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Escritura y literatura
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Trabajo forzoso

Mateo y Arturo se encontraron caminando por la calle, como tantas otras veces. Hacía bastante que no se veían y, apenas se cruzaron, Arturo levantó una mano para saludarlo.

—¡Mateo! ¿Cómo andás, querido?

Mateo frenó.

Lo miró unos segundos antes de responder.

—Mal, Arturo. Muy mal.

Arturo sonrió al principio, pero la sonrisa se le fue borrando de la cara cuando pudo observarlo mejor.

—¿Qué te pasó?

—Nada.

—¿Cómo que nada? Tenés una cara…

Mateo se pasó una mano por la cara.

—Hace varias noches que duermo, pero no duermo.

Arturo frunció el ceño.

—¿Cómo que dormís pero no dormís?

—Eso mismo.

—No entiendo.

—Yo tampoco, pero es lo que me pasa.

Arturo lo miró con atención. Mateo tenía unas ojeras profundas, los ojos enrojecidos y una expresión de cansancio que no parecía solamente producto de haber dormido poco.

—Pero ¿te acostás a dormir?

—Sí.

—Entonces, ¿cuál es el problema?

Mateo suspiró.

—Que todas las noches sueño lo mismo, loco.

—¿Todas las noches?

—Todas.

—¿Y qué soñás para estar así?

Mateo miró hacia la calle, como si solamente recordar el sueño ya le diera cansancio.

—Es un sueño larguísimo.

—Bueno, contame.

—Mirá, todas las noches es exactamente igual. No cambia nada.

—¿Y eso qué tiene de malo?

—Que en el sueño trabajo toda la noche.

Arturo soltó una pequeña carcajada.

—¿Trabajás?

—Sí, Arturo. Trabajo.

—¿Pero qué hacés?

—Tengo que ir a un depósito de San Telmo y cargar un camión. Yo solo.

—¿Vos manejando un camión? —preguntó Arturo entre risas.

—No te rías. Es terrible.

Mateo tomó aire y continuó.

—Llego al depósito, entro, agarro la mercadería y empiezo a cargar el camión. Una caja, otra caja, otra más… Se me cae una caja, la vuelvo a subir. Se me cae otra, también la vuelvo a subir.

—¡Qué desastre!

—Sí.

—¿Y después?

—Y cuando termino, salgo con el camión hasta Comodoro Rivadavia.

Arturo lo miraba cada vez más serio.

—¿Desde San Telmo hasta Comodoro?

—Sí.

—Es un viaje larguísimo.

—Sí, ya sé.

—¿Y qué más?

—Llego allá y tengo que descargar toda la mercadería.

Arturo ya sabía lo que venía.

—Se te cae.

—Se me cae.

—La volvés a levantar.

—La vuelvo a levantar.

—Y después se te vuelve a caer.

—Exactamente.

Mateo negó con la cabeza.

—Una locura. Encima estoy solo. Sigo descargando, vuelvo a levantar todo, termino, subo otra vez al camión y tengo que volver manejando hasta San Telmo.

—No puede ser.

—Sí puede ser. Todas las noches.

—¿Y cuando llegás?

—Dejo el camión.

—¿Y ahí termina?

—Ahí suena el despertador.

Arturo lo miró durante unos segundos.

—¿Y te despertás?

—Sí.

—Bueno, por lo menos termina.

Mateo negó con la cabeza.

—Ahí está el problema. Me despierto hecho mierda.

—¿Tan cansado?

—Arturo, estuve toda la noche cargando un camión, manejando hasta Comodoro Rivadavia, descargando, levantando cajas que se caían y después manejando de vuelta. ¿Cómo querés que me levante?

—Pero es un sueño.

—Decíselo a mi cuerpo.

Arturo soltó una carcajada.

Mateo no se rio.

—Te juro que no puedo más. Me levanto y siento que trabajé toda la noche. Me duelen los brazos, la espalda, las piernas… todo. Al trabajo estoy llegando destruido. No rindo igual, me cuesta concentrarme y, si sigo así, me van a rajar.

Arturo volvió a observarle la cara.

—Mirá cómo estás.

—Ya sé.

—Tenés unas ojeras terribles.

—No me lo recuerdes.

Arturo se quedó pensando unos segundos.

—Esperá.

—¿Qué?

—Yo conozco un doctor.

—¿Un médico?

—Sí.

—¿Y qué tiene que ver?

—Es muy bueno.

—¿Bueno para qué?

—Para estas cosas.

—¿Estas cosas?

—Soluciona problemas de todo tipo. Andá a verlo y después me contás. Vas a ver que seguro te soluciona el problema.

Mateo lo miró con cierta desconfianza.

—¿Seguro?

—Seguro.

—¿Y cómo se llama?

Arturo sacó una tarjeta y le señaló el nombre del profesional.

—Andá a verlo.

—No sé…

—Haceme caso. Decile que vas de parte mía.

Mateo suspiró.

—Bueno.

—Vas a ver que seguro te lo soluciona.

—Ojalá.

Los dos siguieron hablando unos minutos más, hasta que finalmente se despidieron.

—Cuidate, Mateo.

—Vos también.

—Y andá al médico.

—Sí, sí.

—En serio.

—Voy a ir.

—Después contame.

Mateo levantó una mano y siguió caminando.

Arturo lo observó alejarse.

La expresión de Mateo no había cambiado.

Parecía agotado incluso caminando.

---

Pasó un tiempo.

Un día, Mateo volvió a encontrarse con otro amigo: Amadeo.

Apenas lo vio, se sorprendió.

—¡Eh, Amadeo! ¿Cómo andás?

Amadeo levantó la cabeza.

—Mal, Mateo.

—¿Qué te pasó?

—Muy mal.

Mateo se acercó.

—¿Estás enfermo?

—No.

—¿Entonces?

Amadeo se pasó una mano por el pelo.

—Dentro de poco me divorcio.

Mateo abrió los ojos.

—¿Te separás de Caro?

—Sí.

—¿Estás mal con ella?

—No.

—¿Entonces qué pasó?

—Me está pasando algo terrible.

Mateo se quedó esperando.

—¿Qué?

Amadeo bajó la voz.

—Todas las noches sueño lo mismo.

Mateo sintió un pequeño escalofrío.

—¿Todas las noches?

—Todas.

—¿Y dormís pero no dormís?

Amadeo lo miró sorprendido.

—¿Cómo sabés?

—No, no. Pará. A mí me pasó algo parecido.

—¿En serio?

—Sí. Dormía, pero no dormía.

—Eso mismo siento yo.

—Contame.

Amadeo miró hacia los costados antes de hablar.

—Todas las noches sueño que vienen tres chicas a buscarme a casa.

Mateo levantó las cejas.

—¿Tres?

—Tres.

—Bueno…

—Esperá. No termina ahí.

—Seguí.

—Salgo a escondidas de Caro. No quiero que me vea. Me subo al taxi donde me esperan las chicas y nos vamos a un hotel.

Mateo lo escuchaba atentamente.

—¿Y ahí?

—Ahí tengo relaciones con ellas.

Mateo hizo un gesto de sorpresa.

—¿Con las tres?

—Sí.

—¿Todas las noches?

—Todas.

—No entiendo.

—Yo tampoco. Primero con una, después con otra y después con las tres. Y cuando termina todo, vuelvo a casa en el sueño.

—¿Y qué pasa?

—Suena el despertador.

—¿Y te levantás?

—Sí.

—Bueno.

—No, bueno nada.

Amadeo lo miró seriamente.

—Me levanto hecho pelota, Mateo.

—¿Tan mal?

—Mirá cómo estoy.

Mateo lo observó.

Amadeo también tenía unas ojeras enormes.

—Caro ya sospecha que ando en algo.

—¿Por qué?

—Porque estoy sin fuerzas.

—Ah.

—No tengo energía para nada.

—Claro.

—Y menos para estar con ella.

Mateo asintió lentamente.

—Entiendo.

—Encima ella me pregunta qué me pasa y yo no puedo decirle que todas las noches estoy teniendo el mismo sueño.

—No.

—Me va a matar.

—Y… sí.

Amadeo respiró profundamente.

—No sé cuánto tiempo más voy a aguantar.

Mateo pensó unos segundos.

Entonces recordó a Arturo.

—Mirá.

—¿Qué?

—A mí me pasó algo parecido.

—Ya me dijiste.

—Sí, pero yo fui a ver a un médico.

—¿Y te ayudó?

—Sí. Me ayudó mucho.

—Bueno, entonces voy a ir.

Mateo sacó la tarjeta y se la entregó.

—Decile que vas de parte de Arturo.

—¿De Arturo?

—Sí.

Amadeo guardó la tarjeta.

—Bueno. Voy a pedir turno.

—Hacelo.

—Gracias, Mateo.

—De nada.

Se despidieron.

Mateo siguió su camino.

Amadeo se quedó unos segundos mirando la tarjeta que acababa de darle su amigo.

Después empezó a caminar.

---

Arturo pidió turno con el médico.

Cuando llegó el día, se presentó en el consultorio.

Esperó unos minutos hasta que finalmente escuchó su nombre.

—¿Arturo?

Se levantó y entró.

El médico lo recibió detrás del escritorio.

—Pase. Siéntese.

Arturo se sentó.

El médico tomó una lapicera.

—Bueno. Cuénteme qué le está pasando.

Arturo comenzó a explicarle.

Le contó que todas las noches tenía el mismo sueño.

Le habló de las tres chicas.

Le explicó que salía de su casa a escondidas, que se subía al taxi, que iban hasta un hotel y que después, al sonar el despertador, se despertaba completamente agotado.

El médico escuchó todo sin interrumpirlo.

Cuando Arturo terminó, se quedó unos segundos en silencio.

Después levantó la vista.

—Bien.

Arturo esperó.

—¿Bien?

—Sí.

—¿Y qué tengo?

El médico dejó la lapicera sobre el escritorio.

—Cuando salga de su casa y suba al taxi donde están las tres chicas…

Arturo lo miró confundido.

—¿Cómo?

—Cuando suba al taxi…

—Doctor, yo le estoy hablando de un sueño.

—Ya entendí. ¿Me deja que le dé la solución?

—Sí.

El médico se acomodó en la silla.

—Cuando suba al taxi, dígale al chofer que vaya hasta Pavón y Entre Ríos.

Arturo quedó inmóvil.

—¿Pavón y Entre Ríos?

—Exactamente.

—¿Para qué?

El médico lo miró fijamente.

—Ahí lo voy a estar esperando yo.

Arturo parpadeó.

—Pero, doctor…

—¿Sí?

—Es un sueño.

—Usted haga lo que le pido.

Arturo no respondió.

—Pavón y Entre Ríos —repitió el médico—. Y despreocúpese. Hasta yo le pago el taxi.

Arturo se quedó mirándolo.

Por unos segundos pensó que había entendido mal.

Quizás el cansancio de los últimos días le estaba jugando una mala pasada.

—¿Está seguro?

—Completamente.

Arturo finalmente se levantó.

—Bueno.

Pagó la consulta y salió del consultorio.

Mientras caminaba por la vereda, seguía pensando en lo que acababa de escuchar.

—Este médico está más loco que mi amigo —murmuró.

Sin embargo, hizo exactamente lo que le había indicado.

---

Al poco tiempo, Arturo volvió a encontrarse con Mateo.

Mateo fue el primero en preguntarle:

—¿Y? ¿Cómo te fue con el médico?

Arturo lo miró.

No respondió inmediatamente.

—¿Qué pasó? —preguntó Mateo.

—¿Dónde me mandaste?

—¿Qué?

—Ese tipo es un degenerado, Mateo.

Mateo abrió los ojos.

—¿Qué te pasó?

—Es un loco.

—Pero contame.

—Me dijo que suba al taxi con las chicas y vaya hasta Pavón y Entre Ríos.

Mateo quedó en silencio.

—¿Y?

—¿Cómo que "y"?

—¿Hiciste lo que te dijo?

Arturo lo miró fijamente.

—Sí.

—¿Fuiste?

—Sí.

—¿Hasta Pavón y Entre Ríos?

—Sí.

Mateo sonrió.

—¿Y entonces?

Arturo suspiró.

—Entonces ahora tengo que llevar un camión lleno de mercadería hasta Comodoro Rivadavia.
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Las llaves del engaño

Todo comenzó con las llaves del auto.
Jorge estaba convencido de que llevaba todo lo necesario para afrontar la jornada. La billetera estaba en el bolsillo trasero del pantalón. Los papeles del vehículo, dentro de una carpeta que había guardado en la mochila. Incluso llevaba una pequeña computadora portátil que pensaba utilizar durante la mañana.
No le faltaba nada.
O eso creía.
Era una mañana espléndida. El cielo estaba completamente despejado y el sol comenzaba a calentar el asfalto con una intensidad que anunciaba otro día sofocante. Apenas eran unas cuadras las que separaban su casa de la vivienda de su madre, donde Jorge solía guardar el auto.
Caminó tranquilo.
Al llegar, encontró a su madre levantada, como siempre, preparando unos mates en la cocina.
—Llegaste temprano —le dijo ella.
—Tengo bastante para hacer hoy.
Su madre le alcanzó el mate y ambos compartieron unos minutos de charla. Una radio pequeña, apoyada sobre una repisa, transmitía las noticias de la mañana. El locutor hablaba de las altas temperaturas que se esperaban para ese día y recomendaba evitar salir durante las horas de mayor calor.
Jorge terminó el mate, tomó las llaves del auto que estaban sobre la mesa y salió.
Abrió la puerta del vehículo.
Se sentó.
Puso la mochila en el asiento del acompañante y buscó la llave para arrancar.
Entonces se quedó inmóvil.
Revisó el bolsillo derecho.
Después el izquierdo.
Abrió la mochila.
Volvió a revisar los bolsillos.
Nada.
—No puede ser...
Cerró los ojos durante unos segundos.
La llave estaba en su casa.
Había dejado el llavero sobre una pequeña mesa junto a la puerta.
—¡La puta madre! —murmuró.
Su madre apareció en la puerta.
—¿Qué pasó?
—Me olvidé las llaves.
—¿No las tenías?
—Las del auto no. Las de casa si.
Su madre soltó una pequeña risa.
—Y bueno, volvé a buscarlas.
Jorge no tenía otra alternativa.
Se despidió y emprendió el regreso caminando. Estaba molesto consigo mismo y durante las tres cuadras que lo separaban de su vivienda no dejó de reprocharse su distracción.
Sin embargo, cuando estaba a pocos metros de su casa, algo llamó su atención.
Un camión de soda estaba estacionado en doble fila frente a la puerta.
Jorge redujo el paso.
Era un vehículo viejo, de color claro, con varios cajones de sifones acomodados en la parte trasera.
—¿Y este qué hace acá?
Miró hacia su casa.
No recordaba haber pedido soda.
Tampoco esperaba a ningún repartidor.
El conductor no estaba dentro de la cabina.
Jorge permaneció unos segundos observando el vehículo.
Luego se encogió de hombros.
—Después veo.
Sacó las llaves de su bolsillo y abrió la puerta.
Apenas entró, algo le llamó la atención.
El silencio.
No era un silencio normal.
Era demasiado profundo.
La casa parecía detenida.
Jorge cerró la puerta lentamente.
—¿María?
Nadie respondió.
Dejó la mochila sobre una silla y comenzó a caminar por el pasillo.
Entonces escuchó algo.
Un ruido.
Muy leve.
Se detuvo.
Volvió a escucharlo.
Provenía del dormitorio.
Jorge frunció el ceño.
Durante un instante pensó que su esposa estaría hablando por teléfono.
Avanzó unos pasos más.
El ruido volvió a escucharse.
Había algo extraño en aquella habitación.
Algo que no podía identificar.
Llegó frente a la puerta.
La abrió de golpe.
Y se quedó paralizado.
María Rosa estaba allí.
Desnuda, visiblemente agitada, con el cabello revuelto y el rostro completamente sonrojado.
Durante unos segundos ninguno de los dos dijo nada.
Ella fue la primera en reaccionar.
—¿Qué te pasó? ¿Por qué volviste tan rápido?
Jorge no respondió.
La miró.
Después recorrió lentamente la habitación con los ojos.
La cama.
La ventana.
El baño.
El piso.
El placard.
Algo no encajaba.
Había algo que su esposa no le estaba contando.
—¿Qué pasa? —preguntó ella.
Jorge siguió sin responder.
Se agachó y miró debajo de la cama.
Nada.
Se incorporó.
María Rosa lo observaba con una expresión cada vez más nerviosa.
—Jorge...
Él levantó la mirada.
—¿Dónde está?
—¿Dónde está quién?
El silencio que siguió fue suficiente.
Jorge sintió que algo se quebraba dentro suyo.
Miró nuevamente el placard.
Se acercó.
—Jorge, no hay nadie.
Abrió una de las puertas.
Ropa.
Cajones.
Una caja.
Nada.
Abrió la segunda.
Y entonces ocurrió.
Una figura masculina salió disparada desde el interior del placard.
Jorge apenas tuvo tiempo de reaccionar.
El desconocido lo empujó con todas sus fuerzas.
—¡Eh!
Jorge perdió el equilibrio y cayó contra la pared.
Cuando consiguió incorporarse, el hombre ya corría por el pasillo.
—¡Hijo de puta!
Jorge salió detrás de él.
La puerta de entrada se abrió de golpe.
El desconocido salió a la calle y corrió hacia el camión de soda.
Jorge llegó hasta la vereda justo cuando el hombre subía a la cabina.
—¡Pará!
El motor rugió.
El camión arrancó bruscamente y desapareció por la esquina.
Jorge quedó parado en medio de la calle.
Miró hacia donde había desaparecido.
Después volvió lentamente la cabeza hacia su casa.
Ahora entendía.
Y lo que entendía le dolía mucho más que cualquier golpe.
Entró.
María Rosa estaba en la habitación.
—Jorge, dejame explicarte...
Él no la escuchaba.
—No fue lo que pensás.
—¿Ah, no?
—Por favor...
—¿Quién era?
Ella abrió la boca, pero no respondió.
—¡¿QUIÉN ERA?!
María Rosa retrocedió.
—Jorge, calmate.
Pero él ya no estaba calmado.
Tenía la respiración acelerada. Sentía el corazón golpeándole con fuerza contra el pecho. En su cabeza aparecían imágenes una detrás de otra.
El hombre.
El placard.
El camión.
Su esposa.
Todo mezclado.
—¿Desde cuándo?
—No entendés...
—¡¿Desde cuándo?!
María Rosa intentó acercarse.
—Escuchame.
Jorge dio un paso atrás.
Ella continuó hablando, intentando explicarse.
Pero cada palabra parecía aumentar la furia de Jorge.
Hasta que ocurrió.
Su brazo se movió antes de que pudiera detenerlo.
El golpe fue seco.
María Rosa cayó hacia atrás.
Su cuerpo chocó contra la mesa de vidrio.
La cabeza golpeó contra uno de los bordes.
El sonido fue pequeño.
Demasiado pequeño para lo que acababa de provocar.
Jorge quedó inmóvil.
María Rosa no se movió.
—María...
Se acercó.
Ella tenía los ojos cerrados.
Un hilo de sangre comenzó a deslizarse lentamente por un costado de su cabeza.
—María Rosa...
Jorge se arrodilló junto a ella.
—No...
La tocó.
Nada.
La sacudió suavemente.
—María... despertate.
Pero la respiración se había detenido.
Jorge se quedó mirando el cuerpo de su esposa.
Toda la furia que había sentido segundos antes desapareció de golpe.
En su lugar quedó algo mucho peor.
El silencio.
Un silencio absoluto.
Jorge se sentó en el piso.
Miró sus manos.
Después volvió a mirar a María Rosa.
—¿Qué hice?
No obtuvo respuesta.
Pasaron varios minutos.
Tal vez fueron diez.
Tal vez veinte.
Jorge no lo supo.
Finalmente se levantó.
Su rostro había cambiado.
Ya no parecía un hombre confundido.
Parecía alguien que había tomado una decisión.
Salió de la casa y cerró la puerta detrás de él.
El camión de soda seguía apareciendo en su cabeza.
El hombre había escapado en ese vehículo.
Y alguien debía saber quién era.

La fábrica de Soda Estéreo estaba a pocas calles.
Jorge llegó caminando.
Entró sin pedir permiso.
Varios empleados levantaron la vista.
—¿Quién manejó el camión que salió de acá esta mañana hacia la calle Polonia?
Nadie respondió.
—Pregunté quién manejó el camión por esa calle.
Uno de los empleados miró a otro.
Jorge avanzó.
—¡¿Quién fue?!
Un hombre delgado, de anteojos transparentes, levantó las manos.
—Flaco, pará.
—¿Quién era?
—Yo no sé qué pasó.
—Vos sabés algo.
—No.
Jorge miró alrededor.
Su cuerpo imponente contrastaba con el silencio que se había apoderado del lugar.
De pronto tomó uno de los cajones llenos de sifones y lo levantó del suelo.
Los empleados retrocedieron.
—Te juro que no queremos problemas —dijo el hombre de los anteojos—. Ninguno de nosotros tiene nada que ver con tu mujer.
Jorge dejó lentamente el cajón.
—Entonces hablá.
El empleado tragó saliva.
—Esta mañana apareció un tipo corriendo. Se subió al camión y me pidió que lo sacara de ahí.
—¿Quién?
—No sé su nombre.
—¿Qué te dijo?
El hombre dudó.
—Me dijo que si se quedaba... vos te lo ibas a cargar.
Jorge clavó los ojos en él.
—¿Cómo era?
El empleado comenzó a describirlo.
Joven.
Cabello alborotado.
Delgado.
Una cicatriz pequeña sobre la ceja izquierda.
Jorge no necesitó escuchar más.
—¿Adónde lo llevaste?
—Lo dejé unas cuadras más adelante. Bajó y se fue caminando.
—¿Hacia dónde?
El empleado señaló una calle.
Jorge se dio vuelta y salió.

De regreso en su casa, comenzó a buscar.
No sabía exactamente qué buscaba.
Hasta que encontró el celular de María Rosa.
Lo desbloqueó.
Mensajes.
Conversaciones.
Nombres que no conocía.
Y finalmente lo encontró.
Una conversación que parecía confirmar lo que había sospechado.
Había mensajes recientes.
Demasiado recientes.
Jorge sintió que el estómago se le cerraba.
Siguió leyendo.
Había un lugar que aparecía varias veces.
Set Jet.
Un punto de encuentro.
Un lugar habitual.
Jorge se quedó mirando la pantalla.
Después comenzó a pensar.
Si escribía desde el teléfono de María Rosa, quizás el hombre respondiera.
Tomó aire.
Escribió.
Esperó.
La respuesta llegó unos minutos después.
El hombre preguntó qué había ocurrido.
Jorge respondió fingiendo ser María Rosa.
La conversación continuó.
Finalmente apareció el mensaje que estaba esperando.
—El sábado a la noche, a la misma hora de siempre. Ahí te espero, preciosa.
Jorge observó la pantalla durante varios segundos.
Después apagó el teléfono.
El sábado estaba a pocos días.

La noche del encuentro llegó.
El Set Jet estaba lleno.
Música.
Gente.
Risas.
Mesas ocupadas.
Nadie parecía prestar atención a lo que ocurría alrededor.
Jorge entró solo.
Miró el lugar.
Y lo encontró.
Era él.
El mismo hombre.
La cicatriz sobre la ceja izquierda.
Estaba parado cerca de la entrada, mirando su reloj.
Esperando.
Esperando a María Rosa.
Jorge caminó hacia él.
El hombre levantó la mirada.
Durante un segundo pareció confundido.
—¿Vos...?
Jorge no respondió.
Se acercó un poco más.
El hombre comprendió demasiado tarde.
Intentó retroceder.
Pero Jorge ya estaba encima de él.
Todo ocurrió en cuestión de segundos.
Un movimiento rápido.
Una hoja brilló bajo las luces del lugar.
El hombre llevó las manos al cuello y cayó al suelo.
Los gritos comenzaron inmediatamente.
Las personas se apartaron.
Alguien pidió una ambulancia.
Otros corrieron hacia la salida.
Jorge permaneció quieto apenas un instante.
Miró al hombre en el piso.
Luego guardó el arma y salió caminando.
No corrió.
No miró hacia atrás.
Simplemente desapareció entre la gente.

Horas después, Jorge se presentó en una comisaría.
Entró por la puerta principal.
Un policía levantó la vista.
—¿Qué necesita?
Jorge dejó las manos sobre el mostrador.
—Vengo a entregarme.
—¿Por qué?
Jorge respiró profundamente.
—Maté a un hombre.
El policía se quedó mirándolo.
Jorge no opuso resistencia.
Tampoco pidió abogado.
No intentó escapar.
Durante el interrogatorio permaneció sentado, con la mirada perdida.
Cuando finalmente le preguntaron por qué lo había hecho, respondió:
—Porque ese hombre destruyó mi vida.
El oficial continuó escribiendo.
—¿Y su esposa?
Jorge bajó la cabeza.
Por primera vez, su voz se quebró.
—María Rosa murió hace unos dias.
El policía levantó lentamente la mirada.
—¿Qué pasó?
Jorge permaneció en silencio.
Después contestó:
—Fue un accidente.
Nadie dijo nada.
Pasaron unos segundos.
Jorge miró hacia la ventana.
Afuera comenzaba a amanecer.
-¿Está arrepentido de lo que hizo?
—No sé si arrepentirme alcanza para algo.
El policía dejó la lapicera sobre la mesa.
—¿Hay algo más que quiera declarar?
Jorge tardó en responder.
Cuando finalmente habló, lo hizo con una calma inquietante.
—Me pareció injusto que ese tipo siguiera impune mientras María Rosa está muerta... y yo estoy preso.
El oficial lo observó en silencio.
Jorge bajó la mirada.
Afuera, la ciudad comenzaba un nuevo día.
Los autos circulaban.
Los comercios abrían sus puertas.
La gente caminaba por las calles sin saber que, unas horas antes, la vida de un hombre había quedado destruida para siempre.
Y todo había comenzado con unas simples llaves olvidadas.
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Sorpresa Capítulo 12

Había pasado casi un año y medio.

El tiempo había hecho su trabajo.

Había cambiado algunas cosas.

Había cerrado heridas que parecían imposibles de cerrar y, al mismo tiempo, había dejado otras abiertas, esperando una respuesta que tardaría mucho más en llegar.

La historia de Mariana Soledad Bentancur había vuelto a ser investigada en Uruguay.

Nuevas pericias.

Viejos documentos.

Aquella denuncia que nadie había tomado demasiado en serio.

Los antecedentes de violencia.

Y, sobre todo, la reconstrucción de aquella noche.

Cada detalle había comenzado a adquirir un nuevo significado.

Lo que durante tanto tiempo había parecido confuso empezó a encajar de otra manera.

La versión de Beatriz había comenzado a coincidir con pruebas que durante años habían permanecido olvidadas.

Testimonios.

Documentos.

Indicios que habían sido ignorados.

Todo aquello terminó modificando el rumbo de la investigación.

Finalmente, la Justicia determinó que no había elementos suficientes para sostener la acusación contra ella y que su accionar había sido considerado dentro del marco de la legítima defensa.

Mariana Soledad Bentancur quedó libre.

Pero la libertad no significaba que pudiera olvidar.

Tampoco significaba que pudiera regresar a la vida que había dejado atrás como si nada hubiera ocurrido.

Durante meses había pensado en una sola cosa.

El convento.

Las ancianas.

La enfermería.

Aldana.

La madre superiora.

Rodolfo.

Y aquella vida que había construido bajo un nombre falso.

Una vida que, con el paso del tiempo, había dejado de sentirse completamente falsa.

Porque allí había encontrado algo que nunca había tenido.

Un lugar.

Personas que la habían recibido sin conocer toda su historia.

Personas que la habían acompañado sin exigirle respuestas.

Y, sobre todo, un nombre que había terminado adquiriendo un significado que jamás imaginó.

Beatriz.

Una tarde, un automóvil se detuvo frente a la entrada.

Beatriz bajó.

Llevaba una pequeña valija.

La sostuvo durante unos segundos, sin moverse.

Miró el edificio.

Era el mismo.

La misma entrada.

Las mismas paredes.

El mismo lugar que había dejado atrás hacía tanto tiempo.

Pero ella ya no era la misma mujer que había cruzado aquella puerta por primera vez.

Respiró profundamente.

Una vez.

Después otra.

Y caminó hasta la puerta.

Cada paso parecía pesarle más que el anterior.

Cuando llegó, levantó la mano.

Dudó.

Por un instante pareció arrepentirse.

Pero finalmente golpeó.

Una hermana abrió.

La miró durante unos segundos.

Beatriz permaneció inmóvil.

La hermana entrecerró los ojos, como si necesitara confirmar lo que estaba viendo.

—¿Sí?

Beatriz tragó saliva.

—Quisiera hablar con la madre superiora.

La hermana volvió a mirarla.

Esta vez con mayor atención.

Entonces la reconoció.

Sus ojos se abrieron.

—¿Beatriz?

Ella sonrió.

Una sonrisa pequeña.

Casi temerosa.

—Sí.

La hermana se quedó inmóvil.

Después la abrazó.

—¡Volviste!

Beatriz cerró los ojos.

Sintió cómo aquel abrazo atravesaba algo que llevaba demasiado tiempo endurecido dentro de ella.

Hacía mucho que nadie la abrazaba de esa manera.

Sin preguntas.

Sin miedo.

Sin reproches.

Simplemente porque había vuelto.

Cuando la hermana se separó, Beatriz tenía los ojos llenos de lágrimas.

No quiso limpiárselas.

La madre superiora apareció unos minutos después.

Se detuvo al verla.

No dijo nada.

Beatriz tampoco.

Durante unos segundos las dos permanecieron mirándose.

Había demasiado entre ellas para resumirlo en una sola palabra.

Demasiados silencios.

Demasiadas preguntas.

Demasiadas cosas que nunca habían llegado a decirse.

—Hola, madre.

La mujer respiró profundamente.

—Hola.

Beatriz bajó la mirada.

—No sabía si iba a querer recibirme.

La madre superiora la observó.

—Yo tampoco sabía si iba a poder hacerlo.

La sinceridad de aquella respuesta dolió.

Beatriz asintió lentamente.

—Lo entiendo.

No intentó defenderse.

No intentó explicar nada.

Había aprendido que algunas cosas necesitaban tiempo.

—¿Qué querés?

Beatriz miró alrededor.

Sus ojos recorrieron el lugar.

El mismo pasillo.

Las mismas paredes.

El mismo silencio que tantas veces había escuchado durante las noches.

Después volvió a mirarla.

—Quiero volver.

La madre superiora permaneció en silencio.

Beatriz sintió que el corazón comenzaba a latirle con fuerza.

Había imaginado aquel momento muchas veces.

Pero ahora que estaba allí, no sabía qué podía ocurrir.

—Ya no soy Beatriz López.

—Lo sé.

—Ahora soy Mariana.

La mujer negó lentamente con la cabeza.

Beatriz levantó la mirada.

—¿No?

La madre superiora se acercó.

—Acá no.

Beatriz no comprendió inmediatamente.

La mujer continuó:

—No sé qué nombre figura en tus documentos. No sé qué nombre te dieron tus padres. Tampoco sé qué nombre utilizaste durante todos estos años.

Hizo una pausa.

—Pero yo sé quién entró por esa puerta hace tiempo.

Los ojos de Beatriz comenzaron a llenarse de lágrimas.

La madre superiora la miró con serenidad.

—Sor Beatriz.

La mujer sonrió.

—Ese nombre no te lo vamos a quitar.

Beatriz lloró.

No pudo evitarlo.

Todo lo que había contenido durante meses pareció desprenderse de golpe.

—¿Puedo quedarme?

La madre superiora tardó unos segundos en responder.

Beatriz esperó.

Esos segundos parecieron interminables.

—No depende solamente de mí.

Beatriz bajó la cabeza.

Entonces escuchó voces detrás.

Varias hermanas habían aparecido.

Una de ellas sonrió.

Otra se acercó.

—Que se quede.

—Sí.

—Volvió a casa.

Beatriz levantó lentamente la mirada.

La madre superiora miró a todas.

Después volvió a mirar a Beatriz.

—Parece que ya tomaron la decisión por mí.

Beatriz sonrió entre lágrimas.

—Gracias.

Un rato después, Aldana apareció.

Ya no era solamente Aldana.

Llevaba una pequeña cruz sobre el pecho.

Beatriz la observó durante unos segundos.

Sonrió.

—Sor Aldana.

Aldana sonrió también.

—Y vos seguís siendo Sor Beatriz.

Se abrazaron.

No necesitaron decir nada durante varios segundos.

El abrazo decía todo lo que ninguna de las dos podía expresar con palabras.

Beatriz cerró los ojos.

Por un instante volvió a sentirse protegida.

Volvió a sentirse en casa.

Después Aldana se separó.

La miró con una expresión que Beatriz conocía perfectamente.

—¿Querés fumar?

Beatriz soltó una pequeña risa.

—Pensé que nunca me lo ibas a preguntar.

Caminaron hasta el árbol.

El mismo de siempre.

El lugar donde habían compartido tantas conversaciones.

El lugar donde Beatriz había comenzado, lentamente, a contar algunas partes de una vida que durante años había intentado borrar.

Aldana encendió dos cigarrillos.

Le entregó uno.

Beatriz lo sostuvo entre los dedos durante unos segundos antes de encenderlo.

Después aspiró lentamente.

Miró el convento.

Había regresado.

Pero esta vez no estaba escapando.

—¿Sabés que nunca dejé de pensar en este lugar?

Aldana la miró.

—Nosotros tampoco dejamos de pensar en vos.

Beatriz permaneció en silencio.

Observó el humo elevarse lentamente.

—Ahora podés contármelo todo —dijo Aldana.

Beatriz la miró.

—¿Todo?

—Todo.

Beatriz observó el humo que escapaba de sus labios.

Durante unos segundos no dijo nada.

Quizás porque todavía le costaba creer que podía hablar sin tener que esconderse.

Quizás porque durante demasiado tiempo había pensado que contar su historia significaba condenarse.

Finalmente comenzó a hablar.

Le contó de su infancia.

De la separación de sus padres.

De los años que siguieron.

De su marido.

De los golpes.

De los abusos.

De las veces que intentó pedir ayuda.

De las denuncias que no llegaron a ninguna parte.

De la noche en que decidió escapar.

De sus hijos.

De los gritos.

Del cuchillo.

De la mano que interpuso entre la hoja y su cuello.

De la caída del arma.

Y de lo que hizo después.

Cada palabra parecía quitarle un peso de encima y, al mismo tiempo, obligarla a mirar nuevamente aquello que había intentado olvidar.

Aldana escuchó sin interrumpirla.

No hizo preguntas.

No necesitó hacerlas.

Simplemente permaneció a su lado.

Cuando Beatriz terminó, el cigarrillo casi se había consumido por completo.

Durante unos segundos ninguna de las dos habló.

Beatriz bajó la mirada.

Esperó.

Quizás esperaba una respuesta.

Quizás temía recibirla.

Aldana negó con la cabeza.

—Ahora entendés por qué tuve que esconderme.

Aldana negó nuevamente.

—No.

Beatriz la miró.

—No tuviste que esconderte.

Aldana apagó su cigarrillo.

Después sostuvo la mirada de Beatriz.

—Tuviste que sobrevivir.

Beatriz bajó la mirada.

Aquella palabra quedó suspendida entre las dos.

Sobrevivir.

Durante años había pensado que solamente había huido.

Que había mentido.

Que había escapado.

Que había cometido un crimen.

Que había construido una vida sobre otra identidad.

Pero ahora aquella palabra parecía decir algo diferente.

Sobrevivir.

Beatriz respiró profundamente.

Por primera vez en muchos años, aquella palabra no le produjo miedo.

La repitió dentro de su cabeza.

Sobrevivir.

Miró hacia el convento.

Las paredes seguían allí.

El lugar seguía allí.

Y también las personas que la habían ayudado a llegar hasta ese momento.

Beatriz sonrió.

No era la sonrisa de alguien que hubiera olvidado su pasado.

Era la sonrisa de alguien que, finalmente, podía mirarlo sin tener que escapar de él.

Sor Beatriz había vuelto.
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Sorpresa Capítulo 11

Durante los días siguientes, Beatriz continuó con su rutina.
Nada parecía haber cambiado.
Ayudaba en la enfermería, colaboraba en la cocina y acompañaba a los ancianos cuando era necesario.
Aldana seguía a su lado.
La madre superiora continuaba confiando en ella.
Y el padre Rodolfo guardaba silencio.
Beatriz pensaba que la confesión había quedado allí, dentro del confesionario.
No sabía que, afuera, las cosas comenzaban a moverse.
El detective había realizado las consultas correspondientes y había confirmado la identidad de la mujer buscada en Uruguay.
La fotografía.
Las características físicas.
La cicatriz.
El nacimiento en Montevideo.
Y ahora también existían otros elementos que permitían vincularla con la mujer que vivía en el convento bajo el nombre de Beatriz López.
La información fue suficiente.
Se solicitó la orden correspondiente.
Y una vez confirmada, el detective preparó el procedimiento.
Beatriz no sabía nada.
Aquella mañana estaba en la enfermería.
Aldana se encontraba junto a ella, acomodando unos medicamentos.
—Pasame esa caja.
—¿Esta?
—Sí.
Beatriz la tomó.
—Acá tenés.
—Gracias, Sor Beatriz.
Beatriz sonrió.
—No te acostumbres.
Aldana se rio.
Entonces escucharon pasos.
Beatriz continuó trabajando.
No prestó atención.
Hasta que una voz la llamó.
—Mariana Soledad Bentancur.
El medicamento que tenía en la mano cayó al suelo.
El ruido de la caja golpeando contra las baldosas pareció detener el tiempo.
Beatriz no se movió.
Aldana tampoco.
—¿Qué...? —murmuró.
Beatriz levantó lentamente la cabeza.
Inés estaba parada en la entrada.
Ya no tenía la expresión cordial con la que solía visitarla.
A su lado estaba el detective.
Beatriz miró a Inés.
Después al hombre.
Volvió a mirar a Inés.
—¿Mariana Soledad Bentancur? —repitió el detective.
Beatriz no respondió.
Aldana dio un paso hacia atrás.
—Beatriz...
Pero ella seguía inmóvil.
—Ese no es mi nombre —dijo finalmente.
Inés la observó.
—Sí lo es.
Beatriz sintió que las piernas comenzaban a temblarle.
—Yo soy Beatriz.
—No —respondió Inés suavemente—. Ese es el nombre que elegiste acá.
Aldana miró a Beatriz.
Después miró a Inés.
—¿De qué están hablando?
Nadie respondió.
El detective sacó la documentación.
—Mariana Soledad Bentancur, tenemos una orden de detención.
Aldana se quedó completamente paralizada.
—¿Detención?
Beatriz cerró los ojos.
Durante un instante recordó la habitación de su infancia.
A su padre.
El abrazo.
Después el hombre.
El cuchillo.
La sangre.
Abrió los ojos.
—No...
La voz apenas salió de su boca.
En ese momento apareció la madre superiora.
—¿Qué está ocurriendo?
Miró a Inés.
Después al detective.
Finalmente a Beatriz.
—¿Beatriz?
El detective respondió:
—La mujer que ustedes conocen como Beatriz López tiene otra identidad.
La madre superiora quedó inmóvil.
—¿Quién es?
El detective pronunció el nombre.
—Mariana Soledad Bentancur.
La mujer se llevó una mano al pecho.
—No...
Aldana miraba a su amiga sin poder reaccionar.
Todas las conversaciones.
Los cigarrillos.
Las preguntas.
Las respuestas.
Las mentiras.
Todo comenzaba a adquirir otro significado.
Entonces apareció el padre Rodolfo.
Se detuvo en la puerta.
Miró a Beatriz.
No pareció sorprendido.
La madre superiora lo observó.
—¿Usted lo sabía?
Rodolfo bajó la mirada.
—Sabía quién era.
La madre superiora abrió los ojos.
—¿Desde cuándo?
El sacerdote no respondió inmediatamente.
Miró a Beatriz.
Ella también lo miró.
Durante unos segundos ninguno dijo nada.
Rodolfo parecía triste.
No enojado.
No sorprendido.
Simplemente triste.
Beatriz bajó la cabeza.
—Perdón.
El padre Rodolfo respiró profundamente.
—Eso es algo que tendrás que decirle a Dios.
Beatriz levantó la mirada.
Y por primera vez desde que había llegado al convento comprendió que el refugio que había construido con tanto cuidado acababa de desaparecer.
Aldana tenía lágrimas en los ojos.
La madre superiora no podía apartar la mirada de ella.
Y Rodolfo permanecía en silencio.
El hombre que había escuchado su confesión.
El único que conocía una parte de la verdad antes que todos los demás.
Ahora ya no podía protegerla de aquello que había estado huyendo durante tanto tiempo.
El silencio del convento se rompió cuando el detective le indicó a Beatriz que debía acompañarlos.
Ella no opuso resistencia.
Caminó lentamente por el pasillo.
Las hermanas habían salido de sus habitaciones.
Algunos ancianos observaban desde las puertas.
Otros permanecían sentados en sus sillas de ruedas.
Todos miraban.
Nadie entendía completamente qué estaba ocurriendo.
Aldana permanecía inmóvil.
Tenía los ojos llenos de lágrimas.
—Beatriz...
Ella se detuvo.
Miró a su amiga.
Durante unos segundos ninguna de las dos dijo nada.
—Perdón —susurró Beatriz.
Aldana negó con la cabeza.
—No entiendo.
Beatriz quiso responder.
Pero no encontró palabras.
Continuó caminando.
Al pasar frente a la capilla miró hacia el interior.
La cruz con jesus estaba allí.
Beatriz se detuvo un instante.
Después siguió.
Rodolfo observaba desde lejos.
No hizo ningún movimiento.
Solo la acompañó con la mirada hasta que desapareció por la puerta.
En la dependencia policial, Beatriz permaneció sentada frente al escritorio.
El detective tenía la carpeta abierta.
Inés estaba presente.
El procedimiento fue formal.
Le informaron su verdadera identidad y la causa por la que había sido buscada durante años.
—Mariana Soledad Bentancur —dijo el detective—, usted se encuentra detenida en el marco de una causa por el homicidio de su esposo y de sus dos hijos.
Beatriz bajó la mirada.
El funcionario continuó explicándole sus derechos.
Ella escuchó en silencio.
Cuando terminó, el detective cerró la carpeta.
—¿Comprende lo que se le está informando?
Beatriz asintió.
—Sí.
—¿Quiere agregar algo?
Beatriz levantó los ojos.
Miró al detective.
Después miró a Inés.
—Sí.
El detective tomó nuevamente el bolígrafo.
—Puede hablar.
Beatriz negó con la cabeza.
—No quiero hablar con él.
Miró a Inés.
—Quiero hablar con ella.
Inés quedó sorprendida.
—¿Conmigo?
—Sí.
El detective observó a ambas.
Finalmente se levantó.
—Les doy unos minutos.
Salió de la habitación.
Inés permaneció sentada frente a Beatriz.
Durante unos segundos ninguna habló.
—¿Por qué querías hablar conmigo?
Beatriz tragó saliva.
—Porque vos me miraste como una persona antes de mirarme como una asesina.
Inés no respondió.
Beatriz bajó la cabeza.
—Yo no maté a mis hijos.
Inés sintió un nudo en el estómago.
—Entonces contame qué pasó.
Beatriz cerró los ojos.
Las lágrimas comenzaron a caer.
—Mi marido me golpeaba.
Inés permaneció en silencio.
—Durante años.
Beatriz se secó las lágrimas con el dorso de la mano.
—También me abusaba.
Inés apretó los labios.
—Intenté denunciarlo.
Hizo una pausa.
—Pero nunca pude.
—¿Por qué?
—Porque tenía miedo.
Beatriz levantó la mirada.
—Miedo de que fuera peor.
Respiró profundamente.
—Todo eso se lo expliqué a la policía de mi país. Fui. Hablé. Conté lo que me hacía.
—¿Y qué hicieron?
Beatriz soltó una pequeña risa amarga.
—Nada.
Bajó nuevamente la mirada.
—Nunca vieron nada.
El silencio se hizo pesado.
—Un día decidí irme.
—¿Sola?
—Quería abandonar a mi marido. Quería llevarme a mis hijos. Pensaba empezar de nuevo.
Las lágrimas volvieron.
—Pero él se enteró.
Beatriz cerró los ojos.
—Se volvió loco.
Inés no apartaba la mirada.
—Agarró a mis hijos.
Su voz comenzó a quebrarse.
—Y los mató.
Inés quedó inmóvil.
—Decía que lo hacía por mí.
Beatriz se llevó una mano al rostro.
—Me gritaba: “Mirá lo que me obligás a hacer”.
Respiró entrecortadamente.
—Después vino hacia mí.
Se miró la mano.
—Tenía un cuchillo.
La voz apenas le salía.
—Quiso matarme.
Inés observó la cicatriz de la mano que Beatriz había mencionado meses atrás.
—Puse la mano entre el cuchillo y mi cuello.
Beatriz la levantó.
—Por eso tengo esta cicatriz.
Se quedó mirando su propia mano.
—El movimiento hizo que se le cayera el cuchillo.
Hubo un silencio.
—Lo agarré.
Inés sabía lo que venía.
—Y me defendí.
Beatriz comenzó a llorar desconsoladamente.
—Lo apuñalé.
Permaneció unos segundos en silencio.
—Una vez.
Otra lágrima cayó.
—Y otra.
Cerró los ojos.
—Y otra.
Inés respiró profundamente.
—Pero cuando llegó la policía...
Beatriz negó con la cabeza.
—Para ellos todo estaba claro.
—¿Qué encontraron?
—A mis hijos muertos.
Miró a Inés.
—A mi marido muerto.
—Y a vos con el cuchillo.
Beatriz asintió.
—Para el mundo, yo había matado a los tres.
Inés no dijo nada.
Beatriz se inclinó hacia adelante.
—Pero nadie vio lo que pasó antes.
Su voz se quebró.
—Nadie vio lo que él me hizo durante años.
Inés la observó durante varios segundos.
Ahora comprendía algo.
La mujer que había conocido en el convento no había estado huyendo únicamente de la policía.
Había estado huyendo de una historia que nadie había querido escuchar.
Y quizás por eso había necesitado tanto aquel lugar.
Un lugar donde, por primera vez, alguien la llamara Sor Beatriz.
Un nombre nuevo.
Una vida nueva.
Aunque la verdad siempre hubiera estado esperando para encontrarla.
Los días siguientes fueron extraños para Beatriz.
Ya no había convento.
Ya no había ancianos.
Ya no había tareas en la enfermería ni cigarrillos debajo del árbol.
Ahora había paredes grises, una cama pequeña y una puerta que permanecía cerrada.
Las autoridades uruguayas habían solicitado formalmente su extradición para que pudiera responder ante la Justicia de su país por los delitos que se le imputaban.
El trámite llevaría un tiempo.
Mientras tanto, Beatriz permanecería detenida en Argentina.
Una mañana recibió una visita inesperada.
—Tenés una visita.
Beatriz levantó la cabeza.
—¿Quién?
—Aldana.
Por un instante no supo qué sentir.
Se puso de pie.
Caminó hasta la sala de visitas.
Y allí estaba.
Aldana permanecía sentada al otro lado de la mesa.
Cuando vio entrar a Beatriz, se levantó.
Ninguna de las dos habló inmediatamente.
Beatriz se sentó.
Aldana también.
—Hola.
—Hola.
Aldana la miró durante unos segundos.
—No sabía si me iban a dejar venir.
—Yo tampoco.
—La madre superiora preguntó si podía.
Beatriz bajó la mirada.
—¿Cómo están?
—Los abuelos preguntan por vos.
Beatriz sonrió con tristeza.
—¿Por mí?
—Sí.
Aldana hizo una pausa.
—Y algunas de las hermanas también.
Beatriz respiró profundamente.
—¿Y el padre Rodolfo?
Aldana la observó.
—También.
Beatriz bajó la mirada.
—No sé qué decir.
—No tenés que decir nada.
Aldana estiró la mano sobre la mesa.
Beatriz dudó.
Finalmente la tomó.
—Para mí seguís siendo Beatriz.
Las lágrimas aparecieron en los ojos de Beatriz.
—Pero ese no es mi nombre.
—Para mí sí.
Aldana sonrió.
—Yo conocí a Sor Beatriz.
Beatriz soltó una pequeña risa entre lágrimas.
—Nunca pensé que terminaría extrañando ese lugar.
—Nosotros también te extrañamos.
Permanecieron un rato en silencio.
Antes de despedirse, Aldana se levantó.
—¿Sabés qué es lo peor?
—¿Qué?
—Que nunca me dijiste la verdad.
Beatriz bajó la cabeza.
—Tenía miedo.
Aldana asintió.
—Lo sé.
Se acercó y la abrazó.
Beatriz cerró los ojos.
Durante unos segundos volvió a sentir el convento.
El árbol.
La capilla.
Los pasillos.
El sonido de los ancianos.
Y aquella vida que había construido con un nombre que no le pertenecía.
Cuando Aldana se separó, Beatriz la miró.
—Gracias por venir.
—No me agradezcas.
Aldana caminó hacia la puerta.
Antes de salir, se dio vuelta.
—Cuidate, Sor Beatriz.
Beatriz sonrió.
—Vos también.
Pasaron las semanas.
Finalmente llegó la resolución judicial que autorizaba su extradición.
Beatriz sería trasladada a Uruguay para quedar a disposición de la Justicia de su país.
El día del traslado, Inés estuvo presente.
Cuando Beatriz pasó frente a ella, ambas se miraron.
—¿Estás lista? —preguntó Inés.
Beatriz respiró profundamente.
—No.
Inés asintió.
—Lo imaginé.
Beatriz miró hacia adelante.
Ya no tenía dónde esconderse.
Ni otro nombre.
Ni otro lugar.
Esta vez regresaría a Uruguay.
Y tendría que enfrentarse a su pasado.
Pero por primera vez en muchos años, alguien había escuchado su versión.
Quizás eso no cambiara lo que había ocurrido.
Quizás tampoco cambiara la condena que la esperaba.
Pero al menos, cuando cruzara aquella puerta, su verdad viajaría con ella.
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A LAS 19:00

Desde los seis años, Elías tenía una rutina inquebrantable.
A las diecinueve en punto, dejaba lo que estuviera haciendo y corría a su habitación. Cerraba la puerta, acomodaba dos sillas frente a frente y comenzaba a hablar, reír y hacer gestos como si alguien más estuviera sentado delante de él.
Su madre, al principio, lo encontraba adorable.
—¿Con quién hablás, amor?
—Con Izan —respondía siempre con una sonrisa—. Pero no podés entrar, mamá. Él se asusta.
Ella sonreía, convencida de que se trataba de un amigo imaginario.
Pasaron los meses. Después, los años.
Los juguetes fueron cambiando. Las paredes de la habitación se llenaron y luego se vaciaron de dibujos. La voz de Elías se hizo más grave. Sus intereses cambiaron, sus amigos también, pero Izan seguía viniendo.
Siempre a la misma hora.
Mientras los demás chicos hablaban de fútbol, del colegio o de cualquier otra cosa propia de su edad, Elías contaba historias que, según él, Izan le enseñaba.
Hablaba de lugares donde el cielo tenía dos lunas. De ríos que fluían hacia arriba. De ciudades que parecían no tocar nunca el suelo.
Al principio, su madre lo escuchaba con una sonrisa.
Después empezó a preocuparse.
Intentó ignorarlo. Pensó que, con el tiempo, aquella fantasía desaparecería por sí sola.
Hasta que una tarde lo escuchó conversar solo en la oscuridad.
Se quedó quieta frente a la puerta entreabierta.
Elías estaba sentado en una de las sillas, mirando fijamente la otra.
—¿Por qué solo a las siete? —preguntaba.
Hubo un silencio.
Elías inclinó la cabeza, como si escuchara una respuesta.
—¿Y por qué no podés venir antes?
Otro silencio.
La madre sintió un escalofrío.
Finalmente, decidió llevarlo a un terapeuta.
El doctor Rivas era un hombre paciente, acostumbrado a los silencios y a los mundos imaginarios de los niños. Durante semanas habló con Elías. Intentó que dibujara a Izan, que explicara cómo era, de dónde venía y por qué aparecía siempre a la misma hora.
Elías nunca parecía confundido.
Siempre respondía con absoluta seguridad.
—Viene cuando el sol se esconde.
—¿Y antes no puede venir?
—No.
—¿Por qué?
Elías se encogía de hombros.
—No puede.
—¿Y cuánto tiempo se queda?
El chico pensaba unos segundos antes de responder.
—No mucho.
Rivas tomó nota de cada respuesta.
Una tarde, mientras revisaba sus anotaciones, decidió hacer algo diferente.
Quería verlo.
Quería estar presente cuando Izan apareciera.
Por eso decidió visitar a Elías a las diecinueve.
La madre dudó.
No le gustaba la idea, pero finalmente aceptó.
Aquella tarde, la casa estaba en penumbra.
El reloj de la habitación marcaba las 18:58.
Rivas permanecía sentado cerca de la pared, con el cuaderno apoyado sobre las piernas. De vez en cuando levantaba la vista hacia Elías y luego volvía a escribir.
Elías estaba sentado frente a la otra silla.
Esperaba.
18:59.
El segundero avanzó lentamente.
Rivas dejó de escribir.
Elías levantó la cabeza.
—Ya viene.
El terapeuta miró el reloj.
Faltaban unos segundos.
19:00.
El aire de la habitación pareció cambiar.
No fue algo evidente. No hubo ningún ruido ni ninguna señal concreta que pudiera explicar. Simplemente, Rivas sintió que el ambiente se volvía más pesado.
El tic-tac del reloj comenzó a escucharse con una extraña lentitud.
Tac.
Tac.
Tac.
Como si cada segundo necesitara un esfuerzo enorme para pasar.
Elías se enderezó en la silla.
Sonrió.
Y miró directamente hacia el lugar vacío que tenía delante.
—Hola.
Rivas contuvo la respiración.
El chico comenzó a hablar con alguien invisible.
—¿Te acordás de la torre?
Sonrió.
—Sí. Todavía guardo la piedra.
Hizo una pausa.
Asintió.
Luego soltó una pequeña carcajada.
Rivas no apartaba los ojos de él.
Elías parecía estar manteniendo una conversación normal. Escuchaba, respondía, asentía y hasta cambiaba de expresión según lo que, aparentemente, le decía su interlocutor.
Pero allí no había nadie.
Entonces Rivas sintió una corriente de aire helado recorrerle el cuello.
Se estremeció.
Miró hacia la ventana.
Estaba cerrada.
Las cortinas permanecían inmóviles.
Sin embargo, el frío seguía allí.
Una vibración apenas perceptible recorrió la habitación.
Rivas apretó el bolígrafo entre los dedos.
—Elías...
El chico continuó hablando.
—Elías —repitió Rivas, esta vez más fuerte.
Elías se detuvo y lo miró.
—¿Sí?
—¿Está Izan aquí ahora?
El chico asintió.
—Sí.
Rivas tragó saliva.
—¿Dónde?
Elías señaló la silla que tenía frente a él.
—Acá.
Rivas miró la silla.
Vacía.
Volvió a mirar a Elías.
—Preguntale... qué quiere.
Elías giró lentamente la cabeza hacia el lugar señalado.
Sonrió con ternura.
Pareció escuchar algo.
Después volvió a mirar al terapeuta.
—No quiere nada.
—¿Nada?
—Solo viene a charlar conmigo.
Rivas sintió que la piel de sus brazos se erizaba.
No volvió a preguntar.
El reloj marcó las 19:07.
En ese instante, el aire de la habitación recuperó su temperatura normal.
El tic-tac volvió a escucharse con regularidad.
Elías parpadeó varias veces.
Su expresión cambió.
Miró a su alrededor, confundido, como si acabara de despertar.
Rivas cerró lentamente su cuaderno.
No dijo nada.
Cuando se levantó para marcharse, volvió a mirar el reloj.
El segundero estaba detenido.
Exactamente en el número siete.

Al otro día, Clara preparaba la cena cuando escuchó pasos apresurados en el pasillo.
Se sobresaltó.
Los pasos subían rápidamente hacia la habitación de Elías.
—¿Elías?
No obtuvo respuesta.
Se secó las manos y salió de la cocina.
Lo vio subir corriendo las escaleras, con una sonrisa en el rostro.
Una sonrisa que no había visto en mucho tiempo.
Clara sintió un nudo en el estómago.
—¿Otra vez, Elías? —preguntó, con un dejo de tristeza.
Él no respondió.
Entró en su habitación y se quedó mirando el reloj de la pared.
Clara llegó detrás de él.
—¿Qué estás haciendo?
Elías seguía mirando las agujas.
18:59.
El silencio se apoderó de la habitación.
Clara observó a su hijo.
Él parecía tranquilo.
Demasiado tranquilo.
Las agujas avanzaron.
19:00.
Una ráfaga de viento atravesó la habitación.
Clara dio un respingo.
Miró las ventanas.
Estaban completamente cerradas.
Elías extendió lentamente una mano hacia el aire.
Sus dedos permanecieron suspendidos, como si estuviera esperando que alguien se la tomara.
Entonces susurró:
—Ya estoy listo, Izan.
Clara sintió que el corazón se le detenía.
—¿Elías?
Él no la miró.
Durante un instante, nada ocurrió.
Después, el cuerpo del muchacho comenzó a perder consistencia.
Clara abrió los ojos, paralizada.
Elías se volvió transparente.
Primero fueron sus manos.
Después sus brazos.
Su rostro comenzó a desdibujarse.
—¡Elías!
Clara intentó acercarse, pero se detuvo al ver cómo aquella figura se transformaba en una silueta de luz.
—¡Elías!
La voz de su hijo no respondió.
Su cuerpo terminó de disolverse en el aire.
No fue un truco de la vista.
No fue un sueño.
Clara lo había visto.
Había estado allí.
Y ahora no quedaba nada.
—¡ELÍAS!
El grito de Clara recorrió la casa.
El reloj se detuvo exactamente en el número siete.
Durante esos siete minutos, el cuarto permaneció vacío.

Elías abrió los ojos.
Flotaba sobre una superficie líquida, pero no se hundía.
No podía distinguir dónde terminaba aquella superficie ni dónde comenzaba el horizonte.
Levantó la cabeza.
El cielo era de un color indefinido, una mezcla de violeta y gris. No había sol. Tampoco luna. Sin embargo, todo estaba iluminado por una claridad constante, uniforme, sin una fuente visible.
El aire olía a metal húmedo y a algo nuevo.
Algo imposible de nombrar.
Elías se incorporó lentamente.
Entonces lo vio.
Frente a él, Izan lo esperaba.
—Llegaste —dijo con su voz calma.
Elías lo miró durante unos segundos.
No parecía sorprendido.
Como si, después de tantos años, aquella presencia le resultara completamente familiar.
—¿Este es tu mundo?
Izan asintió.
—Este es mi mundo.
Elías miró a su alrededor.
A su alrededor se extendía una llanura infinita cubierta de hierbas que brillaban con una luz propia.
A lo lejos se veían estructuras imposibles.
Torres que flotaban en el aire.
Caminos que se curvaban hacia arriba.
Lagos suspendidos en el cielo.
Nada parecía obedecer las reglas que Elías conocía.
No había viento, pero todo se movía con un ritmo suave, casi imperceptible.
Como si aquel lugar respirara.
Elías comenzó a caminar junto a Izan.
Sus pasos no producían ningún sonido.
Ni siquiera sobre las piedras.
Entonces miró hacia abajo.
Las sombras de ambos se estiraban detrás de ellos.
No hacia donde debería proyectarlas la luz.
Hacia atrás.
Como si vinieran del pasado.
Elías se detuvo.
A lo lejos, un grupo de figuras los observaba.
Permanecían inmóviles.
Eran casi humanas.
Pero había algo en ellas que resultaba inquietante.
Demasiado quietas.
Demasiado silenciosas.
—¿Quiénes son? —preguntó Elías.
Izan no se detuvo.
—Los que se quedaron.
Elías volvió a mirar las figuras.
—¿Se quedaron acá?
—Algunos vinieron y nunca volvieron.
Elías sintió un escalofrío.
Siguió caminando.
El sendero estaba formado por piedras negras. El suelo temblaba apenas bajo sus pies y, cada tanto, una chispa azul aparecía en el aire.
Flotaba a su alrededor durante unos segundos y luego desaparecía.
Como una luciérnaga sin alas.
Elías levantó la mirada.
En el horizonte había un río que subía hacia el cielo.
El agua ascendía lentamente, se doblaba sobre sí misma y continuaba su recorrido por encima de las nubes.
Más allá se levantaba una especie de ciudad hecha de cristal.
Sus estructuras eran tan altas que desaparecían entre las nubes.
Elías permaneció observándola.
—¿Vivís acá?
Izan lo miró.
—No se vive ni se muere aquí.
Hizo una pausa.
—Solo se está.
Elías bajó la mirada.
Durante unos segundos no dijo nada.
Después preguntó:
—¿Y puedo quedarme?
Izan lo observó.
—Podrías.
Elías levantó la cabeza.
—¿Entonces puedo?
—Pero allá todavía te esperan.
Elías pensó en su madre.
En su casa.
En la habitación.
En aquella silla que siempre colocaba frente a la suya.
De pronto, el cielo comenzó a temblar.
Elías levantó la vista.
Una luz blanca empezó a expandirse alrededor de ellos.
Primero fue pequeña.
Después creció.
Creció hasta cubrir el horizonte.
Elías sintió que el aire se volvía cada vez más denso.
Algo invisible comenzó a empujarlo hacia atrás.
—¿Qué está pasando?
Izan permanecía tranquilo.
—Ya termina.
—¿Qué termina?
—Esto.
La luz siguió avanzando.
Elías intentó acercarse a él, pero sus pies parecían no responder.
—¿Cuándo voy a volver?
Izan lo miró por última vez.
—Cuando regreses, todo será distinto.
—¿Por qué?
Izan sostuvo su mirada.
—Porque el tiempo no corre igual en todos los mundos.
La luz lo envolvió.

Elías abrió los ojos.
Estaba en su habitación.
O en algo parecido a su habitación.
Las paredes eran más pálidas.
La cama era distinta.
En el rincón donde antes había un juguete ahora había una planta seca.
Elías permaneció inmóvil.
No reconocía aquel lugar.
Miró hacia el reloj.
Seguía allí.
Las agujas marcaban las 19:08.
El segundero no se movía.
El silencio era absoluto.
Por un instante pensó que todavía estaba en el mundo de Izan.
Pero entonces percibió el olor.
Polvo.
Tiempo detenido.
Se levantó lentamente.
Sus piernas temblaban.
Caminó hasta la puerta y la abrió.
El pasillo era más angosto.
Las fotos familiares habían desaparecido.
Elías avanzó con cuidado.
Cada paso le producía una sensación extraña.
Algo estaba mal.
Algo había cambiado.
Llegó hasta la cocina.
Allí había una mujer preparando la cena.
El sonido del aceite chispeando llenaba el ambiente.
El aroma de las verduras le resultó familiar.
Demasiado familiar.
Elías se quedó inmóvil.
Abrió la boca para hablar.
Pero la voz no salió.
La mujer se movió lentamente frente a la cocina.
Elías la observó.
Había algo en ella que conocía.
Algo que reconocía aunque no pudiera comprenderlo.
En el living, un hombre estaba sentado en el sillón mirando la televisión.
Tenía la espalda encorvada.
Los ojos cansados.
El rostro marcado por los años.
Elías volvió a mirar a la mujer.
Su madre.
El rostro estaba cubierto de arrugas.
Las manos le temblaban ligeramente.
Era ella.
No había ninguna duda.
Elías sintió que el corazón comenzaba a golpearle con fuerza contra el pecho.
Entonces comprendió.
Él seguía siendo el mismo.
El mismo niño de catorce años.
Los siete minutos con Izan...
Habían sido muchos años en el mundo real.
Elías sintió que las piernas estaban a punto de fallarle.
—Mamá... —susurró.
La mujer se giró bruscamente.
Miró hacia el lugar de donde había venido aquella voz.
Sus ojos se abrieron.
Durante un instante, pareció reconocer algo.
O a alguien.
Pero aquella expresión desapareció casi de inmediato.
Sus ojos se llenaron de confusión.
—¿Elías? —dijo en voz baja.
La voz le temblaba.
—No...
Dio un paso hacia adelante.
—No puede ser.
Su padre se levantó del sillón y se acercó a ella.
La abrazó con ternura.
En la televisión continuaban las noticias.
Afuera, comenzaba a anochecer.
Elías permanecía inmóvil, observándolos.
No sabía qué decir.
No sabía cómo explicar dónde había estado.
Ni cómo explicar que, para él, apenas habían transcurrido unos minutos.
Entonces el reloj hizo un pequeño ruido.
El segundero avanzó.
19:09.
Y volvió a moverse.
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SORPRESA Capítulo 10

La visita de Inés al convento fue completamente normal.

Su madre ya estaba instalada y comenzaba a acostumbrarse al lugar. Aquella mañana había ido para firmar unos documentos relacionados con la permanencia de la anciana.

La madre superiora la recibió en su despacho.

—Son solamente algunos papeles que necesitamos completar.

—Claro.

Inés se sentó frente al escritorio.

Mientras la madre superiora buscaba los documentos, observó distraídamente una estantería. Había varias carpetas. Algunas llevaban nombres.

No les prestó demasiada atención.

Hasta que sus ojos recorrieron una de ellas.

**Beatriz López.**

Inés la vio durante apenas un segundo.

Después volvió a concentrarse en los papeles que tenía delante.

No significaba nada para ella.

La madre superiora le indicó dónde debía firmar.

—Acá.

—Perfecto.

Inés terminó el trámite, agradeció y se marchó.

El apellido quedó olvidado.

Al menos por unos días.

---

Beatriz salió nuevamente hacia la farmacia.

La madre superiora le había encargado varios medicamentos para los ancianos.

Caminó por la calle intentando mantener la calma. Ya conocía el recorrido. La farmacia estaba a pocas cuadras.

Entró.

Esperó.

Cuando recibió el pedido, salió.

—López.

Beatriz continuó caminando.

—Beatriz López.

Se detuvo.

Por un instante no entendió.

Después giró lentamente la cabeza.

Inés estaba parada detrás de ella.

Vestía el uniforme policial.

Sonreía.

—Perdón —dijo Beatriz.

—Te llamé por tu apellido.

Beatriz sintió que el corazón le golpeaba con fuerza.

—Perdón. No reaccioné por mi apellido.

Intentó sonreír.

—¿Cómo?

—Es que no estoy acostumbrada a que me llamen así.

Inés sonrió.

—Ahora entiendo.

Beatriz sostuvo la bolsa de medicamentos con fuerza.

—¿Cómo estás?

—Bien.

—¿Y tu mamá?

—Muy bien. Se está adaptando.

—Me alegro.

Inés miró la bolsa.

—¿Medicamentos?

—Sí. Para los ancianos.

—Claro.

Hubo un pequeño silencio.

Beatriz miró hacia la calle.

—Tengo que volver.

—Por supuesto.

Inés sonrió.

—Nos vemos, Beatriz.

—Nos vemos.

Inés siguió caminando.

Beatriz permaneció inmóvil unos segundos.

Después comenzó a caminar nuevamente.

Cada paso hacia el convento parecía más pesado que el anterior.

**López.**

Ese nombre que había elegido para esconderse.

Ese nombre que había repetido tantas veces para convertirlo en verdad.

Ahora acababa de escucharlo en boca de una mujer policía.

Y aunque Inés no había sospechado absolutamente nada, Beatriz sintió que acababa de recibir una advertencia.

Apretó la bolsa contra su pecho y siguió caminando hacia el convento.

---

Cuando regresó, dejó los medicamentos en la enfermería.

Intentó continuar con sus tareas como si nada hubiera ocurrido.

Pero el encuentro con Inés seguía dando vueltas en su cabeza.

**Beatriz López.**

Había escuchado su apellido en boca de una mujer policía.

Aunque Inés no había mostrado la menor sospecha, Beatriz no podía dejar de pensar en ello.

—Beatriz.

La voz de Aldana la sacó de sus pensamientos.

—¿Sí?

—La madre superiora te está buscando.

—¿Ahora?

—Sí.

Beatriz dejó lo que tenía entre las manos.

—Voy.

Caminó hasta el despacho y golpeó la puerta.

—Adelante.

Entró.

La madre superiora estaba acompañada por algunas de las hermanas.

Beatriz las miró.

—¿Ocurre algo?

La madre superiora sonrió.

—Sí. Algo bueno.

Beatriz permaneció de pie.

—Acercate.

Lo hizo.

—Desde que llegaste has demostrado dedicación, respeto y compromiso con nuestra comunidad.

Beatriz bajó la mirada.

—Has aprendido nuestras tareas. Has cuidado a nuestros ancianos y has ayudado a las hermanas en todo lo que se te pidió.

Las demás sonreían.

—Por eso consideramos que estás preparada para dar un nuevo paso.

Beatriz levantó los ojos.

La madre superiora tomó una pequeña cruz.

—A partir de hoy, dentro de nuestra comunidad, serás conocida como Sor Beatriz.

Hubo una sonrisa general.

Una de las hermanas se acercó y la abrazó.

—Felicitaciones.

Beatriz quedó inmóvil durante un instante.

Después sonrió.

—Gracias.

Aldana fue la última en acercarse.

—Bueno, Sor Beatriz.

Le guiñó un ojo.

Beatriz soltó una pequeña risa.

—No empieces.

—Ahora tengo que tratarte con respeto.

—Eso quiero verlo.

Las dos rieron.

La madre superiora observó la escena con satisfacción.

—Este no es solamente un nombre, Beatriz. Es una responsabilidad.

Ella asintió.

—Lo entiendo.

Las hermanas comenzaron a felicitarla.

Beatriz agradecía cada abrazo y cada palabra.

Pero dentro de ella aparecía una sensación extraña.

**Sor Beatriz.**

Ese nombre comenzaba a ocupar el lugar del que había utilizado para esconderse.

Y eso la inquietaba.

Porque había llegado al convento para desaparecer.

Ahora, en cambio, todos comenzaban a conocerla.

Todos comenzaban a quererla.

Todos confiaban en ella.

Y cuanto más la aceptaban, más difícil sería algún día explicar quién era realmente.

---

La mañana había comenzado tranquila para Inés.

Había llegado a la dependencia temprano y se encontraba revisando algunos documentos cuando uno de sus compañeros dejó una carpeta sobre su escritorio.

—Llegó una comunicación de Uruguay.

Inés levantó la mirada.

—¿Otro pedido?

—Sí. Mirala cuando puedas.

El hombre continuó su camino.

Inés abrió la carpeta.

Había varios documentos y una fotografía.

Comenzó a leer.

**MARIANA SOLEDAD BENTANCUR.**

Uruguaya.

Treinta y cuatro años.

Buscada en relación con una investigación criminal.

Inés miró la fotografía.

Una mujer de pelo negro y largo.

Ojos marrones.

Tez clara.

Nariz ligeramente puntiaguda.

Labio superior fino y el inferior un poco más grueso.

Debajo del ojo izquierdo, una pequeña cicatriz.

Inés observó la imagen durante unos segundos.

Después pasó a la siguiente hoja.

No le dio demasiada importancia.

Había visto muchas fotografías de personas buscadas.

Guardó los documentos y continuó trabajando.

---

Unas horas más tarde, Inés llegó al convento.

Quería visitar a su madre.

Entró por la puerta principal y saludó a una de las hermanas.

—Buen día.

—Buen día, Inés.

—¿Cómo está mi mamá?

—Muy bien.

—Me alegro.

Avanzó por el pasillo.

Entonces vio a Beatriz.

Estaba acomodando unas prendas junto a una de las habitaciones.

—Hola, Beatriz.

Ella levantó la cabeza.

—Hola.

Inés sonrió.

—¿Cómo estás?

—Bien.

Beatriz volvió a su tarea.

Inés siguió caminando.

Pero después de unos pasos se detuvo.

Miró hacia atrás.

Beatriz continuaba acomodando la ropa.

Inés volvió a observarla.

Algo había cambiado.

No sabía qué.

La miró durante unos segundos más.

Los ojos.

La nariz.

La forma de la boca.

Y entonces apareció un recuerdo.

Una fotografía.

Una mujer de pelo largo.

Inés sintió un pequeño escalofrío.

**Mariana Soledad Bentancur.**

Volvió a mirar a Beatriz.

Ella tenía el pelo corto.

Pero los ojos eran los mismos.

La piel.

La nariz.

La boca.

Inés bajó la mirada hacia su rostro.

Y la vio.

La pequeña cicatriz debajo del ojo izquierdo.

Se quedó inmóvil.

Beatriz levantó la cabeza.

—¿Necesitás algo?

Inés reaccionó.

—No.

Sonrió.

—Perdón.

Beatriz volvió a su tarea.

Inés continuó caminando.

Pero ya no estaba pensando en su madre.

Estaba pensando en la fotografía.

En el nombre.

En Montevideo.

En el apellido López.

Y en aquella mujer que había conocido semanas atrás.

**Beatriz López.**

O quizás no.

Inés siguió caminando hacia la habitación de su madre.

No dijo nada.

Todavía.

Necesitaba estar segura.

Y si aquella mujer era realmente Mariana Soledad Bentancur, entonces la mujer que había llegado al convento buscando refugio no era quien decía ser.

---

Inés permaneció unos minutos junto a su madre.

Intentó conversar con ella como cualquier otro día, pero le costaba concentrarse.

La fotografía seguía apareciendo en su cabeza.

Aquella mujer de pelo largo.

Los ojos marrones.

La cicatriz.

La nariz.

La boca.

Y después Beatriz.

Cuando terminó la visita, se despidió de su madre y salió del convento.

Esta vez no se dirigió directamente a su casa.

Volvió a la dependencia.

Entró rápidamente.

—Necesito hablar con el detective que recibió la comunicación de Uruguay.

Uno de los agentes levantó la mirada.

—¿Por qué?

—Creo que puedo haber visto a la mujer.

El hombre dejó de escribir.

—¿A Bentancur?

—No estoy segura.

—Entonces no digamos todavía que la viste.

—Eso pensé.

El agente señaló una puerta.

—Está adentro.

Inés golpeó.

—Adelante.

El detective levantó la cabeza.

—¿Qué pasa?

Inés cerró la puerta detrás de ella.

—Creo que encontré algo relacionado con la mujer que buscan desde Uruguay.

El detective dejó el bolígrafo sobre el escritorio.

—Contame.

—Hoy estuve en el convento donde está internada mi madre.

—¿Y?

—Hay una mujer que trabaja allí. Se hace llamar Beatriz López.

El detective esperó.

—¿Qué tiene que ver con Bentancur?

—Vi la fotografía esta mañana.

—¿Y la reconociste?

—No exactamente. Al principio no.

—¿Entonces?

—Después la vi a ella.

Inés se quedó unos segundos en silencio.

—Tiene los mismos ojos. La misma nariz. La misma boca.

El detective la observó atentamente.

—¿Alguna señal particular?

Inés respondió inmediatamente.

—Una cicatriz debajo del ojo izquierdo.

El detective dejó de escribir.

—¿La mujer del convento tiene esa cicatriz?

—Sí.

—¿Edad aproximada?

—Coincide.

—¿Nacionalidad?

—Me dijo que nació en Montevideo.

El detective se reclinó en la silla.

La coincidencia comenzaba a ser demasiado grande.

Pero todavía faltaba algo.

—¿Estás segura de que es ella?

—No.

—Bien.

Inés lo miró.

—¿Bien?

—Sí. Porque si vamos a hacer algo con esto, primero tenemos que estar seguros.

El detective tomó la carpeta.

Volvió a mirar la fotografía.

—No podemos ir al convento y sacar a una mujer solamente porque se parece a una persona buscada.

Inés asintió.

—Eso pensé.

—Vamos a verificar toda la información.

Buscó el teléfono.

—Primero quiero saber exactamente qué tenemos entre manos.

Realizó una consulta oficial con la información disponible.

Mientras esperaban la respuesta, el detective volvió a mirar la fotografía.

—¿Sabés de qué está acusada?

Inés negó con la cabeza.

—No.

—Yo tampoco tengo todos los detalles.

Pasaron unos minutos.

Finalmente llegó la respuesta.

El detective comenzó a leer.

Su expresión cambió.

Inés lo observó.

—¿Qué pasa?

Él volvió a leer el documento.

—Esto es mucho peor de lo que pensaba.

—¿Qué dice?

El detective levantó la mirada.

—Mariana Soledad Bentancur está acusada de haber asesinado a su marido.

Inés permaneció inmóvil.

—¿Solo a su marido?

El detective negó lentamente con la cabeza.

—A sus dos hijos también.

Inés sintió un escalofrío.

—¿Los tres?

—Sí.

El detective continuó leyendo.

—La investigación estaba avanzada. Iba a ser sometida a juicio y enfrentaba una condena que podía llevarla a prisión de por vida.

Inés tragó saliva.

—¿Y qué pasó?

El detective cerró la carpeta.

—Escapó antes de ser juzgada.

Los dos permanecieron en silencio.

Inés pensó inmediatamente en Beatriz.

En su manera de esconderse.

En sus respuestas cortas.

En la forma en que había reaccionado al uniforme policial.

En aquella vez que la llamó por su apellido y ella se quedó paralizada.

Y en algo más.

La confesión que Beatriz había mencionado sin querer.

Inés todavía no sabía qué significaba todo aquello.

Pero ahora tenía una certeza.

Si la mujer del convento era realmente Mariana Soledad Bentancur, no estaba frente a una simple mujer que había ocultado su identidad.

Estaba frente a alguien que llevaba escapando desde hacía mucho tiempo.

Y quizás había encontrado refugio justo donde menos esperaba encontrarla.
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EL AUTO

En el barrio todos conocían al viejo Pacho.
No hacía falta saber demasiado sobre él para tenerle miedo.
Pacho vivía en una casa antigua, de esas que alguna vez habían sido lindas y que con el paso de los años parecían haberse rendido. La pintura de las paredes estaba descascarada, las persianas permanecían casi siempre cerradas y el pequeño jardín delantero había desaparecido debajo de las malezas.
Pero había algo que llamaba todavía más la atención.
El auto.
Estaba estacionado sobre la vereda desde hacía tantos años que algunos vecinos aseguraban que ya formaba parte de la casa.
Era un Peugeot 404.
O, al menos, alguna vez lo había sido.
El color celeste original apenas podía distinguirse debajo de las manchas de óxido. La carrocería estaba cubierta de pequeñas marcas, golpes y zonas donde la pintura se había desprendido por completo. Los neumáticos estaban desinflados y las ventanillas permanecían cerradas, cubiertas por una fina capa de suciedad.
Nadie recordaba haberlo visto circular.
Nadie, salvo Pacho.
Y nadie sabía por qué seguía ahí.
Los chicos del barrio evitaban pasar demasiado cerca.
Cuando tenían que caminar por esa vereda, aceleraban el paso.
Algunos aseguraban que el viejo salía de repente de la casa para perseguirlos.
Otros decían que lo habían visto observándolos desde detrás de las cortinas.
Había quienes incluso juraban que Pacho había amenazado con matar al próximo chico que tocara el auto.
Probablemente muchas de esas historias fueran mentira.
Pero a nadie le interesaba comprobarlo.
Pacho se había ganado su fama.
Era un hombre gruñón, de pocas palabras y mal carácter. Si encontraba una pelota en su jardín, la pinchaba. Si alguien se apoyaba contra su pared, salía a los gritos. Si los chicos jugaban demasiado cerca de su casa, abría la puerta y los insultaba hasta que se alejaban.
Tres años atrás había muerto su esposa.
Con ella se había ido la poca armonía que todavía existía dentro de aquella casa.
Antes de enviudar, Pacho ya tenía mal carácter, pero al menos su mujer conseguía hablar con los vecinos, saludar a los chicos y mantener la casa relativamente cuidada.
Después de su muerte, Pacho se encerró.
La casa se deterioró.
Y él también.
Con el tiempo, dejó de salir salvo para hacer las compras indispensables. Nadie volvió a verlo sonreír.
Para los chicos, simplemente se convirtió en el ogro del barrio.
Y el Peugeot 404 pasó a formar parte de aquella leyenda.
Hasta aquella tarde.
La ambulancia llegó cerca de las cinco.
Aaron fue el primero en verla.
Estaba jugando a la pelota con Facundo cuando escuchó la sirena.
—Mirá.
Los dos dejaron de jugar.
La ambulancia se detuvo frente a la casa de Pacho.
Tamara y Andrea, que estaban sentadas en el cordón de la vereda, también se acercaron.
Los cuatro observaron en silencio.
Dos enfermeros bajaron de la ambulancia y entraron rápidamente a la casa.
Pasaron varios minutos.
Después salieron empujando una camilla.
Sobre ella estaba Pacho.
Parecía mucho más pequeño que de costumbre.
Llevaba los ojos cerrados y una máscara de oxígeno cubría parte de su rostro.
Los cuatro chicos miraron.
Ninguno dijo nada.
Pacho fue introducido en la ambulancia.
Las puertas se cerraron.
La sirena volvió a sonar.
Y el vehículo desapareció por la esquina.
Aaron esperó unos segundos.
—Se murió.
—No digas boludeces —contestó Tamara.
—Si estuviera muerto no se lo llevarían en ambulancia —dijo Andrea.
Facundo miró la casa.
—Entonces ahora no hay nadie.
Los otros tres lo miraron.
Facundo sonrió.
—Podemos entrar.
—¿A la casa? —preguntó Tamara.
—No. Al patio.
Aaron miró el Peugeot.
—Al auto.
Nadie respondió.
Durante unos segundos, los cuatro permanecieron inmóviles.
Era una idea estúpida.
Precisamente por eso resultaba tentadora.
Andrea fue la primera en cruzar la verja.
—Dale.
Tamara la siguió.
Aaron miró hacia la esquina por donde había desaparecido la ambulancia.
Después entró.
Facundo fue detrás de ellos.
El jardín estaba silencioso.
Demasiado silencioso.
La puerta de la casa permanecía cerrada.
Las persianas también.
Los cuatro caminaron hasta el auto.
De cerca era todavía más viejo.
Aaron pasó un dedo por la carrocería y retiró la mano cubierta de polvo.
—Está hecho mierda.
—No lo toques —dijo Tamara.
—¿Ahora te da miedo?
—Sí.
Aaron sonrió.
Abrió la puerta del conductor.
El sonido de las bisagras resonó por todo el jardín.
Los cuatro se quedaron quietos.
—¿Escucharon?
—Es la puerta —dijo Andrea.
Aaron subió.
Los otros dudaron.
El interior parecía todavía más deteriorado que el exterior.
Los asientos prácticamente habían desaparecido. Debajo de la poca tela que quedaba se veía el metal oxidado. Algunas partes del tablero estaban rotas. El volante conservaba apenas restos de una vieja goma espuma.
El olor fue lo peor.
Humedad.
Óxido.
Y algo más.
Un olor encerrado durante años.
Facundo se tapó la nariz.
—Qué asco.
—Bajate entonces —dijo Aaron.
Facundo no bajó.
Tamara terminó sentándose atrás.
Andrea ocupó el asiento del acompañante.
Facundo se acomodó junto a Tamara.
Aaron cerró la puerta.
El ruido del golpe hizo eco dentro del auto.
—Bueno —dijo—. ¿Y ahora?
Nadie contestó.
Aaron puso las manos sobre el volante.
—Hagamos como que manejamos.
Giró el volante hacia un lado.
No se movió.
Intentó hacerlo nuevamente.
Entonces escucharon un ruido.
Un pequeño golpe proveniente del motor.
Tac.
Los cuatro se quedaron inmóviles.
Tac.
Otro golpe.
Aaron retiró las manos del volante.
—¿Qué fue eso?
El motor tosió.
Una vez.
Dos.
Y arrancó.
Los cuatro gritaron.
El Peugeot comenzó a vibrar.
—¡Bajá! —gritó Andrea.
Aaron intentó abrir la puerta.
No pudo.
—¡Está trabada!
Tamara tiró de la manija trasera.
Nada.
Facundo comenzó a golpear el vidrio.
—¡Abrí! ¡Abrí!
El motor rugió.
El Peugeot avanzó.
Salió del jardín.
Atravesó la verja abierta.
Y quedó sobre la calle.
—¡Frená! —gritó Andrea.
Aaron buscó el pedal.
Lo pisó.
El auto no disminuyó la velocidad.
—¡No frena!
La calle comenzó a pasar cada vez más rápido frente a ellos.
El Peugeot avanzaba.
Aaron giró el volante.
El volante giró solo.
El auto corrigió su trayectoria.
—¡No lo estoy manejando! —gritó Aaron.
Entonces Andrea comprendió algo.
—No somos nosotros.
—¿Qué?
Andrea miró hacia adelante.
—El auto.
El Peugeot aceleró.
Y el miedo reemplazó definitivamente a la diversión.
Una mujer apareció cruzando la calle.
Doña Amanda.
Los chicos la conocían de toda la vida.
—¡Frená! —gritó Tamara.
Aaron pisó el freno con todas sus fuerzas.
No ocurrió nada.
Doña Amanda levantó la cabeza.
Vio el auto.
Intentó retroceder.
Demasiado tarde.
El golpe fue seco.
El cuerpo salió despedido.
Tamara gritó.
Facundo comenzó a llorar.
—¡Frená! ¡Frená!
El Peugeot continuó.
Como si nada hubiera ocurrido.
Aaron tiró del volante.
No respondía.
El auto siguió derecho.
Entonces Tamara vio a sus padres.
Estaban cruzando por la senda peatonal.
—¡Mamá!
Su voz se quebró.
—¡PAPÁ!
Los dos levantaron la cabeza.
El Peugeot avanzó.
Tamara comenzó a golpear desesperadamente la ventanilla.
—¡NO! ¡NO!
El auto los alcanzó.
El golpe hizo que los dos cuerpos se elevaran.
Tamara dejó escapar un grito que terminó convertido en llanto.
—¡Mamá!
Andrea la abrazó.
Facundo lloraba sin parar.
Aaron seguía luchando con el volante.
—¡No puedo hacer nada!
El Peugeot continuó avanzando.
Llegó hasta la plaza.
Había adolescentes sentados en los bancos.
Algunos tomaban mate.
Otros hablaban.
Uno de ellos levantó la vista al escuchar el motor.
—¡Corran! —gritó Aaron.
Algunos lo hicieron.
Otros no llegaron a reaccionar.
El Peugeot subió a la vereda.
Los chicos vieron cómo las personas corrían en todas direcciones.
El auto pasó entre los bancos.
Golpes.
Gritos.
Vidrios.
Un mate volando por el aire.
Un banco cayendo.
Personas intentando escapar.
Pero el Peugeot parecía no detenerse ante nada.
Tamara tenía las manos sobre el rostro.
—Quiero bajar.
—¡No podemos! —gritó Andrea.
Facundo golpeaba la puerta.
—¡Déjenme salir!
Aaron sentía que las manos le temblaban.
El volante continuaba girando solo.
El Peugeot abandonó la plaza.
Volvió a la calle.
Durante unos segundos pareció disminuir la velocidad.
Los cuatro respiraron.
Quizás se había terminado.
Quizás finalmente iba a detenerse.
Pero el motor volvió a rugir.
El Peugeot aceleró.
Los chicos gritaron.
La calle comenzó a pasar nuevamente frente a ellos.
Aaron cerró los ojos.
No quería mirar.
No quería saber qué vendría después.
Pero el auto no siguió hacia ninguna otra parte.
Doblando una esquina, tomó una calle conocida.
Después otra.
Y otra.
Andrea abrió los ojos.
—Está volviendo.
Aaron miró hacia adelante.
Reconoció la casa.
La casa de Pacho.
El Peugeot desaceleró.
Entró por la misma calle.
Pasó frente a la plaza.
Frente a la esquina donde habían visto a Doña Amanda.
Continuó hasta la vieja casa.
Los cuatro permanecieron inmóviles.
El Peugeot avanzó unos metros más.
Y se detuvo.
Exactamente en el lugar donde había estado estacionado durante años.
El motor se apagó.
Silencio.
Las puertas se destrabaron.
Nadie se movió.
—Bajemos —susurró Andrea.
Aaron abrió su puerta.
Saltó hacia afuera.
Tamara salió detrás.
Facundo prácticamente cayó sobre la vereda.
Andrea fue la última.
Los cuatro respiraban agitadamente.
Se miraron.
Tenían la ropa cubierta de polvo.
Las caras pálidas.
Los ojos llenos de lágrimas.
Pero algo no estaba bien.
Aaron miró hacia la calle.
No había ambulancias.
No había gente corriendo.
No había vidrios rotos.
No había sangre.
Nada.
Doña Amanda estaba cruzando la calle.
Viva.
Los padres de Tamara caminaban tranquilamente unos metros más adelante.
Vivos.
En la plaza, los adolescentes seguían sentados tomando mate.
Como si nunca hubiera ocurrido nada.
Tamara se quedó paralizada.
—No...
Aaron miró a Andrea.
Andrea miró a Facundo.
Facundo no podía hablar.
Todo estaba exactamente igual.
La misma calle.
La misma plaza.
La misma gente.
La misma tarde.
Como si los últimos minutos jamás hubieran existido.
Los cuatro comenzaron a alejarse lentamente de la casa.
Nadie quería mirar nuevamente el Peugeot.
Llegaron hasta la esquina.
Entonces escucharon el sonido.
BEEEEEEP.
Los cuatro se detuvieron.
Se dieron vuelta al mismo tiempo.
El Peugeot 404 seguía estacionado frente a la casa de Pacho.
No había nadie adentro.
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LA OTRA VEREDA

Tito siempre estaba apurado.
No importaba hacia dónde fuera ni cuánto faltara para llegar. Para él, todo el mundo se movía demasiado lento.
—Dale, viejo de mierda, cruzá que ya está verde para mí.
El hombre avanzaba despacio, apoyándose en su bastón. Había llegado hasta la mitad de la calle cuando Tito comenzó a golpear los dedos contra el volante.
—Dale, tortuga... acelerá un poco.
El semáforo seguía en rojo para los peatones y en verde para los autos que venían por la otra mano.
Tito miró el reloj.
Siempre miraba el reloj.
Había hecho lo mismo aquella mañana con la mujer que tardaba demasiado en sacar las monedas del supermercado. También con el hombre que caminaba lentamente delante suyo en la vereda. Y con el conductor que había frenado unos metros antes para dejar pasar a una familia.
Tito no entendía cómo podía existir tanta gente sin apuro.
Una vez incluso había dicho:
—La gente debería aprender a moverse más rápido.
Ahora, mientras el viejo terminaba de cruzar, Tito avanzó unos metros y quedó detrás de otro automóvil que circulaba demasiado despacio.
—¿Y este qué hace? —murmuró.
Se acercó.
Tenía ganas de tocar bocina.
De insultarlo.
De pasar por al lado y decirle algo.
Pero cuando estuvo lo suficientemente cerca, vio al conductor.
Era un hombre mayor.
Tito resopló.
—¿Cómo siguen dándole el registro a estos viejos?
No llegó a decir nada más.
Un bocinazo fuerte lo sacó de sus pensamientos.
Tito levantó la cabeza.
Y entonces entendió.
No estaba detrás del volante.
Estaba cruzando la calle.
Llevaba un bastón en una mano.
Avanzaba despacio.
Muy despacio.
Frente a él, el semáforo acababa de ponerse en rojo para los peatones.
Detrás, un automóvil esperaba.
El conductor bajó la ventanilla.
—¡Dale, viejo, que ya está verde!
Tito miró hacia atrás.
Después miró su bastón.
Y siguió caminando.
Por primera vez en su vida, no tenía ninguna respuesta para darle.
Quizás porque, sin darse cuenta, había llegado a la otra vereda.
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SORPRESA Capítulo 9

Beatriz tenía la estampita entre los dedos.

La había encontrado la noche anterior sobre la mesita de luz y, desde entonces, no había dejado de pensar en ella.

La había observado varias veces antes de dormirse.

Incluso después de apagar la luz, la imagen había permanecido en su cabeza.

Esperó a encontrarse con Aldana durante la mañana.

Cuando finalmente la vio, se acercó.

—Aldana.

—¿Qué?

Beatriz le mostró la estampita.

—¿Quién es este hombre?

Aldana tomó la imagen entre sus dedos.

Miró el rostro del santo durante unos segundos.

Después levantó los ojos hacia Beatriz.

—¿No sabés quién es?

—No.

Aldana la observó con cierta sorpresa.

—Vos deberías saberlo.

—¿Por qué?

—Porque se supone que sos una mujer de fe.

Beatriz sonrió apenas.

—¿Se supone?

—Bueno... —Aldana hizo una pausa—. También puede ser que yo esté suponiendo demasiado.

Volvió a mirar la estampita.

—Es San Juan Nepomuceno.

—¿Y quién fue?

Aldana comenzó a explicarle.

—Fue un sacerdote de Bohemia. Se hizo famoso, entre otras cosas, por mantener el secreto de confesión. Según la tradición, murió por negarse a revelar lo que una persona le había contado durante una confesión.

Beatriz permaneció inmóvil.

Sus ojos volvieron lentamente hacia la pequeña imagen que todavía tenía delante.

Ahora entendía perfectamente por qué Rodolfo se la había dejado.

No era una casualidad.

El mensaje estaba allí.

Claro.

Silencioso.

Y, de alguna manera, dirigido exclusivamente a ella.

—¿De dónde sacaste esto? —preguntó Aldana.

—Estaba en mi mesita de luz.

Aldana frunció el ceño.

—¿Y cómo llegó ahí?

Beatriz bajó la mirada.

—Creo que me la dejó el padre Rodolfo.

Aldana la observó durante unos segundos.

—¿Qué le confesaste al cura?

Beatriz levantó lentamente los ojos.

No respondió.

El silencio fue suficiente.

Aldana comprendió que había ido demasiado lejos.

—Perdón.

Beatriz guardó la estampita en el bolsillo.

—No pasa nada.

Pero su voz había cambiado.

Ya no tenía la misma naturalidad de unos segundos antes.

Aldana decidió no insistir.

No quería obligarla a hablar.

No todavía.

Más tarde, un automóvil se detuvo frente al convento.

Inés había llegado.

Esta vez no estaba sola.

Su madre estaba sentada en una silla de ruedas mientras Inés bajaba algunas pertenencias del vehículo.

Beatriz salió al patio justo cuando ambas comenzaban a entrar.

Inés la vio.

—¡Beatriz!

Ella sonrió.

—Hola, Inés.

—Qué bueno volver a verte.

—Sí.

Beatriz miró hacia otro lado.

—Tengo que llevar unas cosas adentro.

—Claro.

Estaba a punto de alejarse cuando escuchó la voz de la madre superiora.

—Beatriz.

Se detuvo.

—Sí, madre.

—Quiero pedirte algo.

—Claro.

La madre superiora señaló a la anciana.

—Quiero que seas vos quien ayude a instalar a la madre de Inés.

Beatriz miró a la mujer.

—¿Yo?

—Sí.

Inés sonrió.

—Le pedí que fueras vos.

Beatriz no entendió.

—¿Por qué?

—Me caíste bien desde el primer momento.

Aquella frase produjo algo extraño en Beatriz.

Sintió que podía jugar a su favor.

O en su contra.

Cuanto más cerca estuviera Inés, más posibilidades existían de que descubriera algo.

Cada conversación podía convertirse en una pregunta.

Cada pregunta podía conducir a otra.

Y tarde o temprano alguien podía comenzar a unir las piezas.

Pero también sabía que negarse podía resultar todavía más sospechoso.

No podía llamar la atención.

No podía permitírselo.

Sonrió.

—Por supuesto.

—Gracias —dijo Inés.

Beatriz se acercó a la silla de ruedas.

—Vamos.

Comenzó a empujarla hacia el interior.

Mientras avanzaba por el pasillo, Beatriz intentó concentrarse en la tarea.

En la silla.

En la anciana.

En las paredes.

En cualquier cosa que no fuera Inés.

Inés se quedó unos segundos junto a la madre superiora.

—Es muy reservada, ¿no?

La madre superiora sonrió.

—Sí.

—¿Siempre fue así?

—No la conozco desde hace tanto tiempo.

Inés miró hacia el interior del edificio.

—Parece una buena mujer.

—Lo es.

La madre superiora hizo una pausa.

—Aunque habrá tenido un pasado difícil.

—¿Usted cree?

—Todos tenemos una historia.

Inés dudó unos segundos.

Había algo en aquella respuesta que parecía dejar una puerta abierta.

—¿Cuál es su apellido?

La madre superiora la miró.

—¿El de Beatriz?

—Sí.

La mujer permaneció en silencio.

—Prefiero que se lo preguntes a ella.

Inés asintió.

—Claro.

—Es algo que le corresponde decidir a ella.

—Entiendo.

Mientras tanto, al otro lado del pasillo, Beatriz acomodaba las pertenencias de la anciana.

Colocaba cada cosa en su sitio.

La ropa.

Los objetos personales.

Todo aquello que ahora formaría parte de la nueva vida de aquella mujer.

Y por primera vez se preguntó cuánto tiempo podría seguir escondiendo su verdadera identidad en aquel lugar.

La instalación de la madre de Inés terminó sin inconvenientes.

Beatriz ayudó a acomodar sus pertenencias, ordenó la ropa en el pequeño armario y explicó a Inés algunos detalles de la rutina diaria.

—Si necesita algo durante la noche, puede tocar el timbre que está junto a la cama —le explicó.

—Perfecto.

Inés miró a su madre.

—¿Estás cómoda?

La anciana asintió.

—Sí.

Inés sonrió.

—Entonces me quedo tranquila.

Antes de marcharse, volvió a acercarse a Beatriz.

—Gracias por todo.

—No hay de qué.

—Nos vamos a volver a ver.

Beatriz sonrió.

—Sí.

Inés se marchó satisfecha.

Beatriz la observó alejarse desde una de las ventanas.

Esperó hasta que dejó de verla.

Recién entonces se apartó del vidrio.

Después regresó a sus tareas.

Con el paso de los días, la rutina del convento comenzó a resultarle familiar.

Ya no necesitaba preguntar dónde estaba cada cosa.

Sabía qué medicamentos había que preparar.

Conocía los horarios de la enfermería.

Sabía quién necesitaba ayuda para levantarse.

Quién prefería comer temprano.

Quién se quedaba dormido después del almuerzo.

Incluso en la cocina había aprendido rápidamente dónde estaba cada utensilio.

Las hermanas comenzaron a confiar en ella.

Y Aldana se había convertido en su compañía más cercana.

Pasaban buena parte del día juntas.

Trabajaban.

Conversaban.

Fumaban debajo del árbol cuando tenían un momento libre.

A veces simplemente permanecían en silencio.

No necesitaban hablar todo el tiempo.

La compañía de la otra comenzaba a ser suficiente.

Beatriz había aprendido a querer aquella tranquilidad.

Una tranquilidad que, hasta hacía poco tiempo, le parecía imposible.

La madre superiora también lo había notado.

Una tarde la llamó a su despacho.

—Beatriz.

—Sí, madre.

—Estoy muy contenta con usted.

Ella sonrió.

—Gracias.

—Ha trabajado mucho desde que llegó.

Beatriz bajó modestamente la mirada.

—Solo hago lo que puedo.

—Y lo hace muy bien.

La madre superiora hizo una pausa.

—Por eso quería decirle algo.

Beatriz levantó los ojos.

—Pronto me gustaría que pudiera comenzar a llamarse Sor Beatriz.

Beatriz quedó en silencio.

La frase pareció tardar unos segundos en llegarle completamente.

—¿Sor Beatriz?

—Sí.

—No sabía que...

La madre superiora sonrió.

—Hay ciertas etapas dentro de la comunidad. No ocurre de un día para el otro.

Beatriz asintió.

—Entiendo.

—Todavía tiene mucho por aprender.

—Claro.

—Pero ha demostrado compromiso, respeto y dedicación.

Beatriz agradeció.

Al salir del despacho, caminó lentamente por el pasillo.

Algunas de las hermanas la miraron y sonrieron.

Una de ellas incluso la felicitó.

—Muy bien, Beatriz.

Ella no comprendía completamente la importancia que aquello tenía para las demás.

Pero para las hermanas que habían recorrido ese camino antes, que la madre superiora hubiera mencionado la posibilidad de llamarla Sor Beatriz significaba mucho.

Era su primer logro desde que había llegado.

Y mientras caminaba hacia la cocina, Beatriz sintió algo que no esperaba sentir.

Orgullo.

Durante mucho tiempo había querido desaparecer.

Ahora, por primera vez, alguien parecía estar orgulloso de ella.

Y eso la hacía sentirse extrañamente bien.

Los días continuaron pasando.

La vida en el convento tenía una rutina que parecía no detenerse nunca.

Cada jornada comenzaba casi igual.

Las mismas tareas.

Los mismos pasillos.

Los mismos rostros.

Las mismas voces.

Pero una mañana, algo cambió.

Una de las ancianas había fallecido durante la madrugada.

La noticia recorrió el lugar en silencio.

Las hermanas se movieron con discreción.

No hubo gritos ni corridas.

Solo voces bajas y puertas que se cerraban lentamente.

Beatriz se quedó unos segundos inmóvil cuando se enteró.

Había conocido a aquella mujer.

Le había llevado medicamentos.

Había empujado su silla de ruedas.

Había conversado con ella, aunque algunas veces la anciana apenas respondía.

Ahora ya no estaba.

La idea le produjo una sensación extraña.

Hasta ese momento, la muerte había sido algo lejano.

Algo que sabía que existía.

Pero allí, dentro del convento, acababa de entrar silenciosamente en la rutina.

Poco después llegó el médico.

Entró a la habitación acompañado por una de las hermanas y permaneció allí unos minutos.

Finalmente salió y confirmó lo que todos ya sabían: la anciana había fallecido.

La madre superiora recibió la noticia con serenidad.

Se encargó de avisar a la familia y comenzó los preparativos para acompañarlos durante las horas siguientes.

Beatriz observaba en silencio.

Hasta entonces había pensado que el convento era solamente un lugar donde los ancianos recibían cuidados.

Ahora comprendía que también era el lugar donde muchas de aquellas personas pasaban sus últimos días.

La madre superiora reunió a las hermanas.

—Tenemos que acompañar a la familia —les dijo—. Es un momento difícil para ellos.

Las hermanas prepararon la habitación.

La anciana fue acomodada con cuidado y respeto.

Cuando llegaron sus familiares, la madre superiora los recibió personalmente.

Una de las hijas abrazó a la religiosa y comenzó a llorar.

—Gracias por cuidarla.

—Fue un honor hacerlo —respondió la madre superiora.

Las demás hermanas permanecieron cerca.

Nadie interrumpía.

Nadie hacía preguntas innecesarias.

Simplemente estaban allí.

Beatriz observaba todo.

Nunca había visto aquella parte del convento.

La muerte también formaba parte de la vida de aquellas mujeres.

Más tarde, el padre Rodolfo llegó.

Beatriz lo vio desde el otro extremo del pasillo.

Su cuerpo reaccionó antes que su cabeza.

Se dio vuelta.

Intentó mezclarse entre las demás hermanas.

No quería cruzarse con él.

Desde aquella confesión no había vuelto a entrar a la capilla.

Tampoco había vuelto al confesionario.

Rodolfo la vio.

No la llamó.

La dejó marcharse.

El sacerdote entró en la habitación donde estaba la anciana.

Los familiares se acercaron.

Las hermanas permanecieron alrededor.

Rodolfo comenzó el responso.

Su voz era tranquila.

Rezaba por el descanso de la mujer y acompañaba a sus familiares en aquel momento.

Beatriz escuchaba desde el pasillo.

No quería acercarse.

Pero tampoco podía dejar de escuchar aquella voz.

La misma voz que había escuchado detrás del confesionario.

La misma voz a la que le había dicho la verdad.

Maté a mi marido.

Beatriz cerró los ojos.

Intentó concentrarse en otra cosa.

Pero aquellas palabras regresaron a su cabeza.

Una vez.

Y otra.

Y otra vez.

Al terminar la ceremonia, los familiares agradecieron nuevamente a las hermanas.

La hija de la anciana abrazó a Beatriz.

—Gracias por cuidarla.

Beatriz sintió un nudo en la garganta.

—No tiene que agradecerme.

—Ella siempre hablaba de ustedes.

Beatriz sonrió.

—La vamos a extrañar.

La mujer volvió con su familia.

Beatriz permaneció unos segundos en el pasillo.

Entonces escuchó pasos detrás de ella.

No necesitó darse vuelta.

Sabía quién era.

Rodolfo se detuvo a unos metros.

No dijo nada.

Beatriz tampoco.

El silencio entre ambos parecía contener todo aquello que ninguno estaba dispuesto a pronunciar.

El sacerdote finalmente siguió caminando.

Ella esperó unos segundos antes de hacer lo mismo.

Desde aquella confesión, algo había cambiado entre ambos.

No había enojo.

No había rechazo.

Solo una verdad que ahora compartían.

Y un silencio que ninguno de los dos parecía dispuesto a romper todavía.

Después del responso, los familiares se encargaron de los últimos trámites.

La madre superiora permaneció junto a ellos durante un rato, respondiendo las preguntas que le hacían y acompañándolos en silencio.

Las hermanas habían hecho todo lo que estaba a su alcance.

Ahora la despedida pertenecía a la familia.

El féretro fue retirado del convento.

Beatriz permaneció junto a Aldana mientras lo llevaban hacia el vehículo que esperaba afuera.

Ninguna de las dos habló.

No hacía falta.

La hija de la anciana se acercó antes de subir al automóvil.

—Gracias por todo lo que hicieron por mi madre.

La madre superiora tomó sus manos.

—No tiene que agradecer.

La mujer abrazó a la religiosa.

Después se acercó a Beatriz.

—Usted también la cuidó.

Beatriz asintió.

—Era una mujer muy querida.

—Sí.

La mujer volvió junto a su familia.

El cortejo comenzó a alejarse.

Las hermanas permanecieron en la entrada del convento hasta que los vehículos desaparecieron de su vista.

Más tarde, algunas de ellas acompañaron a la familia hasta el cementerio.

Beatriz también fue.

El día estaba gris.

El viento movía suavemente las ramas de los árboles mientras el pequeño grupo avanzaba hacia el lugar donde sería sepultada la anciana.

El padre Rodolfo estaba allí.

Beatriz lo vio.

Esta vez no pudo evitarlo.

Pero tampoco quiso acercarse.

Permaneció junto a Aldana.

La familia se ocupó de la despedida.

Las hermanas permanecieron respetuosamente a un lado.

Rodolfo rezó unas últimas palabras.

Beatriz bajó la mirada.

Cuando todo terminó, los familiares fueron los primeros en acercarse al féretro.

Las hermanas se retiraron lentamente.

Ya no había nada más que hacer.

La vida continuaría en el convento.

Otro anciano ocuparía aquella habitación.

Otra comida sería servida.

Otra silla de ruedas recorrería los mismos pasillos.

Y quizás esa era la parte más extraña de todo.

La muerte se había llevado a una de ellas.

Pero el convento debía seguir funcionando.

La vida no se detenía.

Nunca se detenía.

Mientras regresaban, Aldana caminó junto a Beatriz.

Durante unos minutos ninguna habló.

Finalmente, Aldana rompió el silencio.

—¿Estás bien?

Beatriz miró hacia atrás.

El cementerio comenzaba a quedar lejos.

Observó durante unos segundos las últimas filas de árboles.

Después volvió la mirada hacia el camino.

—Sí.

Y esta vez no estaba mintiendo.

Al menos no completamente.
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Sorpresa. Capítulo 8

Los días comenzaron a sucederse con cierta normalidad.
Beatriz se había acostumbrado a la rutina del convento.
Por las mañanas ayudaba en la enfermería. Acompañaba a las hermanas cuando tenían que atender a alguno de los ancianos, acomodaba medicamentos y colaboraba con todo lo que le pedían.
También ayudaba en la cocina.
Pelaba papas.
Lavaba verduras.
Ordenaba los utensilios.
Poco a poco, las tareas habían dejado de parecerle extrañas.
Una mañana, la madre superiora se acercó mientras Beatriz acomodaba unas cajas.
—Necesito que vaya a la farmacia.
Le entregó una lista.
—Son medicamentos para algunos de los residentes.
—Claro.
Beatriz tomó el papel.
Se puso un abrigo y salió.
La calle estaba bastante transitada.
Caminó mirando hacia adelante, intentando no prestar atención a las personas que pasaban a su lado.
Llegó a la farmacia.
Esperó.
Mientras aguardaba, miró hacia la puerta.
Una mujer policía entró.
Beatriz sintió un pequeño sobresalto.
Bajó la mirada.
Intentó hacerse a un lado.
La mujer pasó cerca de ella.
—¡Beatriz!
La voz la paralizó.
Levantó la cabeza.
Era Inés.
—Hola —dijo Inés con una sonrisa.
Beatriz respondió casi sin expresión.
—Hola.
—¿Cómo estás?
—Bien.
—¿Y el convento?
—Bien.
Beatriz miró hacia el mostrador.
—Tengo que esperar los medicamentos.
—Claro.
—Me están esperando.
Inés notó la respuesta seca.
—Bueno, no te entretengo.
—Gracias.
Beatriz se apartó.
Inés continuó observándola unos segundos.
—Nos vemos.
Beatriz apenas levantó una mano.
—Sí.
Cuando Inés salió de la farmacia, Beatriz soltó lentamente el aire que había estado conteniendo.
Recibió los medicamentos.
Los guardó.
Y regresó al convento.
Por la tarde, como había comenzado a hacerlo cada día, Beatriz fue a la capilla.
El confesionario estaba ocupado.
Un anciano esperaba sentado en uno de los bancos.
Beatriz tomó asiento.
Esperó.
El hombre entró.
Pasaron varios minutos.
Finalmente salió.
Beatriz se levantó.
Caminó hacia el confesionario.
Abrió la puerta.
Rodolfo estaba del otro lado.
—Beatriz.
—Padre.
El sacerdote pareció sorprendido.
—No esperaba verla.
Ella se sentó.
Hubo un silencio.
Entonces Beatriz preguntó:
—Padre...
—Sí.
—Si alguien viene a confesarse y le cuenta que cometió un crimen... ¿usted lo denuncia a la policía?
Rodolfo permaneció inmóvil.
—No necesariamente, hija.
Hizo una pausa.
—Pero estoy preocupado por vos.
Beatriz bajó la mirada.
Recordó las palabras que debía decía al confesarse.
Respiró profundamente.
—Padre...
—Decime.
—He pecado.
Rodolfo cerró los ojos por un instante.
—Decime, hija.
Beatriz tardó varios segundos.
—Maté a mi marido.
El silencio fue absoluto.
Rodolfo quedó helado.
No respondió.
Beatriz continuó mirando hacia adelante.
—¿Estás arrepentida?
Ella negó con la cabeza.
—No.
Rodolfo respiró profundamente.
—Beatriz...
—Lo volvería a hacer.
La voz comenzó a quebrarse.
—Lo volvería a hacer.
Y entonces empezó a llorar.
Primero fueron unas pocas lágrimas.
Después el llanto se volvió incontenible.
Rodolfo intentó mantener la calma.
—Tranquila.
—No puedo.
—Respirá.
—No puedo.
—Beatriz, escuchame.
Ella se cubrió el rostro.
—No puedo volver.
—Tenés que entregarte.
Beatriz levantó la cabeza.
—No.
—Hija...
—No.
—Lo que hiciste es grave.
—Lo sé.
—Entonces tenés que enfrentar lo que hiciste.
Beatriz negó desesperadamente.
—La justicia no sirve.
—¿Por qué decís eso?
Ella lo miró a través de la pequeña rejilla del confesionario.
—Porque la justicia es ciega.
Rodolfo no respondió.
Beatriz se secó las lágrimas.
—No ve lo que realmente tiene que ver.
El sacerdote permaneció en silencio.
Ahora entendía que detrás de aquella mujer había mucho más de lo que había imaginado.
Y por primera vez, la pregunta ya no era solamente qué había hecho Beatriz.
Sino por qué había tenido que hacerlo.
Rodolfo permaneció en silencio unos segundos.
Del otro lado del confesionario podía escuchar el llanto de Beatriz.
—¿Fue algo planeado? —preguntó finalmente, con voz serena.
Beatriz negó con la cabeza.
—No.
—Entonces, ¿qué ocurrió?
Ella respiró profundamente.
—Fue en defensa propia.
Rodolfo esperó.
—¿Tu marido te estaba haciendo daño?
Beatriz tardó en responder.
—Sí.
—¿Te atacó?
—Sí.
La voz de Beatriz comenzó a quebrarse nuevamente.
—Yo intenté defenderme.
Rodolfo bajó la mirada.
—¿Y después?
Beatriz cerró los ojos.
—Después...
No pudo continuar.
Se llevó una mano al rostro.
—Después descargué toda mi furia contra él.
El sacerdote permaneció quieto.
—¿Qué querés decir con eso?
Beatriz empezó a llorar nuevamente.
—Todo lo que había guardado durante años...
Su respiración se hizo entrecortada.
—Toda la rabia...
Rodolfo escuchaba sin interrumpir.
—No sé qué me pasó, padre.
Beatriz se cubrió el rostro.
—No sé qué me pasó.
El llanto aumentó.
Rodolfo habló suavemente.
—Beatriz, no tenés que contarme más de lo que puedas soportar.
Ella se levantó de golpe.
Abrió la puerta del confesionario.
—Perdón.
—Beatriz...
Ella salió de la capilla.
Caminó rápidamente por el pasillo.
—Hija, esperá.
Pero Beatriz no se detuvo.
Rodolfo podría haber salido detrás de ella.
No lo hizo.
Permaneció sentado dentro del confesionario.
Sabía que en ese momento seguirla podía ser peor.
Necesitaba darle espacio.
Beatriz llegó a su habitación y cerró la puerta.
Se apoyó contra ella.
Volvió a llorar.
Mientras tanto, en la capilla, Rodolfo permaneció inmóvil.
Había escuchado una confesión que jamás hubiera imaginado recibir.
Pero había algo que lo preocupaba todavía más.
Beatriz no había hablado como una mujer que quisiera justificar lo ocurrido.
Había hablado como alguien que llevaba demasiado tiempo intentando escapar de aquello.
Y ahora el pasado había comenzado a alcanzarla.
Beatriz tardó un rato en salir de su habitación.
Cuando finalmente lo hizo, tenía los ojos todavía enrojecidos.
Se acomodó el cabello frente al pequeño espejo y respiró profundamente.
Después salió.
El convento seguía funcionando como siempre.
Los ancianos necesitaban atención.
Había ropa que doblar.
Medicamentos que acomodar.
Platos que llevar a la cocina.
La vida continuaba.
Beatriz volvió a sus tareas.
Pero algo había cambiado.
Estaba mucho más callada.
Aldana lo notó desde el primer momento.
—¿Estás mejor?
—Sí.
—¿Seguro?
—Sí.
—¿Hablaste con el padre hoy?
Beatriz siguió acomodando unas prendas.
—Sí.
—¿Y?
—Nada.
Aldana esperó alguna explicación.
No llegó.
—Bueno —dijo finalmente—. Si no querés hablar, no hables.
Beatriz asintió.
La confesión había abierto una puerta que ella creía cerrada con llave.
Una puerta que durante mucho tiempo había mantenido escondida.
Había llegado al convento con una intención sencilla: desaparecer.
Permanecer oculta.
Dejar atrás su vida.
Construir otra.
Pero ahora aquella intención se había esfumado.
Había hablado.
Había pronunciado las palabras que jamás pensó decir en voz alta.
Maté a mi marido.
Y ahora esas palabras existían también fuera de su cabeza.
—Aldana...
—¿Sí?
Beatriz dejó lo que estaba haciendo.
—El padre es de confiar, ¿no?
Aldana la miró.
—Sí, Beatriz.
—¿Estás segura?
—Si él no es de confiar, la verdad es que no sé quién lo sería.
Beatriz bajó la mirada.
—¿Por qué?
Aldana esperó.
Beatriz reaccionó rápidamente.
—Preguntaba.
Aldana no insistió.
Sacó un paquete de cigarrillos del bolsillo.
—Tengo cigarrillos.
Lo dijo como si hubiera encontrado la solución a todos los problemas.
Beatriz la miró.
—¿Vamos?
—Vamos.
—Me va a venir bien.
Salieron al jardín.
Llegaron hasta el árbol donde solían sentarse.
Aldana encendió los cigarrillos y le pasó uno.
Durante unos minutos ninguna habló.
El humo se perdía entre las ramas.
—¿Sabés qué? —dijo Aldana.
—¿Qué?
—Nunca te pregunté por esa cicatriz.
Beatriz se llevó instintivamente una mano debajo del ojo izquierdo.
—¿Esta?
—Sí.
Beatriz dio una pitada.
—Me golpeé con una hamaca mientras hamacaba...
Se detuvo.
La respuesta había salido demasiado rápido.
Aldana la miró.
—¿A quién hamacabas?
Beatriz quedó en silencio.
Pensó durante un segundo.
—A la hija de una mujer que cuidaba.
Aldana no dijo nada.
La observó.
Beatriz también la miró.
El cigarrillo de Aldana se consumía lentamente entre sus dedos.
El silencio ocupó el lugar de las palabras.
Finalmente, Aldana apagó el cigarrillo.
—Tenemos que volver.
—Sí.
Regresaron al interior.
El resto de la tarde transcurrió entre las tareas habituales.
Cuando llegó la noche, Beatriz volvió a su habitación.
Cerró la puerta.
Se acercó a la cama.
Miró el crucifijo.
Durante unos segundos tuvo el impulso de cubrirlo.
Tomó la remera.
La levantó.
Pero se detuvo.
Recordó las palabras de la madre superiora.
No quiero volver a verlo tapado.
Bajó la remera.
Dejó el crucifijo descubierto.
Beatriz se acostó.
Apagó la luz.
Entonces vio algo sobre la mesita de luz.
Una pequeña estampita.
La tomó.
La luz de la calle entraba débilmente por la ventana y le permitió distinguir la imagen.
San Juan Nepomuceno.
Beatriz la observó durante unos segundos.
Recordó al padre Rodolfo.
Entendió.
Él se la había dejado.
Volvió la estampita.
En el reverso había una oración.
Beatriz comenzó a leerla en voz baja.
Sus palabras apenas llenaban la habitación.
Cuando terminó, dejó la estampita sobre la mesita.
Miró una última vez el crucifijo.
Esta vez no lo cubrió.
Cerró los ojos.
Y se quedó dormida.
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