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Hernan Montenegro

Escritura y literatura
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La Orden de la Aurora Dorada (Parte I)

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El botín había superado las expectativas de Frederick. Se miró al espejo, y del otro lado, la figura delgada de pelo negro atado con una colita le devolvió la sonrisa. El colgante que había pertenecido a Casandra en la época de los griegos, ahora reposaba en su pecho y lucía muy bien. Cuando aprendiera sus secretos, podría adelantarse unos pasos al futuro y estás más protegido de las represalias que podrían acarrearle las familias rivales. Sus seguidores, aquellos que pertenecían a La Orden de Aurora Dorada recorrían la gran casona, en búsqueda de más reliquias que estuvieran escondidas. Él, junto a su esposa Violet, se quedaron en la pieza que había permanecido a la jefa de la casa Rosher. Violet Bennet, una mujer fascinada con todo aquello relacionado a la muerte, contemplaba una vara hecha de huesos, que tenía un pequeño cráneo como pieza central de su diseño. —¿Puedo quedármela? —preguntó a Frederick con una sonrisa seductora. —Una vez termine de descifrarla, por supuesto. Su mujer le dió un beso en la boca y luego recorrió la habitación, de manera divertida. Él, se preguntó cuántos objetos podría quedarse y cuantos vendería al mejor postor con el paso del tiempo. La Orden de la Aurora Dorada, se hacía cada vez más grande en los círculos del ocultismo. Se habían hecho famosos como ladrones de reliquias. Aquellos que siempre los vieron con malos ojos, hoy en día les brindaban información cuando una familia antigua estaba vulnerable. Lo hacían, porque sabían que podrían obtener objetos extraños, con algún descuento, por haberles brindado la información. Mr. Sharp, quien había hablado con Frederick, sería el primer cliente al cual le hablaría de aquellas reliquias que le importaran poco. Gracias a él fue que el golpe resultó ser un éxito. La familia había quedado reducida a la mitad de sus miembros, así que fue fácil romper los conjuros de protección y hacer un ataque que terminó con la existencia de una de las casas más poderosas de Alemania. Si los exiliados de la casa, decidieran cobrar venganza por conservar su honor, poco le preocupaba, ya que podía aplastarlos como cucarachas. Lo único negativo para Frederick fue la muerte de dos seguidores. Los pobres muchachos tuvieron la mala suerte de encontrarse con una furiosa Florence Rosher. En la gran escala de las cosas, el poder que obtendría Frederick con los objetos que estaban escondidos en la gran casona, significaba que el costo a pagar era poco o nulo. —Mi gran señor —dijo Gustav desde la puerta de la pieza. El hombre pequeño llegó transpirando, y con la respiración entrecortada. Había corrido hasta ahí. —¿Qué sucede? —Mi gran señor, hay un intruso. Violet los miró sorprendida. —¿Un intruso? ¿Por eso venís corriendo a interrumpirme? —Mi gran señor, es que… —Es que nada. Dile a Bram que lo saque o a Todhunter. Si acabaron con los Rusher pueden expulsar a cualquier tipo de intruso. —Mi gran señor, Bram y Todhunter fueron derribados. El intruso se enfrentó a ellos en el salón principal. Observé todo desde el primer piso y al ver como cayeron peleando contra él vine a advertirle. ¿Dos de sus mejores hombres derribados? La sola imagen le parecía ridícula. ¿Habría alguien de la casa Rosher con el poder suficiente para enfrentarse a ellos? Imposible. Tal vez, había una remota oportunidad de que pudieran vencer en un combate uno contra uno, pero jamás contra los dos en simultaneo. Frederick sacó el cetro dorado del bolsillo y salió en búsqueda de aquel intruso. No iba a permitir que nadie le arruinase la noche del triunfo. Mientras avanzaba pensó Mr. Sharp ¿Acaso el maldito pensó que se encontraría con ambos grupos abatidos por la pelea y así poder reclamar el botín? Era imposible que ese ser despreciable fuera capaz de derribar a sus hombres. Frederick fue quien los había entrenado en las artes ocultas y les había dado objetos poderosos para aumentar sus habilidades. Caminó por el pasillo, bajó las escaleras y al llegar al primer piso se acercó al balcón, quedando sorprendido al contemplar la escena de lo que sucedía debajo. Algernon, su mano derecha, había llegado al salón principal antes que él y comenzó una pelea con el intruso. Tenía su vara mágica en dirección al cielo y la mano derecha extendida hacía su oponente. De sus dedos brotaban rayos color carmesí que impactaban contra la figura encapuchada, que detenía el impacto, con ambas manos extendidas y un aura de energía que parecía formar un escudo. Frederick decidió esperar antes de actuar. Algernon era uno de los miembros más importantes, y nadie podía vencerlo en un combate de energías. Además, había tomado la precaución de usar su vara como un receptor de energía, una decisión más que inteligente. Era cuestión de tiempo para que el intruso se quebrara. Pero, para su sorpresa, al cabo de pocos minutos la mano que sostenía la varita empezó a temblar y los rayos color carmesí empezaron a perder su color. El intruso, con ambas manos extendidas se mantenía firme en su posición. Frederick se preguntó si el secreto podía estar en el guante negro que tenía una especie de cadena, porque era imposible que un hombre fuera capaz de mantener semejante escudo solamente con su voluntad. —¿Esto es todo lo que podés hacer? —preguntó burlón al miembro de La Orden y la voz le resultó familiar a Frederick, pero no podía recordar de dónde. Algernon cerró el puño y los rayos desaparecieron. Dejó caer la varita y se sacó la túnica quedando con el pecho descubierto, mostrando el tatuaje de un águila. Sacó del cinto una daga y corto la palma de su mano izquierda para manchar el tatuaje con su sangre y murmuró un canto en voz baja. —¿Qué está haciendo? —preguntó Gustav sorprendido. —Una estupidez —respondió Frederick y se preguntó si debía advertirle, o esperar la reacción del intruso ante lo que iba a observar. Algernon abrió los brazos, como si intentara imitar las alas del águila, y emitió un grito desgarrador. Los demás miembros de La Orden que se habían acercado observaron un águila color carmesí emerger del cuerpo del mago. La criatura hecha de energía sobrevoló el salón antes de caer en picada contra el intruso, que, para sorpresa de Frederick, no cambió su postura defensiva y decidió aguantar el impacto. El ave chocó contra la pared invisible y las ondas de energías expulsaron a todos los presentes, empujándolos con ferocidad contra la pared del lugar. Los muebles empezaron a romperse y las astillas salieron disparadas. Frederick observó preocupado las escaleras que empezaron a temblar y la vibración del balcón donde él estaba apoyado. Escuchó los gritos de algunos de sus miembros cuando eran impactados por los objetos que sobrevolaban el salón principal, producto de las energías que emitía el ave en cada impacto contra el escudo. Decidió no perder más más tiempo y levantó su cetro, murmurando las palabras para disipar las energías y el águila desapareció. Algernon cayó al suelo inconsciente. Y el extraño finalmente bajó los brazos. —¿Quién sos? —preguntó Frederick y lo apuntó con el cetro, dispuesto a descargar un golpe de energía que fuera más poderoso que lo que su compañero había hecho. —Ninguno de tus miembros ha muerto, quedaron inconscientes por el desgaste de usar sus energías en contra mía. —¿Y se supone que tengo que agradecerte por eso? —Sí, no estaría mal que lo hagas. La respuesta le sonó a burla y eso logró ponerlo aún mas de mal humor, lo habría atacado sin hablar más, pero sentía que por primera vez en mucho tiempo estaba en desventaja. ¿Quién era ese hombre? ¿Y por qué sentía que lo conocía de antes? —No quiero problemas, solamente quiero hablar con vos Frederick Bennet, o debería llamarte Frederick Underhill. Frederick al escuchar esto, largó una risa cargada de furia y resentimiento. Había cambiado su apellido dado al odio que sentía por su padre. Nadie había vuelto a llamarlo Underhill sin haber pagado las consecuencias. Apuntó al intruso con el cetro y descargó un golpe de energía dorada contra él. El intruso levantó los brazos y levantó el escudo, pero la energía que había concentrado Frederick fue tal que logró quebrar la postura de su oponente y lo empujó por los aires, derribándolo. Los miembros esbozaron un gesto de alivio al ver que su líder había puesto al intruso en su lugar, pero ese alivio duró poco al ver como el hombre que había recibido el impacto se levantaba del suelo. Jamás habían visto a alguien levantarse luego de recibir una descarga del cetro dorado. La capucha ya no cubría al intruso y ahora podían verle la cara pálida y el pelo rubio. Frederick al verlo entendió de donde conocía esa voz. Habían pasado veinte años desde que soñó con él y contempló de que era capaz. Era por ese hombre que había logrado crear su propia orden y avanzar tan lejos en los secretos del mundo espiritual. Observó el rostro de enfado, y como llevaba su mano izquierda a la derecha. —No —gritó Frederick—. Te pido mil disculpas. No sabía que eras vos, te lo juro. Balder lo miró extrañado, porque jamás había visto en persona a Frederick y le sorprendió que su fama se hubiera extendido a otro continente. —¿De dónde me conocés? —De mis sueños —respondió Frederick emocionado y bajó el cetro. —Señor tenga cuidado —dijo Gustav asustado—. Ese hombre es peligroso. —Si este hombre hubiera querido matarnos, estaríamos todos muertos —dijo Frederick dejando a su asistente perplejo.
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