Desde los seis años, Elías tenía una rutina inquebrantable.
A las diecinueve en punto, dejaba lo que estuviera haciendo y corría a su habitación. Cerraba la puerta, acomodaba dos sillas frente a frente y comenzaba a hablar, reír y hacer gestos como si alguien más estuviera sentado delante de él.
Su madre, al principio, lo encontraba adorable.
—¿Con quién hablás, amor?
—Con Izan —respondía siempre con una sonrisa—. Pero no podés entrar, mamá. Él se asusta.
Ella sonreía, convencida de que se trataba de un amigo imaginario.
Pasaron los meses. Después, los años.
Los juguetes fueron cambiando. Las paredes de la habitación se llenaron y luego se vaciaron de dibujos. La voz de Elías se hizo más grave. Sus intereses cambiaron, sus amigos también, pero Izan seguía viniendo.
Siempre a la misma hora.
Mientras los demás chicos hablaban de fútbol, del colegio o de cualquier otra cosa propia de su edad, Elías contaba historias que, según él, Izan le enseñaba.
Hablaba de lugares donde el cielo tenía dos lunas. De ríos que fluían hacia arriba. De ciudades que parecían no tocar nunca el suelo.
Al principio, su madre lo escuchaba con una sonrisa.
Después empezó a preocuparse.
Intentó ignorarlo. Pensó que, con el tiempo, aquella fantasía desaparecería por sí sola.
Hasta que una tarde lo escuchó conversar solo en la oscuridad.
Se quedó quieta frente a la puerta entreabierta.
Elías estaba sentado en una de las sillas, mirando fijamente la otra.
—¿Por qué solo a las siete? —preguntaba.
Hubo un silencio.
Elías inclinó la cabeza, como si escuchara una respuesta.
—¿Y por qué no podés venir antes?
Otro silencio.
La madre sintió un escalofrío.
Finalmente, decidió llevarlo a un terapeuta.
El doctor Rivas era un hombre paciente, acostumbrado a los silencios y a los mundos imaginarios de los niños. Durante semanas habló con Elías. Intentó que dibujara a Izan, que explicara cómo era, de dónde venía y por qué aparecía siempre a la misma hora.
Elías nunca parecía confundido.
Siempre respondía con absoluta seguridad.
—Viene cuando el sol se esconde.
—¿Y antes no puede venir?
—No.
—¿Por qué?
Elías se encogía de hombros.
—No puede.
—¿Y cuánto tiempo se queda?
El chico pensaba unos segundos antes de responder.
—No mucho.
Rivas tomó nota de cada respuesta.
Una tarde, mientras revisaba sus anotaciones, decidió hacer algo diferente.
Quería verlo.
Quería estar presente cuando Izan apareciera.
Por eso decidió visitar a Elías a las diecinueve.
La madre dudó.
No le gustaba la idea, pero finalmente aceptó.
Aquella tarde, la casa estaba en penumbra.
El reloj de la habitación marcaba las 18:58.
Rivas permanecía sentado cerca de la pared, con el cuaderno apoyado sobre las piernas. De vez en cuando levantaba la vista hacia Elías y luego volvía a escribir.
Elías estaba sentado frente a la otra silla.
Esperaba.
18:59.
El segundero avanzó lentamente.
Rivas dejó de escribir.
Elías levantó la cabeza.
—Ya viene.
El terapeuta miró el reloj.
Faltaban unos segundos.
19:00.
El aire de la habitación pareció cambiar.
No fue algo evidente. No hubo ningún ruido ni ninguna señal concreta que pudiera explicar. Simplemente, Rivas sintió que el ambiente se volvía más pesado.
El tic-tac del reloj comenzó a escucharse con una extraña lentitud.
Tac.
Tac.
Tac.
Como si cada segundo necesitara un esfuerzo enorme para pasar.
Elías se enderezó en la silla.
Sonrió.
Y miró directamente hacia el lugar vacío que tenía delante.
—Hola.
Rivas contuvo la respiración.
El chico comenzó a hablar con alguien invisible.
—¿Te acordás de la torre?
Sonrió.
—Sí. Todavía guardo la piedra.
Hizo una pausa.
Asintió.
Luego soltó una pequeña carcajada.
Rivas no apartaba los ojos de él.
Elías parecía estar manteniendo una conversación normal. Escuchaba, respondía, asentía y hasta cambiaba de expresión según lo que, aparentemente, le decía su interlocutor.
Pero allí no había nadie.
Entonces Rivas sintió una corriente de aire helado recorrerle el cuello.
Se estremeció.
Miró hacia la ventana.
Estaba cerrada.
Las cortinas permanecían inmóviles.
Sin embargo, el frío seguía allí.
Una vibración apenas perceptible recorrió la habitación.
Rivas apretó el bolígrafo entre los dedos.
—Elías...
El chico continuó hablando.
—Elías —repitió Rivas, esta vez más fuerte.
Elías se detuvo y lo miró.
—¿Sí?
—¿Está Izan aquí ahora?
El chico asintió.
—Sí.
Rivas tragó saliva.
—¿Dónde?
Elías señaló la silla que tenía frente a él.
—Acá.
Rivas miró la silla.
Vacía.
Volvió a mirar a Elías.
—Preguntale... qué quiere.
Elías giró lentamente la cabeza hacia el lugar señalado.
Sonrió con ternura.
Pareció escuchar algo.
Después volvió a mirar al terapeuta.
—No quiere nada.
—¿Nada?
—Solo viene a charlar conmigo.
Rivas sintió que la piel de sus brazos se erizaba.
No volvió a preguntar.
El reloj marcó las 19:07.
En ese instante, el aire de la habitación recuperó su temperatura normal.
El tic-tac volvió a escucharse con regularidad.
Elías parpadeó varias veces.
Su expresión cambió.
Miró a su alrededor, confundido, como si acabara de despertar.
Rivas cerró lentamente su cuaderno.
No dijo nada.
Cuando se levantó para marcharse, volvió a mirar el reloj.
El segundero estaba detenido.
Exactamente en el número siete.
Al otro día, Clara preparaba la cena cuando escuchó pasos apresurados en el pasillo.
Se sobresaltó.
Los pasos subían rápidamente hacia la habitación de Elías.
—¿Elías?
No obtuvo respuesta.
Se secó las manos y salió de la cocina.
Lo vio subir corriendo las escaleras, con una sonrisa en el rostro.
Una sonrisa que no había visto en mucho tiempo.
Clara sintió un nudo en el estómago.
—¿Otra vez, Elías? —preguntó, con un dejo de tristeza.
Él no respondió.
Entró en su habitación y se quedó mirando el reloj de la pared.
Clara llegó detrás de él.
—¿Qué estás haciendo?
Elías seguía mirando las agujas.
18:59.
El silencio se apoderó de la habitación.
Clara observó a su hijo.
Él parecía tranquilo.
Demasiado tranquilo.
Las agujas avanzaron.
19:00.
Una ráfaga de viento atravesó la habitación.
Clara dio un respingo.
Miró las ventanas.
Estaban completamente cerradas.
Elías extendió lentamente una mano hacia el aire.
Sus dedos permanecieron suspendidos, como si estuviera esperando que alguien se la tomara.
Entonces susurró:
—Ya estoy listo, Izan.
Clara sintió que el corazón se le detenía.
—¿Elías?
Él no la miró.
Durante un instante, nada ocurrió.
Después, el cuerpo del muchacho comenzó a perder consistencia.
Clara abrió los ojos, paralizada.
Elías se volvió transparente.
Primero fueron sus manos.
Después sus brazos.
Su rostro comenzó a desdibujarse.
—¡Elías!
Clara intentó acercarse, pero se detuvo al ver cómo aquella figura se transformaba en una silueta de luz.
—¡Elías!
La voz de su hijo no respondió.
Su cuerpo terminó de disolverse en el aire.
No fue un truco de la vista.
No fue un sueño.
Clara lo había visto.
Había estado allí.
Y ahora no quedaba nada.
—¡ELÍAS!
El grito de Clara recorrió la casa.
El reloj se detuvo exactamente en el número siete.
Durante esos siete minutos, el cuarto permaneció vacío.
Elías abrió los ojos.
Flotaba sobre una superficie líquida, pero no se hundía.
No podía distinguir dónde terminaba aquella superficie ni dónde comenzaba el horizonte.
Levantó la cabeza.
El cielo era de un color indefinido, una mezcla de violeta y gris. No había sol. Tampoco luna. Sin embargo, todo estaba iluminado por una claridad constante, uniforme, sin una fuente visible.
El aire olía a metal húmedo y a algo nuevo.
Algo imposible de nombrar.
Elías se incorporó lentamente.
Entonces lo vio.
Frente a él, Izan lo esperaba.
—Llegaste —dijo con su voz calma.
Elías lo miró durante unos segundos.
No parecía sorprendido.
Como si, después de tantos años, aquella presencia le resultara completamente familiar.
—¿Este es tu mundo?
Izan asintió.
—Este es mi mundo.
Elías miró a su alrededor.
A su alrededor se extendía una llanura infinita cubierta de hierbas que brillaban con una luz propia.
A lo lejos se veían estructuras imposibles.
Torres que flotaban en el aire.
Caminos que se curvaban hacia arriba.
Lagos suspendidos en el cielo.
Nada parecía obedecer las reglas que Elías conocía.
No había viento, pero todo se movía con un ritmo suave, casi imperceptible.
Como si aquel lugar respirara.
Elías comenzó a caminar junto a Izan.
Sus pasos no producían ningún sonido.
Ni siquiera sobre las piedras.
Entonces miró hacia abajo.
Las sombras de ambos se estiraban detrás de ellos.
No hacia donde debería proyectarlas la luz.
Hacia atrás.
Como si vinieran del pasado.
Elías se detuvo.
A lo lejos, un grupo de figuras los observaba.
Permanecían inmóviles.
Eran casi humanas.
Pero había algo en ellas que resultaba inquietante.
Demasiado quietas.
Demasiado silenciosas.
—¿Quiénes son? —preguntó Elías.
Izan no se detuvo.
—Los que se quedaron.
Elías volvió a mirar las figuras.
—¿Se quedaron acá?
—Algunos vinieron y nunca volvieron.
Elías sintió un escalofrío.
Siguió caminando.
El sendero estaba formado por piedras negras. El suelo temblaba apenas bajo sus pies y, cada tanto, una chispa azul aparecía en el aire.
Flotaba a su alrededor durante unos segundos y luego desaparecía.
Como una luciérnaga sin alas.
Elías levantó la mirada.
En el horizonte había un río que subía hacia el cielo.
El agua ascendía lentamente, se doblaba sobre sí misma y continuaba su recorrido por encima de las nubes.
Más allá se levantaba una especie de ciudad hecha de cristal.
Sus estructuras eran tan altas que desaparecían entre las nubes.
Elías permaneció observándola.
—¿Vivís acá?
Izan lo miró.
—No se vive ni se muere aquí.
Hizo una pausa.
—Solo se está.
Elías bajó la mirada.
Durante unos segundos no dijo nada.
Después preguntó:
—¿Y puedo quedarme?
Izan lo observó.
—Podrías.
Elías levantó la cabeza.
—¿Entonces puedo?
—Pero allá todavía te esperan.
Elías pensó en su madre.
En su casa.
En la habitación.
En aquella silla que siempre colocaba frente a la suya.
De pronto, el cielo comenzó a temblar.
Elías levantó la vista.
Una luz blanca empezó a expandirse alrededor de ellos.
Primero fue pequeña.
Después creció.
Creció hasta cubrir el horizonte.
Elías sintió que el aire se volvía cada vez más denso.
Algo invisible comenzó a empujarlo hacia atrás.
—¿Qué está pasando?
Izan permanecía tranquilo.
—Ya termina.
—¿Qué termina?
—Esto.
La luz siguió avanzando.
Elías intentó acercarse a él, pero sus pies parecían no responder.
—¿Cuándo voy a volver?
Izan lo miró por última vez.
—Cuando regreses, todo será distinto.
—¿Por qué?
Izan sostuvo su mirada.
—Porque el tiempo no corre igual en todos los mundos.
La luz lo envolvió.
Elías abrió los ojos.
Estaba en su habitación.
O en algo parecido a su habitación.
Las paredes eran más pálidas.
La cama era distinta.
En el rincón donde antes había un juguete ahora había una planta seca.
Elías permaneció inmóvil.
No reconocía aquel lugar.
Miró hacia el reloj.
Seguía allí.
Las agujas marcaban las 19:08.
El segundero no se movía.
El silencio era absoluto.
Por un instante pensó que todavía estaba en el mundo de Izan.
Pero entonces percibió el olor.
Polvo.
Tiempo detenido.
Se levantó lentamente.
Sus piernas temblaban.
Caminó hasta la puerta y la abrió.
El pasillo era más angosto.
Las fotos familiares habían desaparecido.
Elías avanzó con cuidado.
Cada paso le producía una sensación extraña.
Algo estaba mal.
Algo había cambiado.
Llegó hasta la cocina.
Allí había una mujer preparando la cena.
El sonido del aceite chispeando llenaba el ambiente.
El aroma de las verduras le resultó familiar.
Demasiado familiar.
Elías se quedó inmóvil.
Abrió la boca para hablar.
Pero la voz no salió.
La mujer se movió lentamente frente a la cocina.
Elías la observó.
Había algo en ella que conocía.
Algo que reconocía aunque no pudiera comprenderlo.
En el living, un hombre estaba sentado en el sillón mirando la televisión.
Tenía la espalda encorvada.
Los ojos cansados.
El rostro marcado por los años.
Elías volvió a mirar a la mujer.
Su madre.
El rostro estaba cubierto de arrugas.
Las manos le temblaban ligeramente.
Era ella.
No había ninguna duda.
Elías sintió que el corazón comenzaba a golpearle con fuerza contra el pecho.
Entonces comprendió.
Él seguía siendo el mismo.
El mismo niño de catorce años.
Los siete minutos con Izan...
Habían sido muchos años en el mundo real.
Elías sintió que las piernas estaban a punto de fallarle.
—Mamá... —susurró.
La mujer se giró bruscamente.
Miró hacia el lugar de donde había venido aquella voz.
Sus ojos se abrieron.
Durante un instante, pareció reconocer algo.
O a alguien.
Pero aquella expresión desapareció casi de inmediato.
Sus ojos se llenaron de confusión.
—¿Elías? —dijo en voz baja.
La voz le temblaba.
—No...
Dio un paso hacia adelante.
—No puede ser.
Su padre se levantó del sillón y se acercó a ella.
La abrazó con ternura.
En la televisión continuaban las noticias.
Afuera, comenzaba a anochecer.
Elías permanecía inmóvil, observándolos.
No sabía qué decir.
No sabía cómo explicar dónde había estado.
Ni cómo explicar que, para él, apenas habían transcurrido unos minutos.
Entonces el reloj hizo un pequeño ruido.
El segundero avanzó.
19:09.
Y volvió a moverse.
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