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Emanuel Santamaria

Escritura y literatura
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Pelos en la pileta

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El baño le transmitía la seguridad que ningún otro lugar le daba, ahí podía estar sola y ser ella, tocarse y lastimarse sin que nadie interrumpiese. En ese santuario estaba bien permanecer, ahí la intimidad estaba permitida, era lícito hacer cosas lejos del ojo crítico de la sociedad. Ahí entró Carla para cortarse el pelo. Porque su pelo no podía ser corto, eso estaba mal, estaba vedado por la opinión pública, dos amigas, una madre, un ex con mal aliento y tendencias sados y, sobretodo, su culpa de quedar mal con todos los anteriores mencionados. No obstante, gracias a la eficacia de su psicóloga y a un libro de auto ayuda polémico pero eficaz, Carla decidió cortarse el pelo. Primero agarró las tijeras, quería sentir al pelo siendo cortado de su ser. Carla siempre había pensado (y lo hacia en ese momento) que si alguna vez mataba a alguien iba a romper con el estereotipo de mujer envenenadora, ella fantaseaba con clavar un cuchillo, cortar una garganta o, en última y dramática instancia, disparar un arma (escopeta). La máquina con la que su hermano se afeitaba simplemente no estaba a la altura de la situación, era un simple veneno, su pelo merecía respeto al ser cortado. "Solo las puntas", era toda la instrucción que siempre le daba a su peluquera. Había permanecido años dentro de ese cuadrado de falsa seguridad y estética controlada. Una costumbre que había decidido abolir. Abrió el espejo y en el segundo panel de vidrio encontró las tijeras que su madre usaba para cortarle esas malditas puntas cuando era chica. Su hermano podía ir a la peluquería, su corte doctrinal y masculino requería una mano esperar, el de Carla no. La sujetó por el mango de goma negro y bordó y cerró el espejo. Sus ojos se encontraron y se investigaron para confirmar una vez más aquella épica decisión que marcaría un antes y después en su vida. Sonrío al pensar con tanta detención un simple corte de pelo, se vio estúpida al pensar así. Había cumplido diecinueve hacía uno meses, trabajaba, estaba lejos de considerarse virgen y ahí se encontraba debatiendo si ejercía su derecho estético o no. ¿Qué pasa nena, con las marchas está todo bien pero de cortarte el pelo ni hablar? Carla se mordió el labio, podía sentir en su pecho el corazón reaccionar a la tensión del momento. Odiaba todo eso, la duda, la culpa asomando, el tener que luchar contra algo que debería ser normal. Ya no quería culpar a su madre, ella también había luchado contra pensamientos negativos, cada generación tiene sus batallas con la anterior. Esto no era por su madre, sino por ella misma, Carla necesitaba cortarse el pelo para cortar lazos. Levantó la tijera. Por los hombros estaba bien, tampoco tenía que ser muy prolija al desastre lo arreglaría la peluquera, pero ella tenía que dar el primer paso, hacer punta como decía su abuelo, ese pensamiento la hace sonreír. Con la mano izquierda tomó un mechón de pelo a la altura deseada. Sus ojos a través del espejo coinciden con los míos y por un instante creo que me ve. "Es imposible", pienso, "el narrador no existe para el personaje principal." Pero ahí estaba Carla mirando no solo en donde estaba, sino clavando sus ojos en los míos. Me muevo para cambiar de posición y ella baja las tijeras. Se da vuelta y empieza a buscar algo (a mí). "No me vengan con estás mierdas, ya dije hace años que no quiero ver nada" Su voz tiene una autoridad que me conmueve, me hace vibrar todo. Noto que su corazón está más alterado, no siente miedo sino bronca y enojo. Carla emite una energía hostil y para conmigo. Me quedo quieto. Sus ojos van hacia todos lados sin localizarme. "Aún te siento, no sos bienvenido, quiero estar sola" ¿Acaso este personaje quiere echar a su narrador? Aquello me causa gracia y no puedo evitar reír. Fue lo necesario para que me encuentre. Aún con una sonrisa la veo acercarse con las tijeras en la mano. Sé que no puede hacerme daño, de hecho ni tendría que saber que existo. Se para justo frente a mí y de pronto la siento enorme, es mucho más grande que yo, vuelve a mirar directo a mis ojos y tengo la certeza de no poder hacer nada. “¡FUERA!" El grito vino de la garganta de Carla, de sus pulmones y, sobretodo, de su espíritu. Era un ser más fuerte que yo. De pronto estoy afuera del baño. No entiendo que está pasando. ¿Acaso ya no puedo narrar? Alguien apareció junto a mí, lo siento amable y blanco. Él no me quiere echar sino ayudar, es amigo. Me dice algo y sus palabras tapan el sonido de las tijeras.
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Pelos en la pileta por Emanuel Santamaria | Cafecito