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Veintiuno: Sobre Hatchards, libros y algo más.

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Hay lugares que parecen haber entendido antes que nosotros que algunas cosas merecen durar. Hatchards es uno de ellos. Está en Piccadilly, en Londres, y lleva allí desde 1797. Más de doscientos años vendiendo libros. Una cantidad de tiempo bastante difícil de imaginar: mientras Hatchards seguía abriendo sus puertas, Londres cambió de aspecto varias veces, cambiaron los reyes, los gobiernos, las guerras, las maneras de viajar y las maneras de comunicarnos. Cambió prácticamente todo. Y, sin embargo, alguien sigue entrando ahí para comprar un libro. La primera vez que leí que la reina Charlotte había sido una de sus primeras clientas reales pensé que era una de esas historias que sólo pueden suceder en Londres. Una reina entrando a una librería. O, más precisamente, alguien eligiendo un libro para una reina. Después descubrí que por allí habían pasado escritores, políticos, lectores célebres y personas cuyos nombres terminaron en los libros de historia. Y me quedé pensando en los otros. En todos los que entraron a Hatchards y no dejaron ninguna huella en la historia. Los que compraron una novela para un viaje. Los que buscaron un regalo. Los que tardaron cuarenta minutos en decidir entre dos libros. Los que entraron diciendo que sólo iban a mirar y salieron con una bolsa. Los que volvieron a buscar el mismo título años después. En realidad, eso es lo que hacen las librerías: están llenas de historias de personas que no aparecen en ninguna parte. Por eso me gustan tanto. Una librería es uno de los pocos lugares donde todavía podemos entrar sin saber exactamente qué queremos y esperar que algo nos encuentre. No hace falta una contraseña, una recomendación personalizada ni que un algoritmo conozca nuestros gustos. Caminamos. Miramos lomos. Sacamos un libro. Leemos la primera página. Lo devolvemos. Agarramos otro. Hay algo físico en elegir un libro. El peso. El olor. La tapa. La letra. El pequeño acto de abrirlo por cualquier parte y decidir, sin demasiada evidencia, que ese objeto podría acompañarnos durante unos días, unas semanas o, con suerte, durante muchos años. Stephen King escribió que los libros son una forma de magia particularmente portátil. Y creo que la palabra más extraordinaria de esa frase no es magia. Es portátil. Porque un libro sale de una librería y empieza otra vida. Puede viajar en una mochila, en una valija, en el asiento de un tren o debajo del brazo de alguien que camina por una ciudad que no conoce. Puede ir de Londres a Sunchales. De una casa a otra. De una generación a la siguiente. Puede sobrevivir una mudanza, un divorcio, una biblioteca que se desarma, una persona que se va. Puede incluso sobrevivir a nosotros. Eso hacen las librerías, en cierto modo: ponen cosas destinadas a permanecer al alcance de personas que están permanentemente yéndose. Y quizás por eso me gusta que Hatchards siga siendo una librería y no un museo de sí misma. Que después de más de dos siglos todavía haya alguien detrás de un mostrador recomendando un libro. Que todavía haya alguien entrando sin saber exactamente qué busca. Que todavía exista ese pequeño ritual de salir con una bolsa en la mano y la sensación de que acabás de comprar algo que no sabés todavía cuánto va a significar. Porque una librería no sabe quién va a entrar. No sabe si el libro que vende terminará en una biblioteca perfecta o en una mesa de luz llena de vasos de agua. No sabe si alguien lo va a subrayar, prestar y no recuperar nunca. No sabe si va a ser leído entero o abandonado en la página 47. No sabe si dentro de treinta años alguien lo va a encontrar en una caja y recordar exactamente quién se lo regaló. Y eso es genial. Que los libros tengan una vida después de la librería. Que una vez que salen por esa puerta ya no le pertenezcan del todo a nadie. Quizás esa sea una de las cosas más bonitas de comprar un libro: no compramos solamente lo que está escrito adentro. Compramos la posibilidad de que algo nos pase con él. Por eso las librerías siguen teniendo sentido. Incluso ahora. Incluso cuando podemos tener miles de libros dentro de un dispositivo que pesa menos que uno solo. Seguimos entrando. Seguimos mirando. Seguimos tocando los lomos. Seguimos preguntando qué nos recomendarían. Seguimos saliendo con un libro debajo del brazo. Hatchards queda en Piccadilly desde 1797. Las librerías quedan, incluso cuando cambian de dirección, de dueño, de tamaño o de época. El libro, en cambio, se va. Y quizás esa sea su magia: que algo capaz de entrar en una mochila pueda llevar consigo una historia, una conversación, una época, una voz y, a veces, una parte de nosotros hasta un lugar al que todavía no sabemos que vamos a llegar. Aunque, claro, quizás estoy hablando de libros. O quizás no. Ojalá hayas entendido la metáfora. P.D.: la obra de esta entrega es Mujer Leyendo, de Lucie Cousturier. El libro de la foto también está a punto de irse a alguna parte. Ella todavía no lo sabe, pero en algún momento va a dejar de ser un objeto y convertirse en recuerdo, regalo, viaje o historia. Los libros tienen esa costumbre.
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