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La Mara Negra
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Al principio todo era secreto. Ninguna comentaba haberla visto, o conocerla siquiera. Para cualquier persona que preguntase (sobre todo si se trataba de un hombre), Mara no era nadie en aquel pueblo francés del siglo XII, cuando la realidad era que ella lo mantenía con vida.
Mara trabajaba en secreto porque sabía que sus habilidades podían ser cuestionadas. Los partos que ella asistía siempre resultaban exitosos, y los niños que trataba se curaban. Sin embargo, tenía cierta resistencia a tratar con hombres. No confiaba, los evitaba, solo ante una fuerte insistencia podía hacer una excepción, pero aquellas eran contadas.
La palabra “bruja” siempre deambulaba cuando, entre murmullos y en ciertos lugares, se hablaba de ella. Mas si acaso ese adjetivo llegaba a sus oídos, ella siempre lo rechazaba no por ser ofensa, sino por ser inexacto. Mara solía explicar que las brujas eran famosas por tratar con diablos y ella, si bien no tenía nada en contra de aquellos seres de tan injustificada mala fama, prefería trabajar con otras energías. Por eso prefería ser calificada de hechicera, antes de bruja.
Su ámbito era más natural. Solía hacer recetas de hierbas e insectos o preparados con tierra y algunas piedras. Extraño para algunos, pero siempre efectivo. Las mujeres estaban agradecidas en secreto, comprendían su reserva y la cuidaban. Nacían en ellas un espíritu compañero extraño, pero reconfortante.
Sin embargo, con los años su existencia llegó a recorrer el pueblo. Haciéndola una celebridad en secreto hasta el punto que de otros pueblos venían a verla. Comenzaron a nombrarla en la iglesia como algo maligno, que embrujaba a los niños que traía al mundo, los cuales tenían un futuro negro y pecaminoso.
Sobre las paredes aparecieron dibujos de ella en donde se la representaba como una mujer negra con ojos rojos que tenía relaciones con un peludo demonio. Las homilías llamaban a la denuncia y al rechazo de tamaña herejía. Las mujeres que las seguían y la ocultaban eran pasadas por el mismo trato, lo que desató una época de violencia que empeoró con el paso de los meses.
Mara, castaña de piel blanca y ojos marrones, se tomaba con gracia aquellos grabados y decía que la llamen “Mara Negra”. Pero, cuando sus seguidoras comenzaron a ser apaleadas, sus acciones tomaron otro cariz. Y sus trabajos comenzaron a ser diferentes.
Una mañana, el párroco del pueblo abandonó su iglesia con gritos de terror y vociferaba que la bruja de ese pueblo lo había perturbado en sueños, torturando su alma, que él no podía contra aquello y que iba a buscar ayuda. Mara, como todas las mujeres que la seguían, tomaron eso como una primera victoria. Pero aquello era solo el comienzo de algo que solo empeoraría.
Las mujeres de La Mara Negra recorrían las noches buscando hombres violentos para desnudarlos y cortarles su hombría. Tomaban las denuncias de las mujeres y les hacían justicia.
Una noche, Mara despertó en medio de llamas, su cuarto entero ardía. Cientos de mujeres lloraron toda la noche ante la casa que poco a poco se desmoronaba, soltando chispas y hojas de algún libro carbonizado por los aires. Ningún hombre hizo nada por apagar el fuego sino después de unas horas y cuando las casas lindantes comenzaron a correr peligro. Tres mujeres murieron entre las llamas intentando entrar. Nunca se pudieron recuperar sus cuerpos, ni el de La Mara Negra.
Por un tiempo, su figura volvió a ser un misterio. Un enigma que solo algunas mujeres conocían. Sus milagros seguían recorriendo el pueblo, como si aquella hechicera siguiera con vida. Las mujeres que eran apaleadas de un día a otro volvían a estar por las calles como si nada.
Pero, la violencia fue cada vez más frecuente. A veces mujeres y niñas no llegaban a sus manos a tiempo y aparecían en las calles violadas y sin vida. Otras, eran los soldados los que amanecían mutilados y colgados de algún árbol. Hubo una ocasión donde todos los hombres del pueblo sufrieron una repentina impotencia durante meses.
Se corrió el rumor que no solo La Mara Negra estaba viva, sino que estaba enseñando sus saberes. Comenzaron a aparecer cabezas de cabra a los pies de las puertas de las casas de aquellas mujeres sospechadas de aprendices, casas que no tardaban en arder.
Pero el gran golpe llegó desde Languedoc, un pueblo al sur de Francia. La iglesia había autorizado la persecución y la quema de brujas. Las mujeres eran cazadas como animales, torturadas de manera bestial y quemadas vivas en espectáculos grotescos. Los cuerpos de las mujeres comenzaron a amontonarse en pilas, tanto de las quemadas, las torturadas como las que aparecían sin vida por las calles a mano de asesinos anónimos. Se vivieron épocas confusas y angustiantes. Con un clima de intensas lluvias que salvaba mujeres, pero arruinaba cosechas.
Hasta que una mañana La Mara Negra apareció frente a la iglesia. Estaba desnuda y su piel cubierta de barro. Sus ojos parecían flotar en aquella masa de fango oloroso. Había hojas pegadas por su cuerpo y pelo. Confesó a los gritos ser bruja y la causante de todos los males de aquel pueblo. Que si había que quemar a una bruja tenía que ser a ella, que así darían fin a esa época negra.
Los guardias tenían miedo de tocarla, así que la fueron empujando con sus espadas hasta dentro de la iglesia. Donde luego de un somero y breve juicio la condenaron a la hoguera, la cual iba a celebrarse lo más pronto posible.
A la mañana siguiente, La Mara Negra salió de la iglesia de la misma manera que entró, sin cadenas y cubierta de barro. Su cuerpo no entró en ninguna jaula ni carreta, sino que caminó a la pira en un campo cercano. Todo parecía realizarse en una coreografía practicada muchas veces. La procesión llamó a todo el pueblo, el cual caminaba en silencio. Las autoridades eclesiásticas permanecían como en una especie de transe, ansiosos porque todo termine. Deseosos de poder dormir sabiendo que aquel ser repugnante ya no caminase por su pueblo. Con la satisfacción de haber vencido al demonio y sus libertades.
Un silencio pesado se cernía sobre todos. Interrumpido por el viento, sus pasos sobre las piedras y el canto de La Mara Negra. Aquel sonido monótono parecía hipnotizar a todos, y cargar el aire con una energía especial. Nadie parecía darse cuenta, pero todos estaban metidos en él.
La sujetaron a un gran tronco erguido en el medio de piedras y maderas. Un guardia al atarla rozó su brazo y parte del barro quedó pegado en su mano dejando una media luna, aquella marca quedaría por generaciones en su familia, como una marca de nacimiento.
Cuando el fuego, nació el canto de La Mara Negra aumentó y con él las gargantas de todas las mujeres presentes vibraron. Aun las católicas que habían ido a celebrar la muerte entonaban aquellas palabras extrañas.
Ahora el aire estaba impregnado de olores fuertes, que difícilmente puedan ser olvidados. La carne y el pelo quemados se fundieron con el del humo. Las llamas comenzaron a devorar a La Mara Negra y pronto la pira no era más que un capullo de fuego que se alzaba unos dos metros en alto. Aun en esas circunstancias solo el rugido del fuego y el cántico de todas las mujeres presentes se podían oír. En ningún momento, se escuchó un grito o llanto.
Hasta que un violento crujido sobrepasó todos los sonidos y los cantos cesaron. El fuego pareció sufrir una implosión y se convirtió en una bola de cenizas que se elevó hacia los cielos, cubriéndolo todo. En la pira, no quedaba más que las cenizas que volaban. Las cuales caían sobre las personas presentes y por todo el pueblo.
Los hombres como presas de una desesperación repentina, estallaron en gritos y llantos. Se arañaban la piel donde las cenizas habían tocado. Muchos sangraban y otros tantos se ahogaban tirados en el suelo. Los que pudieron salir de aquel lugar huyeron hacia sus casas, dejando esposas e hijas. Las cuales parecían ignorar la situación masculina.
Las cenizas lo cubrieron todo e impregnaron a las mujeres de un sentimiento de unidad. Lo que se quiso quemar esa mañana había renacido mucho más grande. La iglesia ardió hasta los cimientos esa misma tarde. Y muchos soldados y otros hombres fueron empalados sobre el camino. Nacía así un grupo que hacía llamarse Las Maras Grises y que no tardó en crecer y llegar a otros pueblos.
Un nuevo ciclo había comenzado. Ahora los hombres caminaban con miedo por las calles. Pensaban dos veces antes de salir porque eran conscientes que sus muertes no importaban, que nadie los defendería y que quizás no volvieran con vida a sus casas.
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