Esto lo escribí hace unos años, mucho antes de los libros. Fue de las pocas cosas que no borré.
A veces, cuando los sentimientos
me toman de manera desbordante
o paralizante, escribo para
exorcizarlos, generalmente rimas,
y después, tras varias lecturas
y correcciones, los borro.
Esa noche no los borré.
Esa noche, la de la primera cita,
con la despedida ya inminente,
ella volvió al auto y sacó,
sin que yo lo esperara, un libro
para regalarme.
Dijo unas pocas palabras antes
de abrirlo, y enseguida, con una
agilidad que parecía saber de
memoria el camino, encontró
el párrafo que quería leerme.
No me detuve a vivir ese momento.
Me detuve a sentirlo,
y no de manera consciente
sino poética: escuchaba el sonido
de su voz, miraba el movimiento
de sus labios, y en algún lugar
del cuerpo eso se sentía como
una caricia al alma.
Leerle a otro es un acto de entrega.
Involucra todos los sentidos,
porque incluso el gusto ahí
es platónico: uno invierte tiempo
en darle valor al que escucha.
Cuando terminó de leer,
mi respuesta más honesta
fue un beso.
Recién después tuve que volver atrás:
traducir ese sonido de nuevo a palabras,
convertir en sentido lo que había entrado
directo como sensación, para poder,
otra vez, volver al cuerpo.
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