El puente que no pisamos despiertos
porque llevo pensándote hace tiempo,
en esa forma en que se piensa lo que importa:
sin ruido, sin urgencia, como quien guarda
una brasa bajo la ceniza de los días.
En el sueño nos besamos.
Primera vez, después de tanto tiempo
de mirarnos sin tocarnos,
de reconocernos con una certeza
que no necesitó nunca del cuerpo
para saberse verdadera.
Y me quedé pensando, al despertar,
si esta noche, en otro cuarto,
vos también me soñás.
Si alguna vez, sin decírnoslo,
los dos cruzamos ese mismo puente
que no pisamos despiertos.
No importa la respuesta.
Lo que tuvimos no necesitó promesas,
y lo que tenemos no necesita cercanía:
es esa clase de vínculo que no se mide en encuentros
sino en la calma que deja,
en la certeza silenciosa
de que hay personas que, aunque no se vean,
siguen ahí, sosteniendo algo
que el tiempo no gasta.
Por eso, aunque no te vea,
me alcanza con saber que existís
en algún lugar del mundo,
pensando quizás lo mismo
que yo, anoche, mientras soñaba
que por fin te besaba.
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