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des.verbada

Arte
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Dieciséis: Pérdida de belleza.

Creo que estamos perdiendo la belleza.

No porque el mundo tenga menos paisajes.
Ni menos música.
Ni menos arte.

Creo que la estamos perdiendo porque dejamos de pedirle belleza a las cosas.
Vivimos en una época que celebra la eficiencia.
Y casi sin darnos cuenta empezamos a tratar la belleza como si fuera un lujo.
Un agregado.
Un adorno.
Algo de lo que puede prescindirse siempre que lo importante esté resuelto.

Una taza tiene que servir para tomar té.
Una silla, para sentarse.
Una estación de tren, para que salga un tren.
Y, sin darnos cuenta, empezamos a medir el mundo únicamente por su utilidad.

Lo curioso es que nadie haría lo mismo con una persona
(o al menos no lo haríamos si realmente nos importa el otro).
Nunca diríamos que alguien vale solo porque es eficiente.
O porque resuelve problemas rápido.
O porque optimiza procesos.

Sin embargo, esa lógica empezó a extenderse.
A los edificios.
A los objetos.
A las ciudades.
A las conversaciones.
Incluso al tiempo.
Como si todo aquello que no produjera un resultado inmediato
empezara a parecernos sospechoso.

Hace poco vi una publicación que comparaba dos tazas.
Las dos servían exactamente para lo mismo.
Pero una había sido hecha con una dedicación
que hoy muchos considerarían innecesaria.
Estaba pintada a mano y tenía pequeños detalles que nadie había pedido.
La otra era completamente lisa.
Perfecta.
Completamente común y olvidable.

Entonces relacioné dos cosas.

El problema nunca fue la belleza.
Lo que desapareció fue la paciencia.
Porque la belleza siempre llega tarde.
Necesita tiempo.
Necesita atención.
Necesita alguien dispuesto a hacer un poco más
de lo estrictamente necesario.

Por otro lado, tampoco el problema es la simpleza.
El problema aparece cuando también desaparece el alma.
Cuando un espacio ya no transmite nada.
Cuando un objeto deja de contar una historia.
Cuando todo empieza a parecer intercambiable.

Por eso me cuesta creer que la belleza sea una cuestión de gusto.
Empiezo a pensarla como una forma de relación.
Como una manera de decir:
"Esto merecía mi tiempo."
Y eso cambia todo.

Porque ya no hablamos solamente de una taza.
Hablamos de una carta escrita a mano.
De una mesa preparada antes de que lleguen los invitados.
De un libro dedicado con cuidado.
De una plaza donde alguien pensó
que también hacía falta una fuente, un árbol o una escultura.

Hablamos de personas.
Porque al final también nosotros nos volvemos más bellos
cuando decidimos dedicar tiempo.
A una conversación.
A una comida.
A una carta.
Como si el tiempo fuera otra forma de decir:
"Esto importa."

Ya no pienso la belleza como un lujo.
Empiezo a pensarla como una necesidad
profundamente humana.

No porque haga la vida más cómoda.
Sino porque nos recuerda que alguien estuvo ahí.
Que alguien dejó una marca.
Que alguien hizo algo pensando en otro.

La pregunta deja de ser si el mundo se volvió menos bello.
La verdadera pregunta es otra.
¿En qué momento dejamos de creer que la belleza
también era una forma de cuidar?







P.D.: la obra de esta entrega es “Ladrón de fresas”, de William Morris.
Morris creía que la belleza no debía quedar reservada para los museos.
También debía habitar las casas, los objetos y la vida cotidiana.
Quizás hacer de lo cotidiano un lugar más bello sea, precisamente, dedicar tiempo incluso a aquello que nadie nos exige embellecer.
Ver más

Quince: Palabras que permanecen.

Hay palabras que me gustan no por cómo suenan.
Sino porque existen.

Porque alguien, en algún momento, sintió algo tan difícil de explicar
que un idioma entero decidió inventarle un nombre.

Hace un tiempo me pasó con tres.
Ricordare y dimenticare en italiano.
Y saudade en portugués.

Las tres hablan, de alguna manera, del tiempo.
Pero sobre todo hablan de nosotros.
De la forma en que elegimos conservar aquello que nos importa.

Ricordare, no significa solamente recordar.
Viene del latín re-cordis. Volver a pasar por el corazón.
Y desde entonces ya no pude volver a pensar el recuerdo de la misma manera.
Porque recordar deja de ser un ejercicio de memoria.
Y pasa a ser otra cosa.
Como si algunas personas, algunos lugares o algunos momentos no vivieran
únicamente en la cabeza.
Sino en un lugar bastante más profundo.

Después está dimenticare.
Olvidar.
Una palabra que siempre me pareció un tanto injusta.
Porque uno rara vez olvida del todo.
Las cosas cambian de forma.
Se vuelven más silenciosas. Más lejanas.
Pero no desaparecen.

Y entonces entendí que, quizás vivimos haciendo ese movimiento extraño.
Volviendo a pasar algunas cosas por el corazón.
Y dejando que otras, de a poco, encuentren otro lugar donde descansar.

Hace unas semanas, mientras mi mamá me contaba sobre su viaje a Portugal,
terminamos hablando de saudade.
Esa palabra que todos intentan traducir y nadie termina de lograrlo.
Porque no es solamente extrañar.
Tampoco es nostalgia.
Ni tristeza.
Es la presencia de una ausencia.
Es querer volver a algo sabiendo que ya no existe de la misma manera.
Y creo que todos conocemos esa sensación, aunque nunca la hayamos llamado así.

Capaz por eso vuelvo tanto a estas palabras.
Porque me recuerdan que los idiomas no solo sirven para comunicarnos.
También sirven para entendernos.
Para descubrir que eso que sentimos, y que a veces parece tan nuestro,
ya lo sintió alguien antes.
Tan antes.
Que hasta hizo falta inventar una palabra.

Y hay algo profundamente humano en eso.
Descubrir que no estamos tan solos como creíamos.

Entonces, quizás recordar nunca fue traer el pasado al presente.
Quizás siempre fue volver a pasar por el corazón aquello que todavía sigue
viviendo en nosotros.
Capaz por eso algunas cosas nunca se olvidan.
Porque antes de quedarse en la memoria, encontraron un lugar en el corazón.






P.D.: La obra de esta entrega es Mujer en la ventana, de Caspar David Friedrich.
La mujer no mira hacia atrás. Mira hacia afuera.
No sabemos qué está mirando y ahí está la belleza de la obra.
Nos obliga a completar la escena y puede que terminemos haciéndolo con nuestros propios recuerdos.
Ver más

Catorce: El lujo de la profundidad.

Esta semana leí una frase que me quedó dando vueltas.
“La profundidad es un lujo”.

No porque sea difícil de entender.
Sino porque me hizo pensar cuánto hace que dejamos de profundizar.
En los libros.
En las conversaciones.
En las personas.
En las preguntas.

Curiosamente, vivimos en una época en la que se habla mucho de profundidad.
Y, sin embargo, muchas veces parece más una imagen que una experiencia.

Vivimos rodeados de estímulos.
Saltamos de una cosa a otra.
Leemos un párrafo.
Miramos una notificación.
Respondemos un mensaje.
Abrimos otra pestaña.
Y cuando termina el día sentimos que estuvimos haciendo muchas cosas.
Pero no sé si estuvimos realmente en alguna.

Terminar un libro ya parece un acto de resistencia.
Escuchar un disco entero también.
Tomar un café sin mirar el teléfono.
Quedarse pensando una idea un rato más de lo necesario.

Todo esto, que antes era cotidiano, hoy parece un pequeño lujo.
Y quizás lo sea.

Pero no porque no tengamos tiempo.
Sino porque la profundidad siempre exige una decisión.
Porque las cosas importantes rara vez aparecen rápido.
Y creo que nosotros mismos, mucho menos.

Capaz por eso hoy la profundidad parece tan extraña.
No porque el mundo vaya demasiado rápido.
Sino porque cada vez elegimos menos detenernos.

Al final no se trata de hacer más.
Ni de tener más tiempo.
Ni siquiera de ir más despacio.

Se trata de otra cosa.

De elegir, aunque sea de vez en cuando,
no pasar por arriba de las cosas.
De permanecer un rato más en una conversación.
En un libro.
En una canción.
En otro.
En nosotros mismos.

Porque hay cosas que solo aparecen
cuando uno decide habitarlas.

Y porque la profundidad nunca es una cuestión de tiempo.
Ni tampoco hace ruido.
Es, más bien, una forma de mirar.






P.D.1: La obra de esta entrega es El astrónomo, de Johannes Vermeer.
Me gusta porque muestra algo que hoy parece casi extraordinario: una persona entregada por completo a una sola cosa.
Sin interrupciones, sin apuro y sin necesidad de mirar hacia otro lado.
Detenida. Entendiendo la diferencia entre ver y observar.
Entre conocer una respuesta y animarse a hacer una pregunta.
Esta pintura siempre me recordó esa diferencia.

P.D.2: Te dejo completo el extracto de texto que leí:
“La profundidad es un lujo.
Terminar un libro. Conversar sin un teléfono sobre la mesa. Dedicar más de diez minutos a reflexionar sobre un problema.
Escuchar un álbum completo. Escribir sin interrupciones. Estar en un lugar sin sentir la necesidad de publicarlo.
En un mundo que vende distracción masiva, la atención sostenida se ha convertido en el privilegio de quienes deciden. Y viven”.
Ver más

Trece: Holly siendo Holly.

Holly Gibney es uno de los personajes
más particulares y queridos de Stephen King.
Él mismo dijo: "Adoro a Holly. Así de sencillo" y admitió
que es tal su devoción que, en "La sangre manda",
su personaje casi se roba el libro.
No fue casualidad que tiempo después
publicara una novela dedicada a ella.

Quería escribir un Des-verbada sobre Holly.
Pero cuanto más la pienso, más creo que este texto no debería ser sobre ella.
Debería ser sobre lo que Holly ve y que los demás no.
Porque si uno intenta resumirla diciendo que es
inteligente, sensible, buena persona o adorable, se queda corto.

Lo extraordinario de Holly es otra cosa.

Hay personajes que uno recuerda por lo que hacen.
Y otros por la forma en que miran el mundo.
Holly Gibney pertenece a la segunda categoría.
Porque mientras la mayoría de las personas
parece atravesar la vida intentando ser vista,
Holly pasa buena parte de su tiempo intentando ver a los demás.
Y eso no sería tan llamativo si le hubiera tocado una vida fácil.

Pero no fue así.

Holly vive en un mundo que muchas veces le resulta hostil.
No entiende ciertos códigos sociales.
Se siente incómoda.
Duda de sí misma.
Creció cargando miedos que no eligió.
Y sin embargo, en lugar de endurecerse,
conserva una capacidad enorme para mirar a los demás con cuidado.

Eso es rarísimo.
Porque muchas personas que sufrieron terminan levantando murallas.
Y es entendible.
A veces parece la única forma de seguir adelante.

Holly no.

Holly sigue prestando atención.
A los detalles.
A las personas.
A las cosas pequeñas.
A veces incluso demasiado.

En uno de los libros se la compara con un monopatín.
Porque con ella “todo va sobre ruedas”.
Y aunque la frase tenga algo de humor, también tiene algo de verdad.

Hay personas cuya presencia vuelve las cosas un poco más fáciles.
Más livianas.
Más habitables.

Holly es una de ellas.
Porque en el fondo parece moverse por el mundo pensando:
"¿Y si el otro está pasando por algo que yo no estoy viendo?"
No es ingenuidad.
Es sensibilidad.

Y quizás también una forma muy particular de entender el cuidado.
Porque Holly jamás sería cruel con nadie.
No porque crea que todo el mundo es bueno (aunque a veces sí).
Ni porque no vea las miserias ajenas.
Las ve.
Probablemente más que muchos.
Pero aun así elige no agregar más daño al daño.

Y hay algo profundamente admirable en eso.

Porque vivimos en una época donde muchas veces predomina el egoísmo.
Pero disfrazado, por contradictorio que parezca,
de empatía o respeto.
Y saber cuidar parece ser cada vez más difícil.

En otro de los libros se dice que Holly
prefiere esperar lo mejor de la gente
y que cree que hay bondad en todas las personas.
Y aunque el mundo se empeñe en demostrarle lo contrario más de una vez,
ella sigue intentando hacerlo.

A veces pienso que deberíamos aprender un poco de ella
cuando queremos acompañar o vincularnos con alguien.
Menos respuestas.
Menos certezas.
Menos necesidad de tener razón.
Y más atención.
Más escucha.
Más preguntas.
Más disposición a pensar que quizás no todo pasa por uno.
Que el otro puede también estar atravesando algo
que nosotros todavía no alcanzamos a ver.

Y quizás por eso también me atrapa esa imagen
que aparece varias veces en sus historias:
la de una luz interior que se enciende.
Ese momento en el que algo encaja.
En el que comprende una situación, una persona o una verdad
que estaba ahí desde el principio.
Porque no parece magia.
Ni genialidad.
Parece atención.

Creo que por eso me gusta tanto.
Porque me recuerda algo que olvidamos con facilidad.
Que no siempre sabemos qué batalla está peleando el otro.
Que muchas veces vemos apenas una parte
(y la mayoría de las veces es solo la que está de nuestro lado).
Que la mayoría de las personas está cargando algo que desconocemos.
Y que aun así hay quienes eligen ser amables.
No porque la vida haya sido amable con ellos.
Sino a pesar de eso.

Gente que sigue siendo amable después de haber conocido
el abandono, la incomodidad, la pérdida o la soledad.
Gente que no siempre encaja.
Pero que igual encuentra la manera de cuidar.
De estar.
De pensar (de verdad) en los demás.
De seguir mirando.

Durante mucho tiempo pensé que la fortaleza
tenía que ver con volverse más duro.
Holly me hizo sospechar otra cosa.

Que quizás algunas de las personas más fuertes
son aquellas que, después de todo,
siguen conservando la capacidad de ser amables.

Y cuando digo sospechar,
es que en realidad estoy segura de eso.





P.D.: La obra que acompaña esta entrega es El mundo de Christina, de Andrew Wyeth.
No sé exactamente por qué la elegí. No porque Chrsitina y Holly se parezcan.
Pero ambas transmiten algo parecido: una mezcla extraña de vulnerabilidad y determinación y recuerdan que la fragilidad y la fortaleza no siempre son opuestos.
Ver más

Doce: Mirar el arte.

Este texto existe desde hace tiempo.

Como otros tantos Des-verbada
que quedaron entre apuntes, frases sueltas e ideas.

No estaba escrito exactamente así.
Pero sí existía como una pregunta.

Esta semana,
mientras pensaba sobre qué escribir,
volví a encontrarlo.

Y volvió también la idea.

Creo que por una sucesión de hechos,
con el arte como hilo conductor.

Y sobre todo por un encuentro organizado
por un amigo muy querido.
Digo encuentro, porque el motivo era su cumpleaños.

Pero también era otra cosa.
Había música en vivo, pinturas, lecturas.
Personas mostrando lo que hacen.
Gente compartiendo cosas que,
en algún momento,
existieron solamente en su cabeza
para después encontrar una forma de salir al mundo.

Entonces pensé algo
que ya había pensado otras veces.
Pensé en el arte.
No en el arte de museo.
No en el arte como algo solemne.
Sino en el arte como una forma de mirar.

Porque hace poco también empecé
un taller de historia del arte.
Y la idea era aprender.
Pero terminó pasando algo más.

Empecé a hacer.
A dibujar.
A intentar aunque no supiera bien
qué estaba haciendo.

Y eso me hizo pensar una primera cosa:
que muchas veces creemos
que el arte es algo que hacen otras personas.
Las que saben, las que tienen facilidad, las que pueden.
Y resulta que no.

Porque el arte empieza exactamente
donde termina la idea de hacerlo perfecto.
Empieza en probar.
En equivocarse.
En mirar con atención.

Quizás por eso tampoco me parece casualidad
haberme encontrado tantas veces con él.

En casa siempre hubo arte de alguna manera.
Y más acá en el tiempo aparecieron personas
que tienen una relación muy natural con la creatividad.

Personas que no la explican demasiado.
Simplemente la viven.

Y eso me hizo pensar una segunda cosa.
Que a veces confundimos el arte con sus formas.
Porque el arte no es solamente una pintura, una canción o un libro.
Quizás también sea una forma de prestar atención.
De registrar lo que otros pasan por alto.

Porque no creo que el arte venga a salvarnos.
Tampoco creo que exista solamente
para atravesar momentos difíciles.

Creo que hace algo más simple y más importante.
Nos enseña a mirar. A detenernos.
A encontrar belleza, preguntas o sentido.

Capaz por eso me gusta tanto.
Porque no viene a resolver nada.
No viene a ordenar el mundo.
Pero sí logra algo bastante extraordinario:
volverlo un poco más interesante.

Y a veces,
ahí está la clave.

Gracias a Alicia,
por hacer que en casa siempre hubiera arte de una forma u otra.
En cuadros, en piezas de orfebrería y en cualquier cosa
que pudiera transformarse.

Gracias a Julita,
por tener esa capacidad extraña y tan genial de encontrar arte
donde otros ven cosas comunes (como la sombra de las hojas).
Y no solo por tenerla, sino por invitarnos al resto, a acercarnos.

Gracias a Jesi,
por conseguir, con el "Viaje Creativo" algo que parecía imposible:
que dibujara un retrato.
Y eso, sinceramente, ¡ya es muchísimo!.

Y gracias a Karim y a Diegui,
que fueron los primeros en recibir una parte de mi arte
y la abrazaron con la misma generosidad
con la que me abrazaron a mí desde el primer momento.




P.D.: la obra de arte de esta entrega es “Espejo Falso” de René Magritte.
Un ojo que contiene un cielo.
Hay mundos enteros escondidos en la forma en que miramos, y quizás el arte tenga algo que ver con recordarlo.
Porque a veces empieza exactamente ahí: cuando dejamos de pasar por delante de las cosas y empezamos a detenernos en ellas.
Ver más

Once: Sobre anotar gratitudes.

Yo anoto.
Anoto todo.

Anoto en libretas chiquitas que llevo en la cartera, en hojas sueltas, en cuadernos que están siempre cerca de mí.
Como si escribir las cosas fuera una manera de mantenerlas vivas o de volver a ellas.
No por no soltar, sino para ver lo que fuimos, lo que disfrutamos, lo que nos pasó y superamos, lo que crecimos.

Anoto cumpleaños de amigos y a veces me pregunto cómo hizo la vida para cruzarnos, siendo tan dispares, con recorridos tan lejanos entre sí. Anoto fechas de días donde las horas pasaron rapidísimo y, al mismo tiempo, parecían suspendidas. Como si el tiempo – que normalmente corre, empuja y se escapa – de golpe pudiera quedarse quieto unos minutos.

Y sobre el tiempo pienso bastante.

Pienso, por ejemplo, que es verdad eso de que nunca alcanza del todo. No voy a llegar a leer todos los libros que quiero leer, ni ver todas las películas que siempre digo que voy a mirar. No voy a aprender todos los idiomas ni investigar todo lo que quiero.

Cuando eso pasa, hay quienes sienten algo un poco desesperante al darse cuenta. Porque cuando se empieza a pensar en todo lo que nos gustaría hacer, vivir o conocer, el mundo parece infinito y el tiempo, no tanto.

Y sin embargo, después pasa algo.
Se trata de hacer un ejercicio simple.

Hacer que el ruido baje un poco y dejar de pensar en todo lo que falta.
Empezar a acordarse de lo que sí está. De las cosas que ya están pasando.
El aroma de una comida que alguien nos prepara. Sentir el perfume que más nos gusta. Una conversación que se alarga sin mirar el reloj. Reírse muchísimo. Llorar cuando algo duele. Mirar el cielo. Aprender algo nuevo, aunque sea mínimo. Equivocarse. Volver a intentar.

Y entonces el tiempo cambia un poco de forma.

Porque no se trata de ganarle ni de aprovecharlo perfecto. Quizás se trata de habitarlo. De hacer espacio para aquello que nos mueve, aunque sea pequeño, aunque no entre en ninguna lógica, aunque parezca salirse de parámetros que ya creíamos tener bien definidos.

Hace un tiempo leí “Las gratitudes”, de Delphine de Vigan.
Es un libro sencillo, pero tiene algo muy filoso: recuerda todo aquello que damos por hecho hasta que falta. Y mientras escribía esto pensaba justamente en agradecer.

A la gente que me rodea y me cuida. A las conversaciones que llegan cuando tienen que llegar. Incluso a los cimbronazos, aunque muchas veces odie mientras suceden. Y también, por qué no, a mí. Por seguir intentando. Por seguir buscando maneras de hacer de mi mundo un espacio confortable, tranquilo al que siempre quiero volver.

Capaz al final se trata un poco de eso.

De anotar momentos.
De compartir tiempo con quienes queremos.
De aprender a mirar lo que sí está pasando mientras pasa.

Y de agradecer.

A quienes nos rodean y hacen todo un poco más lindo y menos difícil.
A lo que aprendemos en el camino y después se queda con nosotros.
Y también al tiempo, que a veces apura y desordena, pero de alguna manera siempre termina poniendo las cosas en su lugar.




P.D.: La obra de arte arte de esta entrega es “Ventana Abierta” del francés Henri Matisse.
Hay algo en las ventanas abiertas que hace pensar en una pausa.
En respirar.
En la sensación de que todavía quedan cosas por mirar.
Y en aprender a mirar mejor lo que ya está con nosotros.
Ver más

Diez: Aurora.

Nació Aurora.
Soy tía.

No sabría qué decir exactamente
(o si tengo que decir algo),
pero, hay movimiento.

No en el mundo.
Pero sí en mí mundo.

No es que me cueste emocionarme,
pero no soy de las personas que eligen decir en voz alta
las cosas importantes
a todas las personas que me rodean.

Y sin embargo, esto...
es otra cosa.

Aurora.

Ahora sí.
Con nombre y cuerpo.
Con historia propia empezando.

Como las auroras boreales.
Esas luces que aparecen en el cielo
cuando todo parece oscuro.

Martín y Luci las vieron
casi al mismo tiempo que supieron
que ella venía.

Y me gusta pensar que algo de eso quedó.
Que hay nombres que no son casualidad.
Que hay formas de llegar que traen su propia luz.

La miro y pienso:
¡hola!

Y lejos de romantizar
no puedo evitar pensar también
en todo lo que vendrá.

En cómo nos vamos a llevar.
Qué le voy a decir.

Qué va a ver en mí.
Qué cosas vamos a compartir.

Me da curiosidad.
Mucha.

Pienso en lo que me gustaría enseñarle.
Y enseguida, en todo lo que seguro ella me va a enseñar a mí.

Me gustaría que conozca el mundo y lo disfrute.
Pero también que sepa que no siempre es tan amable.
Y que todos, en algún punto,
vamos aprendiendo a convivir (y lidiar) con eso.

No sé cómo se enseña.
Tal vez no se enseña.

Tal vez se muestra.
Se acompaña.
Se cuida cuando hace falta.
Y se deja ser.

Pienso en eso.
En estar.

En ser refugio cuando haga falta.
En reírnos.
En ser simplemente alquien que mira y sonríe desde un costado.

Aurora llegó.

Y con ella,
algo que no termino de nombrar.

Como esas luces en el cielo
que te obligan a frenar un segundo.

A mirar.
A entender que hay cosas que no se controlan, pero igual iluminan.

P.D.: hoy no hay obra de arte. Hoy hay foto de las manitos de Auro.
Ver más

Nueve: No por la leyenda.

23 de abril.
Día Internacional del Libro.

Y, por algún motivo
(y una leyenda),
También el de una rosa.

Viene de una historia vieja.
Un dragón.
Un príncipe.
Una princesa.

Nunca me terminó de cerrar del todo esa historia.

No por la historia en sí,
sino por la necesidad de que todo
tenga que ser épico.

Igual, hay algo que sí me queda.

No la leyenda.
El gesto.

Un libro y una rosa.

Un libro lo entiendo.

Con el paso de los años
fui leyendo más que antes.
Más variado.

A veces subrayo.
A veces dejo.
A veces vuelvo a un libro meses después
y no soy la misma que lo empezó.

Un libro no es solo lo que dice.
Es cuándo lo lees.
Desde qué lugar.
Y que te hace.

Hay libros que no me dijeron nada.
Y otros que me desordenaron.

Que me dejaron pensando.
O escribiendo.

Y eso ya alcanza.

La rosa… bueno.

No soy muy de las rosas.
Pero entiendo la idea.

Algo que no se queda.
Que no se guarda.
Que está un rato
y después perece.

Como muchas cosas.

Como algunos momentos.
Como ciertos vínculos.

Capaz por eso ambas cosas
funcionan juntan en la leyenda de Sant Jordi

Porque una permanece.
La otra no.

Porque a una se puede volver
y a la otra no.

No sé cuándo voy a volver a regalar un libro.
Mucho menos una rosa.

Pero sí sé que, en el medio de todo,
hay algo que pasa con leer.

Y con escribir también.

Como si fueran dos formas
de hacer un poco más habitable
lo que va pasando.


Sin que sea necesario
entenderlo del todo.

Sin ordenarlo tanto.

Pero eligiendo quedarme siempre
Donde pueda disfrutar.





P.D.: la imagen de esta entrega: “La lectora” de Jean-Honoré Fragonard.
No pasa nada extraordinario. Alguien leyendo.
Sin épica. Sin escena.

Solo ese momento en el que uno se queda un rato más.
En una página. En una idea.
En algo que, sin hacer mucho ruido, termina moviendo.



P.D2.: des.verbada estará, a partir de ahora, dentro de LUMA, un espacio donde intentamos leer el mundo desde otro lugar e interpretamos el presente desde el arte y la historia.
Pueden encontrarlo en Instagram con el usuario: @luma.archivo
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Ocho: (no) Todo lo que se dice.

No todo lo que se dice, se dice en voz alta.
Y no todo lo que llega, llega de forma directa.

Hay cosas que no se dicen de frente.
Pero llegan igual.

A veces toman otro camino.
Otra voz.
Otro espacio.

Y aparecen.

Comentarios.
Lecturas sobre lo que uno es, lo que elige,
lo que, según algunas miradas, son fortalezas y debilidades.
No dichas a uno,
pero sí sobre uno.

Y eso -a veces, hasta que uno aprende a dejarlo ir-
genera movimiento.

Porque hay algo ahí
que te deja en un lugar raro.

Como si tuvieras que responder algo
que no fue dicho para ser respondido.

Como si tuvieras que entrar en una conversación
a la que nunca te invitaron.

Y no.

No todo lo que circula
merece convertirse en diálogo.

No todo lo que se opina
abre una puerta.

Hay veces en que lo más sano
es no entrar en esa lógica.

No triangular.
No explicar.
No ir a buscar un lugar,
que no fue ofrecido de forma directa.

Pero también hay algo de eso:
en decir las cosas a través de otros,
en ocupar espacios que no son propios,
en opinar desde una cercanía que nunca fue habilitada.

Y no necesariamente es maldad.
A veces es otra cosa.

Necesidad.
Costumbre.
Miedo a perder un lugar.

Entender eso también ordena.

Porque hay formas que no son personales.
Solo encuentran dónde caer.

No son con (contra) uno.
Podrían ser con cualquiera.

Y eso cambia todo.
Porque ya no se trata de tomarlo personal
ni de reaccionar.

Se trata de elegir.

Elegir que no influya.
Elegir no responder lo que no fue dicho.
No sostener dinámicas que no son propias.

Hay conversaciones, opiniones, que no son tales.
Son ruido.

Y el ruido
no siempre merece ser escuchado.

A veces alcanza con correrse un poco.
Con no entrar.

Y dejar que lo que tenga que caer
caiga solo.





P.D.: la pintura de esta vez: “El hijo del hombre” de René Magriette.
Una imagen cuidada, que se presenta de una forma, pero que no se deja ver del todo y termina tapando lo real.
Ver más

Siete: Cuando empecé a escribir.

No empecé a escribir para contar algo.
O al menos, no sabía qué era.

Escribo.
Mucho.
Últimamente, sin parar.

A veces con disciplina casi obsesiva.
Otras, en completo desorden.
Y todo eso se mezcla en lo que sale.

Leo más.
Borro.
Dejo reposar.
Vuelvo.
Y, cada tanto, me animo a publicar.

Me da vergüenza.
Un poco de miedo también.

Pero lo hago igual.

Hay algo en ese gesto - mínimo, repetido -
que empieza a mover cosas.

No sé si es práctiva.
No sé si es insistencia.
No sé si es otra cosa.

Pero algo ocurre.

Se habla mucho de la suerte.
Cómo si fuera un factor aparte.
Y sin embargo...
a veces se parece bastante a la perseverancia.
A la tozudez.
A la paciencia de quedarse un rato más.

No sé si es casualidad.

Cuando algo nace desde el estómago
encuentra la forma de salir.
No siempre como una quiere.
No siempre prolijo.
Pero sale.

Durante mucho tiempo creí que había que tener todo claro antes de empezar.
El plan.
Las coordenadas.
El clima.

Y no.

Hay cosas que solo se acomodan después del primer paso.

Después de ese gesto medio torpe,
de lanzarse sin saber del todo.

Porque si algo aprendí
-más por sacudida que por elección-
es que la vida no avisa.

No es suave.
No espera a que estés lista.

Te mueve.
Y después ves.

Y en medio de todo eso,
apareció escribir.

No como proyecto.
No como objetivo.

Como forma.

Como una manera de traducir lo que pasa.
De entender, un poco.
O de no entender tanto, pero igual quedarse.

El último tiempo tuvo algo de eso.

Cosas que se dieron.
Otras que empujé.
Algunas que ni siquiera sabía que quería
hasta que empezaron a existir.

No fue solo desear.

Fue hacer lugar.
Mover algo.
Provocar, aunque sea un poco, que ocurra.

No siempre sale como imaginamos.
No siempre sale bien.

Pero cada tanto, algo encaja.
Y alcanza (y da envión) para seguir.



P.D.: la obra de esta entrega es “Composición VIII”, de Wassily Kandinsky.
Una pintura abstracta realizada durante su etapa en la Bauhaus.
Hay estructura y caos, disciplina y desorden conviviendo, como a veces me pasa cuando escribo.

Es muy conceptual.
Pero no por eso menos sensible.
Ver más