Yo anoto.
Anoto todo.
Anoto en libretas chiquitas que llevo en la cartera, en hojas sueltas, en cuadernos que están siempre cerca de mí.
Como si escribir las cosas fuera una manera de mantenerlas vivas o de volver a ellas.
No por no soltar, sino para ver lo que fuimos, lo que disfrutamos, lo que nos pasó y superamos, lo que crecimos.
Anoto cumpleaños de amigos y a veces me pregunto cómo hizo la vida para cruzarnos, siendo tan dispares, con recorridos tan lejanos entre sí. Anoto fechas de días donde las horas pasaron rapidísimo y, al mismo tiempo, parecían suspendidas. Como si el tiempo – que normalmente corre, empuja y se escapa – de golpe pudiera quedarse quieto unos minutos.
Y sobre el tiempo pienso bastante.
Pienso, por ejemplo, que es verdad eso de que nunca alcanza del todo. No voy a llegar a leer todos los libros que quiero leer, ni ver todas las películas que siempre digo que voy a mirar. No voy a aprender todos los idiomas ni investigar todo lo que quiero.
Cuando eso pasa, hay quienes sienten algo un poco desesperante al darse cuenta. Porque cuando se empieza a pensar en todo lo que nos gustaría hacer, vivir o conocer, el mundo parece infinito y el tiempo, no tanto.
Y sin embargo, después pasa algo.
Se trata de hacer un ejercicio simple.
Hacer que el ruido baje un poco y dejar de pensar en todo lo que falta.
Empezar a acordarse de lo que sí está. De las cosas que ya están pasando.
El aroma de una comida que alguien nos prepara. Sentir el perfume que más nos gusta. Una conversación que se alarga sin mirar el reloj. Reírse muchísimo. Llorar cuando algo duele. Mirar el cielo. Aprender algo nuevo, aunque sea mínimo. Equivocarse. Volver a intentar.
Y entonces el tiempo cambia un poco de forma.
Porque no se trata de ganarle ni de aprovecharlo perfecto. Quizás se trata de habitarlo. De hacer espacio para aquello que nos mueve, aunque sea pequeño, aunque no entre en ninguna lógica, aunque parezca salirse de parámetros que ya creíamos tener bien definidos.
Hace un tiempo leí “Las gratitudes”, de Delphine de Vigan.
Es un libro sencillo, pero tiene algo muy filoso: recuerda todo aquello que damos por hecho hasta que falta. Y mientras escribía esto pensaba justamente en agradecer.
A la gente que me rodea y me cuida. A las conversaciones que llegan cuando tienen que llegar. Incluso a los cimbronazos, aunque muchas veces odie mientras suceden. Y también, por qué no, a mí. Por seguir intentando. Por seguir buscando maneras de hacer de mi mundo un espacio confortable, tranquilo al que siempre quiero volver.
Capaz al final se trata un poco de eso.
De anotar momentos.
De compartir tiempo con quienes queremos.
De aprender a mirar lo que sí está pasando mientras pasa.
Y de agradecer.
A quienes nos rodean y hacen todo un poco más lindo y menos difícil.
A lo que aprendemos en el camino y después se queda con nosotros.
Y también al tiempo, que a veces apura y desordena, pero de alguna manera siempre termina poniendo las cosas en su lugar.
P.D.: La obra de arte arte de esta entrega es “Ventana Abierta” del francés Henri Matisse.
Hay algo en las ventanas abiertas que hace pensar en una pausa.
En respirar.
En la sensación de que todavía quedan cosas por mirar.
Y en aprender a mirar mejor lo que ya está con nosotros.
Ver más
Debes iniciar sesión o registrarte para comprar un plan