Cafecito
Imagen de portada
Imagen de perfil

des.verbada

Arte
0Seguidos
0Seguidores
des.verbada 🤎

Trece: Holly siendo Holly.

Holly Gibney es uno de los personajes
más particulares y queridos de Stephen King.
Él mismo dijo: "Adoro a Holly. Así de sencillo" y admitió
que es tal su devoción que, en "La sangre manda",
su personaje casi se roba el libro.
No fue casualidad que tiempo después
publicara una novela dedicada a ella.

Quería escribir un Des-verbada sobre Holly.
Pero cuanto más la pienso, más creo que este texto no debería ser sobre ella.
Debería ser sobre lo que Holly ve y que los demás no.
Porque si uno intenta resumirla diciendo que es
inteligente, sensible, buena persona o adorable, se queda corto.

Lo extraordinario de Holly es otra cosa.

Hay personajes que uno recuerda por lo que hacen.
Y otros por la forma en que miran el mundo.
Holly Gibney pertenece a la segunda categoría.
Porque mientras la mayoría de las personas
parece atravesar la vida intentando ser vista,
Holly pasa buena parte de su tiempo intentando ver a los demás.
Y eso no sería tan llamativo si le hubiera tocado una vida fácil.

Pero no fue así.

Holly vive en un mundo que muchas veces le resulta hostil.
No entiende ciertos códigos sociales.
Se siente incómoda.
Duda de sí misma.
Creció cargando miedos que no eligió.
Y sin embargo, en lugar de endurecerse,
conserva una capacidad enorme para mirar a los demás con cuidado.

Eso es rarísimo.
Porque muchas personas que sufrieron terminan levantando murallas.
Y es entendible.
A veces parece la única forma de seguir adelante.

Holly no.

Holly sigue prestando atención.
A los detalles.
A las personas.
A las cosas pequeñas.
A veces incluso demasiado.

En uno de los libros se la compara con un monopatín.
Porque con ella “todo va sobre ruedas”.
Y aunque la frase tenga algo de humor, también tiene algo de verdad.

Hay personas cuya presencia vuelve las cosas un poco más fáciles.
Más livianas.
Más habitables.

Holly es una de ellas.
Porque en el fondo parece moverse por el mundo pensando:
"¿Y si el otro está pasando por algo que yo no estoy viendo?"
No es ingenuidad.
Es sensibilidad.

Y quizás también una forma muy particular de entender el cuidado.
Porque Holly jamás sería cruel con nadie.
No porque crea que todo el mundo es bueno (aunque a veces sí).
Ni porque no vea las miserias ajenas.
Las ve.
Probablemente más que muchos.
Pero aun así elige no agregar más daño al daño.

Y hay algo profundamente admirable en eso.

Porque vivimos en una época donde muchas veces predomina el egoísmo.
Pero disfrazado, por contradictorio que parezca,
de empatía o respeto.
Y saber cuidar parece ser cada vez más difícil.

En otro de los libros se dice que Holly
prefiere esperar lo mejor de la gente
y que cree que hay bondad en todas las personas.
Y aunque el mundo se empeñe en demostrarle lo contrario más de una vez,
ella sigue intentando hacerlo.

A veces pienso que deberíamos aprender un poco de ella
cuando queremos acompañar o vincularnos con alguien.
Menos respuestas.
Menos certezas.
Menos necesidad de tener razón.
Y más atención.
Más escucha.
Más preguntas.
Más disposición a pensar que quizás no todo pasa por uno.
Que el otro puede también estar atravesando algo
que nosotros todavía no alcanzamos a ver.

Y quizás por eso también me atrapa esa imagen
que aparece varias veces en sus historias:
la de una luz interior que se enciende.
Ese momento en el que algo encaja.
En el que comprende una situación, una persona o una verdad
que estaba ahí desde el principio.
Porque no parece magia.
Ni genialidad.
Parece atención.

Creo que por eso me gusta tanto.
Porque me recuerda algo que olvidamos con facilidad.
Que no siempre sabemos qué batalla está peleando el otro.
Que muchas veces vemos apenas una parte
(y la mayoría de las veces es solo la que está de nuestro lado).
Que la mayoría de las personas está cargando algo que desconocemos.
Y que aun así hay quienes eligen ser amables.
No porque la vida haya sido amable con ellos.
Sino a pesar de eso.

Gente que sigue siendo amable después de haber conocido
el abandono, la incomodidad, la pérdida o la soledad.
Gente que no siempre encaja.
Pero que igual encuentra la manera de cuidar.
De estar.
De pensar (de verdad) en los demás.
De seguir mirando.

Durante mucho tiempo pensé que la fortaleza
tenía que ver con volverse más duro.
Holly me hizo sospechar otra cosa.

Que quizás algunas de las personas más fuertes
son aquellas que, después de todo,
siguen conservando la capacidad de ser amables.

Y cuando digo sospechar,
es que en realidad estoy segura de eso.





P.D.: La obra que acompaña esta entrega es El mundo de Christina, de Andrew Wyeth.
No sé exactamente por qué la elegí. No porque Chrsitina y Holly se parezcan.
Pero ambas transmiten algo parecido: una mezcla extraña de vulnerabilidad y determinación y recuerdan que la fragilidad y la fortaleza no siempre son opuestos.
Ver más

Doce: Mirar el arte.

Este texto existe desde hace tiempo.

Como otros tantos Des-verbada
que quedaron entre apuntes, frases sueltas e ideas.

No estaba escrito exactamente así.
Pero sí existía como una pregunta.

Esta semana,
mientras pensaba sobre qué escribir,
volví a encontrarlo.

Y volvió también la idea.

Creo que por una sucesión de hechos,
con el arte como hilo conductor.

Y sobre todo por un encuentro organizado
por un amigo muy querido.
Digo encuentro, porque el motivo era su cumpleaños.

Pero también era otra cosa.
Había música en vivo, pinturas, lecturas.
Personas mostrando lo que hacen.
Gente compartiendo cosas que,
en algún momento,
existieron solamente en su cabeza
para después encontrar una forma de salir al mundo.

Entonces pensé algo
que ya había pensado otras veces.
Pensé en el arte.
No en el arte de museo.
No en el arte como algo solemne.
Sino en el arte como una forma de mirar.

Porque hace poco también empecé
un taller de historia del arte.
Y la idea era aprender.
Pero terminó pasando algo más.

Empecé a hacer.
A dibujar.
A intentar aunque no supiera bien
qué estaba haciendo.

Y eso me hizo pensar una primera cosa:
que muchas veces creemos
que el arte es algo que hacen otras personas.
Las que saben, las que tienen facilidad, las que pueden.
Y resulta que no.

Porque el arte empieza exactamente
donde termina la idea de hacerlo perfecto.
Empieza en probar.
En equivocarse.
En mirar con atención.

Quizás por eso tampoco me parece casualidad
haberme encontrado tantas veces con él.

En casa siempre hubo arte de alguna manera.
Y más acá en el tiempo aparecieron personas
que tienen una relación muy natural con la creatividad.

Personas que no la explican demasiado.
Simplemente la viven.

Y eso me hizo pensar una segunda cosa.
Que a veces confundimos el arte con sus formas.
Porque el arte no es solamente una pintura, una canción o un libro.
Quizás también sea una forma de prestar atención.
De registrar lo que otros pasan por alto.

Porque no creo que el arte venga a salvarnos.
Tampoco creo que exista solamente
para atravesar momentos difíciles.

Creo que hace algo más simple y más importante.
Nos enseña a mirar. A detenernos.
A encontrar belleza, preguntas o sentido.

Capaz por eso me gusta tanto.
Porque no viene a resolver nada.
No viene a ordenar el mundo.
Pero sí logra algo bastante extraordinario:
volverlo un poco más interesante.

Y a veces,
ahí está la clave.

Gracias a Alicia,
por hacer que en casa siempre hubiera arte de una forma u otra.
En cuadros, en piezas de orfebrería y en cualquier cosa
que pudiera transformarse.

Gracias a Julita,
por tener esa capacidad extraña y tan genial de encontrar arte
donde otros ven cosas comunes (como la sombra de las hojas).
Y no solo por tenerla, sino por invitarnos al resto, a acercarnos.

Gracias a Jesi,
por conseguir, con el "Viaje Creativo" algo que parecía imposible:
que dibujara un retrato.
Y eso, sinceramente, ¡ya es muchísimo!.

Y gracias a Karim y a Diegui,
que fueron los primeros en recibir una parte de mi arte
y la abrazaron con la misma generosidad
con la que me abrazaron a mí desde el primer momento.




P.D.: la obra de arte de esta entrega es “Espejo Falso” de René Magritte.
Un ojo que contiene un cielo.
Hay mundos enteros escondidos en la forma en que miramos, y quizás el arte tenga algo que ver con recordarlo.
Porque a veces empieza exactamente ahí: cuando dejamos de pasar por delante de las cosas y empezamos a detenernos en ellas.
Ver más

Once: Sobre anotar gratitudes.

Yo anoto.
Anoto todo.

Anoto en libretas chiquitas que llevo en la cartera, en hojas sueltas, en cuadernos que están siempre cerca de mí.
Como si escribir las cosas fuera una manera de mantenerlas vivas o de volver a ellas.
No por no soltar, sino para ver lo que fuimos, lo que disfrutamos, lo que nos pasó y superamos, lo que crecimos.

Anoto cumpleaños de amigos y a veces me pregunto cómo hizo la vida para cruzarnos, siendo tan dispares, con recorridos tan lejanos entre sí. Anoto fechas de días donde las horas pasaron rapidísimo y, al mismo tiempo, parecían suspendidas. Como si el tiempo – que normalmente corre, empuja y se escapa – de golpe pudiera quedarse quieto unos minutos.

Y sobre el tiempo pienso bastante.

Pienso, por ejemplo, que es verdad eso de que nunca alcanza del todo. No voy a llegar a leer todos los libros que quiero leer, ni ver todas las películas que siempre digo que voy a mirar. No voy a aprender todos los idiomas ni investigar todo lo que quiero.

Cuando eso pasa, hay quienes sienten algo un poco desesperante al darse cuenta. Porque cuando se empieza a pensar en todo lo que nos gustaría hacer, vivir o conocer, el mundo parece infinito y el tiempo, no tanto.

Y sin embargo, después pasa algo.
Se trata de hacer un ejercicio simple.

Hacer que el ruido baje un poco y dejar de pensar en todo lo que falta.
Empezar a acordarse de lo que sí está. De las cosas que ya están pasando.
El aroma de una comida que alguien nos prepara. Sentir el perfume que más nos gusta. Una conversación que se alarga sin mirar el reloj. Reírse muchísimo. Llorar cuando algo duele. Mirar el cielo. Aprender algo nuevo, aunque sea mínimo. Equivocarse. Volver a intentar.

Y entonces el tiempo cambia un poco de forma.

Porque no se trata de ganarle ni de aprovecharlo perfecto. Quizás se trata de habitarlo. De hacer espacio para aquello que nos mueve, aunque sea pequeño, aunque no entre en ninguna lógica, aunque parezca salirse de parámetros que ya creíamos tener bien definidos.

Hace un tiempo leí “Las gratitudes”, de Delphine de Vigan.
Es un libro sencillo, pero tiene algo muy filoso: recuerda todo aquello que damos por hecho hasta que falta. Y mientras escribía esto pensaba justamente en agradecer.

A la gente que me rodea y me cuida. A las conversaciones que llegan cuando tienen que llegar. Incluso a los cimbronazos, aunque muchas veces odie mientras suceden. Y también, por qué no, a mí. Por seguir intentando. Por seguir buscando maneras de hacer de mi mundo un espacio confortable, tranquilo al que siempre quiero volver.

Capaz al final se trata un poco de eso.

De anotar momentos.
De compartir tiempo con quienes queremos.
De aprender a mirar lo que sí está pasando mientras pasa.

Y de agradecer.

A quienes nos rodean y hacen todo un poco más lindo y menos difícil.
A lo que aprendemos en el camino y después se queda con nosotros.
Y también al tiempo, que a veces apura y desordena, pero de alguna manera siempre termina poniendo las cosas en su lugar.




P.D.: La obra de arte arte de esta entrega es “Ventana Abierta” del francés Henri Matisse.
Hay algo en las ventanas abiertas que hace pensar en una pausa.
En respirar.
En la sensación de que todavía quedan cosas por mirar.
Y en aprender a mirar mejor lo que ya está con nosotros.
Ver más

Diez: Aurora.

Nació Aurora.
Soy tía.

No sabría qué decir exactamente
(o si tengo que decir algo),
pero, hay movimiento.

No en el mundo.
Pero sí en mí mundo.

No es que me cueste emocionarme,
pero no soy de las personas que eligen decir en voz alta
las cosas importantes
a todas las personas que me rodean.

Y sin embargo, esto...
es otra cosa.

Aurora.

Ahora sí.
Con nombre y cuerpo.
Con historia propia empezando.

Como las auroras boreales.
Esas luces que aparecen en el cielo
cuando todo parece oscuro.

Martín y Luci las vieron
casi al mismo tiempo que supieron
que ella venía.

Y me gusta pensar que algo de eso quedó.
Que hay nombres que no son casualidad.
Que hay formas de llegar que traen su propia luz.

La miro y pienso:
¡hola!

Y lejos de romantizar
no puedo evitar pensar también
en todo lo que vendrá.

En cómo nos vamos a llevar.
Qué le voy a decir.

Qué va a ver en mí.
Qué cosas vamos a compartir.

Me da curiosidad.
Mucha.

Pienso en lo que me gustaría enseñarle.
Y enseguida, en todo lo que seguro ella me va a enseñar a mí.

Me gustaría que conozca el mundo y lo disfrute.
Pero también que sepa que no siempre es tan amable.
Y que todos, en algún punto,
vamos aprendiendo a convivir (y lidiar) con eso.

No sé cómo se enseña.
Tal vez no se enseña.

Tal vez se muestra.
Se acompaña.
Se cuida cuando hace falta.
Y se deja ser.

Pienso en eso.
En estar.

En ser refugio cuando haga falta.
En reírnos.
En ser simplemente alquien que mira y sonríe desde un costado.

Aurora llegó.

Y con ella,
algo que no termino de nombrar.

Como esas luces en el cielo
que te obligan a frenar un segundo.

A mirar.
A entender que hay cosas que no se controlan, pero igual iluminan.

P.D.: hoy no hay obra de arte. Hoy hay foto de las manitos de Auro.
Ver más

Nueve: No por la leyenda.

23 de abril.
Día Internacional del Libro.

Y, por algún motivo
(y una leyenda),
También el de una rosa.

Viene de una historia vieja.
Un dragón.
Un príncipe.
Una princesa.

Nunca me terminó de cerrar del todo esa historia.

No por la historia en sí,
sino por la necesidad de que todo
tenga que ser épico.

Igual, hay algo que sí me queda.

No la leyenda.
El gesto.

Un libro y una rosa.

Un libro lo entiendo.

Con el paso de los años
fui leyendo más que antes.
Más variado.

A veces subrayo.
A veces dejo.
A veces vuelvo a un libro meses después
y no soy la misma que lo empezó.

Un libro no es solo lo que dice.
Es cuándo lo lees.
Desde qué lugar.
Y que te hace.

Hay libros que no me dijeron nada.
Y otros que me desordenaron.

Que me dejaron pensando.
O escribiendo.

Y eso ya alcanza.

La rosa… bueno.

No soy muy de las rosas.
Pero entiendo la idea.

Algo que no se queda.
Que no se guarda.
Que está un rato
y después perece.

Como muchas cosas.

Como algunos momentos.
Como ciertos vínculos.

Capaz por eso ambas cosas
funcionan juntan en la leyenda de Sant Jordi

Porque una permanece.
La otra no.

Porque a una se puede volver
y a la otra no.

No sé cuándo voy a volver a regalar un libro.
Mucho menos una rosa.

Pero sí sé que, en el medio de todo,
hay algo que pasa con leer.

Y con escribir también.

Como si fueran dos formas
de hacer un poco más habitable
lo que va pasando.


Sin que sea necesario
entenderlo del todo.

Sin ordenarlo tanto.

Pero eligiendo quedarme siempre
Donde pueda disfrutar.





P.D.: la imagen de esta entrega: “La lectora” de Jean-Honoré Fragonard.
No pasa nada extraordinario. Alguien leyendo.
Sin épica. Sin escena.

Solo ese momento en el que uno se queda un rato más.
En una página. En una idea.
En algo que, sin hacer mucho ruido, termina moviendo.



P.D2.: des.verbada estará, a partir de ahora, dentro de LUMA, un espacio donde intentamos leer el mundo desde otro lugar e interpretamos el presente desde el arte y la historia.
Pueden encontrarlo en Instagram con el usuario: @luma.archivo
Ver más

Ocho: (no) Todo lo que se dice.

No todo lo que se dice, se dice en voz alta.
Y no todo lo que llega, llega de forma directa.

Hay cosas que no se dicen de frente.
Pero llegan igual.

A veces toman otro camino.
Otra voz.
Otro espacio.

Y aparecen.

Comentarios.
Lecturas sobre lo que uno es, lo que elige,
lo que, según algunas miradas, son fortalezas y debilidades.
No dichas a uno,
pero sí sobre uno.

Y eso -a veces, hasta que uno aprende a dejarlo ir-
genera movimiento.

Porque hay algo ahí
que te deja en un lugar raro.

Como si tuvieras que responder algo
que no fue dicho para ser respondido.

Como si tuvieras que entrar en una conversación
a la que nunca te invitaron.

Y no.

No todo lo que circula
merece convertirse en diálogo.

No todo lo que se opina
abre una puerta.

Hay veces en que lo más sano
es no entrar en esa lógica.

No triangular.
No explicar.
No ir a buscar un lugar,
que no fue ofrecido de forma directa.

Pero también hay algo de eso:
en decir las cosas a través de otros,
en ocupar espacios que no son propios,
en opinar desde una cercanía que nunca fue habilitada.

Y no necesariamente es maldad.
A veces es otra cosa.

Necesidad.
Costumbre.
Miedo a perder un lugar.

Entender eso también ordena.

Porque hay formas que no son personales.
Solo encuentran dónde caer.

No son con (contra) uno.
Podrían ser con cualquiera.

Y eso cambia todo.
Porque ya no se trata de tomarlo personal
ni de reaccionar.

Se trata de elegir.

Elegir que no influya.
Elegir no responder lo que no fue dicho.
No sostener dinámicas que no son propias.

Hay conversaciones, opiniones, que no son tales.
Son ruido.

Y el ruido
no siempre merece ser escuchado.

A veces alcanza con correrse un poco.
Con no entrar.

Y dejar que lo que tenga que caer
caiga solo.





P.D.: la pintura de esta vez: “El hijo del hombre” de René Magriette.
Una imagen cuidada, que se presenta de una forma, pero que no se deja ver del todo y termina tapando lo real.
Ver más

Siete: Cuando empecé a escribir.

No empecé a escribir para contar algo.
O al menos, no sabía qué era.

Escribo.
Mucho.
Últimamente, sin parar.

A veces con disciplina casi obsesiva.
Otras, en completo desorden.
Y todo eso se mezcla en lo que sale.

Leo más.
Borro.
Dejo reposar.
Vuelvo.
Y, cada tanto, me animo a publicar.

Me da vergüenza.
Un poco de miedo también.

Pero lo hago igual.

Hay algo en ese gesto - mínimo, repetido -
que empieza a mover cosas.

No sé si es práctiva.
No sé si es insistencia.
No sé si es otra cosa.

Pero algo ocurre.

Se habla mucho de la suerte.
Cómo si fuera un factor aparte.
Y sin embargo...
a veces se parece bastante a la perseverancia.
A la tozudez.
A la paciencia de quedarse un rato más.

No sé si es casualidad.

Cuando algo nace desde el estómago
encuentra la forma de salir.
No siempre como una quiere.
No siempre prolijo.
Pero sale.

Durante mucho tiempo creí que había que tener todo claro antes de empezar.
El plan.
Las coordenadas.
El clima.

Y no.

Hay cosas que solo se acomodan después del primer paso.

Después de ese gesto medio torpe,
de lanzarse sin saber del todo.

Porque si algo aprendí
-más por sacudida que por elección-
es que la vida no avisa.

No es suave.
No espera a que estés lista.

Te mueve.
Y después ves.

Y en medio de todo eso,
apareció escribir.

No como proyecto.
No como objetivo.

Como forma.

Como una manera de traducir lo que pasa.
De entender, un poco.
O de no entender tanto, pero igual quedarse.

El último tiempo tuvo algo de eso.

Cosas que se dieron.
Otras que empujé.
Algunas que ni siquiera sabía que quería
hasta que empezaron a existir.

No fue solo desear.

Fue hacer lugar.
Mover algo.
Provocar, aunque sea un poco, que ocurra.

No siempre sale como imaginamos.
No siempre sale bien.

Pero cada tanto, algo encaja.
Y alcanza (y da envión) para seguir.



P.D.: la obra de esta entrega es “Composición VIII”, de Wassily Kandinsky.
Una pintura abstracta realizada durante su etapa en la Bauhaus.
Hay estructura y caos, disciplina y desorden conviviendo, como a veces me pasa cuando escribo.

Es muy conceptual.
Pero no por eso menos sensible.
Ver más

Seis: A la inversa.

Estamos muy entrenados para escribir sobre lo que queremos.
Nuestros deseos, nuestros planes, lo que imaginamos para adelante.

Pero hoy pensé en hacer el ejercicio inverso.

¿Qué pasa si en lugar de escribir lo que quiero,
escribo sobre lo que no quiero?
Nombrarlo para sacarlo del cuerpo.
Como una forma de exorcismo.

No quiero seguir invirtiendo energía en lugares
donde estuve y no fui recibida.
Ni poner atención donde no hay atención de vuelta.

No quiero nada no correspondido.
Ni decir que sí cuando en realidad es no,
ni decir que no por miedo.

No quiero compartir mi tiempo con personas que no me hacen bien.
Ni mirar el celular mientras estoy con la gente que quiero.

No quiero tratar mi tiempo como si fuera infinito.
Soy consciente de que muchas veces actué como si lo fuera.
Ahora sé que no.

No quiero condescendencia.
Ni tampoco que alguien crea tener autoridad
para opinar sobre mi vida o poner en duda quién soy.

No quiero la trampa de la positividad tóxica,
pero tampoco el cansancio del pesimismo permanente.
Ni todo es tan impecable, ni todo está completamente perdido.

No quiero perderme lo que está pasando por estar en otro lado con la cabeza.
Ni descuidar mi energía hasta que rebote de un lado al otro.

Hay cosas que quiero preservar.

Sobre todo una:
el candor.
Porque en un mundo que empuja a endurecerse,
conservarlo es también una forma de resistencia
y de no dejarse llevar por la corriente.

P.D.: ¿la pintura de esta vez?
“Sol de la mañana” de Edward Hopper.
Una mujer sentada en una cama, mirando hacia la luz que entra por la ventana. No está haciendo nada espectacular, pero hay una sensación muy fuerte de conciencia interior.
Parar, pensar y elegir cómo vivir.
La pintura transmite exactamente eso: alguien detenido en un momento de claridad.
Ver más

Cinco: Nunca estuve sola.

Desde que empecé Des-verbada te hablé en primera persona.
De confianza recuperada.
De procesos que cambiaron.
De procesos vividos desde adentro.

Lo cuento en primera persona porque estoy convencida de que así se siente la vida cuando te atraviesa el cuerpo:
propia.
Intransferible.
Sin testigos posibles en el núcleo.

Cada proceso tiene su piel.
Su tiempo.
Su forma de ser habitado.

Entender lo que nos pasa - a nuestra manera, sin apuro, sin traducción-,
es un acto de respeto.
Hay movimientos que nadie puede -o al menos, debería- marcar por nosotros.
Ni acelerar.
Ni juzgar desde afuera.

Y sin embargo...

No estaría donde estoy
sin personas que estuvieron conmigo
incluso sin moverse de su casa.

Personas que ofrecieron tiempo, palabras, presencia.
Que sostuvieron cuando todo parecía inclinarse demasiado.
Que celebraron mis victorias como si fueran propias.

Algunas llegaron sin explicación.
Otras se quedaron, sin hacer ruido.
Distintas entre sí, improbables juntas - o eso parecía -,
y aún así inevitables.

Me miraron cuando yo no me veía con claridad.
Vieron luz donde yo distinguía contornos.
Prestaron fuerza cuando la mía no alcanzaba.
Y también supieron correrse
cuando necesitaba probar(me) sola.

Nunca dijeron “tenes qué”.
Nunca pidieron certezas.
Solo estuvieron.

Como faros discretos
en este océano que es vivir.

Hoy pienso en eso y algo se ordena en silencio:
la singularidad no es soledad.
La intimidad no es aislamiento.
Caminar desde adentro no significa caminar sin otros.

Hay presencias que no invaden.
Acompañan.
Esas son las que me tocaron y las que creo, que son el tipo de presencia correcta.

A esas presencias
¡gracias, muchas gracias!

Nunca estuve sola.




P.D.: la pintura que acompaña esta vez.
“Noche estrellada sobre el Ródano” de van Gogh.
Figuras pequeñas y un mundo enorme que igual abraza.
Ver más

Cuatro: Me metí en un cuadro, literal.

El fin de semana que pasó me metí en un cuadro.
Literal.

Fui a la muestra inmersiva de Monet en el Teatro Colón.
Las entradas fueron regalo de Julita,
una persona realmente maravillosa.
Fue de esos regalos que no solo se agradecen
sino que llegan justo.

Colores por todos lados.
Luz que no se queda quieta.
Agua que no es agua, pero se parece.
Nada termina de tener borde del todo.

Y recordé -inevitablemente- que Monet pintaba así
porque no quería atrapar las cosas,
quería dejarlas ser.
La luz cuando cambia.
El instante antes de desaparecer.
Eso que no se puede fijar sin arruinarlo un poco.

No hay líneas duras en Monet.
Hay intención.
Hay paciencia.
Hay mirada.

Mientras caminaba entre imágenes ampliadas, moviéndose,
casi respirando, sentí algo muy simple:
yo también estaba así.
Sin borde firme.
Sin tener que definir nada.

El fin de semana fue un poco eso.
Caminar sin apuro.
Visitar lugares.
Comer cosas ricas.
Reírme mucho.
Reforzar esto de sentirme cómoda en mi propio cuerpo.
Estar presente, pero liviana.

No pasó nada extraordinario.
Y sin embargo, pasó bastante.

A veces se piensa que disfrutar viene con fuegos artificiales, y no.
A veces es solo estar.
Estar bien.
Estar en eje.

Como los cuadros de Monet:
no te dicen qué mirar,
te invitan a quedarte un rato más.

El fin de semana fue de charlas largas.
Otras sin palabras.
Risas que no explican de qué se ríen.
Esa sensación rara -y genial- de estar donde una quiere
-y sobre todo, elige- estar.

Pensé también en esto que vengo escribiendo en Des-verbada.
En no cerrar.
En no corregir demasiado.
En que las cosas tengan su propia vibración.

Quizás escribir también sea eso:
pintar con palabras sin marcar el contorno.
Decir sin encerrar.
Nombrar sin fijar.

Monet no pintaba certezas.
Pintaba percepciones.
Y eso, de alguna manera, suele dar calma.

Este fin de semana no resolví nada.
No tomé grandes decisiones.
No llegué a ninguna conclusión brillante.

Pero me sentí bien.

Tal vez de eso se trate también este espacio:
de registrar los momentos en los que no pasa “nada”,
pero algo dentro se mueve o se acomoda.

Como la luz sobre el agua.
Como el color cuando se mezcla.
Como esos días que no hacen ruido,
pero hacen sentir.




P. D.: la imagen corresponde a la serie “Nenúfares”... de Monet, ¡claro!
Cuesta saber dónde empieza el agua y dónde termina el cielo.
Ver más