Hay algo que siempre me sorprende de la naturaleza:
los colores.
No importa cuánto intente anticiparlos.
Nunca sé exactamente de qué color va a ser el cielo
cuando empiece a caer la tarde,
ni qué combinación va a aparecer después de una lluvia,
ni cómo va a amanecer el día siguiente.
Y, sin embargo, nunca parece equivocarse.
Hay atardeceres imposibles.
Esos en los que el cielo mezcla naranjas, rosas, violetas y azules
como si alguien hubiera decidido, sin demasiado protocolo,
ponerlos todos juntos.
También están los árboles en otoño.
En casa hay varios de la especie liquidámbar
y, cuando llega esta época, empieza a desprenderse de sus hojas.
Primero algunas.
Después muchas.
Hasta que el árbol queda casi desnudo y el suelo se transforma en una alfombra.
Roja. Amarilla. Naranja. Marrón.
Una combinación que, si alguien me la mostrara antes de verla,
probablemente pensaría que son demasiados colores juntos.
Pero ahí está.
Y funciona.
Quizás porque la naturaleza no intenta que todo combine.
Simplemente deja que cada cosa sea lo que es.
Una hoja no tiene que parecerse a otra
para formar parte del mismo paisaje.
El cielo no necesita elegir un solo color para ser hermoso.
Y un árbol no pierde su belleza
cuando empieza a desprenderse de aquello que hasta hace poco lo cubría.
Pienso bastante en esto cuando miro a las personas.
En cuánto nos cuesta, a veces, contemplarlas.
Queremos entender rápido.
Ponerle un nombre a lo que hacen.
Encontrar una explicación para lo que dicen.
Decidir qué significa un gesto, una distancia, una manera de mirar,
una palabra que llegó tarde o una que nunca llegó.
Como si las personas también tuvieran que combinar.
Como si cada acción tuviera que coincidir perfectamente
con lo que esperamos de ellas.
Y claramente no.
Lo esencial está en mirar un poco más antes de sacar conclusiones.
En observar cómo alguien trata a otros cuando nadie está mirando.
Qué hace con lo que no necesita hacer.
Qué sostiene cuando podría irse.
Qué palabras repite, pero también cuáles elige callar.
Qué gestos aparecen sin que nadie los pida.
Porque hay cosas que se entienden mejor
cuando dejamos de mirar una sola hoja y empezamos a mirar el árbol.
Y hay personas que también.
Tal vez contemplar sea eso: dejar de exigirle a la realidad
que combine para nosotros.
Mirar. Esperar.
Dejar que los colores aparezcan.
Y confiar un poco más en que,
aunque a veces no entendamos la combinación,
quizás el paisaje sí sabe lo que está haciendo.
P.D.:La imagen de esta vez es una fotografía.
La sacó Alicia, desde su balcón.
Y los colores de esos atardeceres, siempre inspiran.
Quizás porque, por un rato, nos recuerdan que mirar también es una forma de estar.
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