El viejo se despertó con la extraña sensación que algo estaba a punto de ocurrir. Tardo unos minutos en aceptar lo que era.
Esperó a que el velo del sueño se valla para pensar tranquilamente en lo próximo en hacer. No podía tomar decisiones a la ligera, había mucho en juego. Pero sabía desde hacía tiempo que lo correcto sería la libertad, abrir la puerta y dejar que aquello que tanta felicidad le dio, sea por fin libre. Eso, quizás, le diera libertar y paz a él también.
Fue al cuarto donde los tenía encerrado y los contempló uno por uno. Los amaba. Un sentimiento del más egoísta que lo hacía encerrarlos en ese cuarto para que él y solo él pudieran saber de sus historias. Solo sus manos podían tocarlos, él tenía el privilegio de sentir su aroma, de abrazarlos, curarlos o apartarlos con horror si así lo ameritaba la situación.
Sus ojos se pasearon por sus perfiles, algunos lisos y jóvenes, otros, viejos y agrietados. Tomo uno, al azar, todos causaban un sentimiento particular en él. Y, como guiando a un nene tomado de la mano, lo dirigió al sillón verde, el que siempre usaba con ellos. Fue ahí donde lo termino de decidir. Aquello sería la última vez que los vería. Su tiempo no le permitiría más noches en vela, aquello sería el fin.
Lo abrazó cómo quien toma a un amigo entre sus brazos y sintió como el llanto brotaba desde lo más profundo. No se había sentido así desde la muerte de su mujer, hacía ya tantos años. Desde ese día se había volcado a ellos, los únicos que lo acompañaban en su soledad. Desde ese momento decidió encerrarlos en aquel cuarto para poder hundirse en sus historias de vida, sus aventuras. No sé sentía capaz de soportar más perdidas.
Con un pañuelo se limpió el rostro, y contempló a su primera víctima de avaricia. Sus lágrimas lo habían mojado también. Decidió vivir sus relatos de nuevo, por última vez. Y, una vez finalizado, les abriría las puertas de su vida para que fuesen libres y que sus historias iluminen a otra persona. Le dolía pensar en eso, más lágrimas brotaron a imaginarse sin ellos. Pero no podía morir y dejarlos encerrados. La libertad le traería paz de conciencia, quizás un perdón después de tantos años de egoísmo.
Sabía que no tenía tiempo para que todos relaten su historia por completo. El las conocía muy bien, casi de memoria, así que pensó en repasarlas con ellos. Uno por uno, dedicando un tiempo justo por relato, a modo de repaso último.
El primero relató la historia de un pirata que había conocido, un tal Morgan. Su vida y hazañas por el caribe volvieron a llenar el recinto. Por momentos se escucharon cañonazos y el sonido de olas chocar contra el casco de algún barco. El corazón del viejo volvió a latir con fuerza como la primera vez que vivió aquel relato. Hasta tuvo la vaga ilusión de ser pirata algún día, o en otra vida.
El siguiente llenó la habitación de oscuridad y horror. Un gato negro se había subido a sus piernas y un cuervo, que lo miraba de costado, se había posado en la cabecera del sillón. Ambos animales eran negros como el espíritu de esos relatos. Y, salvo la voz del cuervo que insistía en repetir dos enigmáticas palabras, todo el cuarto permanecía en silencio, a la espera.
Uno a uno el viejo fue trayendo al sillón a todos los que liberaría. Y así el cuarto fue tornándose de mil sonidos y climas. Cualquiera que hubiera pasado por la ventana del comedor hubiera podido escuchar disparos, risas, explosiones, jadeos de lujuria y hasta canticos del mismísimo infierno. El viejo fue visitado por personajes históricos y hasta criaturas grotescas a las cuales no quiso ver fijamente.
Y así llego al último, el cual lo observaba como un viejo amigo. Ambos contaban con la misma cantidad de años, sin embargo el viejo había sido libre. Volvió a pedir perdón por su avaricia y dejo que el ultimo relato llenase el cuarto. Cuando la blanca cola de la ballena se hundió por última vez en el mar, el viejo se levantó y estiro sus articulaciones. Afuera ya era noche cerrada, había transcurrido el día entero y sus ojos, así como el cuerpo, le dolían.
Había un dejo de tristeza en todo aquello. El viejo sabía que estaba haciendo lo correcto pero la soledad permanecía agazapada, como un personaje más que se negaba a ser liberado.
Al día siguiente acompaño a sus treinta y dos prisioneros a una plaza y los dejo todos en una banca. Se sentó en otra a unos metros y espero. Por primera vez otras manos los tomaban, pudo ver como otros ojos se asombraban como lo habían hecho los suyos el día anterior. Niños y grandes pasaban y adoptaban uno o dos. El viejo tuvo que secarse el rostro varias veces. Sentía que algo en su alma se regocijaba, su ego se retorcía ante aquella perdida, pero era lo correcto, así lo sentía.
La sonrisa aun le duraba por la noche, al apagar el velador. Su biblioteca estaba ahora vacía, pero no así su corazón que llegaba finalmente a la última página.
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