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Patas cortas
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Tuvo que leer cuatro veces la traducción para darse cuenta que era una cagada. Un trabajo pobre de alguien que realmente no sabe traducir, que mintió para ingresar a ese trabajo y, peor aún, que posiblemente muriese por ello.
Su abuela se encontraba en su pensamiento, presente como la culpable inmaterial de aquel caos. Ella y su costumbre de hablarle en euskera le habían infundido una falsa creencia de saber. Toda su vida había estado hablando con ella en ese idioma vasco tan especial para su familia. Hasta esa mañana Facundo se creía capaz de entender cualquier conversación en euskera. Sin embargo la realidad era otra.
La locura había comenzado cuando Jorge, un amigo de su viejo, lo había contactado con la posibilidad de un trabajo. La cosa era extraña y muy secreta. Facundo había tenido que ir bien temprano a una dirección en la periferia. De ahí lo habían trasladado en una combi de vidrios polarizados a una locación que él desconocía. Todo parecía muy formal y secreto, bien de película.
Le informaron que el trabajo en si era algo simple: tenía que escuchar una conversación y traducirla textualmente. Lo habían investigado y comprobado su ascendencia vasca. Incluso había tenido familiares que habían participado en la guerra civil española, cosa que Facundo ignoraba.
Todo aquello parecía increíble y en un principio la emoción lo había embargado. Iba a ganar muy buen dinero haciendo algo demasiado fácil. Claro que eso fue antes de volver a su casa y recibir el audio.
Para empezar había palabras que nunca había escuchado. Luego de negarse durante horas había optado por ir a google pero el resultado había sido aún más patético que el suyo. Estaba desesperado. Le habían informado que tuviese especial discreción porque se estaban manejando “temas sensibles”.
Facundo había podido traducir fragmentos como “eliminación de objetivo”, “infiltración riesgosa” y “armas listas”. Lo cual le daba una idea del tenor del asunto. Después de cinco horas de haber recibido el audio tenía miedo.
Pensó en recurrir a otra persona pero la advertencia de discreción y secreto le pesaba demasiado hasta que pensó en la única persona que le podía salvar la situación: su abuela. Sería una resolución poética del asunto, siendo ella la que en si lo había metido en aquel tema. Sin avisarle fue a su casa.
Tras explicarle todo el asunto notó que el semblante de la mujer cambiaba y su miraba se ensombrecía, algo que jamás había visto en ella. Puso play y ambos escucharon en silencio.
Se trataba de un dialogo entre dos hombre. Uno, de voz grave y tono autoritario, daba muestra de ser un jefe o líder. Su interlocutor solo acotaba y respondía las preguntas lo mejor que podía.
Al finalizar su abuelo se sacó los lentes y lo miro con una expresión extraña, mezcla de curiosidad y asombro. Facundo le había dado una hoja para que fuera anotando pero en vez de eso la mujer dejó la lapicera y fue hacia su teléfono fijo. Algo dentro del corazón de Facundo se congelo y pudo sentir que sus pies se derretían.
Su abuela tecleo unos números y luego de unos segundos dijo unas palabras en un euskera que Facundo nunca había escuchado.
—Pensé que nunca volvería a escuchar este dialecto—dijo después de colgar mirándolo con el amor de siempre. —Vas a tener que abandonar el país Facu. Si se enteran que viniste hacia mí con este mensaje, algo que seguramente ya saben, te van a querer eliminar.
Mientras decía esas palabras la mujer lo miraba como si tal cosa fuese algo rutinario, lo normal, nada del otro mundo. Facundo no entendía nada de lo estaba pasando y mientras su mirada moría en la hoja blanca sobre la mesa alguien golpeaba la puerta de entrada.
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