Imagen de portada
Imagen de perfil
Seguir

des.verbada

Arte
0Seguidos
0Seguidores
des.verbada 🤎

Dos: Lanzarnos nos salva.

Cargando imagen
En enero todavía se permite recapitular, y acá van los aprendizajes de 2025 (que forjan el 2026): Debería permitirme romperme más, no entendiéndolo como sufrir, sino como permitir que se quiebre la (supuesta) esencia. Vivir en la gratificación es magnífico, pero también son necesarios espacios para transitar inflexiones. Decidí que no quiero que nada me pase por encima, pero tampoco quiero pasar por la superficie. Así como quiero impregnarme de las cosas y de los momentos, quiero sentirme atravesada y apelada. Reconfiguré la consultora, donde hago lo que me gusta, para disfrutarla más. Me sumergí en la traducción literaria, en proyectos de investigación y en estudiar cosas que siempre quise. Aprendí que puedo hacer más cosas de las que pensaba que podía hacer. Una amiga querida, para mi cumpleaños, me escribió: “Me acuerdo de una llamada donde yo, sentada en una escalera que ya no está, te decía que sueltes para volver a arrancar”. Esa escalera ya no está porque el lugar se reconvirtió para dar paso a algo maravilloso, y algo así siento hoy que pasó con ese consejo, con esa frase que en su momento fue el sacudón que necesitaba para regenerarme. También aprendí algunas cosas prácticas (con varias voy —tengo— que seguir este año): francés, piano, que tengo que dormir siete horas para conservar el humor y la concentración, que entrenar me libera (y este año prometí mayor constancia). Perfeccioné ser anfitriona porque, muchas veces, los mejores momentos se pasan compartiendo con la gente que queremos. También fortalecí mi espacio, porque dispersarse está bueno, pero quedarse también. Logré ser más intencional y ahora ni se me ocurre ir donde no quiero ir, ni quedarme donde no quiero quedarme. Pero, sin dudas, voy a ir adonde la intuición me indique, aunque no sepa por qué o para qué. Es como dicen: “el universo mezclando ingredientes”. Pensé mucho en el tiempo y en su forma. Es fluido; se desmarca o se despliega según lo que se hace con él. Por ejemplo, cuando escucho música que me encanta, me creo eterna. Eso es algo que tengo que hacer más, porque es lo más parecido al cielo en la tierra. Crecí cuando hice cosas por primera vez, pero también cuando decidí repetir aquello que ya sabía que hacía bien. Ambas cosas son importantes. Me sano cuando practico el silencio y la soledad, pero también cuando estoy en los lugares y con la gente que elijo. Hace un tiempo no conocía a personas que hoy aprecio mucho, y resultó ser verdad eso que escuché una vez: todavía no conocemos a todas las personas que vamos a querer. Entendí que si alguien no supo —o no sabe— recibir lo que siento, lo que doy, lo que pienso, es su responsabilidad y no afecta a quien soy. También que ningún dolor debería erosionar mi capacidad de sentir, de confiar. El entusiasmo no debería opacarse ni blindarse por los golpes, y ya lo dejó de manifiesto El Principito con la importancia de la rosa. Renunciar a nuevas oportunidades, a nuevas vivencias por heridas pasadas es confundir la espina con la flor. Los procesos no consisten en negar lo vivido ni en borrar las marcas que dejaron, sino en habitarlas de otro modo: entender qué nos pasó, cómo nos atravesó y qué necesitamos para cuidarnos mejor, pero sin clausurarnos. Porque cuando el cuidado se transforma en “me cierro a todo”, el aprendizaje queda incompleto y el summum del proceso queda, justamente, en la nada. Una cicatriz no invalida lo que venga. Entendido de otra manera, vivido de forma más consciente y en un momento más maduro, puede ser mejor, más noble, más puro. Ante lo que puedo controlar, acciones. Ante lo que está fuera de mi control, respeto y travesía. La única forma de saber y descubrir muchas cosas es probando. Hay que salir a que nos dé el aire, porque el futuro es incierto, sí, pero también se construye. Pase lo que pase, siempre tenemos la misma posibilidad: empezar de nuevo y hacer algo. No tienen que ser grandes cosas; pueden ser pequeñas y servir como combustible para seguir. Así, por momentos, me vuelvo promotora de lo minúsculo: la existencia termina estando hecha de rincones pequeños, como —aunque suene poético, trillado o romantizado— una taza de café en la galería leyendo un libro, o simplemente quedarnos en silencio, escuchando la canción que nos gusta, o abrazar a un amigo después de mucho tiempo. Lo simple, pero sentido, nos salva. Lanzarnos también nos salva. Eso. Eso es lo que nos vuelve gigantes.
Ver más