Hay palabras que me gustan no por cómo suenan.
Sino porque existen.
Porque alguien, en algún momento, sintió algo tan difícil de explicar
que un idioma entero decidió inventarle un nombre.
Hace un tiempo me pasó con tres.
Ricordare y dimenticare en italiano.
Y saudade en portugués.
Las tres hablan, de alguna manera, del tiempo.
Pero sobre todo hablan de nosotros.
De la forma en que elegimos conservar aquello que nos importa.
Ricordare, no significa solamente recordar.
Viene del latín re-cordis. Volver a pasar por el corazón.
Y desde entonces ya no pude volver a pensar el recuerdo de la misma manera.
Porque recordar deja de ser un ejercicio de memoria.
Y pasa a ser otra cosa.
Como si algunas personas, algunos lugares o algunos momentos no vivieran
únicamente en la cabeza.
Sino en un lugar bastante más profundo.
Después está dimenticare.
Olvidar.
Una palabra que siempre me pareció un tanto injusta.
Porque uno rara vez olvida del todo.
Las cosas cambian de forma.
Se vuelven más silenciosas. Más lejanas.
Pero no desaparecen.
Y entonces entendí que, quizás vivimos haciendo ese movimiento extraño.
Volviendo a pasar algunas cosas por el corazón.
Y dejando que otras, de a poco, encuentren otro lugar donde descansar.
Hace unas semanas, mientras mi mamá me contaba sobre su viaje a Portugal,
terminamos hablando de saudade.
Esa palabra que todos intentan traducir y nadie termina de lograrlo.
Porque no es solamente extrañar.
Tampoco es nostalgia.
Ni tristeza.
Es la presencia de una ausencia.
Es querer volver a algo sabiendo que ya no existe de la misma manera.
Y creo que todos conocemos esa sensación, aunque nunca la hayamos llamado así.
Capaz por eso vuelvo tanto a estas palabras.
Porque me recuerdan que los idiomas no solo sirven para comunicarnos.
También sirven para entendernos.
Para descubrir que eso que sentimos, y que a veces parece tan nuestro,
ya lo sintió alguien antes.
Tan antes.
Que hasta hizo falta inventar una palabra.
Y hay algo profundamente humano en eso.
Descubrir que no estamos tan solos como creíamos.
Entonces, quizás recordar nunca fue traer el pasado al presente.
Quizás siempre fue volver a pasar por el corazón aquello que todavía sigue
viviendo en nosotros.
Capaz por eso algunas cosas nunca se olvidan.
Porque antes de quedarse en la memoria, encontraron un lugar en el corazón.
P.D.: La obra de esta entrega es Mujer en la ventana, de Caspar David Friedrich.
La mujer no mira hacia atrás. Mira hacia afuera.
No sabemos qué está mirando y ahí está la belleza de la obra.
Nos obliga a completar la escena y puede que terminemos haciéndolo con nuestros propios recuerdos.
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