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Nacimiento
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En los sueños se acepta la realidad sin cuestionar nada, como una extensión lógica de uno, la verdad inmutable que nos rodea y contiene. Es en ese entorno donde obtuve la respuesta.
Estaba desnudo y mis ojos podían abarcar una extensión enorme de luz y cielo. Caminaba sobre una superficie lisa y cálida, que pronto se convirtió en pasto. Me gustaba la sensación que causaba en mis pies. Siempre tomé a la naturaleza como una fuente de energía clara y suave. Caminar descalzo sobre tierra o pasto hace que me sienta mejor, desde que era chico que así lo siento. Ahora que veo este sueño en perspectiva tiene sentido que haya comenzado así.
Vi mis manos y no reconocí el color en mis uñas. Nunca andaba por la calle con las uñas pintadas y una primera puntada de vergüenza me curvó haciéndome caer de rodillas. El pasto que me recibió ahora era barro, que salpicó mis pálidas pero coloridas manos. La angustia comenzó a subirme desde el estómago y cuando llegó al pecho no pude más que llorar.
Mi espalda de pronto se sintió pesada. Podía notar que caían cosas sobre ella formando una especie de caparazón. Algo que, lejos de protegerme, cansaba mi cuerpo y lo debilitaba.
Otro sentimiento surgió del mismo lugar en donde la vergüenza hacía nido: la culpa. Ahora era mi garganta la que se torcía y luchaba por liberar gritos de dolor y llanto. Mis ojos apuntaban a mis manos embarradas, sin embargo podía sentir la presencia de personas a mi alrededor. Más que eso, las escuchaba. Podía oír sus risas, los adjetivos afilados que me arrojaban. Todo se acumulaba en el caparazón pesado que mi espalda luchaba por sostener.
Junto a la vergüenza y la culpa surgió otro sentimiento igual de poderoso: el cansancio. Éste intentó derribarme de forma completa y final. Mis ojos se cerraron ante todo eso y simplemente soporté cada trozo nuevo de caparazón, a la espera de un poco de paz. Sin embargo, dicha espera se me tornó insoportable.
Y clara como el agua la realidad surgió en mi interior. Supe como una verdad incuestionable que si no me levantaba en ese momento jamás lo haría. Había tocado fondo y lo único que se podía hacer en aquel lugar era morir o ponerme de pie.
Cuando abrí los ojos, las voces se detuvieron. Y en aquella quietud vacía solo un sonido retumbaba fuerte y claro: mis latidos. Mi corazón se alzaba como la fuerza interna que tanto buscaba, había estado ahí siempre.
Alcé la cabeza y el horizonte pareció infinito, no existía ningún límite. De pronto, el caparazón más que pesar molestaba. Y en un solo movimiento me puse de pie arrojando todo el peso que mi espalda había acumulado. Supe que eran años de insultos y burlas, de miedos y llantos. El sonido fue explosivo y de fondo pude notar el ruido de una tela al romperse. Algo se rasgaba para dejarme libre.
A mi alrededor, los pedazos de mi caparazón formaban un semicírculo. Di el primer paso rompiendo uno. Pese al tamaño, los sentí como cáscaras de huevo, débiles y finas. Me descubrí sonriendo mientras mis pies avanzaban, algo enorme había cambiado. No solo podía moverme con liviana soltura, sino que por primera vez en aquel sueño pude respirar. Llenarme el pecho me daba la sensación de libertad más hermosa que viví jamás.
Mis pasos me llevaron al borde de un enorme lago. El agua permanecía en una quietud pacífica, a la espera. A mi derecha, había unas piedras que me permitieron ganar altura y ver mi cuerpo entero en el agua. La emoción de mi reflejo me emocionó y por primera vez en la vida lloré de felicidad.
Me reconocí en el agua, sin embargo era el reflejo de una mujer. Mi pelo no solo estaba mucho más largo, sino que era de un colorado hermoso. El sol le daba reflejos anaranjados. Mis manos tocaron mi rostro suave y bajaron para reconocer mis pechos y finalizar en mi nuevo sexo. Me vi preciosa, plena. Hasta pude verme parecida a un animé que veía de chica.
Mis brazos me abrazaron. Amaba a la mujer del reflejo, que siempre había existido en mi corazón de hombre. Luchando por salir, soportando el peso de la coraza que yo había creado para protegerla. El amor ardía en mi pecho. Llevé mis manos a mi corazón y al hacerlo pude ver que las manos de esa mujer eran las mías. Me descubrí amando mi nuevo cuerpo, a la mujer que siempre había sido.
Pude notar mi pelo rojo que parecía arder como mi corazón, hasta que en una explosión que ya no podía contener mi cuerpo entero se envolvió en llamas. El fuego quemaba todas las dudas y los complejos. Mis miedos se marchitaban como la máscara que había usado todos estos años.
Cerré los ojos y me dejé llevar por esa energía renovadora. El agua era el siguiente paso. Me arrojé para despertar. El mundo era el mismo, pero yo era otra.
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