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Cenizas
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Vivo en este departamento desde hace cinco años. Mi balcón da hacia el patio de un viejo, la versión masculina de la vieja de los gatos. Era divertido verlo hasta que las cosas se pusieron turbias. Trataré de ser imparcial, no soy proteccionista pero tampoco tengo nada en contra de los animales.
Para que entiendan, el señor en cuestión tiene unos veinte gatos, o más, contarlos es complicado, más para quien todos los gatos son iguales. Todas las tardes (y creo que las mañanas también, pero como trabajo no puedo confirmar esto) sale con varios recipientes y los va dejando en el patio. Es fantástico ver a los gatos venir por los techos. Como pequeñas sombras que se arrastran, saltan y trepan. Cuando todos los animales llegan el suelo parece vibrar, cubierto de lomos y colas.
Desde mi balcón, en un tercer piso, podía ver todo con mucho detalle. Un día mi curiosidad superó una línea y me compré unos binoculares, sí, soy la evolución de la vieja chusma. Desde entonces, pude ver con más detalles todo el ritual gatuno.
Los recipientes eran tuppers, platos y fuentes que el viejo llenaba de alimento. Los animales llegaban solos, quizás el viejo los llamaba y yo no alcanzaba a escucharlo, eran avisados por otros gatos o por algún reloj interno. Muchos tenían collares y día tras día podía ver y hasta reconocer ciertos gatos.
Una noche de sábado me encontraba solo y a oscuras en mi balcón. Me gusta la noche, el disfrutar un cigarrillo en silencio, mirando las estrellas o la luna. Tiene una mística extraña pero propia, que solo conocen los que comparten la noche como si fuese el sol de la tarde.
De pronto, vi movimiento en la casa del viejo. Levanté los binoculares y, efectivamente, los gatos estaban yendo a su encuentro. Solo que no era el viejo el que los llamaba. Entre las sombras de la noche distinguí, agachada en el centro de los gatos, una silueta más alta y delgada. Se encontraba en el patio del viejo, como una sombra negra. Parecía tener cuernos curvos, sus piernas se doblaban hacia dentro en un ángulo imposible. No pude distinguir ropa alguna. Me asomé lo más que pude por el balcón, pero mis ojos no pudieron proporcionarme más datos del ser que parecía estar invocando a los gatos.
La noche poseía una calma extraña. No se escuchaba nada que interrumpiera aquello, ni música, autos o maullido. Supe, con un escalofrío que aún recuerdo bien, que era un extraño en aquella realidad. Estaba invadiendo la vigilia de aquellos animales con su maestro, su amo o lo que fuese que sea aquel ser.
Me encontraba paralizado ante la escena que, a través de los binoculares, observaba. De pronto vi que la figura se puso de pie. Su cuerpo se me hizo más extraño en aquella posición. Noté que sus piernas eran peludas, lo que no ocurría con su torso desnudo. Sus brazos se alzaron y pude ver que sujetaba un gato, el cual se retorcía. Supe lo que ocurriría segundos antes que pasara.
Las garras del ser se unieron en el centro del gato y en un rápido movimiento lo partió a la mitad. Ahogué un grito, mezcla de miedo y asombro. Porque del cuerpo el animal no había lanzado un torrente de sangre y tripas como me esperaba, sino que desde el centro vi cuatro pequeños animales salir volando. Parecían murciélagos que se elevaron medio metro y permanecieron dando vueltas alrededor del ser alto.
No podía dar crédito a mis ojos. Aquello no podía estar ocurriendo. Se me vinieron a la mente un montón de películas y series, donde un vecino chusma comienza a pensar cosas conspiranoides por hechos que, al final, había visto mal. No quería ser uno de ellos, así que entré al comedor y por esa noche no espié más.
Quise dejar aquello en el pasado, como si fuese una mala noche, un sueño extraño, pero no pude. Y dos noches después, a la misma hora, me encontraba con los binoculares tratando de ver de nuevo a aquellos seres extraños. Las reuniones no eran todas las noches, ni siquiera una vez a la semana. Comencé a ver cierto patrón que quizás correspondía a los ciclos lunares, realmente no me puse a analizar eso.
Todos los encuentros eran relativamente iguales, los gatos se reunían alrededor de aquel ser alto y de cuernos redondeados, y a veces partía a un gato para liberar a esos otros seres alados. Después, los gatos se iban y el ser cornudo junto con los alados entraban en la casa. Durante el día, el viejo aparecía para darles de comer normalmente, eso no había cambiado.
Por un breve tiempo, tuve la idea de ir a hablar con aquel hombre, comentarle lo que veía. Pero no me convencieron las posibles reacciones del viejo. ¿Qué me iba a decir? “Oh si todas las noches me transformo en un ser grande y cornudo y, a veces cuando pinta, me parto un gato para comerme unos murciélagos”. No, aquello no tenía sentido.
Tampoco se lo dije a nadie, era todo demasiado desquiciado para tener sentido. No podía más que verlo todas las noches hasta que ocurriese algo nuevo o me aburra. Y no tardó en ocurrir lo primero.
Aquel ser se encontraba como siempre en el centro del patio, sentado y con los gatos a su alrededor. Todo estaba iluminado apenas por unos faroles del vecino. De pronto se puso de pie. Yo sabía que llegaba la parte del gato, amaba eso. Jugaba a adivinar cuál era el gato elegido. Había hasta creado una teoría donde en realidad aquellos no eran gatos reales, la falta de sangre lo hacía mucho muy extraño.
Tomó un gato negro, lo alzó. Cuando estaba por partirlo, giró de golpe mirándome a la distancia. Me eché hacia atrás como si me hubiese golpeado. Pude sentir la presión de su mirada que por primera vez notaba con claridad. De una manera increíble, distinguí unos ojos rojos y amarillentos que parecían arder. Y, como corolario de aquella escena, vi que su cabeza se echaba hacia atrás y largaba un alarido que penetró en mis oídos dejándome un zumbido.
Totalmente horrorizado vi como los cientos de gatos que rodeaban a la bestia comenzaron a correr en mi dirección. Parecía una marea imposible sobre los techos. A cada segundo, aparecían más gatos que salían de la nada para acompañar a los que venían. A los pocos minutos, el primero llegó a mi balcón, seguido por un segundo y por una docena más.
Entré al comedor y cerré la ventana corrediza. Los animales parecían estar trepando las paredes del edificio hasta mi balcón, algo que no me puse a pensar de cómo era acaso posible. Los animales comenzaron a juntarse contra el vidrio de mi puerta ventana. Saltaban unos sobre el otro, arañaban el vidrio y bufaban. Nunca en la vida había experimentado un terror como aquello. Sentí mi cuerpo temblar impotente por la escena que estaba ocurriendo.
Me disponía a irme cuando escuché un crujido y, acto seguido, el vidrio estalló en miles de pedazos, dejando entrar a la marea gatuna que presionaba. Me eché hacia atrás hasta que mi espalda chocó contra la puerta de entrada. Podía sentir mi respiración agitada y mi corazón a punto de explotar. Mi mente se negaba a pensar en el fin, no podía morir a mano de unos gatos. Entonces lo vi entrar por la ventana rota.
Su rostro fue lo primero que chocó contra mi conciencia. Era feo, arrugado, de piel marrón y peluda en las mejillas. Sus ojos eran igual que como los había visto antes, su boca era una línea de labios violáceos. Sus cuerpos me recordaban a una cabra vieja y enorme. Su nariz era apenas abultada.
Poseía un torso fibroso y cubierto de una pelaje suave que daba ver la piel aceitunada. Sus manos y los costados de las caderas parecían humanas, salvo por las uñas largas y negras. Sus piernas eran de un animal, quizás de cabra. Totalmente peluda y con pezuñas. Quise cerrar los ojos, pero me fue imposible. Me sentí bajo el dominio de aquel ser. Paralizado a su antojo.
Su cabeza tocaba el techo y, al acercarse, tuvo que esquivar la lámpara de luz que titiló y amenazó apagarse cuando pasó cerca. Sus pezuñas hacían un sonido extraño en el piso, que jamás pensé escuchar ahí dentro.
Podía sentir la mirada de los gatos, ninguno pestañeaba. No me hizo falta ver para saber que mi comedor estaba lleno, desde el sillón hasta la mesa de entrada. Me sentí invadido, ajeno en mi propia casa. Supe, con amargura, lo frágil que era mi seguridad.
Se detuvo a metro y medio de mí. Su respiración era áspera y animal. Por una fracción de tiempo indefinida todo fue silencio. Hasta que noté que podía sentirlo dentro de mi mente. Lo supe como algo que siempre había estado allí, una presencia permanente pero que pasaba desapercibido. Me había observado en la oscuridad. Y aquello, por extraño que parezca, me tranquilizó.
Aquel ser podía destruirme fácilmente, volverme loco y dejarme tirado, presa de una ataque de pánico eterno. Por contrario, aquella bestia de ojos rojos y enormes, se sentó como lo hacía con sus gatos. Con un ademán me invito a hacer lo mismo y obedecí.
Su voz, de tono grave, resonaba en mi conciencia como si fueran miles. Sonando, igualmente, de manera clara y suave, hasta melodiosa. Sentí que podía escuchar eternamente a aquel ser. Tuve ese deseo. Y en ese arrullo me dejé llevar por imágenes y paisajes que me contaron su historia.
Vi a aquella criatura en un verde bosque, donde era dueño y amo. Todos los seres vivos lo rodeaban y amaban. Eran uno con él y viceversa. Había animales y otras criaturas fantásticas. Recuerdo haber visto centauros, duendes, pequeños lagartos de fuego y un sin fin de seres voladores.
Este ser caminaba rodeado de pequeños seres alados que pude distinguir como hadas. Ellas volaban alrededor de él y jugaban. A veces les cantaba y otras tocaba un instrumento pequeño de viento que lograba una melodía hermosa.
Podía ver todo como en una película. Era un espectador que, además, recibía datos inconscientes. Sabía que aquel amor entre esos seres era enorme y puro. Llevaban siglos haciendo crecer al bosque, el cual latía con ellos.
Y de pronto, con un frío amargo y doloroso. Vi fuego. Todos los seres corrían tratando de salvarse. El aire era tóxico y el suelo parecía arder. Los árboles se carbonizaban y caían muertos. Podía sentir la agonía de todos sus seres, la desesperación y la tristeza me resultaba espesa y pesada.
La imagen cambió a un desierto negro y de cenizas. Nada vivo habitaba ahora en lo que había sido el bosque. Y los seres que habían sobrevivido se habían adaptado en la medida que pudieron. Algunos, huyendo a la ciudad.
Vi al ser alto arrastrarse por las cenizas, metro a metro su cuerpo se iba humanizando. Y cuando el bosque quemado estaba a varios metros, no era más que un viejo acurrucado. A su lado, las hadas que habían sobrevivido se unían formando pequeños gatitos que lo adoraban. Fue lo último que vi antes de volver a mi departamento, el cual volvía a estar vacío.
No volví a espiar al viejo. Nunca me acerqué a hablar con él ni nada. Tampoco conté esto a nadie y recién ahora me dispongo a escribirlo como si fuese ficción. Hay cosas que no tienen que ser comentadas, porque son demasiado fuertes para ser comprendidas. Fui un privilegiado por conocer la historia, así lo siento y la respeto.
Tampoco busco entender lo que sucedió, darle una lógica razonable. Creo que esto lo excede. Solo guardo en mi memoria una última escena de aquel viejo junto con sus gatos, y me hace muy feliz saber que siguen juntos.
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