que cargamos, también existiera
la posibilidad de simplemente estar ahí, dejando que la luz haga lo suyo.
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Veintiuno: Sobre Hatchards, libros y algo más.

Hay lugares que parecen haber entendido antes que nosotros
que algunas cosas merecen durar.
Hatchards es uno de ellos.

Está en Piccadilly, en Londres, y lleva allí desde 1797.
Más de doscientos años vendiendo libros.
Una cantidad de tiempo bastante difícil de imaginar:
mientras Hatchards seguía abriendo sus puertas,
Londres cambió de aspecto varias veces,
cambiaron los reyes, los gobiernos, las guerras, las maneras de viajar
y las maneras de comunicarnos.
Cambió prácticamente todo.
Y, sin embargo, alguien sigue entrando ahí para comprar un libro.

La primera vez que leí que la reina Charlotte había sido
una de sus primeras clientas reales
pensé que era una de esas historias que sólo pueden suceder en Londres.
Una reina entrando a una librería.
O, más precisamente, alguien eligiendo un libro para una reina.
Después descubrí que por allí habían pasado
escritores, políticos, lectores célebres y personas cuyos nombres
terminaron en los libros de historia.

Y me quedé pensando en los otros.
En todos los que entraron a Hatchards y no dejaron ninguna huella en la historia.

Los que compraron una novela para un viaje. Los que buscaron un regalo.
Los que tardaron cuarenta minutos en decidir entre dos libros.

Los que entraron diciendo que sólo iban a mirar y salieron con una bolsa.
Los que volvieron a buscar el mismo título años después.

En realidad, eso es lo que hacen las librerías:
están llenas de historias de personas que no aparecen en ninguna parte.

Por eso me gustan tanto.

Una librería es uno de los pocos lugares donde todavía podemos entrar
sin saber exactamente qué queremos y esperar que algo nos encuentre.

No hace falta una contraseña, una recomendación personalizada
ni que un algoritmo conozca nuestros gustos.
Caminamos. Miramos lomos. Sacamos un libro.
Leemos la primera página. Lo devolvemos.
Agarramos otro.

Hay algo físico en elegir un libro.
El peso. El olor.
La tapa. La letra.
El pequeño acto de abrirlo por cualquier parte y decidir,
sin demasiada evidencia,
que ese objeto podría acompañarnos durante unos días, unas semanas o, con suerte,
durante muchos años.

Stephen King escribió que los libros son una forma de magia particularmente portátil.
Y creo que la palabra más extraordinaria de esa frase no es magia.
Es portátil.
Porque un libro sale de una librería y empieza otra vida.
Puede viajar en una mochila, en una valija, en el asiento de un tren
o debajo del brazo de alguien que camina por una ciudad que no conoce.

Puede ir de Londres a Sunchales.
De una casa a otra.
De una generación a la siguiente.
Puede sobrevivir una mudanza, un divorcio, una biblioteca que se desarma,
una persona que se va.
Puede incluso sobrevivir a nosotros.

Eso hacen las librerías, en cierto modo:
ponen cosas destinadas a permanecer al alcance de personas que están
permanentemente yéndose.
Y quizás por eso me gusta que Hatchards siga siendo una librería
y no un museo de sí misma.
Que después de más de dos siglos todavía haya alguien detrás de un mostrador
recomendando un libro.
Que todavía haya alguien entrando sin saber exactamente qué busca.

Que todavía exista ese pequeño ritual de salir con una bolsa en la mano
y la sensación de que acabás de comprar algo que no sabés todavía
cuánto va a significar.

Porque una librería no sabe quién va a entrar.
No sabe si el libro que vende terminará en una biblioteca perfecta
o en una mesa de luz llena de vasos de agua.
No sabe si alguien lo va a subrayar, prestar y no recuperar nunca.
No sabe si va a ser leído entero o abandonado en la página 47.
No sabe si dentro de treinta años alguien lo va a encontrar en una caja
y recordar exactamente quién se lo regaló.

Y eso es genial.
Que los libros tengan una vida después de la librería.
Que una vez que salen por esa puerta ya no le pertenezcan del todo a nadie.
Quizás esa sea una de las cosas más bonitas de comprar un libro:
no compramos solamente lo que está escrito adentro.
Compramos la posibilidad de que algo nos pase con él.

Por eso las librerías siguen teniendo sentido.
Incluso ahora.
Incluso cuando podemos tener miles de libros
dentro de un dispositivo que pesa menos que uno solo.
Seguimos entrando.
Seguimos mirando.
Seguimos tocando los lomos.
Seguimos preguntando qué nos recomendarían.
Seguimos saliendo con un libro debajo del brazo.

Hatchards queda en Piccadilly desde 1797.
Las librerías quedan, incluso cuando cambian de dirección, de dueño,
de tamaño o de época.
El libro, en cambio, se va.
Y quizás esa sea su magia:
que algo capaz de entrar en una mochila pueda llevar consigo una historia,
una conversación, una época, una voz y, a veces,
una parte de nosotros hasta un lugar al que todavía no sabemos que vamos a llegar.

Aunque, claro, quizás estoy hablando de libros.
O quizás no.
Ojalá hayas entendido la metáfora.



P.D.: la obra de esta entrega es Mujer Leyendo, de Lucie Cousturier.
El libro de la foto también está a punto de irse a alguna parte. Ella todavía no lo sabe, pero en algún momento va a dejar de ser un objeto y convertirse en recuerdo, regalo, viaje o historia.
Los libros tienen esa costumbre.
Ver más

Veinte: Dejar que pase.

Muchas veces hacemos algo casi sin darnos cuenta:
queremos saber.

Qué va a pasar.
Cómo va a terminar.
Si va a salir bien.
Si esa decisión es la correcta.
Si lo que estamos haciendo va a llevarnos a algún lugar.

Queremos saber antes de vivir.
Como si conocer de antemano el inal pudiera protegernos de algo.

Entonces hacemos planes.
Calculamos.
Planteamos escenarios.
Buscamos señales.
Intentamos reducir las posibilidades hasta quedarnos con una sola.
La que conocemos.
La que podemos controlar.

Pero la vida tiene una costumbre poco considerada:
no avisarnos.
Las cosas pasan.
A veces como imaginamos.
Muchas otras no.

Y hay algo de la incertidumbre que nos incomoda profundamente
porque no podemos hacer demasiado con ella.
No se puede organizar.
No se puede apurar.
No se puede negociar.

Está ahí.

Entre una decisión y su resultado.
Entre lo que queremos y realmente sucede.
Entre el momento en que algo empieza
y el momento en que entendemos que era.

Quizás por eso intentamos llenar ese espacio.
Con explicaciones. Con certezas.
Con planes. Con esfuerzo.
Como si hacer más pudiera garantizar que algo ocurra
de determinada manera.

Y no siempre es así.

Hay cosas que no dependen de cuánto hagamos.
Hay momentos en los que hacer y hacer
solamente consigue que dejemos de ver lo que está pasando.

Me pregunto cuanto de nuestra ansiedad viene de ahí.
De necesitar saber qué significa algo antes de haberlo vivido completamente.
De querer convertir la invertidumbre en una respuesta.

Pero hay algo que aparece justamente cuando dejamos de exigirle
una respuesta a todo.
Una conversación que toma un camino inesperado.
Una idea que aparece mientras hacíamos otra cosa.
Una decisión que no habíamos considerado.
Un cambio de planes que, por alguna razón, nos lleva a un lugar
al que nunca hubieramos llegado siguiendo el plan original.

La incertidumbre también hace eso.
Nos desordena.
Pero también nos encuentra.
Porque si todo estuviera decidido de antemano,
no habría demasiado espacio para que algo nuevo sucediera.

Vivir no es solalemte elegir un camino.
También es aceptar que el camino cambia mientras lo estamos recorriendo.

Que podemos hacer planes, y aún así, dejar una parte disponible.
Un espacio sin definir.
Algo que todavía no sabemos.
No cómo una falla.
No como algo que tenemos que resolver.
Sino como una posibilidad.

Una planta no crece solo porque la reguemos.
Crece porque encuentra condiciones para hacerlo.

Hay cosas de la vida que funcionan de una manera parecida.
No todo necesita ser empujado.
No todo necesita ser entendido inmediatamente.
No todo necesita una respuesta.

Hay cosas que necesitan tiempo.
Otras, movimientos.
Otras, simplemente, que dejemos de ponerles trabas.

Tal vez por eso me gustó una idea que leí hace unos días:
“hacer no haciendo”.
No como quedarse quieto.
Sino como aprender cuando intervenir y cuando dejar espacio.
Porque hay algo que solamente puede aparecer cuando no sabemos qué va a pasar.
Y eso es una de las cosas más difíciles de aceptar:
que no saber también es una forma de estar viviendo.
Que no tener certezas no significa estar perdido.
A veces significa que todavía hay algo por descubrir.

Y eso,
aunque nos incomode,
también puede ser hermoso
(y humano).






P.D.:La obra de esta entrega es “Tormenta de nieve: un barco de vapor frente a la desembocadura de un puerto”, de J. M. W. Turner.
Hay pinturas que intentan mostrarnos el mundo.
Y hay otras que parecen recordarnos que no siempre podemos verlo con claridad.
La incertidumbre se parece un poco a eso: estar en medio de algo que todavía no entendemos y dejar que ocurra.
Ver más

Diecinueve: Lo que no haría.

Hay algo que me gusta mucho de hacer algo
que pensé que no haría.

No necesariamente porque salga bien.
Sino porque después de hacerlo aparece una pregunta.
Una bastante incómoda:
¿Qué otras cosas estoy dejando afuera de mi vida solo porque,
en algún momento, decidí que no eran para mí?

Hace poco empecé a acercarme al arte de otra manera.
Primero pensé que iba a aprender y nada más.
Después terminé dibujando y tocando el piano.
Algo que, si alguien me hubiera preguntado hace un tiempo si podía hacer, probablemente hubiera respondido que no.
No porque lo hubiera intentado y fracasado.
Simplemente porque nunca había considerado realmente la posibilidad.

Y eso me hizo pensar en la cantidad de cosas
que damos por descartadas antes de tiempo.
Yo no haría eso.
Eso no es para mí.
No sé hacer eso.
Nunca podría.
No me interesa.

Y quizás algunas veces sea cierto.
Pero otras no.

Otras veces simplemente estamos hablando
desde una versión vieja de nosotros mismos.
Una que tomó una decisión hace tiempo y nunca volvió a revisarla.

A veces no sabemos quiénes somos
porque hace demasiado tiempo que no nos damos la oportunidad
de hacer algo distinto.

En los últimos meses me pasó varias veces.
Con el arte.
También con el trabajo.
Con mi manera de pensar una consultora que durante mucho tiempo
imaginé de una determinada forma y que ahora reconstruyo desde otro lugar.
Y también conmigo.
Porque hay algo extraño en cambiar.

Uno puede pasar años intentando descubrir quién es.
Y después descubrir que también puede cambiar de opinión.
Que aquello que antes no quería, ahora sí.
Que lo que antes daba miedo, ya no tanto.
Que una decisión puede abrir una puerta
que ni siquiera sabíamos que existía.

Entonces crecer deja de tener que ver con encontrarnos.
Y empieza a acercarse a nuestra capacidad
de permitirnos perdernos un poco de vez en cuando.

Salir del camino que ya conocemos.
Hacer algo que no haríamos.
Decir que sí cuando siempre hubiéramos dicho que no.
O cambiar de opinión
aunque nadie entienda demasiado por qué.

Porque una de las cosas más limitantes que podemos hacer
es ser demasiado fieles a quienes fuimos.
Defender decisiones que ya no nos representan.
Sostener versiones nuestras que ya cumplieron su función.
Seguir diciendo "yo soy así" cuando, en realidad,
hace tiempo que algo cambió.

Hay algo muy poderoso en descubrir
que uno todavía puede sorprenderse.
En hacer algo y pensar: "No sabía que esto también podía ser yo".
Porque después aparece otra posibilidad.
Y otra.
Y otra más.
Como si cada cosa que nos atrevemos a hacer
desbloqueara otras que hasta ese momento
ni siquiera podíamos ver.

Quizás por eso cambiar de opinión no sea tan malo.
Tal vez no sea una contradicción,
sino una señal de que seguimos prestando atención.
A lo que pasa afuera,
pero también a lo que cambió adentro.

Crecer tiene algo que ver con eso.

No con convertirnos finalmente en quienes siempre quisimos ser,
sino con aceptar que todavía no sabemos del todo quiénes podemos llegar a ser.
Y que tal vez haya una decena de cosas ahí afuera
que hoy ni siquiera estamos considerando.
Esperando apenas un paso.
Uno.
Para empezar a existir.








P.D.: La obra de esta entrega es Mujer ante el sol naciente, de Caspar David Friedrich.
Hay momentos en los que todavía no sabemos qué vamos a hacer.
Pero empezamos a ver algo que antes no estaba ahí.
Y a veces eso alcanza para cambiarlo todo.
Ver más

Dieciocho: Del otro lado.

Fui al santuario del Gauchito Gil, en Corrientes
y no sabía muy bien qué esperaba encontrar.

Quizás porque uno llega a estos lugares con algunas ideas previas.
Sobre la fe.
Sobre las creencias.
Sobre creer en cosas que uno no necesariamente entiende.
Pero después llegás.
Y hay algo que cambia.

El rojo está por todas partes.
En las banderas.
En las cintas.
En las flores.
En las velas.
En las imágenes.
En las cosas que alguien dejó ahí porque,
de alguna manera, necesitaba dejar algo.

Hay gente que llega.
Que toca.
Que se persigna.
Que reza.
Que se queda un rato.

Algunos piden.
Pero muchos otros agradecen.
Y eso fue lo que más me interpeló.
Porque agradecerle a alguien que no vemos.
A una figura.
A una creencia.
A un lugar.
Tiene algo extraño.
Y, al mismo tiempo, algo profundamente humano.

Porque quizás existe una necesidad muy antigua
de poner afuera de nosotros aquello que necesitamos
agradecer, pedir, explicar o simplemente confiar.

Como si algunas cosas fueran demasiado grandes para quedarse solamente adentro.

Entonces las llevamos a algún lugar.
Las dejamos.
Las decimos en voz alta.
Las atamos a una cinta roja.
Las convertimos en una vela.
En una promesa.
En un ritual.

Y quizás eso sea, en parte, lo que hacen los santuarios.
No necesariamente resolver.
Ni siquiera responder.
Sino ofrecernos un lugar donde poner aquello
que no sabemos muy bien dónde poner.

Mientras caminaba por ahí pensaba en eso.
Cuántas personas habían llegado con una historia que yo no conocía.
Alguien que había pedido por una enfermedad.
Alguien que había agradecido haber salido de un momento difícil.
Alguien que había prometido volver.
Alguien que simplemente necesitaba estar ahí.
Y todas esas historias, tan distintas entre sí,
terminaban compartiendo un mismo espacio.

Eso también me pareció hermoso.
Porque la creencia hace algo que no siempre vemos.
Convierte una experiencia íntima en algo compartido.
Una persona llega con su miedo
(como me pasó a mí cuando le pedí por primera vez).
Otra con su agradecimiento.
Otra con una promesa.
Otra con una pregunta.
Y, por un momento, todas están haciendo lo mismo:
poniendo algo de sí mismas en un lugar que sienten capaz de recibirlo.

No sé si necesitamos creer.
No sé siquiera si la palabra es necesidad.
Pero sí sé, que hay algo profundamente humano en querer confiar en algo que nos excede.
En pensar que hay algo del otro lado.
Alguien. Algo.
Una fuerza.
Una historia.
Un lugar.
Lo que sea.
Algo que pueda recibir aquello que nosotros solos no sabemos cómo sostener.

Y entonces no termina siendo tan importante aquello en lo que creemos.
Lo importante es entender qué hacemos con aquello que no podemos controlar.
Qué hacemos con el miedo.
Con la gratitud.
Con la incertidumbre.
Con las cosas que no tienen explicación.
Con aquello que queremos que ocurra y no depende solamente de nosotros.

Algunos lo llevan a un santuario.
Otros encienden una vela.
Otros miran las estrellas.
Otros tienen pequeños rituales que jamás le contarían a nadie.
Y todos, de alguna manera, estamos haciendo algo parecido.
Buscando un lugar donde dejar aquello que pesa.

O aquello que agradecemos tanto que necesitamos decirlo.
Porque agradecer también es una forma de creer.
Creer que aquello que nos pasó merece ser reconocido.
Que no fue solamente suerte.
Que no pasó inadvertido.
Que alguien, aunque no sepamos exactamente quién, puede recibir nuestro agradecimiento.

Y mientras me iba del santuario pensé en una pregunta que todavía no sé responder.
¿Qué parte de nosotros necesita creer que hay alguien del otro lado?

En mi caso, la visita al santuario no era para encontrar una respuesta.
Pero sí volví con la certeza de que, de una forma u otra,
todos, algunos más otros menos,
seguimos necesitando creer que lo que sentimos puede ser recibido por alguien.







P.D.: La obra de esta entrega es Gaucho Gil, de Marcos López.
Una imagen construida para representar a alguien a quien nadie pudo fotografiar.
Quizás creer también tenga algo de eso: construir una imagen para aquello que necesitamos sentir que existe.
Ver más

Diecisiete: Los colores no mienten.

Hay algo que siempre me sorprende de la naturaleza:
los colores.

No importa cuánto intente anticiparlos.
Nunca sé exactamente de qué color va a ser el cielo
cuando empiece a caer la tarde,
ni qué combinación va a aparecer después de una lluvia,
ni cómo va a amanecer el día siguiente.

Y, sin embargo, nunca parece equivocarse.

Hay atardeceres imposibles.
Esos en los que el cielo mezcla naranjas, rosas, violetas y azules
como si alguien hubiera decidido, sin demasiado protocolo,
ponerlos todos juntos.

También están los árboles en otoño.

En casa hay varios de la especie liquidámbar
y, cuando llega esta época, empieza a desprenderse de sus hojas.
Primero algunas.
Después muchas.
Hasta que el árbol queda casi desnudo y el suelo se transforma en una alfombra.

Roja. Amarilla. Naranja. Marrón.

Una combinación que, si alguien me la mostrara antes de verla,
probablemente pensaría que son demasiados colores juntos.

Pero ahí está.
Y funciona.

Quizás porque la naturaleza no intenta que todo combine.

Simplemente deja que cada cosa sea lo que es.

Una hoja no tiene que parecerse a otra
para formar parte del mismo paisaje.
El cielo no necesita elegir un solo color para ser hermoso.
Y un árbol no pierde su belleza
cuando empieza a desprenderse de aquello que hasta hace poco lo cubría.

Pienso bastante en esto cuando miro a las personas.
En cuánto nos cuesta, a veces, contemplarlas.

Queremos entender rápido.
Ponerle un nombre a lo que hacen.
Encontrar una explicación para lo que dicen.
Decidir qué significa un gesto, una distancia, una manera de mirar,
una palabra que llegó tarde o una que nunca llegó.

Como si las personas también tuvieran que combinar.

Como si cada acción tuviera que coincidir perfectamente
con lo que esperamos de ellas.

Y claramente no.

Lo esencial está en mirar un poco más antes de sacar conclusiones.

En observar cómo alguien trata a otros cuando nadie está mirando.
Qué hace con lo que no necesita hacer.
Qué sostiene cuando podría irse.
Qué palabras repite, pero también cuáles elige callar.
Qué gestos aparecen sin que nadie los pida.

Porque hay cosas que se entienden mejor
cuando dejamos de mirar una sola hoja y empezamos a mirar el árbol.

Y hay personas que también.
Tal vez contemplar sea eso: dejar de exigirle a la realidad
que combine para nosotros.

Mirar. Esperar.
Dejar que los colores aparezcan.

Y confiar un poco más en que,
aunque a veces no entendamos la combinación,
quizás el paisaje sí sabe lo que está haciendo.




P.D.:La imagen de esta vez es una fotografía.
La sacó Alicia, desde su balcón.
Y los colores de esos atardeceres, siempre inspiran.
Quizás porque, por un rato, nos recuerdan que mirar también es una forma de estar.
Ver más

Dieciséis: Pérdida de belleza.

Creo que estamos perdiendo la belleza.

No porque el mundo tenga menos paisajes.
Ni menos música.
Ni menos arte.

Creo que la estamos perdiendo porque dejamos de pedirle belleza a las cosas.
Vivimos en una época que celebra la eficiencia.
Y casi sin darnos cuenta empezamos a tratar la belleza como si fuera un lujo.
Un agregado.
Un adorno.
Algo de lo que puede prescindirse siempre que lo importante esté resuelto.

Una taza tiene que servir para tomar té.
Una silla, para sentarse.
Una estación de tren, para que salga un tren.
Y, sin darnos cuenta, empezamos a medir el mundo únicamente por su utilidad.

Lo curioso es que nadie haría lo mismo con una persona
(o al menos no lo haríamos si realmente nos importa el otro).
Nunca diríamos que alguien vale solo porque es eficiente.
O porque resuelve problemas rápido.
O porque optimiza procesos.

Sin embargo, esa lógica empezó a extenderse.
A los edificios.
A los objetos.
A las ciudades.
A las conversaciones.
Incluso al tiempo.
Como si todo aquello que no produjera un resultado inmediato
empezara a parecernos sospechoso.

Hace poco vi una publicación que comparaba dos tazas.
Las dos servían exactamente para lo mismo.
Pero una había sido hecha con una dedicación
que hoy muchos considerarían innecesaria.
Estaba pintada a mano y tenía pequeños detalles que nadie había pedido.
La otra era completamente lisa.
Perfecta.
Completamente común y olvidable.

Entonces relacioné dos cosas.

El problema nunca fue la belleza.
Lo que desapareció fue la paciencia.
Porque la belleza siempre llega tarde.
Necesita tiempo.
Necesita atención.
Necesita alguien dispuesto a hacer un poco más
de lo estrictamente necesario.

Por otro lado, tampoco el problema es la simpleza.
El problema aparece cuando también desaparece el alma.
Cuando un espacio ya no transmite nada.
Cuando un objeto deja de contar una historia.
Cuando todo empieza a parecer intercambiable.

Por eso me cuesta creer que la belleza sea una cuestión de gusto.
Empiezo a pensarla como una forma de relación.
Como una manera de decir:
"Esto merecía mi tiempo."
Y eso cambia todo.

Porque ya no hablamos solamente de una taza.
Hablamos de una carta escrita a mano.
De una mesa preparada antes de que lleguen los invitados.
De un libro dedicado con cuidado.
De una plaza donde alguien pensó
que también hacía falta una fuente, un árbol o una escultura.

Hablamos de personas.
Porque al final también nosotros nos volvemos más bellos
cuando decidimos dedicar tiempo.
A una conversación.
A una comida.
A una carta.
Como si el tiempo fuera otra forma de decir:
"Esto importa."

Ya no pienso la belleza como un lujo.
Empiezo a pensarla como una necesidad
profundamente humana.

No porque haga la vida más cómoda.
Sino porque nos recuerda que alguien estuvo ahí.
Que alguien dejó una marca.
Que alguien hizo algo pensando en otro.

La pregunta deja de ser si el mundo se volvió menos bello.
La verdadera pregunta es otra.
¿En qué momento dejamos de creer que la belleza
también era una forma de cuidar?







P.D.: la obra de esta entrega es “Ladrón de fresas”, de William Morris.
Morris creía que la belleza no debía quedar reservada para los museos.
También debía habitar las casas, los objetos y la vida cotidiana.
Quizás hacer de lo cotidiano un lugar más bello sea, precisamente, dedicar tiempo incluso a aquello que nadie nos exige embellecer.
Ver más

Quince: Palabras que permanecen.

Hay palabras que me gustan no por cómo suenan.
Sino porque existen.

Porque alguien, en algún momento, sintió algo tan difícil de explicar
que un idioma entero decidió inventarle un nombre.

Hace un tiempo me pasó con tres.
Ricordare y dimenticare en italiano.
Y saudade en portugués.

Las tres hablan, de alguna manera, del tiempo.
Pero sobre todo hablan de nosotros.
De la forma en que elegimos conservar aquello que nos importa.

Ricordare, no significa solamente recordar.
Viene del latín re-cordis. Volver a pasar por el corazón.
Y desde entonces ya no pude volver a pensar el recuerdo de la misma manera.
Porque recordar deja de ser un ejercicio de memoria.
Y pasa a ser otra cosa.
Como si algunas personas, algunos lugares o algunos momentos no vivieran
únicamente en la cabeza.
Sino en un lugar bastante más profundo.

Después está dimenticare.
Olvidar.
Una palabra que siempre me pareció un tanto injusta.
Porque uno rara vez olvida del todo.
Las cosas cambian de forma.
Se vuelven más silenciosas. Más lejanas.
Pero no desaparecen.

Y entonces entendí que, quizás vivimos haciendo ese movimiento extraño.
Volviendo a pasar algunas cosas por el corazón.
Y dejando que otras, de a poco, encuentren otro lugar donde descansar.

Hace unas semanas, mientras mi mamá me contaba sobre su viaje a Portugal,
terminamos hablando de saudade.
Esa palabra que todos intentan traducir y nadie termina de lograrlo.
Porque no es solamente extrañar.
Tampoco es nostalgia.
Ni tristeza.
Es la presencia de una ausencia.
Es querer volver a algo sabiendo que ya no existe de la misma manera.
Y creo que todos conocemos esa sensación, aunque nunca la hayamos llamado así.

Capaz por eso vuelvo tanto a estas palabras.
Porque me recuerdan que los idiomas no solo sirven para comunicarnos.
También sirven para entendernos.
Para descubrir que eso que sentimos, y que a veces parece tan nuestro,
ya lo sintió alguien antes.
Tan antes.
Que hasta hizo falta inventar una palabra.

Y hay algo profundamente humano en eso.
Descubrir que no estamos tan solos como creíamos.

Entonces, quizás recordar nunca fue traer el pasado al presente.
Quizás siempre fue volver a pasar por el corazón aquello que todavía sigue
viviendo en nosotros.
Capaz por eso algunas cosas nunca se olvidan.
Porque antes de quedarse en la memoria, encontraron un lugar en el corazón.






P.D.: La obra de esta entrega es Mujer en la ventana, de Caspar David Friedrich.
La mujer no mira hacia atrás. Mira hacia afuera.
No sabemos qué está mirando y ahí está la belleza de la obra.
Nos obliga a completar la escena y puede que terminemos haciéndolo con nuestros propios recuerdos.
Ver más

Catorce: El lujo de la profundidad.

Esta semana leí una frase que me quedó dando vueltas.
“La profundidad es un lujo”.

No porque sea difícil de entender.
Sino porque me hizo pensar cuánto hace que dejamos de profundizar.
En los libros.
En las conversaciones.
En las personas.
En las preguntas.

Curiosamente, vivimos en una época en la que se habla mucho de profundidad.
Y, sin embargo, muchas veces parece más una imagen que una experiencia.

Vivimos rodeados de estímulos.
Saltamos de una cosa a otra.
Leemos un párrafo.
Miramos una notificación.
Respondemos un mensaje.
Abrimos otra pestaña.
Y cuando termina el día sentimos que estuvimos haciendo muchas cosas.
Pero no sé si estuvimos realmente en alguna.

Terminar un libro ya parece un acto de resistencia.
Escuchar un disco entero también.
Tomar un café sin mirar el teléfono.
Quedarse pensando una idea un rato más de lo necesario.

Todo esto, que antes era cotidiano, hoy parece un pequeño lujo.
Y quizás lo sea.

Pero no porque no tengamos tiempo.
Sino porque la profundidad siempre exige una decisión.
Porque las cosas importantes rara vez aparecen rápido.
Y creo que nosotros mismos, mucho menos.

Capaz por eso hoy la profundidad parece tan extraña.
No porque el mundo vaya demasiado rápido.
Sino porque cada vez elegimos menos detenernos.

Al final no se trata de hacer más.
Ni de tener más tiempo.
Ni siquiera de ir más despacio.

Se trata de otra cosa.

De elegir, aunque sea de vez en cuando,
no pasar por arriba de las cosas.
De permanecer un rato más en una conversación.
En un libro.
En una canción.
En otro.
En nosotros mismos.

Porque hay cosas que solo aparecen
cuando uno decide habitarlas.

Y porque la profundidad nunca es una cuestión de tiempo.
Ni tampoco hace ruido.
Es, más bien, una forma de mirar.






P.D.1: La obra de esta entrega es El astrónomo, de Johannes Vermeer.
Me gusta porque muestra algo que hoy parece casi extraordinario: una persona entregada por completo a una sola cosa.
Sin interrupciones, sin apuro y sin necesidad de mirar hacia otro lado.
Detenida. Entendiendo la diferencia entre ver y observar.
Entre conocer una respuesta y animarse a hacer una pregunta.
Esta pintura siempre me recordó esa diferencia.

P.D.2: Te dejo completo el extracto de texto que leí:
“La profundidad es un lujo.
Terminar un libro. Conversar sin un teléfono sobre la mesa. Dedicar más de diez minutos a reflexionar sobre un problema.
Escuchar un álbum completo. Escribir sin interrupciones. Estar en un lugar sin sentir la necesidad de publicarlo.
En un mundo que vende distracción masiva, la atención sostenida se ha convertido en el privilegio de quienes deciden. Y viven”.
Ver más

Trece: Holly siendo Holly.

Holly Gibney es uno de los personajes
más particulares y queridos de Stephen King.
Él mismo dijo: "Adoro a Holly. Así de sencillo" y admitió
que es tal su devoción que, en "La sangre manda",
su personaje casi se roba el libro.
No fue casualidad que tiempo después
publicara una novela dedicada a ella.

Quería escribir un Des-verbada sobre Holly.
Pero cuanto más la pienso, más creo que este texto no debería ser sobre ella.
Debería ser sobre lo que Holly ve y que los demás no.
Porque si uno intenta resumirla diciendo que es
inteligente, sensible, buena persona o adorable, se queda corto.

Lo extraordinario de Holly es otra cosa.

Hay personajes que uno recuerda por lo que hacen.
Y otros por la forma en que miran el mundo.
Holly Gibney pertenece a la segunda categoría.
Porque mientras la mayoría de las personas
parece atravesar la vida intentando ser vista,
Holly pasa buena parte de su tiempo intentando ver a los demás.
Y eso no sería tan llamativo si le hubiera tocado una vida fácil.

Pero no fue así.

Holly vive en un mundo que muchas veces le resulta hostil.
No entiende ciertos códigos sociales.
Se siente incómoda.
Duda de sí misma.
Creció cargando miedos que no eligió.
Y sin embargo, en lugar de endurecerse,
conserva una capacidad enorme para mirar a los demás con cuidado.

Eso es rarísimo.
Porque muchas personas que sufrieron terminan levantando murallas.
Y es entendible.
A veces parece la única forma de seguir adelante.

Holly no.

Holly sigue prestando atención.
A los detalles.
A las personas.
A las cosas pequeñas.
A veces incluso demasiado.

En uno de los libros se la compara con un monopatín.
Porque con ella “todo va sobre ruedas”.
Y aunque la frase tenga algo de humor, también tiene algo de verdad.

Hay personas cuya presencia vuelve las cosas un poco más fáciles.
Más livianas.
Más habitables.

Holly es una de ellas.
Porque en el fondo parece moverse por el mundo pensando:
"¿Y si el otro está pasando por algo que yo no estoy viendo?"
No es ingenuidad.
Es sensibilidad.

Y quizás también una forma muy particular de entender el cuidado.
Porque Holly jamás sería cruel con nadie.
No porque crea que todo el mundo es bueno (aunque a veces sí).
Ni porque no vea las miserias ajenas.
Las ve.
Probablemente más que muchos.
Pero aun así elige no agregar más daño al daño.

Y hay algo profundamente admirable en eso.

Porque vivimos en una época donde muchas veces predomina el egoísmo.
Pero disfrazado, por contradictorio que parezca,
de empatía o respeto.
Y saber cuidar parece ser cada vez más difícil.

En otro de los libros se dice que Holly
prefiere esperar lo mejor de la gente
y que cree que hay bondad en todas las personas.
Y aunque el mundo se empeñe en demostrarle lo contrario más de una vez,
ella sigue intentando hacerlo.

A veces pienso que deberíamos aprender un poco de ella
cuando queremos acompañar o vincularnos con alguien.
Menos respuestas.
Menos certezas.
Menos necesidad de tener razón.
Y más atención.
Más escucha.
Más preguntas.
Más disposición a pensar que quizás no todo pasa por uno.
Que el otro puede también estar atravesando algo
que nosotros todavía no alcanzamos a ver.

Y quizás por eso también me atrapa esa imagen
que aparece varias veces en sus historias:
la de una luz interior que se enciende.
Ese momento en el que algo encaja.
En el que comprende una situación, una persona o una verdad
que estaba ahí desde el principio.
Porque no parece magia.
Ni genialidad.
Parece atención.

Creo que por eso me gusta tanto.
Porque me recuerda algo que olvidamos con facilidad.
Que no siempre sabemos qué batalla está peleando el otro.
Que muchas veces vemos apenas una parte
(y la mayoría de las veces es solo la que está de nuestro lado).
Que la mayoría de las personas está cargando algo que desconocemos.
Y que aun así hay quienes eligen ser amables.
No porque la vida haya sido amable con ellos.
Sino a pesar de eso.

Gente que sigue siendo amable después de haber conocido
el abandono, la incomodidad, la pérdida o la soledad.
Gente que no siempre encaja.
Pero que igual encuentra la manera de cuidar.
De estar.
De pensar (de verdad) en los demás.
De seguir mirando.

Durante mucho tiempo pensé que la fortaleza
tenía que ver con volverse más duro.
Holly me hizo sospechar otra cosa.

Que quizás algunas de las personas más fuertes
son aquellas que, después de todo,
siguen conservando la capacidad de ser amables.

Y cuando digo sospechar,
es que en realidad estoy segura de eso.





P.D.: La obra que acompaña esta entrega es El mundo de Christina, de Andrew Wyeth.
No sé exactamente por qué la elegí. No porque Chrsitina y Holly se parezcan.
Pero ambas transmiten algo parecido: una mezcla extraña de vulnerabilidad y determinación y recuerdan que la fragilidad y la fortaleza no siempre son opuestos.
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