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Veintidos: La vida de adentro.

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Hace mucho tiempo que vivo en mi mente, en un ecosistema propio que para mí es tan importante como la vida que pasa ante mis ojos. Mis diálogos son constantes. Siempre estoy acompañada de mi voz interior, con la que debato y reflexiono, pero también con la que creo cosas asombrosas que nunca van a saber, porque no existe ninguna puerta secreta a mi cerebro. Y no digo todo esto con un sentimiento pesimista ni como un grito de ayuda por estar presa de mi propia psique. Hace ya bastante tiempo entendí y di lugar a esa relación conmigo misma. Que identifiqué los pensamientos como remolinos de ideas que, así como vienen, también pueden irse. Y también hago magia, porque con un chasquido imaginario puedo pasar de una tormenta en medio del océano a la tranquilidad de un bosque. Vivo sin arrastrar los pies por la culpa y sin pensar tanto en el eco de mis palabras en otras personas. Porque un día me dolió tanto la espalda que casi me partió en dos, y cuando solté la mochila, no pasó nada. Ahí entendí que aprender y escuchar está bien, pero no cuando se convierten en una puerta de juicios, excusas, imposibles, ni tampoco para quienes siempre dejan a uno para después. Siempre habrá miradas sobre tu camino. Algunas se posarán más tiempo; otras apenas durarán un pestañeo. Siempre vas a mirar otros caminos, deteniendo tus pasos, enredándote en ellos o simplemente encontrándotelos por accidente cuando buscabas el horizonte. No es tan importante. De verdad que no lo es. Hacé lo que más te guste, hacé lo que tengas ganas. Viví sin expectativas, sin crear moldes de piezas que ya se han hecho millones de veces. Pueden corregirte, intentar que seas más recto o más ondulado, incluso ayudarte dándote la mano. Pero solo hasta donde vos quieras. “Nadie puede habitar tu mente tanto como vos”. Este ha sido el diálogo (algo aproximado) que mi mente me susurró esta mañana, cuando, una vez más, fui al cuaderno de los textos a elegir un nuevo Des-verbada. Descargar la mochila está muy bien, pero descargar la mente es mucho mejor. P.D.: La obra de esta entrega es La luz del sol entre los árboles (Fontainebleau), de Valdemar Schønheyder Møller. Hay algo en esta luz que parece desarmarlo todo por un instante. Como si, entre tantos pensamientos, juicios y cosas que cargamos, también existiera la posibilidad de simplemente estar ahí, dejando que la luz haga lo suyo.
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