Holly Gibney es uno de los personajes
más particulares y queridos de Stephen King.
Él mismo dijo: "Adoro a Holly. Así de sencillo" y admitió
que es tal su devoción que, en "La sangre manda",
su personaje casi se roba el libro.
No fue casualidad que tiempo después
publicara una novela dedicada a ella.
Quería escribir un Des-verbada sobre Holly.
Pero cuanto más la pienso, más creo que este texto no debería ser sobre ella.
Debería ser sobre lo que Holly ve y que los demás no.
Porque si uno intenta resumirla diciendo que es
inteligente, sensible, buena persona o adorable, se queda corto.
Lo extraordinario de Holly es otra cosa.
Hay personajes que uno recuerda por lo que hacen.
Y otros por la forma en que miran el mundo.
Holly Gibney pertenece a la segunda categoría.
Porque mientras la mayoría de las personas
parece atravesar la vida intentando ser vista,
Holly pasa buena parte de su tiempo intentando ver a los demás.
Y eso no sería tan llamativo si le hubiera tocado una vida fácil.
Pero no fue así.
Holly vive en un mundo que muchas veces le resulta hostil.
No entiende ciertos códigos sociales.
Se siente incómoda.
Duda de sí misma.
Creció cargando miedos que no eligió.
Y sin embargo, en lugar de endurecerse,
conserva una capacidad enorme para mirar a los demás con cuidado.
Eso es rarísimo.
Porque muchas personas que sufrieron terminan levantando murallas.
Y es entendible.
A veces parece la única forma de seguir adelante.
Holly no.
Holly sigue prestando atención.
A los detalles.
A las personas.
A las cosas pequeñas.
A veces incluso demasiado.
En uno de los libros se la compara con un monopatín.
Porque con ella “todo va sobre ruedas”.
Y aunque la frase tenga algo de humor, también tiene algo de verdad.
Hay personas cuya presencia vuelve las cosas un poco más fáciles.
Más livianas.
Más habitables.
Holly es una de ellas.
Porque en el fondo parece moverse por el mundo pensando:
"¿Y si el otro está pasando por algo que yo no estoy viendo?"
No es ingenuidad.
Es sensibilidad.
Y quizás también una forma muy particular de entender el cuidado.
Porque Holly jamás sería cruel con nadie.
No porque crea que todo el mundo es bueno (aunque a veces sí).
Ni porque no vea las miserias ajenas.
Las ve.
Probablemente más que muchos.
Pero aun así elige no agregar más daño al daño.
Y hay algo profundamente admirable en eso.
Porque vivimos en una época donde muchas veces predomina el egoísmo.
Pero disfrazado, por contradictorio que parezca,
de empatía o respeto.
Y saber cuidar parece ser cada vez más difícil.
En otro de los libros se dice que Holly
prefiere esperar lo mejor de la gente
y que cree que hay bondad en todas las personas.
Y aunque el mundo se empeñe en demostrarle lo contrario más de una vez,
ella sigue intentando hacerlo.
A veces pienso que deberíamos aprender un poco de ella
cuando queremos acompañar o vincularnos con alguien.
Menos respuestas.
Menos certezas.
Menos necesidad de tener razón.
Y más atención.
Más escucha.
Más preguntas.
Más disposición a pensar que quizás no todo pasa por uno.
Que el otro puede también estar atravesando algo
que nosotros todavía no alcanzamos a ver.
Y quizás por eso también me atrapa esa imagen
que aparece varias veces en sus historias:
la de una luz interior que se enciende.
Ese momento en el que algo encaja.
En el que comprende una situación, una persona o una verdad
que estaba ahí desde el principio.
Porque no parece magia.
Ni genialidad.
Parece atención.
Creo que por eso me gusta tanto.
Porque me recuerda algo que olvidamos con facilidad.
Que no siempre sabemos qué batalla está peleando el otro.
Que muchas veces vemos apenas una parte
(y la mayoría de las veces es solo la que está de nuestro lado).
Que la mayoría de las personas está cargando algo que desconocemos.
Y que aun así hay quienes eligen ser amables.
No porque la vida haya sido amable con ellos.
Sino a pesar de eso.
Gente que sigue siendo amable después de haber conocido
el abandono, la incomodidad, la pérdida o la soledad.
Gente que no siempre encaja.
Pero que igual encuentra la manera de cuidar.
De estar.
De pensar (de verdad) en los demás.
De seguir mirando.
Durante mucho tiempo pensé que la fortaleza
tenía que ver con volverse más duro.
Holly me hizo sospechar otra cosa.
Que quizás algunas de las personas más fuertes
son aquellas que, después de todo,
siguen conservando la capacidad de ser amables.
Y cuando digo sospechar,
es que en realidad estoy segura de eso.
P.D.: La obra que acompaña esta entrega es El mundo de Christina, de Andrew Wyeth.
No sé exactamente por qué la elegí. No porque Chrsitina y Holly se parezcan.
Pero ambas transmiten algo parecido: una mezcla extraña de vulnerabilidad y determinación y recuerdan que la fragilidad y la fortaleza no siempre son opuestos.
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