Creo que estamos perdiendo la belleza.
No porque el mundo tenga menos paisajes.
Ni menos música.
Ni menos arte.
Creo que la estamos perdiendo porque dejamos de pedirle belleza a las cosas.
Vivimos en una época que celebra la eficiencia.
Y casi sin darnos cuenta empezamos a tratar la belleza como si fuera un lujo.
Un agregado.
Un adorno.
Algo de lo que puede prescindirse siempre que lo importante esté resuelto.
Una taza tiene que servir para tomar té.
Una silla, para sentarse.
Una estación de tren, para que salga un tren.
Y, sin darnos cuenta, empezamos a medir el mundo únicamente por su utilidad.
Lo curioso es que nadie haría lo mismo con una persona
(o al menos no lo haríamos si realmente nos importa el otro).
Nunca diríamos que alguien vale solo porque es eficiente.
O porque resuelve problemas rápido.
O porque optimiza procesos.
Sin embargo, esa lógica empezó a extenderse.
A los edificios.
A los objetos.
A las ciudades.
A las conversaciones.
Incluso al tiempo.
Como si todo aquello que no produjera un resultado inmediato
empezara a parecernos sospechoso.
Hace poco vi una publicación que comparaba dos tazas.
Las dos servían exactamente para lo mismo.
Pero una había sido hecha con una dedicación
que hoy muchos considerarían innecesaria.
Estaba pintada a mano y tenía pequeños detalles que nadie había pedido.
La otra era completamente lisa.
Perfecta.
Completamente común y olvidable.
Entonces relacioné dos cosas.
El problema nunca fue la belleza.
Lo que desapareció fue la paciencia.
Porque la belleza siempre llega tarde.
Necesita tiempo.
Necesita atención.
Necesita alguien dispuesto a hacer un poco más
de lo estrictamente necesario.
Por otro lado, tampoco el problema es la simpleza.
El problema aparece cuando también desaparece el alma.
Cuando un espacio ya no transmite nada.
Cuando un objeto deja de contar una historia.
Cuando todo empieza a parecer intercambiable.
Por eso me cuesta creer que la belleza sea una cuestión de gusto.
Empiezo a pensarla como una forma de relación.
Como una manera de decir:
"Esto merecía mi tiempo."
Y eso cambia todo.
Porque ya no hablamos solamente de una taza.
Hablamos de una carta escrita a mano.
De una mesa preparada antes de que lleguen los invitados.
De un libro dedicado con cuidado.
De una plaza donde alguien pensó
que también hacía falta una fuente, un árbol o una escultura.
Hablamos de personas.
Porque al final también nosotros nos volvemos más bellos
cuando decidimos dedicar tiempo.
A una conversación.
A una comida.
A una carta.
Como si el tiempo fuera otra forma de decir:
"Esto importa."
Ya no pienso la belleza como un lujo.
Empiezo a pensarla como una necesidad
profundamente humana.
No porque haga la vida más cómoda.
Sino porque nos recuerda que alguien estuvo ahí.
Que alguien dejó una marca.
Que alguien hizo algo pensando en otro.
La pregunta deja de ser si el mundo se volvió menos bello.
La verdadera pregunta es otra.
¿En qué momento dejamos de creer que la belleza
también era una forma de cuidar?
P.D.: la obra de esta entrega es “Ladrón de fresas”, de William Morris.
Morris creía que la belleza no debía quedar reservada para los museos.
También debía habitar las casas, los objetos y la vida cotidiana.
Quizás hacer de lo cotidiano un lugar más bello sea, precisamente, dedicar tiempo incluso a aquello que nadie nos exige embellecer.
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