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Diego A. Orlando

Escritura y literatura
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El puente que no pisamos despiertos

Anoche te soñé, y no fue extraño,
porque llevo pensándote hace tiempo,
en esa forma en que se piensa lo que importa:
sin ruido, sin urgencia, como quien guarda
una brasa bajo la ceniza de los días.

En el sueño nos besamos.
Primera vez, después de tanto tiempo
de mirarnos sin tocarnos,
de reconocernos con una certeza
que no necesitó nunca del cuerpo
para saberse verdadera.

Y me quedé pensando, al despertar,
si esta noche, en otro cuarto,
vos también me soñás.
Si alguna vez, sin decírnoslo,
los dos cruzamos ese mismo puente
que no pisamos despiertos.

No importa la respuesta.
Lo que tuvimos no necesitó promesas,
y lo que tenemos no necesita cercanía:
es esa clase de vínculo que no se mide en encuentros
sino en la calma que deja,
en la certeza silenciosa
de que hay personas que, aunque no se vean,
siguen ahí, sosteniendo algo
que el tiempo no gasta.

Por eso, aunque no te vea,
me alcanza con saber que existís
en algún lugar del mundo,
pensando quizás lo mismo
que yo, anoche, mientras soñaba
que por fin te besaba.
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La noche que no borre

Esto lo escribí hace unos años, mucho antes de los libros. Fue de las pocas cosas que no borré.

A veces, cuando los sentimientos
me toman de manera desbordante
o paralizante, escribo para
exorcizarlos, generalmente rimas,
y después, tras varias lecturas
y correcciones, los borro.
Esa noche no los borré.

Esa noche, la de la primera cita,
con la despedida ya inminente,
ella volvió al auto y sacó,
sin que yo lo esperara, un libro
para regalarme.

Dijo unas pocas palabras antes
de abrirlo, y enseguida, con una
agilidad que parecía saber de
memoria el camino, encontró
el párrafo que quería leerme.

No me detuve a vivir ese momento.
Me detuve a sentirlo,
y no de manera consciente
sino poética: escuchaba el sonido
de su voz, miraba el movimiento
de sus labios, y en algún lugar
del cuerpo eso se sentía como
una caricia al alma.

Leerle a otro es un acto de entrega.
Involucra todos los sentidos,
porque incluso el gusto ahí
es platónico: uno invierte tiempo
en darle valor al que escucha.

Cuando terminó de leer,
mi respuesta más honesta
fue un beso.

Recién después tuve que volver atrás:
traducir ese sonido de nuevo a palabras,
convertir en sentido lo que había entrado
directo como sensación, para poder,
otra vez, volver al cuerpo.

#prosapoetica #diariointimo #escrituraintrospectiva #vinculosconscientes
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Al margen del río y El artefacto, en español e inglés, ya disponibles en Google Play Libros.

Para escuchar en el auto, caminando por la orilla, o en la quietud de antes de dormir.
—
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La cueva del tiempo quieto (cuento)

Un hombre sale sin rumbo fijo, atraído por el mar y los acantilados de una costa solitaria. Ignora una advertencia sobre las mareas y entra a una cueva marina, donde queda atrapado cuando el agua sube. Enciende un fuego con lo que la marea dejó, y en la quietud forzada del refugio se le aparece una figura que tiene la cara de un niño y los ojos de un anciano. Hablan del tiempo, del aferramiento, de Lao Tzu y del agua que se aclara sola cuando se deja de remover. Al amanecer la marea baja, el niño desaparece, y el hombre vuelve a la playa más liviano, sabiendo que esa quietud sigue esperando, paciente, cada vez que decida entrar de nuevo.
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El artefacto: Relatos sobre la naturaleza, el vínculo y el despertar (Ebook)

Un reflejo inesperado en la ladera de una sierra. Un objeto pequeño, semienterrado, que devuelve la luz sin emitirla. Y una voz que no llega por los oídos sino desde un lugar más antiguo, dispuesta a escuchar antes que a enseñar.
La serie de relatos que aquí comienza sigue el rastro de ese hallazgo a través de quienes lo sostuvieron antes: una mujer que rompe cada vínculo antes de verse reflejada en él, un robot que cuida un jardín artificial mientras sus creadores olvidan por qué lo construyeron, un perro fiel sin cálculo que aprende, mirando a los humanos, que el amor verdadero rara vez se practica sin condiciones, un hombre que el mundo llama loco y que bebe de su propia realidad sin pedir permiso, un anciano que busca en un baúl una fotografía y encuentra, en cambio, la sospecha de que la sabiduría se parece más al asombro de un niño que al peso de los años.
Escrito con la calma de quien ha aprendido a caminar un poco al margen de los caminos marcados, este es un libro para leer despacio, como se escucha el mar cuando finalmente uno deja de hablarle.
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Al margen del río: Una mirada serena ante el cambio, el amor y la muerte (Ebook)

Al margen del río — Sinopsis
Hay personas que nunca terminan de encajar del todo en ningún bando. Que pueden amar el fútbol sin odiar al rival, sostener convicciones sin entregarse a ninguna maquinaria, transitar varias tradiciones espirituales sin instalarse en ninguna. Que sienten, cuando intentan aferrarse a algo —una certeza, un amor, una identidad—, una resistencia suave pero persistente, como si algo en ellos supiera de antemano que nada de eso va a durar.
Al margen del río es el libro de esas personas. Y es, sobre todo, una exploración honesta de por qué esa posición, aparentemente incómoda, puede ser una de las formas más lúcidas de habitar el mundo.
A lo largo de ocho capítulos, el autor despliega una meditación personal y filosófica sobre la impermanencia como verdad central de la existencia. No la impermanencia como concepto abstracto importado de un texto budista, sino la que ocurre en la respiración, en los hijos que crecen y se alejan, en el pensamiento que aparece cargado de urgencia y se disuelve solo si uno no lo alimenta, en el amor que persiste aunque la forma que tomó ya no exista.
El libro abre con una imagen pequeña y poderosa: un sueño hermoso que al despertar se convierte en una forma de sufrimiento, no por haber sido malo sino precisamente por haber sido bueno. Desde ahí, con una voz serena e introspectiva, el autor va expandiendo esa experiencia hasta tocar todo lo que los seres humanos construimos para sentirnos seguros y permanentes: el pensamiento excesivo que finge ser claridad, las reglas que cambian según quién esté enfrente, los fanatismos deportivos y políticos que ofrecen identidad a cambio de libertad, las religiones que nacieron de experiencias genuinas y terminaron convirtiéndose en trincheras, el amor que confunde la posesión con la profundidad, y finalmente la muerte como el último y más completo acto de soltar.
Transitando con naturalidad entre el budismo y el taoísmo, entre Marco Aurelio y los maestros zen, entre Sun Tzu y Lao Tzu, Al margen del río no propone ningún sistema ni ofrece respuestas definitivas. Propone algo más difícil y más valioso: una manera de mirar. Una que prefiere la pregunta abierta a la certeza cerrada, la belleza fugaz a la victoria segura, la ligereza de quien fluye a la rigidez de quien se aferra.
Escrito con la precisión y la musicalidad de quien ha pensado mucho y ha vivido más, este ensayo habla a quienes sospechan que la verdadera sabiduría no está en elegir el bando correcto sino en aprender a moverse con gracia entre todos ellos. A quienes aman sin poseer, creen sin excluir, y han aprendido —o están aprendiendo, que es lo mismo— que soltar no es perder. Es completar.
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