Trabajo forzoso
—¡Mateo! ¿Cómo andás, querido?
Mateo frenó.
Lo miró unos segundos antes de responder.
—Mal, Arturo. Muy mal.
Arturo sonrió al principio, pero la sonrisa se le fue borrando de la cara cuando pudo observarlo mejor.
—¿Qué te pasó?
—Nada.
—¿Cómo que nada? Tenés una cara…
Mateo se pasó una mano por la cara.
—Hace varias noches que duermo, pero no duermo.
Arturo frunció el ceño.
—¿Cómo que dormís pero no dormís?
—Eso mismo.
—No entiendo.
—Yo tampoco, pero es lo que me pasa.
Arturo lo miró con atención. Mateo tenía unas ojeras profundas, los ojos enrojecidos y una expresión de cansancio que no parecía solamente producto de haber dormido poco.
—Pero ¿te acostás a dormir?
—Sí.
—Entonces, ¿cuál es el problema?
Mateo suspiró.
—Que todas las noches sueño lo mismo, loco.
—¿Todas las noches?
—Todas.
—¿Y qué soñás para estar así?
Mateo miró hacia la calle, como si solamente recordar el sueño ya le diera cansancio.
—Es un sueño larguísimo.
—Bueno, contame.
—Mirá, todas las noches es exactamente igual. No cambia nada.
—¿Y eso qué tiene de malo?
—Que en el sueño trabajo toda la noche.
Arturo soltó una pequeña carcajada.
—¿Trabajás?
—Sí, Arturo. Trabajo.
—¿Pero qué hacés?
—Tengo que ir a un depósito de San Telmo y cargar un camión. Yo solo.
—¿Vos manejando un camión? —preguntó Arturo entre risas.
—No te rías. Es terrible.
Mateo tomó aire y continuó.
—Llego al depósito, entro, agarro la mercadería y empiezo a cargar el camión. Una caja, otra caja, otra más… Se me cae una caja, la vuelvo a subir. Se me cae otra, también la vuelvo a subir.
—¡Qué desastre!
—Sí.
—¿Y después?
—Y cuando termino, salgo con el camión hasta Comodoro Rivadavia.
Arturo lo miraba cada vez más serio.
—¿Desde San Telmo hasta Comodoro?
—Sí.
—Es un viaje larguísimo.
—Sí, ya sé.
—¿Y qué más?
—Llego allá y tengo que descargar toda la mercadería.
Arturo ya sabía lo que venía.
—Se te cae.
—Se me cae.
—La volvés a levantar.
—La vuelvo a levantar.
—Y después se te vuelve a caer.
—Exactamente.
Mateo negó con la cabeza.
—Una locura. Encima estoy solo. Sigo descargando, vuelvo a levantar todo, termino, subo otra vez al camión y tengo que volver manejando hasta San Telmo.
—No puede ser.
—Sí puede ser. Todas las noches.
—¿Y cuando llegás?
—Dejo el camión.
—¿Y ahí termina?
—Ahí suena el despertador.
Arturo lo miró durante unos segundos.
—¿Y te despertás?
—Sí.
—Bueno, por lo menos termina.
Mateo negó con la cabeza.
—Ahí está el problema. Me despierto hecho mierda.
—¿Tan cansado?
—Arturo, estuve toda la noche cargando un camión, manejando hasta Comodoro Rivadavia, descargando, levantando cajas que se caían y después manejando de vuelta. ¿Cómo querés que me levante?
—Pero es un sueño.
—Decíselo a mi cuerpo.
Arturo soltó una carcajada.
Mateo no se rio.
—Te juro que no puedo más. Me levanto y siento que trabajé toda la noche. Me duelen los brazos, la espalda, las piernas… todo. Al trabajo estoy llegando destruido. No rindo igual, me cuesta concentrarme y, si sigo así, me van a rajar.
Arturo volvió a observarle la cara.
—Mirá cómo estás.
—Ya sé.
—Tenés unas ojeras terribles.
—No me lo recuerdes.
Arturo se quedó pensando unos segundos.
—Esperá.
—¿Qué?
—Yo conozco un doctor.
—¿Un médico?
—Sí.
—¿Y qué tiene que ver?
—Es muy bueno.
—¿Bueno para qué?
—Para estas cosas.
—¿Estas cosas?
—Soluciona problemas de todo tipo. Andá a verlo y después me contás. Vas a ver que seguro te soluciona el problema.
Mateo lo miró con cierta desconfianza.
—¿Seguro?
—Seguro.
—¿Y cómo se llama?
Arturo sacó una tarjeta y le señaló el nombre del profesional.
—Andá a verlo.
—No sé…
—Haceme caso. Decile que vas de parte mía.
Mateo suspiró.
—Bueno.
—Vas a ver que seguro te lo soluciona.
—Ojalá.
Los dos siguieron hablando unos minutos más, hasta que finalmente se despidieron.
—Cuidate, Mateo.
—Vos también.
—Y andá al médico.
—Sí, sí.
—En serio.
—Voy a ir.
—Después contame.
Mateo levantó una mano y siguió caminando.
Arturo lo observó alejarse.
La expresión de Mateo no había cambiado.
Parecía agotado incluso caminando.
---
Pasó un tiempo.
Un día, Mateo volvió a encontrarse con otro amigo: Amadeo.
Apenas lo vio, se sorprendió.
—¡Eh, Amadeo! ¿Cómo andás?
Amadeo levantó la cabeza.
—Mal, Mateo.
—¿Qué te pasó?
—Muy mal.
Mateo se acercó.
—¿Estás enfermo?
—No.
—¿Entonces?
Amadeo se pasó una mano por el pelo.
—Dentro de poco me divorcio.
Mateo abrió los ojos.
—¿Te separás de Caro?
—Sí.
—¿Estás mal con ella?
—No.
—¿Entonces qué pasó?
—Me está pasando algo terrible.
Mateo se quedó esperando.
—¿Qué?
Amadeo bajó la voz.
—Todas las noches sueño lo mismo.
Mateo sintió un pequeño escalofrío.
—¿Todas las noches?
—Todas.
—¿Y dormís pero no dormís?
Amadeo lo miró sorprendido.
—¿Cómo sabés?
—No, no. Pará. A mí me pasó algo parecido.
—¿En serio?
—Sí. Dormía, pero no dormía.
—Eso mismo siento yo.
—Contame.
Amadeo miró hacia los costados antes de hablar.
—Todas las noches sueño que vienen tres chicas a buscarme a casa.
Mateo levantó las cejas.
—¿Tres?
—Tres.
—Bueno…
—Esperá. No termina ahí.
—Seguí.
—Salgo a escondidas de Caro. No quiero que me vea. Me subo al taxi donde me esperan las chicas y nos vamos a un hotel.
Mateo lo escuchaba atentamente.
—¿Y ahí?
—Ahí tengo relaciones con ellas.
Mateo hizo un gesto de sorpresa.
—¿Con las tres?
—Sí.
—¿Todas las noches?
—Todas.
—No entiendo.
—Yo tampoco. Primero con una, después con otra y después con las tres. Y cuando termina todo, vuelvo a casa en el sueño.
—¿Y qué pasa?
—Suena el despertador.
—¿Y te levantás?
—Sí.
—Bueno.
—No, bueno nada.
Amadeo lo miró seriamente.
—Me levanto hecho pelota, Mateo.
—¿Tan mal?
—Mirá cómo estoy.
Mateo lo observó.
Amadeo también tenía unas ojeras enormes.
—Caro ya sospecha que ando en algo.
—¿Por qué?
—Porque estoy sin fuerzas.
—Ah.
—No tengo energía para nada.
—Claro.
—Y menos para estar con ella.
Mateo asintió lentamente.
—Entiendo.
—Encima ella me pregunta qué me pasa y yo no puedo decirle que todas las noches estoy teniendo el mismo sueño.
—No.
—Me va a matar.
—Y… sí.
Amadeo respiró profundamente.
—No sé cuánto tiempo más voy a aguantar.
Mateo pensó unos segundos.
Entonces recordó a Arturo.
—Mirá.
—¿Qué?
—A mí me pasó algo parecido.
—Ya me dijiste.
—Sí, pero yo fui a ver a un médico.
—¿Y te ayudó?
—Sí. Me ayudó mucho.
—Bueno, entonces voy a ir.
Mateo sacó la tarjeta y se la entregó.
—Decile que vas de parte de Arturo.
—¿De Arturo?
—Sí.
Amadeo guardó la tarjeta.
—Bueno. Voy a pedir turno.
—Hacelo.
—Gracias, Mateo.
—De nada.
Se despidieron.
Mateo siguió su camino.
Amadeo se quedó unos segundos mirando la tarjeta que acababa de darle su amigo.
Después empezó a caminar.
---
Arturo pidió turno con el médico.
Cuando llegó el día, se presentó en el consultorio.
Esperó unos minutos hasta que finalmente escuchó su nombre.
—¿Arturo?
Se levantó y entró.
El médico lo recibió detrás del escritorio.
—Pase. Siéntese.
Arturo se sentó.
El médico tomó una lapicera.
—Bueno. Cuénteme qué le está pasando.
Arturo comenzó a explicarle.
Le contó que todas las noches tenía el mismo sueño.
Le habló de las tres chicas.
Le explicó que salía de su casa a escondidas, que se subía al taxi, que iban hasta un hotel y que después, al sonar el despertador, se despertaba completamente agotado.
El médico escuchó todo sin interrumpirlo.
Cuando Arturo terminó, se quedó unos segundos en silencio.
Después levantó la vista.
—Bien.
Arturo esperó.
—¿Bien?
—Sí.
—¿Y qué tengo?
El médico dejó la lapicera sobre el escritorio.
—Cuando salga de su casa y suba al taxi donde están las tres chicas…
Arturo lo miró confundido.
—¿Cómo?
—Cuando suba al taxi…
—Doctor, yo le estoy hablando de un sueño.
—Ya entendí. ¿Me deja que le dé la solución?
—Sí.
El médico se acomodó en la silla.
—Cuando suba al taxi, dígale al chofer que vaya hasta Pavón y Entre Ríos.
Arturo quedó inmóvil.
—¿Pavón y Entre Ríos?
—Exactamente.
—¿Para qué?
El médico lo miró fijamente.
—Ahí lo voy a estar esperando yo.
Arturo parpadeó.
—Pero, doctor…
—¿Sí?
—Es un sueño.
—Usted haga lo que le pido.
Arturo no respondió.
—Pavón y Entre Ríos —repitió el médico—. Y despreocúpese. Hasta yo le pago el taxi.
Arturo se quedó mirándolo.
Por unos segundos pensó que había entendido mal.
Quizás el cansancio de los últimos días le estaba jugando una mala pasada.
—¿Está seguro?
—Completamente.
Arturo finalmente se levantó.
—Bueno.
Pagó la consulta y salió del consultorio.
Mientras caminaba por la vereda, seguía pensando en lo que acababa de escuchar.
—Este médico está más loco que mi amigo —murmuró.
Sin embargo, hizo exactamente lo que le había indicado.
---
Al poco tiempo, Arturo volvió a encontrarse con Mateo.
Mateo fue el primero en preguntarle:
—¿Y? ¿Cómo te fue con el médico?
Arturo lo miró.
No respondió inmediatamente.
—¿Qué pasó? —preguntó Mateo.
—¿Dónde me mandaste?
—¿Qué?
—Ese tipo es un degenerado, Mateo.
Mateo abrió los ojos.
—¿Qué te pasó?
—Es un loco.
—Pero contame.
—Me dijo que suba al taxi con las chicas y vaya hasta Pavón y Entre Ríos.
Mateo quedó en silencio.
—¿Y?
—¿Cómo que "y"?
—¿Hiciste lo que te dijo?
Arturo lo miró fijamente.
—Sí.
—¿Fuiste?
—Sí.
—¿Hasta Pavón y Entre Ríos?
—Sí.
Mateo sonrió.
—¿Y entonces?
Arturo suspiró.
—Entonces ahora tengo que llevar un camión lleno de mercadería hasta Comodoro Rivadavia.
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