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Emanuel Santamaria

Escritura y literatura
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Ciclos

Siendo nueva, pura y casta baja para saciar su voraz apetito. Siempre es de día y sus víctimas crujen entre sus fauces, ella mastica, bebe, traga y degusta un festín viejo, que parece criado para ella, a la medida justa de sus necesidades. El mundo es para ella y sus ánimos son para las personas que le sirven.
Nadie la ve pero la idolatran aun en aquel momento. El vulgo ignora su naturaleza y la cree una diosa. La sangre que se vuelve blanca al tocar sus labios se derrama por su garganta, más ella no canta ahora, solo traga, pues su estómago reclama vida liquida.
Ya creciente su sonrisa va surgiendo, está feliz, saciando su animal instinto, dejándose llevar por el primitivo canto de sus animalitos que la sirven y se entregan. Los oye entonar dentro de su boca antes de masticar y tragar, siente como su blanco jugo la va completando de a poco, con los días bajo la cubierta del sol.
De noche descansa, duerme un poco escandalizada al ver el reguero de sangre que deja tras de sí. Agradece la magia que hace confundir esas gotas con estrellas, bendita ignorancia de los ciegos de ojos grandes.
A veces ella les baila a las criaturas que más tarde devorará, le da gracia jugar con ellas, como el diablo antes de hacer firmar al padre del niño moribundo. Acaricia, pues su piel puede dar amor, aquel que no conoce ni sospecha, aunque ella misma sea huérfana de útero y piense que nadie ve lo que mastica.
Y aunque el crecimiento sigue en aumento su hambre no disminuye. Es tal su ímpetu que las mareas le sirven, pues el océano la conoce y le sigue el juego, se sabe a salvo de su racia, de la purga que realiza en la tierra sobre las pobres gargantas que le rezan de noche, clamores a una santa que consume más de lo que necesita.
Y una vez llena, cuando la blancura de su barriga ilumina los restos de plateada sangre, se embrutece y pese a no poder ingerir otro alimento, por más que sus dientes aun conserven trozos de carne y que sus ojos contemplen blasfemos su propia santidad, baja para arrastrarse y abortar sobre su lengua los canticos fecundos.
Se diría que participa del luto de los vientres huecos, con sus idas y venidas, podrían estos, quizás, ser fuentes de más alimento, uno especial que termina por completar este ciclo obsceno que la hincha y la llena de huecos.
Llena y ebria, su blancura parece esbozar un rostro de sonrisa torcida y mirada de ojos pequeños. Observa desde su reino de oscuro fondo, irradia un lascivo poder que enerva a ciertas bestias.
Machos y hembras se buscan y destrozan, animales de humana esencia dejan marca sobre el barro de sus pieles, los dientes que aún conservan se presionan y confunden con las estrellas. Y ella, imposibilitada de contener sus impulsos que la colocaron en el firmamento se deja caer nuevamente.
Baña a todos con su luz ajena, como una madre en bautismo de paz. Consume hasta que su propio ser colapsa convulso y enfermizo. Con su rostro menguante se retira en un patético intento de sobrevivir, sin embargo el daño está hecho, y su boca que durante 14 días devoró todo lo que su luz tocaba ahora no cesa de vaciarla.
A veces ciertas notas rompen en gritos y sus cimientos tiemblan. Gorda y trémula mira la oscuridad de su gobierno y el éxtasis de la gula se retuercen efervescente debajo de su paladar, que la molesta y la marea. Se siente observada, desnuda y sin ninguna pared en donde apoyarse ni cabellos que correrse expulsa con la quijada fija lo que quiso acumular como íntimo tesoro.
Sus labios gotean perlas lechosas que sus manos son incapaces de contener. Con horror siente su existencia menguar en una afilada blancura. Pide ayuda más de su boca solo brotan los restos de sus alimentos marfilados, que la debilitan y la adormecen. Ya nadie le canta, forma parte del olvido.
Le llora a las estrellas y al sol, que fingiendo no conocer sus andanzas la consuelan con miradas santas y satisfechas. Contempla corrupta el sol enorme y puro como supo ser ella en un principio, y se propone purificar su esencia. Aquel pensamiento la acompaña hasta el fin, y revota en el vacío de su interior, como un eco de un canto viejo, como el jarrón de un sacrificio justo antes de ser usado.
Ella se achica y en un último esfuerzo de vida le sonríe a sus vasallos, carcasas vacías, almas oscuras que solo esperan una renovada esperanza de poder sembrar y que está vez la semilla prenda.
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Cuando la niña despierte

Cuando mi cuerpo cumplió treinta años fui seleccionado para cuidar a la niña, estuve en esa tarea durante cuatro años y medio antes de recibir el tatuaje dorado y no volver jamás ante su presencia, de eso ya paso más de noventa años. El llamado es interno, algo que uno comprende y acepta, la niña sabe a quienes llama, su voz jamás se alza en vano.
La niña se llama Sofía, tiene cinco años y muchos amigos. Estos no son imaginarios ni fantasmas que la rodean para obtener un poco de vida. Son personas de carne y hueso que la adoran y cuidan. Todos aceptan que la niña no es como ellos, no obstante no intentan comprender su naturaleza ni los muchos misterios que la rodean, nada bueno sale de eso.
Suelen vestirla y adornarla con brillantes joyas, sus ropas siempre se encuentran limpias y perfumadas. Existe un grupo de mujeres y hombres dedicados a su indumentaria. La organización de tareas está sumamente organizado, nadie sobra ni cuenta con demasiadas labores, todas y cada una de las personas está feliz de servir a Sofía.
A Sofía nada le hace daño, no se enferma ni se lastima, ella es eterna como sus seguidores. Nadie estuvo en su nacimiento y nadie presenciará su muerte. Ella no predica ni establece reglas, quien se une sabe lo que tiene que hacer, es llamado de una forma sutil y perfecta. La armonía es con ella y con su grupo, uno lo sabe y no contradice.
Algunos que intentan iniciarse no soportan la vibración y son rechazados por la niña, estos son enterrados para el abono de las plantas y para el alimento de los amigos que si son bienvenidos. De este modo la armonía se encuentra siempre en un balance perfecto. La niña ve con ojos llenos de luz a sus amigos, a veces la extraño.
Sofía suele canta y todos sus amigos entran en trance con ella. Pasan horas en aquel baile interno, cuando despiertan todos parecen más jóvenes y saludables. Su voz es algo incomparable, no existe nada parecido, uno no puede más que maravillarse. Incluso después de los años que hayan pasado a veces sigo soñando con ella, con sus ojos amarillos, sus cabellos largos y dorados, su piel blanca, no existe ser más perfecto que aquella niña.
Ocurre en ciertas ocasiones que la niña llora lágrimas doradas, es otro de sus misterios, otra de las cuestiones de las que nadie pregunta porque no importan las respuestas sino los hechos. Estas lágrimas simbolizan el cierre del ciclo, el fin de la estadía para los amigos en ese momento, claro que los que quieran quedarse lo pueden hacer, existen muchos personas que deciden vivir en su gracia y coexisten con la niña hasta desaparecer, lo hacen por voluntad propia y sabiendo que aquello no les concede privilegio alguno más que la propia gracia de permanecer un mayor tiempo cerca de Sofía.
Los amigos de la niña deben tomar esas gotas doradas con la punta del dedo y realizar algún dibujo en sus propios cuerpos, algo simple, lo que alcance con las lágrimas obtenidas, yo tengo una ballena en el antebrazo izquierdo, tiene más pinta de pez, como el antiguo símbolo cristiano. Tener los trazos dorados significa estar en la gracia de la niña, ser uno con ella y vivir con su vitalidad.
Luego de cada llanto Sofía descansa y los amigos que deciden quedarse con ella duermen con ella. Hace más de cincuenta años que la niña duerme, esperando que un nuevo ciclo comience, para llamar a nuevos amigos, bailar, cantar, llorar y repetir.
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En la tumba

Tuvo la perfecta certeza de encontrarse sobre un enorme tronco, sus brazos como sus piernas estaban estirados y solo sus manos y pies colgaban sobre la hierba, sabía que se encontraba para morir, que su cabeza iba a ser separada del cuerpo. Estaba totalmente seguro de eso como también que aquello era solo un recuerdo.
Pensó en aquel tronco y en el gigantesco árbol representaba, los cientos de años que había tenido que vivir para ahora ser suelo de aquella ejecución como de tantas otras, la madera debajo de su cabeza se encontraba oscura de sangre vieja.
Le habían dejado la dignidad de un pantalón, el viento traía el frio de un invierno tardío, aún no había caído nieve y ya no la volvería a ver con esos ojos que cerró por el leve ardor de una gota de sudor, por un instante aquel tronco pareció ablandarse, fue un instante antes que graves y duros gritos le regresasen a ese tronco.
Se descubrió en paz, morir estaba bien, era lo correcto, no lo entendía pero tampoco le importaba. Miró al hombre que tenía el gran hacha y le sonrió, sabía que lo volvería a ver, estaba por nacer una deuda, algo que los haría chocar o quizás abrazarse, todo dependería de ellos.
El recuerdo vivió hasta que el hacha cruzó el sol, aquel eclipse convirtió la visión en un vago pensamiento, una idea, algo ajeno y seguramente inspirado en alguna serie, película o videojuego. El chico se levantó de la cama luego de aquella breve siesta y se puso a trabajar en la computadora.
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Brindis de las piletas

Uno se rompe de la forma más estúpida, porque es joven, porque su mente esta drogada con las hormonas de la adolescencia y sabe, está seguro, que no solo va a vivir, sino que el éxito es tan cierto que la duda es absurda, no entra en la lógica de aquella realidad.
Y salta, obvio, se arroja al abismo del otro, a las fauces de una personalidad cruel y ajena, que no conocemos o, mejor expresado, creemos conocer. Pensamos de forma estúpida que manejamos como el mejor de los conductores, que podemos sortear cualquier curva y que los cinturones de seguridad, los cascos y la ambulancia muda están de más, solo molestan en el futuro e inminente paisaje de la victoria.
Aquella baliza roja y azul nos pega en el ojo y nos intenta advertir la existencia de una variante en donde nuestra voluntad no es absoluta, donde la pileta esta vacía. Quizás nos desconcentre un poco, solo unos segundos, pero nuestra mente es fuerte igual que nuestra perseverancia, porque nuestro signo esta en el ese planeta, justo estamos dentro de la bondad del universo que conspiró para llenar esa pileta, que le puso luces y una barra libre en la esquina, que nos va a sacar una foto en el preciso momento que penetremos la superficie del agua clara. Solo que el universo no sabe que existimos, ni que le pedimos algo y que realizamos un decreto absoluto.
Y nos rompemos, obvio, porque la chica nos dijo que no, entre risas y miradas degradantes e irónicas, con ojos que nos van a perseguir durante un tiempo, que van a violar nuestra autoestima, minarla para debilitar una personalidad que ya de por si la adolescencia bastardea con gusto. Nos predisponemos a ser nuestros propios enemigos, los peores, puesto que nos conocemos y en este punto radica la efectividad del golpe.
Nadie está libre de este silicio colocado en las edades tempranos de la vida adulta, incluso muchos lo llevan de por vida. No obstante los que logran zafarse de aquel sufrimiento y saben aprender del dolor obtienen un bien de incalculable valor: el conocimiento de sí mismo.
La ignorancia es el germen del miedo, que paraliza o, incluso peor, nos hace retroceder. Poder llenarnos de libros de nosotros mismos es vital para una evolución correcta, que nuestra mente obtenga datos, experiencias, análisis, opiniones varias, estadísticas, todo lo que más se pueda recalcar sobre nuestro ser, mente, espíritu, o lo que nos consideremos en ese momento.
La honesta recepción de este conocimiento es la base para una vida de buenas decisiones, para que la sinceridad de poder decir sí o no sea nuestro guía, el pan de cada jornada, nuestra estrella. Solo así vamos a poder aprecia nuestros logros, reconocernos, amarnos.
Es el amor el que nos libera, un sentimiento crucial que debe dirigirse, de forma esencial y primera, a uno mismo. De lo contrario estaríamos incapacitados para poder brindar amor a los demás, como una maceta hueca pretendiendo albergar una planta.
Por eso brindo hoy por las piletas que nos hicieron amarnos a nosotros mismos, por el ausente agua que tanto lloramos, por más besos erróneos, por las dudas que se convirtieron en inquilinos eternos de nuestro corazón, por los aciertos que agradecemos todos los días, por saber correcta la tierra que hay en mis pies, por la sonrisa de los que amamos y, por sobre todo, la propia.
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Pelos en la pileta

El baño le transmitía la seguridad que ningún otro lugar le daba, ahí podía estar sola y ser ella, tocarse y lastimarse sin que nadie interrumpiese. En ese santuario estaba bien permanecer, ahí la intimidad estaba permitida, era lícito hacer cosas lejos del ojo crítico de la sociedad. Ahí entró Carla para cortarse el pelo.
Porque su pelo no podía ser corto, eso estaba mal, estaba vedado por la opinión pública, dos amigas, una madre, un ex con mal aliento y tendencias sados y, sobretodo, su culpa de quedar mal con todos los anteriores mencionados. No obstante, gracias a la eficacia de su psicóloga y a un libro de auto ayuda polémico pero eficaz, Carla decidió cortarse el pelo.
Primero agarró las tijeras, quería sentir al pelo siendo cortado de su ser. Carla siempre había pensado (y lo hacia en ese momento) que si alguna vez mataba a alguien iba a romper con el estereotipo de mujer envenenadora, ella fantaseaba con clavar un cuchillo, cortar una garganta o, en última y dramática instancia, disparar un arma (escopeta). La máquina con la que su hermano se afeitaba simplemente no estaba a la altura de la situación, era un simple veneno, su pelo merecía respeto al ser cortado.
"Solo las puntas", era toda la instrucción que siempre le daba a su peluquera. Había permanecido años dentro de ese cuadrado de falsa seguridad y estética controlada. Una costumbre que había decidido abolir. Abrió el espejo y en el segundo panel de vidrio encontró las tijeras que su madre usaba para cortarle esas malditas puntas cuando era chica. Su hermano podía ir a la peluquería, su corte doctrinal y masculino requería una mano esperar, el de Carla no.
La sujetó por el mango de goma negro y bordó y cerró el espejo. Sus ojos se encontraron y se investigaron para confirmar una vez más aquella épica decisión que marcaría un antes y después en su vida. Sonrío al pensar con tanta detención un simple corte de pelo, se vio estúpida al pensar así. Había cumplido diecinueve hacía uno meses, trabajaba, estaba lejos de considerarse virgen y ahí se encontraba debatiendo si ejercía su derecho estético o no.
¿Qué pasa nena, con las marchas está todo bien pero de cortarte el pelo ni hablar? Carla se mordió el labio, podía sentir en su pecho el corazón reaccionar a la tensión del momento. Odiaba todo eso, la duda, la culpa asomando, el tener que luchar contra algo que debería ser normal. Ya no quería culpar a su madre, ella también había luchado contra pensamientos negativos, cada generación tiene sus batallas con la anterior. Esto no era por su madre, sino por ella misma, Carla necesitaba cortarse el pelo para cortar lazos.
Levantó la tijera. Por los hombros estaba bien, tampoco tenía que ser muy prolija al desastre lo arreglaría la peluquera, pero ella tenía que dar el primer paso, hacer punta como decía su abuelo, ese pensamiento la hace sonreír.
Con la mano izquierda tomó un mechón de pelo a la altura deseada. Sus ojos a través del espejo coinciden con los míos y por un instante creo que me ve. "Es imposible", pienso, "el narrador no existe para el personaje principal." Pero ahí estaba Carla mirando no solo en donde estaba, sino clavando sus ojos en los míos.
Me muevo para cambiar de posición y ella baja las tijeras. Se da vuelta y empieza a buscar algo (a mí). "No me vengan con estás mierdas, ya dije hace años que no quiero ver nada" Su voz tiene una autoridad que me conmueve, me hace vibrar todo. Noto que su corazón está más alterado, no siente miedo sino bronca y enojo. Carla emite una energía hostil y para conmigo.
Me quedo quieto. Sus ojos van hacia todos lados sin localizarme. "Aún te siento, no sos bienvenido, quiero estar sola" ¿Acaso este personaje quiere echar a su narrador? Aquello me causa gracia y no puedo evitar reír. Fue lo necesario para que me encuentre. Aún con una sonrisa la veo acercarse con las tijeras en la mano. Sé que no puede hacerme daño, de hecho ni tendría que saber que existo.
Se para justo frente a mí y de pronto la siento enorme, es mucho más grande que yo, vuelve a mirar directo a mis ojos y tengo la certeza de no poder hacer nada. “¡FUERA!" El grito vino de la garganta de Carla, de sus pulmones y, sobretodo, de su espíritu. Era un ser más fuerte que yo.
De pronto estoy afuera del baño. No entiendo que está pasando. ¿Acaso ya no puedo narrar? Alguien apareció junto a mí, lo siento amable y blanco. Él no me quiere echar sino ayudar, es amigo. Me dice algo y sus palabras tapan el sonido de las tijeras.
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Sobre Santiago

Hola ma, espero que este correo te encuentre bien. El otro día me preguntaste sobre Santiago y preferí escribirte todo. Son cosas que se cuentan en persona, pero no sé cuándo vuelva para Argentina.
Ya sabés que cuando llegamos a Brazil conseguimos trabajo al toque. La robótica tiene mucha salida laboral, hay numerosas empresas deseosas de nuevos cerebros para modelar. Y, sobre todo, con las notas que tenía Santiago. Ni bien llegó se puso con el doctorado. Siempre lo molestaba porque no parecía vivir, pero vos sabes cómo es tu hijo, obstinado y medio autista para con el estudio.
El tema es que no tardaron en darle proyectos enormes. Yo me quedé en una humilde oficina con temas complejos, pero simples a comparación, no sabés las cosas que quiere hacer esta empresa, se llama Zen, es nueva en el país. No sé si la conocés.
Bueno, legalmente, no puedo decirte mucho, más sabiendo que ellos seguramente lean este correo. Así que solo diré que estaba metido en cosas muy importantes, no peligrosas (creo) pero sí enormes.
La empresa nos dio una casa y auto. Estaba la opción de vivir separados, pero preferimos estar juntos, sé que vas a sonreír al saber de este detalle. Estando en un país desconocido es preferible estar cerca de los tuyos. Yo tardé un mes en adaptarme y comenzar a conocer gente. Santiago lo hizo solo una vez, pero eso fue suficiente.
Lo habían becado para un proyecto espacial. Esto puedo contarlo porque ya se dio a conocer en el mundo ñoño en donde nos movemos. Tu hijo se juntaba con genios de todo el mundo que le doblaban la edad. Comenzaba a trabajar con tecnologías que cambiarían el mundo. Zen lo había adoptado como uno de sus más prometedores científicos. Hasta que conoció a Yoko.
En realidad la chica se llama Griselda, ella se presenta como Luz de Luna y yo la llamo Yoko. Es una linda chica, no voy a negarlo. No es la típica tóxica que arruina a las personas, ni una víbora que le habla mal de sus amigos y parientes. Sinceramente, no tengo nada en contra… más que se quedó con mi hermano.
A ver, es complicado pero voy a tratar de contarlo claro. Santiago venía subiendo en lo que se perfilaba una carrera llena de éxitos. Y vos viste la habilidad que tiene tu hijo de rodearse de personas que lo quieren sin que él demuestre cariño por nadie. Bueno, resulta que sus compañeros le organizaron una fiesta para celebrar la tonelada de ascensos que estaba teniendo.
Acomodaron un salón de la empresa de una manera que no te la imaginás. Era practicante estar entre nubes, una locura. Tanto el suelo como las paredes y el techo estaban cubierto de nubes que cambiaban de color. Todo muy mágico. Había drones que iban y venían con comida y bebida. Era como estar en el futuro, y eso que yo trabajo en eso, igual no dejo de sorprenderme.
El tema es que en esa fiesta tan loca Santiago conoció a Griselda. Vi el momento exacto en el que se conocieron. Creo que nadie más se percató de aquellas miradas. Fue la primera vez que vi a mi hermano encarar a una mujer. Y por más que todo el mundo lo requería para fotos y juegos, él siempre se lograba liberar e ir con Griselda.
Desde esa noche comenzaron a verse. Parecían adolescentes caminando de la mano. Comían siempre juntos y cuando no la tenía en casa era Santiago el que desaparecía para irse con ella. Y al principio no fue más que eso, novios en su primera e idílica etapa, cosa normal y por la que todos pasamos. Sin embargo, con el tiempo esa inocente relación empezó a mutar.
Ella no trabajaba en Zen, en realidad es el día de hoy que no sé de qué vivía, porque guita tenía, eso seguro. Quizás era la nena de un padre con plata, o la viuda negra de algún viejo, creo que nunca lo sabré. La cosa es que no solo no trabajaba en la misma empresa que Santiago, sino que no estudiaba lo mismo, de hecho no le supe jamás una carrera o profesión. Ella estudiaba “la naturaleza”, pero no era bióloga, vivía del aire sin ser planta también. No sé, preferí dejar de preguntar y dejar a Santiago ser feliz.
Al poco tiempo me quedé viviendo solo. Ella seguía siendo Griselda, pero tres meses después, cuando Santiago renunció a Zen, se convirtió en Yoko. En ese momento, perdí contacto con mi hermano. Nadie en la empresa entendía ni sabía nada, era como si Santiago se hubiese esfumado.
Ya no vivían en la casa de ella. De hecho, ahí me enteré que Yoko era una conocida que habían intentado socializar en la fiesta que le hicieron a Santiago. Era vecina de uno de la empresa. Un bicho raro, de esos naturistas o veganos fanáticos. Sí, cada vez la cosa se pone más rara. ¿No?
La desaparición de mi hermano no tenía sentido, a esta altura ya me esperaba cualquier cosa. ¿Un paco suicida?, ¿acaso se había metido en una sexta? Sin embargo, la verdad resultó quizás más perturbadora que la muerte o un aquelarre narco.
Al mes, Zen se contactó con la policía para iniciar la búsqueda. Sentí que avisarte era al pedo, una preocupación que no servía, y sinceramente contaba con que tarde o temprano aparecería harto de sostenerle la vela a esta hippie.
La tecnología que se utilizó para la búsqueda de tu hijo no tiene explicación. Zen hizo cosas que rayaban lo ilegal con tal de encontrarlo. Claramente, era por beneficio de la propia empresa. Santiago era un cerebro que valía (nótese el pretérito) su peso en oro.
Para no romper las políticas de la empresa, y no desaparecer yo (es chiste Zen no hace desaparecer a nadie), solo te diré que hoy en día no existe en el mundo lugar en donde esconderse. Cuestión que en una semana ya tenían localizado a Santiago.
Ahora viene lo bueno. Me llamaron para que vaya a reconocerlo, pero no porque estaba muerto, no, sino que prácticamente era otra persona. Sus máquinas le decían que era Santiago, su genética lo hacía, pero no solo difería su aspecto, sino que él mismo lo negaba.
Así me subieron a un helicóptero, una experiencia de lo más increíble que viví, y a la media hora estábamos aterrizando en un claro en el medio del Amazonas. Si mamá, tu hijo se fue a vivir a la selva como Tarzán.
Me condujeron por un sendero y a los pocos minutos llegué a otro claro más pequeño. Había diferentes construcciones hechas en maderas y hojas, una fogata apagada en el centro y, junto a una de estas casas (por llamarlas de alguna manera), un grupo de personas hablando entre las que se encontraba Santiago. No tuve duda al verlo. La forma en que se paraba, los ademanes al hablar y hasta la postura era la de él.
Cuando le abracé me devolvió el gesto con fuerza. Noté sin que me lo diga que no solo me reconocía sino que me había extrañado. Sin embargo, debo reconocer que su aspecto era diferente. Tenía el pelo largo en general. La barba hirsuta le cubría parte del rostro. Solo sus ojos eran reconocibles. Sus ropas eran escasas, apenas una tela a modo de taparrabo. Sin embargo, pese a todo lo sucio que parecía estar, olía a plantas y tierra.
Y, como me habían dicho, él ya no se identificaba con el nombre Santiago. Me reconoció como su antiguo hermano, pero que la persona que había sido estaba muerta. Que ahora se llamaba Luz de Sol y que su lugar era ahí en la naturaleza. “Ahora vivo con Gaia”, dijo extendiendo las manos hacia la inmensidad de los árboles.
No te puedo mentir ma, allí el aire era diferente. La paz se podía sentir con todo el cuerpo. Una parte de mi lo entiende. Vivimos saturados con mucha mierda tecnológica, inmersos en una falsa realidad y, muchas veces, a beneficio de otros. Estar en silencio en aquel lugar me llenó de una energía diferente. Ahora mientras te escribo esto, sentado en mi gris escritorio, iluminado con los fríos leds y el sonido de la heladera y los drones del edificio, puedo hasta sentir envidia de Santiago. Me lo imagino acostado en la hierba viendo las estrellas que las luces de la ciudad me tapan. Siendo libre de una manera que jamás podré ser. Amando y siendo amado de forma sincera. No ma, no lo culpo por desaparecer.
Cuando lo interrogué sobre la muerte de Santiago, Luz de Sol me respondió que se había quemado. Antes de irme pude inspeccionar las cenizas de la fogata y encontrar restos de sus documentos y otros papeles. Aún hoy sonrío con lo desesperados que sonaban las personas de Zen cuando les dije que no había nada que hacer. Ellos seguramente esperaban que lo convenciera o que lo haga entrar en razón, cuando éramos nosotros los que estábamos equivocados.
Igual ma, no me engaño, sé que hay cosas feas en aquella vida naturista. Y ni hablar cuando nazca el pibe. Porque resulta que Luz de Luna está embarazada. Irónicamente vas a ser abuela de un mini Tarzán.
Tu hijo se encuentra bien. Habla de la misma manera exacta que antes, solo que ahora tiene otros dogmas, por decirlo de alguna manera. No es un hippie sin cabeza. Se alimenta bien y las construcciones parecen bien armadas. Pese a su aspecto se lo notaba sano.
Para que sientas un poco de paz le hable de vos y de las ganas que tenías de verlo. Él aceptó recibirte, aunque vas a tener que prepararte mentalmente para eso, una cosa es leerlo y otra es verlo. Sé que es fuerte.
Bueno, esas serían todas las novedades. Seguramente me haya quedado un choclo enorme pero bueno, sabes que me gusta escribir. Es una pena que no te amigues con las video llamadas. Hay unos aparatos nuevos en los que estoy trabajando para poder encontrarnos en sueños, pero de eso te hablaré en otro correo, no quiero hacer esto demasiado largo.
Te mando un beso enorme.
Tu hijo civilizado.
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Nacimiento

En los sueños se acepta la realidad sin cuestionar nada, como una extensión lógica de uno, la verdad inmutable que nos rodea y contiene. Es en ese entorno donde obtuve la respuesta.
Estaba desnudo y mis ojos podían abarcar una extensión enorme de luz y cielo. Caminaba sobre una superficie lisa y cálida, que pronto se convirtió en pasto. Me gustaba la sensación que causaba en mis pies. Siempre tomé a la naturaleza como una fuente de energía clara y suave. Caminar descalzo sobre tierra o pasto hace que me sienta mejor, desde que era chico que así lo siento. Ahora que veo este sueño en perspectiva tiene sentido que haya comenzado así.
Vi mis manos y no reconocí el color en mis uñas. Nunca andaba por la calle con las uñas pintadas y una primera puntada de vergüenza me curvó haciéndome caer de rodillas. El pasto que me recibió ahora era barro, que salpicó mis pálidas pero coloridas manos. La angustia comenzó a subirme desde el estómago y cuando llegó al pecho no pude más que llorar.
Mi espalda de pronto se sintió pesada. Podía notar que caían cosas sobre ella formando una especie de caparazón. Algo que, lejos de protegerme, cansaba mi cuerpo y lo debilitaba.
Otro sentimiento surgió del mismo lugar en donde la vergüenza hacía nido: la culpa. Ahora era mi garganta la que se torcía y luchaba por liberar gritos de dolor y llanto. Mis ojos apuntaban a mis manos embarradas, sin embargo podía sentir la presencia de personas a mi alrededor. Más que eso, las escuchaba. Podía oír sus risas, los adjetivos afilados que me arrojaban. Todo se acumulaba en el caparazón pesado que mi espalda luchaba por sostener.
Junto a la vergüenza y la culpa surgió otro sentimiento igual de poderoso: el cansancio. Éste intentó derribarme de forma completa y final. Mis ojos se cerraron ante todo eso y simplemente soporté cada trozo nuevo de caparazón, a la espera de un poco de paz. Sin embargo, dicha espera se me tornó insoportable.
Y clara como el agua la realidad surgió en mi interior. Supe como una verdad incuestionable que si no me levantaba en ese momento jamás lo haría. Había tocado fondo y lo único que se podía hacer en aquel lugar era morir o ponerme de pie.
Cuando abrí los ojos, las voces se detuvieron. Y en aquella quietud vacía solo un sonido retumbaba fuerte y claro: mis latidos. Mi corazón se alzaba como la fuerza interna que tanto buscaba, había estado ahí siempre.
Alcé la cabeza y el horizonte pareció infinito, no existía ningún límite. De pronto, el caparazón más que pesar molestaba. Y en un solo movimiento me puse de pie arrojando todo el peso que mi espalda había acumulado. Supe que eran años de insultos y burlas, de miedos y llantos. El sonido fue explosivo y de fondo pude notar el ruido de una tela al romperse. Algo se rasgaba para dejarme libre.
A mi alrededor, los pedazos de mi caparazón formaban un semicírculo. Di el primer paso rompiendo uno. Pese al tamaño, los sentí como cáscaras de huevo, débiles y finas. Me descubrí sonriendo mientras mis pies avanzaban, algo enorme había cambiado. No solo podía moverme con liviana soltura, sino que por primera vez en aquel sueño pude respirar. Llenarme el pecho me daba la sensación de libertad más hermosa que viví jamás.
Mis pasos me llevaron al borde de un enorme lago. El agua permanecía en una quietud pacífica, a la espera. A mi derecha, había unas piedras que me permitieron ganar altura y ver mi cuerpo entero en el agua. La emoción de mi reflejo me emocionó y por primera vez en la vida lloré de felicidad.
Me reconocí en el agua, sin embargo era el reflejo de una mujer. Mi pelo no solo estaba mucho más largo, sino que era de un colorado hermoso. El sol le daba reflejos anaranjados. Mis manos tocaron mi rostro suave y bajaron para reconocer mis pechos y finalizar en mi nuevo sexo. Me vi preciosa, plena. Hasta pude verme parecida a un animé que veía de chica.
Mis brazos me abrazaron. Amaba a la mujer del reflejo, que siempre había existido en mi corazón de hombre. Luchando por salir, soportando el peso de la coraza que yo había creado para protegerla. El amor ardía en mi pecho. Llevé mis manos a mi corazón y al hacerlo pude ver que las manos de esa mujer eran las mías. Me descubrí amando mi nuevo cuerpo, a la mujer que siempre había sido.
Pude notar mi pelo rojo que parecía arder como mi corazón, hasta que en una explosión que ya no podía contener mi cuerpo entero se envolvió en llamas. El fuego quemaba todas las dudas y los complejos. Mis miedos se marchitaban como la máscara que había usado todos estos años.
Cerré los ojos y me dejé llevar por esa energía renovadora. El agua era el siguiente paso. Me arrojé para despertar. El mundo era el mismo, pero yo era otra.
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Patas cortas

Tuvo que leer cuatro veces la traducción para darse cuenta que era una cagada. Un trabajo pobre de alguien que realmente no sabe traducir, que mintió para ingresar a ese trabajo y, peor aún, que posiblemente muriese por ello.
Su abuela se encontraba en su pensamiento, presente como la culpable inmaterial de aquel caos. Ella y su costumbre de hablarle en euskera le habían infundido una falsa creencia de saber. Toda su vida había estado hablando con ella en ese idioma vasco tan especial para su familia. Hasta esa mañana Facundo se creía capaz de entender cualquier conversación en euskera. Sin embargo la realidad era otra.
La locura había comenzado cuando Jorge, un amigo de su viejo, lo había contactado con la posibilidad de un trabajo. La cosa era extraña y muy secreta. Facundo había tenido que ir bien temprano a una dirección en la periferia. De ahí lo habían trasladado en una combi de vidrios polarizados a una locación que él desconocía. Todo parecía muy formal y secreto, bien de película.
Le informaron que el trabajo en si era algo simple: tenía que escuchar una conversación y traducirla textualmente. Lo habían investigado y comprobado su ascendencia vasca. Incluso había tenido familiares que habían participado en la guerra civil española, cosa que Facundo ignoraba.
Todo aquello parecía increíble y en un principio la emoción lo había embargado. Iba a ganar muy buen dinero haciendo algo demasiado fácil. Claro que eso fue antes de volver a su casa y recibir el audio.
Para empezar había palabras que nunca había escuchado. Luego de negarse durante horas había optado por ir a google pero el resultado había sido aún más patético que el suyo. Estaba desesperado. Le habían informado que tuviese especial discreción porque se estaban manejando “temas sensibles”.
Facundo había podido traducir fragmentos como “eliminación de objetivo”, “infiltración riesgosa” y “armas listas”. Lo cual le daba una idea del tenor del asunto. Después de cinco horas de haber recibido el audio tenía miedo.
Pensó en recurrir a otra persona pero la advertencia de discreción y secreto le pesaba demasiado hasta que pensó en la única persona que le podía salvar la situación: su abuela. Sería una resolución poética del asunto, siendo ella la que en si lo había metido en aquel tema. Sin avisarle fue a su casa.
Tras explicarle todo el asunto notó que el semblante de la mujer cambiaba y su miraba se ensombrecía, algo que jamás había visto en ella. Puso play y ambos escucharon en silencio.
Se trataba de un dialogo entre dos hombre. Uno, de voz grave y tono autoritario, daba muestra de ser un jefe o líder. Su interlocutor solo acotaba y respondía las preguntas lo mejor que podía.
Al finalizar su abuelo se sacó los lentes y lo miro con una expresión extraña, mezcla de curiosidad y asombro. Facundo le había dado una hoja para que fuera anotando pero en vez de eso la mujer dejó la lapicera y fue hacia su teléfono fijo. Algo dentro del corazón de Facundo se congelo y pudo sentir que sus pies se derretían.
Su abuela tecleo unos números y luego de unos segundos dijo unas palabras en un euskera que Facundo nunca había escuchado.
—Pensé que nunca volvería a escuchar este dialecto—dijo después de colgar mirándolo con el amor de siempre. —Vas a tener que abandonar el país Facu. Si se enteran que viniste hacia mí con este mensaje, algo que seguramente ya saben, te van a querer eliminar.
Mientras decía esas palabras la mujer lo miraba como si tal cosa fuese algo rutinario, lo normal, nada del otro mundo. Facundo no entendía nada de lo estaba pasando y mientras su mirada moría en la hoja blanca sobre la mesa alguien golpeaba la puerta de entrada.
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Cenizas

Vivo en este departamento desde hace cinco años. Mi balcón da hacia el patio de un viejo, la versión masculina de la vieja de los gatos. Era divertido verlo hasta que las cosas se pusieron turbias. Trataré de ser imparcial, no soy proteccionista pero tampoco tengo nada en contra de los animales.
Para que entiendan, el señor en cuestión tiene unos veinte gatos, o más, contarlos es complicado, más para quien todos los gatos son iguales. Todas las tardes (y creo que las mañanas también, pero como trabajo no puedo confirmar esto) sale con varios recipientes y los va dejando en el patio. Es fantástico ver a los gatos venir por los techos. Como pequeñas sombras que se arrastran, saltan y trepan. Cuando todos los animales llegan el suelo parece vibrar, cubierto de lomos y colas.
Desde mi balcón, en un tercer piso, podía ver todo con mucho detalle. Un día mi curiosidad superó una línea y me compré unos binoculares, sí, soy la evolución de la vieja chusma. Desde entonces, pude ver con más detalles todo el ritual gatuno.
Los recipientes eran tuppers, platos y fuentes que el viejo llenaba de alimento. Los animales llegaban solos, quizás el viejo los llamaba y yo no alcanzaba a escucharlo, eran avisados por otros gatos o por algún reloj interno. Muchos tenían collares y día tras día podía ver y hasta reconocer ciertos gatos.
Una noche de sábado me encontraba solo y a oscuras en mi balcón. Me gusta la noche, el disfrutar un cigarrillo en silencio, mirando las estrellas o la luna. Tiene una mística extraña pero propia, que solo conocen los que comparten la noche como si fuese el sol de la tarde.
De pronto, vi movimiento en la casa del viejo. Levanté los binoculares y, efectivamente, los gatos estaban yendo a su encuentro. Solo que no era el viejo el que los llamaba. Entre las sombras de la noche distinguí, agachada en el centro de los gatos, una silueta más alta y delgada. Se encontraba en el patio del viejo, como una sombra negra. Parecía tener cuernos curvos, sus piernas se doblaban hacia dentro en un ángulo imposible. No pude distinguir ropa alguna. Me asomé lo más que pude por el balcón, pero mis ojos no pudieron proporcionarme más datos del ser que parecía estar invocando a los gatos.
La noche poseía una calma extraña. No se escuchaba nada que interrumpiera aquello, ni música, autos o maullido. Supe, con un escalofrío que aún recuerdo bien, que era un extraño en aquella realidad. Estaba invadiendo la vigilia de aquellos animales con su maestro, su amo o lo que fuese que sea aquel ser.
Me encontraba paralizado ante la escena que, a través de los binoculares, observaba. De pronto vi que la figura se puso de pie. Su cuerpo se me hizo más extraño en aquella posición. Noté que sus piernas eran peludas, lo que no ocurría con su torso desnudo. Sus brazos se alzaron y pude ver que sujetaba un gato, el cual se retorcía. Supe lo que ocurriría segundos antes que pasara.
Las garras del ser se unieron en el centro del gato y en un rápido movimiento lo partió a la mitad. Ahogué un grito, mezcla de miedo y asombro. Porque del cuerpo el animal no había lanzado un torrente de sangre y tripas como me esperaba, sino que desde el centro vi cuatro pequeños animales salir volando. Parecían murciélagos que se elevaron medio metro y permanecieron dando vueltas alrededor del ser alto.
No podía dar crédito a mis ojos. Aquello no podía estar ocurriendo. Se me vinieron a la mente un montón de películas y series, donde un vecino chusma comienza a pensar cosas conspiranoides por hechos que, al final, había visto mal. No quería ser uno de ellos, así que entré al comedor y por esa noche no espié más.
Quise dejar aquello en el pasado, como si fuese una mala noche, un sueño extraño, pero no pude. Y dos noches después, a la misma hora, me encontraba con los binoculares tratando de ver de nuevo a aquellos seres extraños. Las reuniones no eran todas las noches, ni siquiera una vez a la semana. Comencé a ver cierto patrón que quizás correspondía a los ciclos lunares, realmente no me puse a analizar eso.
Todos los encuentros eran relativamente iguales, los gatos se reunían alrededor de aquel ser alto y de cuernos redondeados, y a veces partía a un gato para liberar a esos otros seres alados. Después, los gatos se iban y el ser cornudo junto con los alados entraban en la casa. Durante el día, el viejo aparecía para darles de comer normalmente, eso no había cambiado.
Por un breve tiempo, tuve la idea de ir a hablar con aquel hombre, comentarle lo que veía. Pero no me convencieron las posibles reacciones del viejo. ¿Qué me iba a decir? “Oh si todas las noches me transformo en un ser grande y cornudo y, a veces cuando pinta, me parto un gato para comerme unos murciélagos”. No, aquello no tenía sentido.
Tampoco se lo dije a nadie, era todo demasiado desquiciado para tener sentido. No podía más que verlo todas las noches hasta que ocurriese algo nuevo o me aburra. Y no tardó en ocurrir lo primero.
Aquel ser se encontraba como siempre en el centro del patio, sentado y con los gatos a su alrededor. Todo estaba iluminado apenas por unos faroles del vecino. De pronto se puso de pie. Yo sabía que llegaba la parte del gato, amaba eso. Jugaba a adivinar cuál era el gato elegido. Había hasta creado una teoría donde en realidad aquellos no eran gatos reales, la falta de sangre lo hacía mucho muy extraño.
Tomó un gato negro, lo alzó. Cuando estaba por partirlo, giró de golpe mirándome a la distancia. Me eché hacia atrás como si me hubiese golpeado. Pude sentir la presión de su mirada que por primera vez notaba con claridad. De una manera increíble, distinguí unos ojos rojos y amarillentos que parecían arder. Y, como corolario de aquella escena, vi que su cabeza se echaba hacia atrás y largaba un alarido que penetró en mis oídos dejándome un zumbido.
Totalmente horrorizado vi como los cientos de gatos que rodeaban a la bestia comenzaron a correr en mi dirección. Parecía una marea imposible sobre los techos. A cada segundo, aparecían más gatos que salían de la nada para acompañar a los que venían. A los pocos minutos, el primero llegó a mi balcón, seguido por un segundo y por una docena más.
Entré al comedor y cerré la ventana corrediza. Los animales parecían estar trepando las paredes del edificio hasta mi balcón, algo que no me puse a pensar de cómo era acaso posible. Los animales comenzaron a juntarse contra el vidrio de mi puerta ventana. Saltaban unos sobre el otro, arañaban el vidrio y bufaban. Nunca en la vida había experimentado un terror como aquello. Sentí mi cuerpo temblar impotente por la escena que estaba ocurriendo.
Me disponía a irme cuando escuché un crujido y, acto seguido, el vidrio estalló en miles de pedazos, dejando entrar a la marea gatuna que presionaba. Me eché hacia atrás hasta que mi espalda chocó contra la puerta de entrada. Podía sentir mi respiración agitada y mi corazón a punto de explotar. Mi mente se negaba a pensar en el fin, no podía morir a mano de unos gatos. Entonces lo vi entrar por la ventana rota.
Su rostro fue lo primero que chocó contra mi conciencia. Era feo, arrugado, de piel marrón y peluda en las mejillas. Sus ojos eran igual que como los había visto antes, su boca era una línea de labios violáceos. Sus cuerpos me recordaban a una cabra vieja y enorme. Su nariz era apenas abultada.
Poseía un torso fibroso y cubierto de una pelaje suave que daba ver la piel aceitunada. Sus manos y los costados de las caderas parecían humanas, salvo por las uñas largas y negras. Sus piernas eran de un animal, quizás de cabra. Totalmente peluda y con pezuñas. Quise cerrar los ojos, pero me fue imposible. Me sentí bajo el dominio de aquel ser. Paralizado a su antojo.
Su cabeza tocaba el techo y, al acercarse, tuvo que esquivar la lámpara de luz que titiló y amenazó apagarse cuando pasó cerca. Sus pezuñas hacían un sonido extraño en el piso, que jamás pensé escuchar ahí dentro.
Podía sentir la mirada de los gatos, ninguno pestañeaba. No me hizo falta ver para saber que mi comedor estaba lleno, desde el sillón hasta la mesa de entrada. Me sentí invadido, ajeno en mi propia casa. Supe, con amargura, lo frágil que era mi seguridad.
Se detuvo a metro y medio de mí. Su respiración era áspera y animal. Por una fracción de tiempo indefinida todo fue silencio. Hasta que noté que podía sentirlo dentro de mi mente. Lo supe como algo que siempre había estado allí, una presencia permanente pero que pasaba desapercibido. Me había observado en la oscuridad. Y aquello, por extraño que parezca, me tranquilizó.
Aquel ser podía destruirme fácilmente, volverme loco y dejarme tirado, presa de una ataque de pánico eterno. Por contrario, aquella bestia de ojos rojos y enormes, se sentó como lo hacía con sus gatos. Con un ademán me invito a hacer lo mismo y obedecí.
Su voz, de tono grave, resonaba en mi conciencia como si fueran miles. Sonando, igualmente, de manera clara y suave, hasta melodiosa. Sentí que podía escuchar eternamente a aquel ser. Tuve ese deseo. Y en ese arrullo me dejé llevar por imágenes y paisajes que me contaron su historia.
Vi a aquella criatura en un verde bosque, donde era dueño y amo. Todos los seres vivos lo rodeaban y amaban. Eran uno con él y viceversa. Había animales y otras criaturas fantásticas. Recuerdo haber visto centauros, duendes, pequeños lagartos de fuego y un sin fin de seres voladores.
Este ser caminaba rodeado de pequeños seres alados que pude distinguir como hadas. Ellas volaban alrededor de él y jugaban. A veces les cantaba y otras tocaba un instrumento pequeño de viento que lograba una melodía hermosa.
Podía ver todo como en una película. Era un espectador que, además, recibía datos inconscientes. Sabía que aquel amor entre esos seres era enorme y puro. Llevaban siglos haciendo crecer al bosque, el cual latía con ellos.
Y de pronto, con un frío amargo y doloroso. Vi fuego. Todos los seres corrían tratando de salvarse. El aire era tóxico y el suelo parecía arder. Los árboles se carbonizaban y caían muertos. Podía sentir la agonía de todos sus seres, la desesperación y la tristeza me resultaba espesa y pesada.
La imagen cambió a un desierto negro y de cenizas. Nada vivo habitaba ahora en lo que había sido el bosque. Y los seres que habían sobrevivido se habían adaptado en la medida que pudieron. Algunos, huyendo a la ciudad.
Vi al ser alto arrastrarse por las cenizas, metro a metro su cuerpo se iba humanizando. Y cuando el bosque quemado estaba a varios metros, no era más que un viejo acurrucado. A su lado, las hadas que habían sobrevivido se unían formando pequeños gatitos que lo adoraban. Fue lo último que vi antes de volver a mi departamento, el cual volvía a estar vacío.
No volví a espiar al viejo. Nunca me acerqué a hablar con él ni nada. Tampoco conté esto a nadie y recién ahora me dispongo a escribirlo como si fuese ficción. Hay cosas que no tienen que ser comentadas, porque son demasiado fuertes para ser comprendidas. Fui un privilegiado por conocer la historia, así lo siento y la respeto.
Tampoco busco entender lo que sucedió, darle una lógica razonable. Creo que esto lo excede. Solo guardo en mi memoria una última escena de aquel viejo junto con sus gatos, y me hace muy feliz saber que siguen juntos.
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La Mara Negra

Al principio todo era secreto. Ninguna comentaba haberla visto, o conocerla siquiera. Para cualquier persona que preguntase (sobre todo si se trataba de un hombre), Mara no era nadie en aquel pueblo francés del siglo XII, cuando la realidad era que ella lo mantenía con vida.
Mara trabajaba en secreto porque sabía que sus habilidades podían ser cuestionadas. Los partos que ella asistía siempre resultaban exitosos, y los niños que trataba se curaban. Sin embargo, tenía cierta resistencia a tratar con hombres. No confiaba, los evitaba, solo ante una fuerte insistencia podía hacer una excepción, pero aquellas eran contadas.
La palabra “bruja” siempre deambulaba cuando, entre murmullos y en ciertos lugares, se hablaba de ella. Mas si acaso ese adjetivo llegaba a sus oídos, ella siempre lo rechazaba no por ser ofensa, sino por ser inexacto. Mara solía explicar que las brujas eran famosas por tratar con diablos y ella, si bien no tenía nada en contra de aquellos seres de tan injustificada mala fama, prefería trabajar con otras energías. Por eso prefería ser calificada de hechicera, antes de bruja.
Su ámbito era más natural. Solía hacer recetas de hierbas e insectos o preparados con tierra y algunas piedras. Extraño para algunos, pero siempre efectivo. Las mujeres estaban agradecidas en secreto, comprendían su reserva y la cuidaban. Nacían en ellas un espíritu compañero extraño, pero reconfortante.
Sin embargo, con los años su existencia llegó a recorrer el pueblo. Haciéndola una celebridad en secreto hasta el punto que de otros pueblos venían a verla. Comenzaron a nombrarla en la iglesia como algo maligno, que embrujaba a los niños que traía al mundo, los cuales tenían un futuro negro y pecaminoso.
Sobre las paredes aparecieron dibujos de ella en donde se la representaba como una mujer negra con ojos rojos que tenía relaciones con un peludo demonio. Las homilías llamaban a la denuncia y al rechazo de tamaña herejía. Las mujeres que las seguían y la ocultaban eran pasadas por el mismo trato, lo que desató una época de violencia que empeoró con el paso de los meses.
Mara, castaña de piel blanca y ojos marrones, se tomaba con gracia aquellos grabados y decía que la llamen “Mara Negra”. Pero, cuando sus seguidoras comenzaron a ser apaleadas, sus acciones tomaron otro cariz. Y sus trabajos comenzaron a ser diferentes.
Una mañana, el párroco del pueblo abandonó su iglesia con gritos de terror y vociferaba que la bruja de ese pueblo lo había perturbado en sueños, torturando su alma, que él no podía contra aquello y que iba a buscar ayuda. Mara, como todas las mujeres que la seguían, tomaron eso como una primera victoria. Pero aquello era solo el comienzo de algo que solo empeoraría.
Las mujeres de La Mara Negra recorrían las noches buscando hombres violentos para desnudarlos y cortarles su hombría. Tomaban las denuncias de las mujeres y les hacían justicia.
Una noche, Mara despertó en medio de llamas, su cuarto entero ardía. Cientos de mujeres lloraron toda la noche ante la casa que poco a poco se desmoronaba, soltando chispas y hojas de algún libro carbonizado por los aires. Ningún hombre hizo nada por apagar el fuego sino después de unas horas y cuando las casas lindantes comenzaron a correr peligro. Tres mujeres murieron entre las llamas intentando entrar. Nunca se pudieron recuperar sus cuerpos, ni el de La Mara Negra.
Por un tiempo, su figura volvió a ser un misterio. Un enigma que solo algunas mujeres conocían. Sus milagros seguían recorriendo el pueblo, como si aquella hechicera siguiera con vida. Las mujeres que eran apaleadas de un día a otro volvían a estar por las calles como si nada.
Pero, la violencia fue cada vez más frecuente. A veces mujeres y niñas no llegaban a sus manos a tiempo y aparecían en las calles violadas y sin vida. Otras, eran los soldados los que amanecían mutilados y colgados de algún árbol. Hubo una ocasión donde todos los hombres del pueblo sufrieron una repentina impotencia durante meses.
Se corrió el rumor que no solo La Mara Negra estaba viva, sino que estaba enseñando sus saberes. Comenzaron a aparecer cabezas de cabra a los pies de las puertas de las casas de aquellas mujeres sospechadas de aprendices, casas que no tardaban en arder.
Pero el gran golpe llegó desde Languedoc, un pueblo al sur de Francia. La iglesia había autorizado la persecución y la quema de brujas. Las mujeres eran cazadas como animales, torturadas de manera bestial y quemadas vivas en espectáculos grotescos. Los cuerpos de las mujeres comenzaron a amontonarse en pilas, tanto de las quemadas, las torturadas como las que aparecían sin vida por las calles a mano de asesinos anónimos. Se vivieron épocas confusas y angustiantes. Con un clima de intensas lluvias que salvaba mujeres, pero arruinaba cosechas.
Hasta que una mañana La Mara Negra apareció frente a la iglesia. Estaba desnuda y su piel cubierta de barro. Sus ojos parecían flotar en aquella masa de fango oloroso. Había hojas pegadas por su cuerpo y pelo. Confesó a los gritos ser bruja y la causante de todos los males de aquel pueblo. Que si había que quemar a una bruja tenía que ser a ella, que así darían fin a esa época negra.
Los guardias tenían miedo de tocarla, así que la fueron empujando con sus espadas hasta dentro de la iglesia. Donde luego de un somero y breve juicio la condenaron a la hoguera, la cual iba a celebrarse lo más pronto posible.
A la mañana siguiente, La Mara Negra salió de la iglesia de la misma manera que entró, sin cadenas y cubierta de barro. Su cuerpo no entró en ninguna jaula ni carreta, sino que caminó a la pira en un campo cercano. Todo parecía realizarse en una coreografía practicada muchas veces. La procesión llamó a todo el pueblo, el cual caminaba en silencio. Las autoridades eclesiásticas permanecían como en una especie de transe, ansiosos porque todo termine. Deseosos de poder dormir sabiendo que aquel ser repugnante ya no caminase por su pueblo. Con la satisfacción de haber vencido al demonio y sus libertades.
Un silencio pesado se cernía sobre todos. Interrumpido por el viento, sus pasos sobre las piedras y el canto de La Mara Negra. Aquel sonido monótono parecía hipnotizar a todos, y cargar el aire con una energía especial. Nadie parecía darse cuenta, pero todos estaban metidos en él.
La sujetaron a un gran tronco erguido en el medio de piedras y maderas. Un guardia al atarla rozó su brazo y parte del barro quedó pegado en su mano dejando una media luna, aquella marca quedaría por generaciones en su familia, como una marca de nacimiento.
Cuando el fuego, nació el canto de La Mara Negra aumentó y con él las gargantas de todas las mujeres presentes vibraron. Aun las católicas que habían ido a celebrar la muerte entonaban aquellas palabras extrañas.
Ahora el aire estaba impregnado de olores fuertes, que difícilmente puedan ser olvidados. La carne y el pelo quemados se fundieron con el del humo. Las llamas comenzaron a devorar a La Mara Negra y pronto la pira no era más que un capullo de fuego que se alzaba unos dos metros en alto. Aun en esas circunstancias solo el rugido del fuego y el cántico de todas las mujeres presentes se podían oír. En ningún momento, se escuchó un grito o llanto.
Hasta que un violento crujido sobrepasó todos los sonidos y los cantos cesaron. El fuego pareció sufrir una implosión y se convirtió en una bola de cenizas que se elevó hacia los cielos, cubriéndolo todo. En la pira, no quedaba más que las cenizas que volaban. Las cuales caían sobre las personas presentes y por todo el pueblo.
Los hombres como presas de una desesperación repentina, estallaron en gritos y llantos. Se arañaban la piel donde las cenizas habían tocado. Muchos sangraban y otros tantos se ahogaban tirados en el suelo. Los que pudieron salir de aquel lugar huyeron hacia sus casas, dejando esposas e hijas. Las cuales parecían ignorar la situación masculina.
Las cenizas lo cubrieron todo e impregnaron a las mujeres de un sentimiento de unidad. Lo que se quiso quemar esa mañana había renacido mucho más grande. La iglesia ardió hasta los cimientos esa misma tarde. Y muchos soldados y otros hombres fueron empalados sobre el camino. Nacía así un grupo que hacía llamarse Las Maras Grises y que no tardó en crecer y llegar a otros pueblos.
Un nuevo ciclo había comenzado. Ahora los hombres caminaban con miedo por las calles. Pensaban dos veces antes de salir porque eran conscientes que sus muertes no importaban, que nadie los defendería y que quizás no volvieran con vida a sus casas.
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