Ciclos
Nadie la ve pero la idolatran aun en aquel momento. El vulgo ignora su naturaleza y la cree una diosa. La sangre que se vuelve blanca al tocar sus labios se derrama por su garganta, más ella no canta ahora, solo traga, pues su estómago reclama vida liquida.
Ya creciente su sonrisa va surgiendo, está feliz, saciando su animal instinto, dejándose llevar por el primitivo canto de sus animalitos que la sirven y se entregan. Los oye entonar dentro de su boca antes de masticar y tragar, siente como su blanco jugo la va completando de a poco, con los días bajo la cubierta del sol.
De noche descansa, duerme un poco escandalizada al ver el reguero de sangre que deja tras de sí. Agradece la magia que hace confundir esas gotas con estrellas, bendita ignorancia de los ciegos de ojos grandes.
A veces ella les baila a las criaturas que más tarde devorará, le da gracia jugar con ellas, como el diablo antes de hacer firmar al padre del niño moribundo. Acaricia, pues su piel puede dar amor, aquel que no conoce ni sospecha, aunque ella misma sea huérfana de útero y piense que nadie ve lo que mastica.
Y aunque el crecimiento sigue en aumento su hambre no disminuye. Es tal su ímpetu que las mareas le sirven, pues el océano la conoce y le sigue el juego, se sabe a salvo de su racia, de la purga que realiza en la tierra sobre las pobres gargantas que le rezan de noche, clamores a una santa que consume más de lo que necesita.
Y una vez llena, cuando la blancura de su barriga ilumina los restos de plateada sangre, se embrutece y pese a no poder ingerir otro alimento, por más que sus dientes aun conserven trozos de carne y que sus ojos contemplen blasfemos su propia santidad, baja para arrastrarse y abortar sobre su lengua los canticos fecundos.
Se diría que participa del luto de los vientres huecos, con sus idas y venidas, podrían estos, quizás, ser fuentes de más alimento, uno especial que termina por completar este ciclo obsceno que la hincha y la llena de huecos.
Llena y ebria, su blancura parece esbozar un rostro de sonrisa torcida y mirada de ojos pequeños. Observa desde su reino de oscuro fondo, irradia un lascivo poder que enerva a ciertas bestias.
Machos y hembras se buscan y destrozan, animales de humana esencia dejan marca sobre el barro de sus pieles, los dientes que aún conservan se presionan y confunden con las estrellas. Y ella, imposibilitada de contener sus impulsos que la colocaron en el firmamento se deja caer nuevamente.
Baña a todos con su luz ajena, como una madre en bautismo de paz. Consume hasta que su propio ser colapsa convulso y enfermizo. Con su rostro menguante se retira en un patético intento de sobrevivir, sin embargo el daño está hecho, y su boca que durante 14 días devoró todo lo que su luz tocaba ahora no cesa de vaciarla.
A veces ciertas notas rompen en gritos y sus cimientos tiemblan. Gorda y trémula mira la oscuridad de su gobierno y el éxtasis de la gula se retuercen efervescente debajo de su paladar, que la molesta y la marea. Se siente observada, desnuda y sin ninguna pared en donde apoyarse ni cabellos que correrse expulsa con la quijada fija lo que quiso acumular como íntimo tesoro.
Sus labios gotean perlas lechosas que sus manos son incapaces de contener. Con horror siente su existencia menguar en una afilada blancura. Pide ayuda más de su boca solo brotan los restos de sus alimentos marfilados, que la debilitan y la adormecen. Ya nadie le canta, forma parte del olvido.
Le llora a las estrellas y al sol, que fingiendo no conocer sus andanzas la consuelan con miradas santas y satisfechas. Contempla corrupta el sol enorme y puro como supo ser ella en un principio, y se propone purificar su esencia. Aquel pensamiento la acompaña hasta el fin, y revota en el vacío de su interior, como un eco de un canto viejo, como el jarrón de un sacrificio justo antes de ser usado.
Ella se achica y en un último esfuerzo de vida le sonríe a sus vasallos, carcasas vacías, almas oscuras que solo esperan una renovada esperanza de poder sembrar y que está vez la semilla prenda.
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