Cafecito
Imagen de portada
Imagen de perfil

Gsabelli

Escritura y literatura
2Seguidos
5Seguidores

LA HABITACIÓN QUE NO EXISTE

LA HABITACIÓN QUE NO EXISTE
Damián Orsini llegó a El Cenáculo–La Montonera un martes por la mañana.
Había manejado casi una hora desde Buenos Aires sin escuchar la radio.
No era algo habitual en él. Siempre necesitaba ruido durante los viajes largos, pero aquella mañana había preferido el silencio.
Cuando estacionó frente a la recepción permaneció unos segundos dentro del auto.
Miró el edificio.
Después el campo.
Respiró profundamente.
—Bueno...
Bajó con un bolso pequeño en una mano.
Tenía cuarenta y siete años, era delgado, de cabello castaño oscuro con algunas canas en las sienes. Vestía jean, zapatos negros y una camisa gris.
No había nada particularmente llamativo en él.
Salvo por un detalle.
Llevaba un chupetín en la boca.
Damián fumaba desde los veinte años y llevaba tiempo intentando dejarlo. Había decidido reemplazar los cigarrillos por chupetines.
No sabía si funcionaría.
Pero necesitaba tener algo en la boca.
Darío apareció detrás del mostrador.
—Buen día.
Damián retiró el chupetín.
—Buen día.
—¿Damián Orsini?
—Sí.
—¿Cuatro noches?
—Sí.
Darío revisó unos papeles.
—Vino solo.
—Sí.
—¿Por descanso?
Damián volvió a colocarse el chupetín.
—Más o menos.
Darío levantó la mirada.
—¿Más o menos?
Damián sonrió apenas.
—Necesitaba estar lejos.
Darío no preguntó de qué.
Le explicó los horarios, las comidas y las actividades del lugar.
Mientras escuchaba, Damián observaba.
La puerta de entrada.
Las ventanas.
El pasillo.
La salida lateral.
El patio.
No parecía buscar nada.
Pero miraba todo.
Darío le entregó una llave.
—Habitación doce.
—¿Está lejos?
—Pasando el comedor. Segunda puerta a la derecha.
Damián guardó la llave.
—Gracias.
Caminó hacia las habitaciones.

La habitación era sencilla.
Una cama, una mesa de luz, un armario, un escritorio y una ventana que daba al campo.
Damián dejó el bolso.
Después recorrió el lugar con la mirada.
Abrió el armario.
Miró detrás de la puerta.
Observó debajo de la cama.
Finalmente se sentó.
Se quitó el chupetín y lo sostuvo entre los dedos.
Afuera, el viento movía lentamente las ramas.
Damián permaneció unos minutos mirando por la ventana.
Después volvió a colocarse el chupetín.

El primer día pasó sin inconvenientes.
Damián almorzó solo.
Se sentó en una mesa desde la que podía observar el comedor.
Una pareja discutía en voz baja.
Dos hombres hablaban de fútbol.
Una mujer leía.
Damián parecía distraído, pero registraba cada detalle.
Después caminó por el predio.
No llevaba teléfono ni escuchaba música.
Simplemente caminaba.
Al regresar pasó junto a Darío.
—¿Todo bien?
—Muy bien.
—¿Le gusta el lugar?
Damián miró los árboles.
—Sí.
—Es tranquilo.
—Eso buscaba.
Esa noche cenó temprano.
Antes de acostarse comprobó dos veces que la puerta estuviera cerrada.
Después apagó la luz.

A las dos y diecisiete de la madrugada se despertó.
No supo por qué.
Permaneció inmóvil.
Entonces escuchó un golpe.
Tac.
Se incorporó.
Otro.
Esta vez parecía venir de la pared detrás de la cama.
Encendió la luz.
Miró la pared.
Nada.
Se acercó y apoyó una mano.
Silencio.
Entonces escuchó tres golpes.
Tac.
Tac.
Tac.
Damián retiró lentamente la mano.
No volvió a dormir.

A la mañana siguiente no dijo nada.
Desayunó solo.
Darío pasó cerca de su mesa.
—¿Durmió bien?
—Sí.
Damián terminó el café.
Intentó olvidarse de los golpes.
Lo consiguió hasta la madrugada siguiente.
A las dos y diecisiete volvió a despertarse.
Esta vez los golpes parecían venir del otro lado de la pared.
Después escuchó una respiración.
Lenta.
Profunda.
Y un grito.
Damián salió al pasillo.
No había nadie.
—¡Darío!
El hombre apareció unos segundos después.
—¿Qué pasó?
—Hay alguien.
—¿Dónde?
Damián señaló la pared.
—En la habitación de al lado.
Darío la observó.
—No hay ninguna habitación al lado de la suya.
—Sí hay. La escuché.
—Su habitación está en el extremo del pasillo. De ese lado solamente está la pared exterior.
Damián quedó callado.
—Probablemente sea una tubería o alguna rama contra la pared —dijo Darío—. Trate de descansar.
Damián lo miró.
—¿Está seguro de que no hay otra habitación detrás de esa pared?
Darío sonrió.
—Completamente.
Y se fue.
Damián esperó hasta que desapareció.
Entonces escuchó nuevamente el golpe.
Tac.
Otro.
Tac.
Se acercó a la pared.
Apoyó la palma.
Nada.
Retiró la mano.
Tres golpes respondieron desde el otro lado.
Tac.
Tac.
Tac.
Damián retrocedió.
El chupetín había quedado en el suelo.
Lo recogió y volvió a su habitación.
Cerró la puerta.
La trabó.
Permaneció de pie en medio de la oscuridad.
Esperó.
Nada.
Finalmente se acostó.
A las 3:06 escuchó tres golpes en la puerta.
Tac.
Tac.
Tac.
Damián se incorporó.
No vio pies debajo de la puerta.
Entonces escuchó una voz.
—Damián...
Se quedó paralizado.
—Abrime.
Damián retrocedió.
La voz volvió a escucharse.
—Damián...
Había algo familiar en ella.
Algo que le produjo un miedo distinto.
No abrió.
Una respiración comenzó a escucharse del otro lado.
Damián corrió hacia la ventana.
La abrió.
Saltó.

Corrió por el campo.
No sabía hacia dónde.
Solo quería alejarse.
Después de varios minutos se detuvo junto a un árbol.
Miró hacia atrás.
Nada.
Respiró.
Volvió caminando hacia los edificios.
Entró por una puerta lateral.
Subió una escalera.
Cuando llegó frente a su habitación se detuvo.
La puerta estaba abierta.
Desde el interior llegó el sonido de una silla arrastrándose.
Damián retrocedió.
Entonces vio una figura reflejada en el vidrio de una ventana.
Un hombre.
Quieto.
Damián giró.
No había nadie.
Volvió a mirar el vidrio.
El hombre estaba allí.
Vestía ropa oscura.
Tenía un cuchillo en la mano.
El rostro permanecía oculto.
Damián corrió.

Atravesó el comedor.
Una mujer lo vio pasar.
—¿Está bien?
Damián no respondió.
Salió al jardín.
Escuchó pasos detrás.
Se dio vuelta.
La criatura corría hacia él.
—¡Ayuda!
Un hombre salió de una habitación.
—¿Qué pasa?
—¡Corre!
El hombre miró detrás de Damián.
—¿Quién te persigue?
Damián señaló.
La criatura estaba a pocos metros.
El hombre no vio nada.
—¿Quién?
Damián retrocedió.
La criatura levantó el cuchillo.
Damián se apartó.
El hombre cayó al suelo.
Damián gritó y salió corriendo.

Desde ese momento la criatura no volvió a darle descanso.
Damián atravesó pasillos, patios y habitaciones.
Intentaba pedir ayuda, pero nadie veía al hombre que lo perseguía.
Una mujer salió al pasillo.
Damián le gritó que cerrara la puerta.
Ella no entendió.
La criatura apareció detrás de ella.
Damián siguió corriendo.
Más adelante encontró a dos hombres.
—¡Ayúdenme!
—¿Qué pasó?
—¡Hay un hombre con un cuchillo!
Los hombres miraron hacia donde señalaba.
No vieron nada.
Damián escuchó los pasos acercándose.
—¡Corran!
No corrieron.
Damián cerró los ojos.
Escuchó un grito.
Cuando volvió a abrirlos, estaba solo.

Llegó hasta el edificio principal.
Encontró a Darío detrás del mostrador.
—¡Darío!
—¿Qué pasa?
—Me está siguiendo.
—¿Quién?
Damián señaló el pasillo.
La criatura estaba allí.
Esperándolo.
—Él.
Darío miró.
No había nadie.
—Damián, necesita descansar.
—No estoy loco.
—No dije eso.
—Usted no puede verlo.
Darío suspiró.
—Voy a llamar a alguien.
Damián palideció.
—No.
—Necesita ayuda.
—No llame a nadie.
Darío tomó el teléfono.
Damián observó cómo marcaba.
Algo cambió en su expresión.
—Darío.
—Voy a pedir ayuda.
—No lo haga.
Darío continuó marcando.
Damián se abalanzó sobre él.
Los dos cayeron contra una mesa.
El teléfono salió despedido.
—¡¿Qué está haciendo?!
—¡No llame a la policía!
Damián levantó el puño.
Se detuvo.
Miró su propia mano.
Durante un instante pareció horrorizado.
—Yo no...
Darío aprovechó para escapar.
Corrió por el pasillo.
—¡Ayuda!
Dos personas aparecieron.
—¿Qué pasa?
—¡Llamen a la policía!
Damián llegó detrás.
Miró a los dos.
Después miró a la criatura.
Estaba junto a ellos.
El cuchillo en la mano.
Damián cerró los ojos.
Cuando los abrió, uno de los hombres estaba en el suelo.
El otro había escapado.
Damián miró sus manos.
—No...
La criatura permanecía frente a él.
—Vos me obligaste.
El hombre no respondió.
Damián comenzó a llorar.
—Vos me obligaste.
Y volvió a correr.

Darío consiguió encerrarse en una oficina.
Tomó el teléfono fijo.
Marcó.
—Policía...
Damián golpeó la puerta.
¡PUM!
—¡Abra!
Otro golpe.
¡PUM!
—¡Damián, tranquilícese!
—¡Abra!
Darío mantuvo el teléfono contra el oído.
—Hay un hombre acá. Está armado.
Damián volvió a golpear.
La puerta comenzó a ceder.
—Se llama Damián Orsini.
Darío escuchó la respuesta.
Su rostro cambió.
—¿Qué?
Escuchó nuevamente.
—¿Está seguro?
Permaneció unos segundos en silencio.
—Entiendo.
Colgó.
La puerta se abrió.
Damián apareció.
—¿Qué le dijeron?
Darío retrocedió.
—Ya sé quién es usted.
Damián quedó inmóvil.
—¿Qué?
—La policía conoce su nombre.
Damián no respondió.
—Usted es buscado.
—No.
—Hay varios asesinatos relacionados con usted.
Damián cerró los ojos.
—No sabe nada.
—Me dijeron que no intente enfrentarlo.
Damián levantó lentamente la cabeza.
Su expresión había cambiado.
—¿Qué más le dijeron?
—Que es peligroso.
Damián sonrió.
Una sonrisa vacía.
—Ya es tarde.

Darío corrió.
Damián fue detrás.
El hombre intentó llegar a otra salida, pero Damián lo alcanzó.
Lo tomó de la camisa.
—¿Dónde está el teléfono?
—No lo sé.
—Mentira.
Darío intentó soltarse.
Damián lo empujó contra la pared.
Entonces vio a la criatura.
Estaba detrás de Darío.
El cuchillo levantado.
Damián se quedó inmóvil.
Comprendió algo que hasta ese momento no había querido aceptar.
La criatura nunca lo había atacado.
Nunca.
Siempre aparecía.
Siempre lo perseguía.
Pero quienes morían eran las personas a las que Damián había enfrentado.
La criatura solamente observaba.
Damián había tomado el cuchillo.
Había golpeado.
Había perseguido.
Había matado.
La criatura inclinó lentamente la cabeza.
Damián soltó a Darío.
—Vos no existís.
Darío lo miró desconcertado.
—¿De qué habla?
Damián no le respondió.
Miraba al hombre que tenía delante.
—Sos yo.
La criatura levantó el cuchillo.
Damián retrocedió.
—Sos todo lo que hice.
Por primera vez, la criatura mostró su rostro.
Damián lo reconoció.
Era él.
Su misma cara.
Sus mismos ojos.
La misma cicatriz junto a la ceja.
El mismo hombre que había intentado esconder durante años.
El asesino.
Damián cerró los ojos.

Corrió hasta su habitación.
Darío permaneció detrás.
No sabía qué estaba haciendo.
Solo sabía que aquel hombre era peligroso.
Y que debía avisar a la policía.
Damián entró en la habitación doce.
La criatura estaba allí.
Esperándolo.
Damián miró la pared.
—Acá empezó.
Apoyó la mano.
Tres golpes respondieron desde el otro lado.
Tac.
Tac.
Tac.
Damián sonrió tristemente.
—Nunca hubo ninguna habitación.
Se dio vuelta.
La criatura estaba frente a él.
El cuchillo en la mano.
Damián no retrocedió.
—Se terminó.
La criatura avanzó.
Damián dio un paso hacia ella.
Cerró los ojos.
Y se dejó caer sobre el cuchillo.

Darío escuchó un grito.
Después un golpe.
Corrió hasta la habitación.
Damián estaba en el suelo.
El cuchillo había caído junto a su mano.
Darío se quedó inmóvil.
—Damián...
No hubo respuesta.
Miró alrededor.
No había nadie más.
Ninguna criatura.
Ningún hombre.
Ninguna habitación detrás de la pared.
Solamente Damián.
Y su último aliento.
Horas después, los investigadores revisaron el lugar.
Encontraron las pertenencias de Damián.
Encontraron pruebas que lo relacionaban con varios asesinatos cometidos durante los últimos años.
Pero nunca encontraron la habitación de al lado.
Porque no existía.
Tampoco encontraron al hombre del cuchillo.
Darío intentó explicar lo sucedido.
Habló de los golpes.
De la voz.
De la forma en que Damián miraba hacia lugares vacíos.
De la última conversación.
Pero había algo que no podía explicar.
Damián había dicho que la criatura era él mismo.
Y nadie sabía si aquella frase había sido una confesión, una alucinación o ambas cosas.

Durante las semanas siguientes, la habitación doce permaneció cerrada.
Una tarde, Darío entró para retirar algunas pertenencias.
Todo estaba vacío.
La cama tendida.
El armario abierto.
La mesa limpia.
Darío caminó hasta la pared.
La observó durante unos segundos.
Después apoyó una mano.
Nada.
Sonrió.
—No hay ninguna habitación.
Se dio vuelta.
Caminó hacia la puerta.
Entonces escuchó tres golpes.
Tac.
Tac.
Tac.
Darío se detuvo.
No volvió a mirar.
Siguió caminando.
Y cerró la puerta detrás de él.
Ver más

San Jón

—¡Vos siempre hacés lo mismo!
—¿Qué cosa hago ahora?
—¡No te hagas el desentendido, Aureliano! Sabés perfectamente de qué estoy hablando.
—No, Ofelia. La verdad, no. Hace veinte minutos que venís repitiendo lo mismo y todavía no consigo entender cuál es el problema.
—¡El problema es que no te das cuenta de nada!
Aureliano apretó los labios y volvió a concentrarse en la ruta. Llevaba las dos manos sobre el volante, aunque una de ellas tenía la tentación permanente de levantarse para acompañar alguna respuesta que, por el momento, prefería guardarse.
El viaje a Bariloche había sido maravilloso. Al menos durante los primeros días. Habían paseado, sacado fotografías, comido en restaurantes, visitado lugares que Ofelia había anotado cuidadosamente en una libreta y gastado bastante más dinero del que Aureliano había calculado.
Pero todo eso había quedado atrás.
Faltaban apenas unos días para regresar a casa y el viaje, que había comenzado como una escapada romántica, se había transformado en una sucesión de reproches.
La discusión había empezado esa misma noche, durante la cena.
Una moza joven, de sonrisa amable y cabello recogido, se había acercado a la mesa para tomarles el pedido. Aureliano, que tenía la costumbre de conversar con cualquiera que le prestara un poco de atención, le había dicho que tenía una sonrisa muy bonita.
Nada más.
Un comentario inocente, según él.
Una falta de respeto imperdonable, según Ofelia.
—¿Era necesario que le dijeras eso?
—¿Qué cosa?
—¡Que tenía una sonrisa hermosa!
—Pero si la chica estaba sonriendo. ¿Qué querías que le dijera? ¿Que tenía cara de pocos amigos?
—No te hagas el gracioso.
—No me hago el gracioso. Le hice un comentario amable.
—Sí, claro. Siempre sos muy amable con las mujeres jóvenes.
Aureliano había intentado cambiar de tema, pero Ofelia tenía una capacidad extraordinaria para encontrar motivos de discusión incluso cuando no los había.
Y ahora, de regreso al hotel, el asunto había vuelto a aparecer con más fuerza que antes.
—Además, no es la primera vez —continuó ella—. En el supermercado te quedaste mirando a la cajera.
—¡Ofelia, por favor! ¡Era una señora de sesenta años!
—¿Y eso qué tiene que ver?
—¡Que podría haber sido mi madre!
—Siempre tenés una explicación.
—Y vos siempre tenés un problema.
Ofelia giró la cabeza hacia la ventanilla.
—Me tenés podrida.
—Y vos a mí me tenés podrido.
El silencio duró apenas unos segundos.
—¿Sabés qué pasa, Aureliano? Que nunca ves lo que necesito. Nunca. Yo organizo todo, pienso en los dos, me ocupo de las cosas y vos vas por la vida como si nada te importara.
—¿Y qué querés que haga? ¿Que te agradezca cada cinco minutos?
—No. Quiero que alguna vez tengas un detalle conmigo.
—¿Como cuál?
—No sé. Algo. No tengo que explicarte todo.
Aureliano soltó una carcajada seca.
—¡Ah, bueno! Tengo que adivinar.
—No te rías.
—Es que ya no sé si estoy casado o participando de un concurso de preguntas y respuestas.
Ofelia lo miró con indignación.
—Sos un idiota.
—Y vos una insoportable.
La ruta se extendía delante de ellos, iluminada por los faros del vehículo. La noche había caído y el tránsito era escaso. Aureliano conducía con cierta tranquilidad, aunque la conversación comenzaba a ponerlo nervioso.
En el interior del auto se escuchaba el motor, el roce de los neumáticos contra el asfalto y la voz de Ofelia, que parecía haber encontrado nuevas razones para continuar.
—Encima, cuando te digo algo, me contestás mal.
—Porque no puedo decir una palabra sin que la conviertas en una discusión.
—¡Porque no escuchás!
Aureliano respiró profundamente.
Miró por el espejo retrovisor.
Allí estaba.
Pequeño, de yeso, con una túnica marrón y una expresión que pretendía transmitir serenidad. Colgaba de una cuerda fina, balanceándose suavemente con cada movimiento del vehículo.
Ofelia lo había comprado en una iglesia durante una de sus excursiones. Había insistido en que debían llevarlo porque era un santo protector de los viajeros.
Desde entonces, el muñeco ocupaba un lugar privilegiado junto al espejo retrovisor.
Aureliano nunca había entendido demasiado aquella devoción. Pero tampoco le había dado importancia.
Hasta esa noche.
—¡Y encima tenemos que llevar a este santo de mierda colgado acá! —exclamó, señalándolo con un movimiento de la cabeza—. ¡Como si nos hiciera falta alguien más que nos esté vigilando!
Ofelia abrió los ojos.
—¡No te metas con el santo!
—¿Qué santo, Ofelia? ¿Qué puede hacer ese pedazo de yeso?
—¡Es San cristóbal! Y lo compré para que nos protegiera durante el viaje.
—¡Pues decile que haga algo con vos, porque no te aguanto más!
Ofelia levantó la mano y le dio un cachetazo al pequeño muñeco.
El golpe hizo que la figura saliera disparada hacia adelante.
La cuerda se tensó.
El santo chocó contra el parabrisas y regresó violentamente hacia atrás.
Aureliano apenas tuvo tiempo de girar la cabeza.
El muñeco le pegó de lleno en el ojo derecho.
—¡La puta madre!
El dolor lo hizo cerrar ambos ojos por un instante. Instintivamente levantó una mano para cubrirse la cara y el auto se desvió hacia la derecha.
—¡Aureliano! ¡El volante!
—¡No veo!
El vehículo abandonó el asfalto.
Las ruedas delanteras mordieron la banquina y comenzaron a sacudir el automóvil. Aureliano intentó corregir la dirección, pero el movimiento brusco terminó empeorando las cosas.
—¡Agarrate!
Ofelia alcanzó a sujetarse del tablero.
El auto avanzó unos metros más, golpeó contra una irregularidad del terreno y perdió definitivamente el control.
Después vino el golpe.
Un estruendo seco, seguido de otro más fuerte.
El vehículo cayó en un zanjón profundo, rebotó contra uno de sus laterales y terminó detenido en una posición inclinada, con el motor todavía encendido.
Durante unos segundos no hubo palabras.
Ni reproches.
Ni acusaciones.
Solamente el ruido del motor y la respiración agitada de dos personas que intentaban comprender qué acababa de suceder.
Aureliano abrió lentamente el ojo izquierdo.
—¿Estás bien?
Ofelia no contestó.
Tenía las manos apoyadas sobre el pecho y miraba hacia adelante, inmóvil.
—Ofelia...
—¿Qué?
—¿Estás bien?
Ella giró lentamente la cabeza.
—Creo que sí.
Aureliano se tocó la cara.
—Me parece que me sacaste un ojo.
—¡Yo no te saqué ningún ojo!
—¡Me tiraste el santo en la cara!
—¡Yo no sabía que iba a volver!
—¡Era cuestión de física, Ofelia! ¡Lo golpeaste y volvió!
Ella lo miró unos segundos. Después se llevó una mano a la boca.
—¿Qué?
—¡Que casi nos matamos por un muñeco!
Ofelia comenzó a reírse.
Primero fue una risa nerviosa, contenida, de esas que aparecen cuando el cuerpo todavía no terminó de procesar el miedo. Después se convirtió en una carcajada imposible de controlar.
Aureliano la observó sin entender.
—¿De qué te reís?
—De tu cara.
—¿De mi cara?
—¡Tenés un ojo cerrado y el pelo todo parado!
Aureliano intentó acomodarse en el asiento, pero el dolor alrededor del ojo lo hizo quejarse.
—No tiene ninguna gracia.
Ofelia volvió a reírse.
Él quiso mantener la seriedad, pero terminó contagiándose.
En cuestión de segundos, los dos estaban riéndose dentro del auto, todavía temblando, con la adrenalina recorriéndoles el cuerpo y la certeza de que habían estado a punto de protagonizar una tragedia por una discusión absurda.
Cuando consiguieron tranquilizarse, Aureliano miró hacia el espejo retrovisor.
El pequeño San cristóbal seguía colgando de su cuerda, torcido, con una pequeña marca blanca en la cabeza.
—Mirá cómo quedó tu santo —dijo.
Ofelia lo observó.
—No te burles. Nos protegió.
Aureliano la miró con el ojo sano.
—¿Nos protegió?
—Sí. Estamos vivos.
—Ofelia, nos hizo caer en un zanjón.
—Pero estamos vivos.
Aureliano negó con la cabeza y soltó una carcajada.
—La próxima vez comprá uno que proteja de verdad.
—La próxima vez manejá con los dos ojos abiertos.
—¡Por tu culpa tengo uno cerrado!
Volvieron a reírse.
Después de comprobar que ninguno tenía heridas importantes, consiguieron salir del vehículo y pedir ayuda. La noche terminó con una grúa, una visita a una guardia médica y un automóvil que necesitaría bastante más que un lavado para volver a circular.
Ya de madrugada, sentados en la habitación del hotel, Ofelia observó el pequeño santo que Aureliano había dejado sobre la mesa de luz.
—Mañana lo voy a llevar a bendecir —dijo.
Aureliano, que tenía un apósito alrededor del ojo, la miró con incredulidad.
—¿Después de lo que nos hizo?
—No seas injusto. Nos cuidó.
—¡Nos mandó al zanjón!
—Pero no nos pasó nada.
Aureliano se acomodó en la cama y la miró durante unos segundos.
—¿Sabés una cosa?
—¿Qué?
—Creo que el santo se cansó de escucharnos discutir.
Ofelia sonrió.
—Y sí. Pobre San cristóbal.
Aureliano apagó la luz.
Por primera vez en varios días, se durmieron sin discutir.
Aunque, antes de cerrar los ojos, él todavía tuvo tiempo de murmurar:
—Eso sí, mañana lo sacás del auto.
—Ni se te ocurra.
—Ofelia...
—Buenas noches, Aureliano.
Él suspiró.
Al parecer, el viaje todavía no había terminado.
Ver más

La tranquera.

La primera vez que Lisandro vio a Malena fue un martes.

No recordaba qué día del mes era, pero sí la lluvia. No llovía demasiado. Apenas una de esas lloviznas finas que parecen quedarse suspendidas en el aire y que, sin que uno termine de advertirlo, acaban mojándolo todo.

Ella estaba acomodando unas cajas junto a la puerta del salón de catequesis. Lisandro llevaba apenas unos meses en el seminario y todavía recorría los pasillos con esa mezcla de entusiasmo y temor de quien cree haber encontrado el camino que seguirá durante el resto de su vida.

—¿Me ayudás con esto?

Lisandro levantó la mirada.

Fue la primera vez que escuchó su voz.

—Sí, claro.

Se acercó y tomó una de las cajas. No era pesada, pero ella la sostenía desde un extremo y pareció agradecer que alguien le diera una mano.

Eso fue todo.

Una caja. Una respuesta. Una mirada que duró apenas un segundo más de lo necesario.

No ocurrió nada aquel día. Al menos, eso creyó Lisandro.

Durante las semanas siguientes se cruzaron muchas veces. Malena llegaba para dar catequesis y él colaboraba con algunas tareas de la parroquia. Al principio apenas se saludaban. Después empezaron a conversar. Primero sobre asuntos de la iglesia; más tarde, sobre cualquier cosa. Sin darse cuenta, comenzaron a buscarse.

Lisandro sabía que no debía hacerlo.

Malena también.

Por eso ninguno decía nada. No hacía falta. A veces alcanzaba con encontrarse en un pasillo, intercambiar una mirada o sonreírse al pasar. Otras veces era el roce accidental de una mano cuando ambos intentaban alcanzar el mismo libro.

Pequeñeces que, para cualquiera que las observara, no significaban absolutamente nada. Para ellos, en cambio, empezaban a significarlo todo.

Una tarde, mientras guardaban unas sillas, sus manos se tocaron. Ninguno la retiró enseguida. Permanecieron así durante unos segundos, en silencio, como si aquel contacto hubiera dicho algo que los dos llevaban tiempo intentando callar.

Fue entonces cuando Lisandro comprendió que aquello ya no era una simple simpatía.

Se había enamorado.

Y lo peor —o quizá lo mejor— era que no quería dejar de estarlo.

El ruido de un motor lo hizo volver por un instante.

Lisandro levantó la cabeza.

Esperó unos segundos.

Después se puso de pie.

Buscó con la mirada el vehículo que se acercaba por el camino y extendió una mano hacia el mecanismo de la tranquera.

Todavía faltaban varios minutos para que pudiera volver a quedarse solo.

Mientras esperaba que el vehículo terminara de acercarse, pensó nuevamente en Malena.

Y en todo lo que había ocurrido desde aquella primera mirada.

Nunca supieron exactamente quién los había descubierto.

Tal vez alguien los vio salir juntos. Tal vez escuchó una conversación que no debía. O quizá, sencillamente, habían dejado de tener cuidado. El amor tiene esa particularidad: durante un tiempo uno cree que puede esconderlo, hasta que empieza a ocupar demasiado espacio. Entonces, por más que intente disimularlo, termina asomándose en los gestos, en las miradas y en las ausencias.

Cuando los descubrieron, ya no hubo manera de explicar nada.

A Lisandro lo llamaron a una reunión. Tres personas lo esperaban sentadas detrás de un escritorio. Él permaneció de pie, con las manos quietas a los costados del cuerpo y la sensación de que cualquier movimiento podía delatar su nerviosismo.

No recordaba todas las palabras que utilizaron. Sí recordaba una.

Decepción.

Le preguntaron si entendía la gravedad de lo que había hecho.

Dijo que sí.

Le preguntaron si estaba arrepentido.

Y ahí cometió, según ellos, su segundo error.

No respondió.

No estaba arrepentido.

Podía sentir vergüenza. Podía sentir miedo. También podía reconocer que había quebrantado las reglas de una institución a la que había elegido pertenecer. Pero arrepentirse de haber amado a Malena era otra cosa. Y eso no podía hacerlo.

Le comunicaron que iban a expulsarlo.

Lisandro creyó que todo terminaba allí. Sin embargo, uno de los hombres le ofreció una última posibilidad. No se trataba de borrar lo sucedido ni de justificarlo. Le propuso pasar un tiempo en el Cenáculo La Montonera, donde tendría una tarea sencilla: permanecer en la entrada, cumplir con las indicaciones que le dieran y, sobre todo, pensar.

Debía decidir si todavía quería pertenecer a la Iglesia o si había llegado el momento de aceptar que su camino estaba en otro lugar.

Lisandro no preguntó cuánto tiempo tendría que quedarse. Tampoco quiso saber quién había tomado la decisión ni por qué habían elegido aquel sitio.

Solamente aceptó.

Y llegó al Cenáculo.

El sol empezaba a bajar.

Lisandro miró el camino vacío.

Por un momento volvió a pensar en aquella tarde.

Malena estaba llorando.

Él también.

Se habían encontrado a escondidas detrás de la iglesia porque necesitaban hablar.

—¿Y ahora qué hacemos? —le había preguntado ella.

Lisandro no supo responder.

Quizás porque, en el fondo, sabía que la respuesta era demasiado sencilla.

La amaba.

Y ella lo amaba.

El problema era todo lo que había entre ellos y ese amor.

La Iglesia.

Las reglas.

El seminario.

La vida que Lisandro había imaginado.

Y la vida que, sin pedir permiso, había comenzado a querer.

Otro ruido apareció a lo lejos.

Esta vez era más fuerte.

Lisandro salió de sus pensamientos.

Un vehículo avanzaba lentamente por el camino de entrada.

Se acercó a la tranquera.

Lisandro la abrió.

El vehículo pasó frente a él y siguió su camino.

Cuando volvió a cerrar la tranquera, se quedó unos segundos mirando el polvo que habían levantado las ruedas.

Después regresó a su asiento.

Acomodó la silla.

Apoyó los brazos sobre la pequeña mesa.

Y volvió a mirar hacia el camino.

Entonces comprendió que aquella era la verdadera pregunta que le habían hecho.

No si podía olvidar a Malena.

No si podía fingir que nada había ocurrido.

Sino si, después de haber conocido aquello que sentía por ella, todavía podía imaginarse viviendo el resto de su vida sin volver a sentirlo.

Lisandro bajó la mirada.

A unos pocos metros, una pequeña garita de madera y ladrillo permanecía en silencio bajo su techo de tejas.

Desde allí había pasado las últimas horas.

Solo.

Esperando.

Pensando.

Abria la tranquera cada vez que alguien llegaba.

Y sin saber todavía qué respuesta iba a llevar de regreso cuando terminara su castigo.

Los días siguientes comenzaron a parecerse unos a otros.

Lisandro se levantaba temprano, cumplía con sus obligaciones y pasaba buena parte del tiempo pensando.

A veces intentaba concentrarse en otras cosas.

Contaba los vehículos que pasaban.

Observaba cómo cambiaba la luz.

Escuchaba los sonidos que llegaban desde lejos.

Pero siempre terminaba volviendo al mismo lugar.

Malena.

Había días en los que conseguía pasar varias horas sin pensar en ella.

Entonces aparecía algún recuerdo.

Una frase.

Una mirada.

La forma en que ella sonreía cuando intentaba ocultar que estaba nerviosa.

Y todo volvía.

Lisandro sabía que la tentación no había desaparecido.

Ese era el problema.

No se trataba solamente de extrañarla.

La tentación estaba en imaginar qué habría ocurrido si aquella relación hubiera podido continuar.

Una casa.

Una mujer esperándolo al regresar.

Una familia.

Hijos.

Una vida común.

A veces se descubría imaginando cosas tan sencillas que terminaban siendo más peligrosas que cualquier otra tentación.

Malena preparando el desayuno.

Malena enojada porque él había llegado tarde.

Malena riéndose de alguna estupidez.

Una discusión.

Una reconciliación.

Una vida.

Y después aparecía la otra imagen.

El seminario.

La Iglesia.

El camino que había elegido muchos años antes.

Las personas que habían confiado en él.

La posibilidad de convertirse en sacerdote.

Lisandro cerraba los ojos.

Intentaba expulsar aquellas imágenes.

Rezaba.

Pero cuanto más intentaba no pensar en Malena, más presente la sentía.

Una tarde llegó incluso a preguntarse si aquello que llamaban tentación no era, en realidad, una forma de descubrir quién era.

La pregunta lo asustó.

Porque si la respuesta era sí, entonces quizá el problema no fuera Malena.

Quizá el problema fuera que él había estado intentando convertirse en alguien que ya no sabía si quería ser.

El sonido de un motor volvió a interrumpir sus pensamientos.

Lisandro se incorporó.

Esperó.

El vehículo se acercó lentamente.

Él hizo lo que había aprendido a hacer desde que había llegado.

Esperó el momento indicado.

Después accionó el mecanismo.

La barrera se levantó.

El vehículo pasó.

Lisandro volvió a bajarla.

Esperó unos segundos más.

Y regresó a su lugar.

Era una tarea sencilla.

Casi mecánica.

Quizá por eso le habían dado aquel trabajo.

No había demasiadas cosas que hacer.

Y demasiadas horas para pensar.

Por la noche, Malena aparecía con más fuerza.

Era entonces cuando Lisandro sentía que la tentación podía vencerlo.

Recordaba el último día que habían estado juntos.

Ella le había tomado la mano.

No habían dicho nada durante un largo rato.

Después ella había preguntado:

—¿Te vas a arrepentir de mí?

Lisandro nunca había podido responder.

Porque sabía que, si decía que no, estaría aceptando una verdad que podía cambiarle la vida.

Y si decía que sí, estaría mintiendo.

Aquella noche había entendido algo que nadie le había explicado durante su formación.

Hay tentaciones que no llegan para destruirte.

Algunas llegan para obligarte a elegir.

Lisandro abrió los ojos.

Miró hacia adelante.

Otra vez estaba solo.

Y otra vez tenía que decidir.

Malena o la Iglesia.

El amor o el compromiso.

La vida que había imaginado o la vida que acababa de descubrir que podía desear.

Quizás ninguna de las dos cosas fuera sencilla.

Quizás ninguna fuera completamente correcta o equivocada.

Pero una de ellas tendría que ser suya.

La tarde comenzaba a caer cuando escuchó un ruido diferente.

Lisandro levantó la cabeza.

El vehículo avanzaba lentamente y, después de unos metros, se detuvo.

Esperó unos segundos.

El motor continuó encendido.

Entonces vio que algo se movía dentro.

Lisandro se puso de pie y se acercó.

El hombre estaba inclinado sobre el volante.

—¿Se encuentra bien?

No respondió.

Lisandro abrió la puerta.

El hombre levantó apenas la cabeza.

—Me cuesta respirar.

Lisandro sintió que el corazón le golpeaba con fuerza.

—Tranquilo. Voy a pedir ayuda.

Mientras buscaba el teléfono, algo llamó su atención.

Del espejo retrovisor colgaba un pequeño crucifijo.

Oscilaba lentamente.

Lisandro se quedó mirándolo durante un instante.

Después bajó la vista.

El hombre llevaba otro crucifijo alrededor del cuello.

Dos cruces.

Una frente a él.

La otra sobre el pecho de aquel desconocido.

Lisandro sintió algo difícil de explicar.

No era la primera vez que veía una cruz.

Había visto miles.

Pero en ese momento aquellas dos parecían tener un significado diferente.

Como si le estuvieran recordando algo que había intentado olvidar.

Se apartó unos pasos y llamó por teléfono.

Explicó dónde estaban y pidió una ambulancia.

Mientras hablaba, escuchó la voz del hombre.

—¿Puede quedarse conmigo?

Lisandro terminó la llamada.

—Sí.

Se agachó junto a él.

—Ya viene una ambulancia.

El hombre respiraba con dificultad.

—¿Es religioso?

Lisandro dudó.

La pregunta le produjo una extraña incomodidad.

—Sí.

El hombre cerró los ojos.

—Entonces rece conmigo.

Lisandro lo miró.

Durante un instante no supo qué hacer.

Después tomó la mano del hombre.

Y comenzó a rezar.

No lo hizo como tantas otras veces, siguiendo una oración aprendida de memoria.

Esta vez rezó despacio.

Sin pensar en las palabras correctas.

Sin pensar en las reglas.

Sin pensar en Malena.

Solo rezó.

El hombre empezó a respirar más lentamente.

Su mano dejó de temblar.

Lisandro continuó.

Cuando terminó, el hombre abrió los ojos.

—Gracias.

Lisandro permaneció en silencio.

Miró nuevamente el crucifijo que colgaba del espejo.

Después observó el que descansaba sobre el pecho del hombre.

Algo dentro suyo se había aquietado. No era una certeza completa ni una respuesta capaz de resolver, de un momento a otro, todas sus dudas. Pero durante aquellos minutos había dejado de mirarse a sí mismo y había estado presente para otra persona.

No había pensado en Malena, ni en el castigo, ni en la posibilidad de abandonar el seminario. Había pensado en algo mucho más sencillo: estar ahí, ayudar, rezar cuando alguien se lo pedía, acompañar a una persona que tenía miedo.

Quizá eso era lo que necesitaba recordar. No una respuesta sobre Malena, sino una parte de sí mismo que todavía seguía allí.

La ambulancia llegó unos minutos después.

Los médicos se hicieron cargo del hombre.

Antes de subirlo, él volvió a buscar la mano de Lisandro.

—No deje de rezar.

Lisandro asintió.

El hombre se fue.

Y él quedó nuevamente solo.

Miró hacia el vehículo, que había quedado detenido junto a la entrada. Lo apartó lo suficiente para despejar el paso y apagó el motor.

Pensó en Malena.

Por primera vez, el recuerdo no le produjo dolor.

La quiso.

Eso no había cambiado.

Pero ya no sintió aquella necesidad de imaginar qué habría pasado si todo hubiera sido diferente.

Había cosas que uno debía aceptar que no podía tener.

Y otras que debía aceptar que todavía quería conservar.

Lisandro bajó la mirada.

Quizás su decisión ya estaba tomada.

No porque alguien se la hubiera impuesto.

Sino porque, durante unos minutos, había vuelto a sentirse exactamente donde debía estar.

Todavía podía sentir el apretón de aquel hombre.

«No deje de rezar.»

Las palabras volvieron a su cabeza.

Lisandro cerró los ojos.

Pensó en Malena.

Por última vez intentó imaginar qué habría sido de los dos si nada de aquello hubiera ocurrido. Una casa. Una familia. Una vida juntos.

La imagen apareció.

Pero esta vez no sintió la necesidad de alcanzarla.

Sonrió apenas.

Malena había sido importante.

Lo seguiría siendo.

No podía borrar lo que había sentido por ella ni fingir que nunca había existido. Pero ahora comprendía que amar a alguien no siempre significaba quedarse a su lado.

Abrió los ojos.

Por primera vez desde que había llegado, la decisión dejó de parecerle una batalla entre Malena y la Iglesia. Todavía le dolía pensar en lo que podía perder, pero empezaba a distinguir entre el amor que sentía por ella y la vocación que, pese a todas sus dudas, seguía reconociendo como propia.

No tenía resuelto cómo explicaría lo que había comprendido ni qué consecuencias tendría su decisión. Pero ya no quería que otros eligieran por él.

Entonces escuchó un motor.

El sonido se acercó lentamente.

Lisandro se puso de pie.

Miró hacia adelante y esperó.

Cuando el vehículo llegó, abrio la tranquera.

El auto pasó.

Lisandro volvió a bajarla.

Se quedó unos segundos de pie, observando cómo se alejaba.

Después regresó a su asiento.

Acomodó la silla y respiró profundamente.

Sobre su cabeza, las tejas recibieron las últimas luces de la tarde.

La pequeña garita volvió a quedar en silencio.

Allí había pasado los últimos días.

Allí había pensado en Malena.

Allí había dudado de su vocación.

Y allí, sin que nadie se lo dijera, había encontrado la respuesta.

Lisandro Ferreyra había decidido continuar su camino dentro de la Iglesia. Todavía tendría que hablar con quienes lo habían enviado al Cenáculo y afrontar lo que viniera después, pero por primera vez sentía que la decisión le pertenecía.

La tranquera permaneció cerrada.

Hasta que otro vehículo necesitara pasar.
Ver más

Crónicas de El Cenáculo–La Montonera. El retiro

El Cenáculo–La Montonera quedaba bastante más lejos de lo que algunos habían imaginado.
El camino de entrada se extendía entre árboles y grandes espacios verdes hasta que, finalmente, apareció ante ellos el conjunto de edificios que formaban parte del predio.
Era sábado por la mañana.
Los seis habían llegado con pocos minutos de diferencia, aunque ninguno conocía a los demás.
Evaristo Ledesma fue el primero en bajar del auto. Tenía cuarenta y ocho años, era alto, delgado y llevaba el cabello entrecano cuidadosamente peinado hacia atrás. Sacó un paquete de cigarrillos del bolsillo de la camisa, golpeó dos veces la base contra la palma de la mano y encendió uno.
—Al fin —murmuró.
A pocos metros, una mujer cerró la puerta de otro vehículo.
—¿Vos también venís al retiro?
Evaristo retiró el cigarrillo de la boca.
—Parece que sí.
Ella sonrió.
—Malena.
—Evaristo.
Malena Arístegui tenía treinta y cuatro años. El cabello negro y lacio le llegaba casi hasta la mitad de la espalda. Vestía jeans, zapatillas blancas y una campera liviana. Mientras hablaba, comenzó a mascar un chicle.
—¿Primera vez?
—Sí.
—Yo también.
Un tercer auto estacionó detrás de ellos.
De allí bajó un hombre robusto, de barba corta y pelo castaño muy corto. Llevaba un bolso deportivo en una mano y un paquete de tabaco en la otra.
—¿El retiro es acá? —preguntó.
—Eso parece —contestó Malena.
El hombre miró alrededor.
—Esperemos que no nos hagan cantar.
Evaristo sonrió.
—¿Tan mal cantás?
—No. Pero canto peor cuando me obligan.
El hombre sacó papel y tabaco.
—Lisandro Veyra.
—Malena.
—Evaristo.
Lisandro comenzó a armar un cigarrillo mientras miraba el lugar.
—Linda quinta.
—No es una quinta —aclaró una voz detrás de ellos.
Los tres se dieron vuelta.
Nicanor Bellido acababa de acercarse.
Era un hombre de cincuenta y seis años, corpulento, de cabello completamente blanco y un grueso bigote que le cubría parte del labio superior. Vestía pantalón oscuro, camisa clara y zapatos cómodos.
Sacó un caramelo de menta del bolsillo y se lo llevó a la boca.
—Es un predio bastante grande —agregó.
Lisandro guardó el encendedor.
—¿Usted ya vino?
—No.
—Entonces estamos igual.
Nicanor sonrió.
—La diferencia es que yo leí un poco antes de venir.
Malena dejó escapar una pequeña risa.
—¿Usted es de los que leen todo antes de viajar?
—Todo lo que puedo.
Una mujer apareció entonces por el camino de entrada.
Era joven.
Tenía el cabello rojizo hasta los hombros, piel muy clara y unos ojos verdes que parecían destacar incluso desde lejos. Llevaba una mochila pequeña y caminaba despacio, mirando los edificios.
Irupé Salvatierra.
Tenía veintinueve años.
Al llegar junto al grupo, saludó con un movimiento de cabeza.
—Hola.
—Hola —respondieron casi al mismo tiempo.
Irupé sacó un pequeño paquete del bolsillo de la mochila.
—¿Son ustedes los del retiro?
—Sí —dijo Malena.
Irupé abrió el paquete y tomó una pastilla de menta.
—Perfecto.
La última en llegar fue Amparo Elizondo.
Estacionó unos minutos después y bajó con un bolso pequeño en una mano y un cuaderno en la otra.
Tenía treinta y ocho años, cabello castaño claro y ondulado, recogido detrás de la cabeza. Una pequeña cicatriz atravesaba su ceja izquierda.
Se quedó unos segundos mirando el lugar antes de acercarse.
—¿Llegué tarde?
—Todavía no empezó nada —respondió Nicanor.
—Entonces llegué justo a tiempo.
Amparo sonrió y guardó el cuaderno debajo del brazo.
Los seis quedaron finalmente juntos.
Durante unos segundos nadie habló.
Era una situación extraña.
Seis desconocidos.
Un fin de semana.
Un lugar que ninguno conocía demasiado.
Y una actividad de la que, en realidad, ninguno sabía exactamente qué esperar.
Desde el edificio principal apareció un hombre vestido con ropa sencilla.
—¿Los seis del retiro?
—Sí —contestó Amparo.
—Perfecto. Soy Darío. Voy a acompañarlos durante estos días.
Darío los saludó uno por uno.
Después tomó una carpeta.
—Antes de instalarse, les voy a explicar algunas cosas.
Lisandro encendió su cigarrillo.
Malena volvió a mascar el chicle.
Irupé guardó la pastilla de menta en el bolsillo.
Nicanor volvió a llevarse un caramelo a la boca.
Evaristo expulsó lentamente el humo.
Amparo abrió su cuaderno.
Darío los observó.
—Lo primero que quiero decirles es que este retiro no tiene demasiadas reglas.
Hizo una pausa.
—Pero hay una que sí les voy a pedir que respeten.
Los seis prestaron atención.
—Después de las once de la noche, no deben alejarse solos del edificio principal.
Lisandro levantó una ceja.
—¿Por qué?
Darío sonrió apenas.
—Porque el predio es muy grande y de noche es fácil perderse.
Nicanor asintió.
—Tiene sentido.
Darío cerró la carpeta.
—Bueno. Ahora sí. Vamos a mostrarles dónde van a dormir.
Darío los condujo hacia el edificio principal.
Mientras caminaban, les fue señalando algunos de los lugares que formaban parte del predio.
—Acá van a desayunar y almorzar. La cena también se sirve acá.
Los seis caminaban detrás de él.
El lugar era mucho más grande de lo que habían imaginado al llegar. Había árboles enormes, senderos que se perdían entre la vegetación y distintas construcciones distribuidas a cierta distancia unas de otras.
Malena miraba hacia todos lados.
—¿Cuánta gente viene normalmente?
—Depende de la época —respondió Darío—. Algunos fines de semana hay grupos grandes; otros son más tranquilos.
—Este parece tranquilo —comentó Lisandro.
—Por ahora.
Evaristo sonrió mientras encendía otro cigarrillo.
—¿Se puede fumar acá?
—En los lugares habilitados, sí.
—Perfecto.
Nicanor sacó otro caramelo de menta.
—¿Y las habitaciones?
—Ahora vamos con eso.
Entraron al edificio.
El interior era sencillo y silencioso. Había un amplio salón, algunas mesas y sillas distribuidas contra las paredes. Más adelante aparecía un pasillo que conducía hacia las habitaciones.
Darío comenzó a repartir las llaves.
—Evaristo, habitación tres.
Le entregó una llave.
—Malena, cuatro.
Otra llave.
—Lisandro, cinco.
Lisandro guardó la llave en el bolsillo.
—Nicanor, seis.
—Gracias.
—Irupé, siete.
La joven tomó la llave y asintió.
Finalmente, Darío miró a Amparo.
—Vos, ocho.
Amparo tomó la llave.
—¿Todas están en el mismo sector?
—Sí.
—Mejor.
Darío les dio unos minutos para acomodarse.
Las habitaciones eran pequeñas pero cómodas. Una cama, una mesa de luz, un placard y una ventana que daba hacia los árboles.
Irupé dejó la mochila sobre la cama y abrió la ventana.
El aire fresco entró inmediatamente.
Desde allí podía verse un sendero que desaparecía detrás de una hilera de árboles.
Se quedó unos segundos mirando.
Después cerró la ventana.
En el salón principal, los demás comenzaban a reunirse.
La primera actividad sería después del almuerzo.
Hasta entonces tenían tiempo libre.
Malena se sentó junto a una de las ventanas y continuó mascando chicle.
—¿Alguien sabe qué vamos a hacer?
—Supongo que nos van a hacer hablar de nuestros sentimientos —respondió Lisandro.
—¿Y eso te preocupa?
—No. Me preocupa que después quieran que hable de los sentimientos de los demás.
Evaristo soltó una carcajada.
Nicanor negó con la cabeza.
—No seas tan negativo.
—No soy negativo. Soy realista.
Amparo permanecía algo apartada.
Había abierto su cuaderno y escribía.
Malena se acercó.
—¿Qué anotás?
Amparo levantó la mirada.
—Nada importante.
—¿Escribís durante todo?
—A veces.
—¿Diario personal?
—Algo así.
Malena no insistió.
A las doce y media almorzaron juntos.
La conversación fluyó mucho más que durante la llegada.
Hablaron de sus trabajos, de sus familias y de las razones por las que habían decidido participar.
Evaristo contó que había ido principalmente porque su esposa consideraba que necesitaba bajar un poco el ritmo.
—Trabajo demasiado —admitió—. Eso dice ella.
—¿Y tiene razón? —preguntó Irupé.
Evaristo sonrió.
—Probablemente.
Lisandro había ido porque un amigo se lo había recomendado.
Nicanor buscaba simplemente unos días de tranquilidad.
Malena dijo que necesitaba despejarse.
Irupé prefirió no dar demasiadas explicaciones.
—Me pareció una buena idea venir.
Amparo permaneció unos segundos en silencio.
—Yo también necesitaba alejarme.
Después de almorzar tuvieron la primera actividad.
Darío los llevó hasta un salón amplio.
Había seis sillas formando un círculo.
—La idea es sencilla —explicó—. Durante la próxima hora vamos a olvidarnos un poco de lo que ocurre afuera.
Lisandro miró las sillas.
—¿Una hora?
—Una hora.
—Eso sí que lo puedo hacer.
Se sentaron.
Darío comenzó con algunas preguntas.
Qué esperaban encontrar durante esos días.
Qué cosas les costaba dejar atrás.
Qué significaba para ellos estar solos.
Al principio las respuestas fueron breves.
Después comenzaron a hablar más.
El tiempo pasó rápidamente.
Cuando terminó la actividad, Darío los invitó a caminar por el predio.
—No hace falta que vayamos todos juntos —aclaró—. Pueden caminar, quedarse acá o volver a sus habitaciones.
Los seis salieron.
Algunos caminaron juntos.
Evaristo y Lisandro se adelantaron unos metros para fumar.
Malena conversaba con Nicanor.
Amparo iba detrás, escribiendo algo en su cuaderno mientras caminaba.
Irupé se quedó unos metros más atrás.
Observaba los árboles.
El lugar transmitía una tranquilidad extraña.
No había ruido de tránsito.
No había bocinas.
No había edificios alrededor.
Solamente viento, pájaros y el sonido de sus propios pasos.
Por primera vez desde que había llegado, Irupé sintió que realmente podía desconectarse.
Se detuvo.
Los demás continuaron caminando.
—¿No venís? —preguntó Malena desde adelante.
—Después los alcanzo.
Malena levantó la mano y siguió caminando.
Irupé permaneció unos segundos quieta.
Miró el sendero.
Después miró hacia los árboles.
Respiró profundamente.
Y comenzó a caminar sola.
No tenía un destino concreto.
Simplemente quería alejarse un poco.
El sendero se estrechó a medida que avanzaba y la vegetación se hizo más tupida. De vez en cuando aparecía alguna construcción entre los árboles, pero Irupé no le prestó demasiada atención.
Siguió caminando.
Después de unos minutos encontró un edificio pequeño, apartado del camino principal.
Era sencillo, de paredes claras y grandes ventanas.
Irupé se acercó.
La puerta estaba abierta.
Entró.
Adentro había una sala amplia y silenciosa.
Varias sillas estaban acomodadas contra una pared. En un rincón había una pequeña mesa y, sobre ella, una jarra con agua.
Irupé miró alrededor.
No había nadie.
Dejó la mochila junto a una silla.
Por primera vez desde que había llegado sintió que realmente estaba sola.
Sonrió.
Sacó una pequeña manta de la mochila y la extendió sobre el piso.
Comenzó a hacer yoga.
No tenía apuro.
Después de unos minutos se sentó con las piernas cruzadas y permaneció quieta, respirando lentamente.
El silencio era absoluto.
Cuando terminó, tomó la botella de agua y bebió.
Después sacó un libro.
Se acomodó junto a una de las ventanas y comenzó a leer.
No supo cuánto tiempo había pasado hasta que miró el reloj de la pared.
Las cuatro y veinte.
Había salido del grupo alrededor de las tres y veinte.
Una hora.
Guardó el libro.
Dobló la manta.
Se puso la mochila al hombro.
Antes de salir volvió a mirar la sala.
Todo estaba exactamente igual.
Cerró la puerta y emprendió el regreso.
Mientras caminaba pensó que había sido una buena decisión alejarse.
Necesitaba eso.
Silencio.
Un poco de tiempo para ella.
Nada más.

Los otros cinco continuaron caminando por el predio.
Al principio nadie notó la ausencia de Irupé.
Malena fue la primera en preguntar.
—¿Irupé no venía con nosotros?
—Dijo que nos alcanzaba después —respondió Amparo.
Siguieron caminando.
Pasaron varios minutos.
Después veinte.
Nicanor miró hacia atrás.
—¿No les parece que está tardando demasiado?
—Capaz volvió a la habitación —dijo Evaristo.
—Puede ser.
Continuaron.
Cuando regresaron al edificio principal, Irupé no estaba allí.
Malena golpeó la puerta de su habitación.
No hubo respuesta.
Abrió.
La mochila no estaba.
La cama estaba intacta.
—Debe seguir afuera —dijo Lisandro.
Evaristo miró el reloj.
—Ya pasó bastante tiempo.
Darío apareció en el pasillo.
—¿Qué ocurre?
—No encontramos a Irupé.
Darío frunció el ceño.
—¿Hace cuánto?
Malena miró a los demás.
—Una hora, más o menos.
Darío tomó su teléfono.
—Voy a avisar a los responsables del predio.
Los cinco volvieron a salir.
Buscaron por los senderos.
Preguntaron a otras personas.
Revisaron los lugares donde habían estado durante la tarde.
Nada.
Irupé no aparecía.
Cuando comenzó a oscurecer, la preocupación se transformó en miedo.
Darío llamó a distintas zonas del predio.
No hubo respuesta.
A las nueve de la noche organizaron una búsqueda.
A las once todavía no la habían encontrado.
A medianoche tampoco.
Pasaron las horas.
El cansancio comenzó a apoderarse de todos.
Malena no quería irse a dormir.
—Tiene que estar en algún lado.
—La vamos a encontrar —dijo Nicanor.
Pero su voz ya no tenía la seguridad de unas horas antes.
Evaristo fumaba un cigarrillo detrás de otro.
Lisandro caminaba de un lado a otro.
Amparo había dejado de escribir.
Nadie hablaba demasiado.
El domingo llegó sin respuestas.
La búsqueda continuó durante todo el día. Cuando cayó la noche, Irupé seguía sin aparecer.
Y llegó el lunes.

Para Irupé, en cambio, solamente había pasado una hora.
Caminaba tranquilamente por el sendero.
No tenía idea de lo que estaba ocurriendo.
Pensaba en volver al edificio, darse una ducha y descansar un rato antes de la cena.
Cuando finalmente vio las construcciones a lo lejos, aceleró el paso.
Al acercarse distinguió a varias personas reunidas.
Reconoció a Malena.
A Nicanor.
A Evaristo.
A Lisandro.
También estaba Amparo.
Irupé levantó una mano.
—¡Ahí están!
Los cinco se dieron vuelta.
Durante unos segundos nadie reaccionó.
Irupé se detuvo.
—¿Qué pasa?
Malena comenzó a caminar hacia ella.
Después corrió.
La abrazó con fuerza.
Irupé quedó completamente desconcertada.
—¿Qué te pasa?
Malena lloraba.
—¿Dónde estuviste?
—¿Cómo que dónde?
—¡Desapareciste!
Irupé se separó lentamente.
—No desaparecí.
Los demás se acercaron.
Nicanor tenía los ojos enrojecidos.
—Irupé, te estuvimos buscando durante dos días.
Ella lo miró sin entender.
—¿Dos días?
—Dos días.
Irupé soltó una pequeña risa nerviosa.
—No.
—Sí.
—No puede ser.
Miró su reloj.
Seguía marcando las cuatro y veinte.
—Me fui hace una hora.
Nadie respondió.
Irupé miró a los cinco.
—Me fui a hacer yoga. Después estuve leyendo.
Lisandro la observaba como si intentara descubrir si estaba bromeando.
—¿Dónde?
—En un edificio que está por allá.
Señaló hacia los árboles.
—¿Qué edificio?
Irupé frunció el ceño.
—Ese.
Los cinco miraron en la dirección indicada.
Entre los árboles no había ningún edificio.
Solo vegetación.
Irupé volvió a señalar.
—Ahí.
Nicanor negó lentamente con la cabeza.
—Irupé...
—¿Qué?
—Ahí no hay nada.
Irupé permaneció inmóvil.
Miró nuevamente hacia los árboles.
—No puede ser.
—¿Qué había ahí? —preguntó Amparo.
—Un edificio.
—¿Cómo era? —preguntó Nicanor.
Irupé comenzó a describirlo.
—Era bastante sencillo. Había una sala grande, unas sillas contra la pared, una mesa y una ventana grande. Estaba todo muy tranquilo.
Lisandro la observaba sin decir nada.
—¿Y qué hiciste ahí?
—Yoga.
—¿Yoga?
—Sí.
—¿Y después?
—Tomé agua y me puse a leer.
Malena la miró con incredulidad.
—¿Todo ese tiempo?
Irupé levantó su reloj.
—Una hora.
Los cinco intercambiaron miradas.
—Irupé —dijo Evaristo—, desapareciste hace dos días.
Ella negó con la cabeza.
—No. Me fui hace una hora.
—Te buscamos durante dos días.
—Pero yo estuve una hora ahí.
Se hizo un silencio incómodo.
Irupé miró nuevamente hacia los árboles.
—Además, ustedes estuvieron todo el tiempo juntos.
—¿Y qué tiene que ver eso? —preguntó Lisandro.
—Que yo justamente no quería hacer eso.
Los demás la miraron.
—Vine a un retiro para desconectarme —continuó—. Ustedes siguieron haciendo lo mismo de siempre. Se levantaron, hicieron las actividades, siguieron al guía, hicieron lo que les decía uno, después lo que les decía otro. Todo en grupo.
Malena bajó lentamente la mirada.
—Nosotros pensamos que te había pasado algo.
—Ya sé.
—Te buscamos por todos lados.
—Pero yo estaba bien.
Irupé hizo una pausa.
—Hice yoga. Tomé agua. Leí un rato. Estuve tranquila. Eso era lo que necesitaba.
Nicanor señaló hacia el lugar donde supuestamente había estado el edificio.
—¿Y eso?
Irupé miró.
El edificio seguía sin aparecer.
—No sé.
Por primera vez pareció dudar.
—Pero estaba ahí.
Darío se acercó unos pasos.
—¿Estás segura de que era ese lugar?
Irupé asintió.
—Completamente.
—¿Y cuánto tiempo estuviste?
—Una hora.
Darío miró a los demás.
Nadie respondió.
Irupé volvió a observar los árboles.
Después respiró profundamente.
—Bueno... supongo que será mejor que volvamos.
Comenzaron a caminar.
Los cinco fueron detrás de ella.
Ninguno volvió a hablar durante el trayecto.
Irupé caminaba tranquila.
Para ella, aquella había sido solamente una hora de retiro.
Para los demás, habían sido dos días.
Y ninguno de los seis pudo explicar dónde había estado Irupé durante ese tiempo.
Ver más

Los notables 4 parte 2

Horas después, una puerta se cerró.
Tamara y Norberto estaban en su habitación.
Brescio entró.
Los tres se miraron.
Por primera vez desde que habían abandonado la Argentina, podían dejar de actuar.
Brescio dejó su bolso sobre una mesa.
—¿Estamos solos?
Norberto comprobó el lugar.
—Sí.
Tamara cerró las cortinas.
—Entonces empecemos.
Abrieron los bolsos.
A simple vista no había nada diferente.
Cámaras.
Objetivos.
Cuadernos.
Libros.
Accesorios fotográficos.
Los mismos elementos que habían sido revisados en el aeropuerto.
Pero ahora, sobre aquella mesa, dejaron de parecer simples objetos.
Cada uno comenzó a preparar discretamente su equipo.
No había instrucciones.
No había explicaciones.
Los tres conocían el procedimiento.
Poco a poco, aquello que durante el viaje había parecido material fotográfico adquirió otra función.
En pocos minutos, los tres dispusieron de un arma pequeña cada uno.
Era lo único que tendrían durante la misión.
Nada más.
Brescio tomó la suya y la observó.
—Espero no tener que usarla.
Norberto terminó de preparar la suya.
—Yo espero que sí tengamos que usarla.
Tamara lo miró.
—No digas eso.
Norberto sonrió.
—Está bien.
Guardó el arma.
—Espero que no.
Tamara tomó su celular.
Lo apoyó sobre la mesa y abrió el mapa donde tenía marcadas las zonas.
Había tres puntos señalados.
—Tenemos una ubicación probable.
Brescio se acercó.
—¿Gallego?
—Gallego.
Norberto señaló otro punto.
—¿Y Bustafa?
Tamara asintió.
—También.
Brescio observó una tercera marca.
—¿Y el británico?
Tamara levantó la mirada.
—Sabemos dónde buscarlo.
Durante unos segundos ninguno habló.
Tres nombres.
Tres objetivos.
Y una cápsula que podía desencadenar algo mucho más grande que cualquiera de las misiones anteriores.
Brescio volvió a mirar el mapa.
—Entonces ya sabemos dónde empezar.
Tamara guardó el celular.
—No.
Los otros dos la miraron.
—Sabemos dónde buscar.
Hizo una pausa.
—Todavía no sabemos qué vamos a encontrar.
Afuera, el viento golpeó con fuerza contra las ventanas.
Los tres quedaron en silencio.
Habían llegado como historiadores.
Pero desde ese momento, la investigación había terminado.
Ahora comenzaba la cacería.
La ubicación
La ubicación estaba a menos de dos kilómetros.
Alquilaron un auto pequeño y salieron hacia los lugares marcados.
Tamara miró el mapa de su celular.
—Es acá.
Brescio miró por la ventanilla del vehículo.
Frente a ellos se extendía una zona prácticamente desierta.
Algunas construcciones bajas, caminos de tierra y, más allá, una extensión de terreno que parecía perderse bajo el cielo gris.
Norberto observó nuevamente las coordenadas.
—No hay movimiento.
—Eso no significa nada —respondió Brescio.
Tamara guardó el teléfono.
—Vamos.
Los tres descendieron.
Habían dejado atrás cualquier elemento que pudiera identificarlos como agentes.
Ahora eran los historiadores que habían llegado hasta aquella zona para investigar.
Pero llevaban las armas ocultas.
Y sabían exactamente a quién buscaban.
Avanzaron lentamente.
El viento dificultaba escuchar cualquier ruido.
Brescio levantó una mano.
Los otros dos se detuvieron.
Había algo.
Un sonido.
Motor.
Muy lejano.
Esperaron.
El ruido volvió a escucharse.
Tamara señaló una construcción.
—Ahí.
Los tres se agacharon.
A través de una abertura pudieron observar el interior.
Había cuatro personas.
Una de ellas era inconfundible.
Cristian Gallego.
A su lado estaba Bustafa.
Y frente a ellos, el hombre que habían visto en las fotografías.
El militar británico retirado.
Tamara hizo una señal.
Brescio y Norberto se prepararon.
Contaron mentalmente.
Tres.
Dos.
Uno.
Entraron.
—¡Quietos!
Todo ocurrió en segundos.
Bustafa reaccionó primero.
Intentó alcanzar algo que llevaba oculto en la cintura, pero Brescio se abalanzó sobre él y consiguió derribarlo.
Norberto se dirigió hacia Gallego.
Gallego retrocedió.
Tamara apuntó al británico.
—¡Nadie se mueva!
Por unos segundos, pareció que la operación había terminado.
Los habían encontrado.
A los tres.
Gallego levantó lentamente las manos.
Pero no parecía preocupado.
Ni siquiera parecía sorprendido.
Miró a Tamara.
Después a Norberto.
Finalmente a Brescio.
Y sonrió.
—Llegaron.
Brescio lo miró con desconfianza.
—Se terminó, Gallego.
Gallego negó lentamente con la cabeza.
—No.
Tamara avanzó.
—¿Dónde está la cápsula?
Gallego no respondió.
—¡¿Dónde está?! —insistió ella.
Gallego volvió a sonreír.
—Ustedes siguen pensando que la cápsula es el problema.
Norberto frunció el ceño.
—¿Qué querés decir?
Gallego miró al británico.
El hombre parecía cada vez más nervioso.
—Deciles.
El británico no respondió.
Gallego volvió a mirar a los Notables.
—Llegaron demasiado tarde.
Brescio dio un paso hacia él.
—Todavía podemos detenerte.
—No.
Gallego negó con la cabeza.
—Ya no.
Tamara sintió que algo no encajaba.
—¿Qué hiciste?
Gallego respiró profundamente.
—El producto fue expuesto al agua.
Los tres quedaron inmóviles.
—¿Qué agua? —preguntó Norberto.
Gallego sonrió.
—Ya es tarde.
Tamara sintió un escalofrío.
—¿Qué hiciste?
—Lo que necesitaba hacer.
Brescio levantó el arma.
—¡Al suelo!
Gallego ni siquiera se movió.
—No entienden.
—Entonces explicalo —dijo Norberto.
Gallego miró hacia una de las ventanas.
—Cuando ustedes llegaron, ya había comenzado.
Tamara siguió su mirada.
Afuera no había nada.
Solo el paisaje.
—¿Qué comenzó?
Gallego no respondió.
El británico dio un paso hacia atrás.
—Esto no era lo acordado.
Gallego lo miró.
—No.
El hombre tragó saliva.
—Vos dijiste que nadie iba a resultar herido.
Gallego bajó lentamente la mirada.
—Te mentí.
El británico comprendió demasiado tarde.
—Gallego...
El disparo retumbó dentro de la construcción.
El hombre cayó al suelo.
Tamara quedó paralizada durante una fracción de segundo.
—¡Hijo de puta!
Brescio y Norberto apuntaron inmediatamente hacia Gallego.
Pero Gallego ya estaba retrocediendo.
Bustafa aprovechó la confusión.
Golpeó a Brescio y escapó hacia una puerta lateral.
—¡Bustafa! —gritó Norberto.
Norberto salió detrás de él.
Entonces ocurrió algo todavía peor.
Desde el exterior comenzaron a escucharse motores.
Muchos.
Demasiados.
Tamara miró hacia la entrada.
Vehículos.
Varios.
Luego aparecieron hombres armados.
Uniformes.
El lugar quedó rodeado.
Brescio regresó rápidamente.
—¡Estamos rodeados!
Norberto miró hacia las ventanas.
—¿Quiénes son?
Tamara observó los vehículos.
No necesitó demasiado tiempo para comprenderlo.
—Ingleses.
Los tres quedaron inmóviles.
Desde el exterior llegó una orden.
—¡SALGAN CON LAS MANOS EN ALTO!
Brescio miró a Tamara.
—Esto no puede ser casualidad.
Norberto negó lentamente con la cabeza.
—Nos estaban esperando.
Tamara volvió la mirada hacia el lugar donde habían estado Gallego y Bustafa.
Ya no estaban.
—¡Busquen a Gallego!
Los tres se movieron rápidamente.
Nada.
Una puerta trasera abierta.
Una habitación vacía.
Un pasillo.
Nada.
Brescio golpeó una mesa.
—¡Se escaparon!
Afuera, las órdenes volvieron a escucharse.
—¡SALGAN AHORA!
Tamara miró al hombre británico tendido en el suelo.
Después observó el exterior.
Los habían llevado exactamente hasta allí.
Gallego había conseguido desaparecer.
Y el ejército británico había llegado justo en el momento adecuado para convertirlos a ellos en los únicos sospechosos visibles.
Norberto comprendió lo que estaba ocurriendo.
—Nos dejaron acá.
Brescio lo miró.
—¿Qué?
—Gallego sabía que iban a venir.
Tamara negó con la cabeza.
—No.
Miró nuevamente hacia el exterior.
—Gallego sabía que nosotros íbamos a venir.
Los tres se quedaron en silencio.
La misión había cambiado por completo.
Ya no estaban persiguiendo a Gallego.
Ahora tenían que salir vivos de allí.
Y mientras los rodeaban las fuerzas británicas, Gallego y Bustafa ya estaban lejos.
Con una ventaja que podía ser imposible de recuperar.
El interrogatorio
Los soldados ingleses entraron rápidamente.
—¡Al suelo!
Brescio levantó las manos.
—¡No disparemos!
No alcanzó a terminar la frase.
Dos soldados se abalanzaron sobre él y lo obligaron a arrodillarse.
Tamara intentó explicar.
—¡No somos responsables! ¡Escuchen!
Otro soldado la tomó por detrás y le colocó las esposas.
Norberto recibió el mismo trato.
—¡Somos agentes! —gritó Norberto—. ¡Estamos buscando a Gallego!
Nadie respondió.
Los soldados los hicieron salir de la construcción y permanecer contra una pared.
El lugar estaba completamente tomado.
Vehículos militares.
Hombres armados.
Órdenes que se cruzaban constantemente.
Uno de los oficiales recibió una comunicación por radio y levantó la mano.
Todos se apartaron.
Un vehículo militar se detuvo frente a la construcción.
La puerta se abrió.
Bajó un hombre de edad avanzada, vestido con uniforme militar.
No necesitaba levantar la voz para imponer autoridad.
Los soldados se cuadraron inmediatamente.
Era un general.
Caminó hacia los tres detenidos.
Los observó durante unos segundos.
Primero a Tamara.
Después a Norberto.
Finalmente a Brescio.
—¿Quiénes son?
Nadie respondió.
El general se acercó a Tamara.
—¿Quiénes son?
—Ya se lo dijimos. Somos investigadores.
El hombre la miró fijamente.
—No.
Tamara no apartó la mirada.
—Entonces pregunte otra cosa.
El general hizo una señal.
Dos soldados levantaron a los tres.
—Llévenlos adentro.
Volvieron a entrar en la construcción.
El general caminó lentamente por las habitaciones.
Observaba todo.
Una mesa.
Documentos.
Cajas.
Equipos abandonados.
Una puerta abierta.
Entonces uno de los soldados se detuvo.
—Señor.
El general giró.
El soldado señaló una habitación.
—Encontramos algo.
El general entró.
Los tres Notables fueron llevados detrás de él.
En el suelo estaba el militar británico.
El mismo hombre cuya fotografía habían visto antes.
El hombre que había facilitado el acceso de Gallego.
Estaba muerto.
Tamara se quedó inmóvil.
Brescio bajó lentamente la mirada.
Norberto apretó los dientes.
—Él estaba con Gallego —dijo Tamara.
El general se volvió hacia ella.
—¿Lo conoce?
—Sabemos quién es.
El general se agachó junto al cuerpo.
Observó la herida.
Después miró alrededor.
—¿Quién lo mató?
Ninguno respondió.
Brescio habló finalmente.
—Gallego.
El general levantó la vista.
—¿Está seguro?
—Lo vimos.
—¿Por qué?
Brescio miró el cuerpo.
—Porque dejó de necesitarlo.
El general permaneció unos segundos en silencio.
Después se incorporó.
—Busquen en todas las habitaciones.
Los soldados comenzaron a revisar el lugar.
El general continuó avanzando.
Hasta que se detuvo frente a un pequeño cajón metálico.
Lo abrió.
Dentro había un objeto.
La cápsula.
La tomó con cuidado y la observó durante unos segundos.
Después miró a los tres.
—¿Esto es lo que buscaban?
Ninguno respondió.
El general levantó la cápsula.
—¿Qué contiene?
Tamara dio un paso.
—Escúcheme...
Uno de los soldados la golpeó.
Brescio reaccionó inmediatamente.
—¡No la toque!
Otro soldado lo golpeó a él.
Norberto intentó intervenir.
—¡Basta!
El general levantó una mano.
Los soldados se detuvieron.
El hombre volvió a observar la cápsula.
—¿Qué hicieron con el contenido?
Silencio.
—¿Dónde está?
Nadie respondió.
El general miró a los tres.
—Les estoy dando una oportunidad.
Tamara respiró profundamente.
—No fuimos nosotros.
—¿Entonces quién?
—Gallego.
El general negó con la cabeza.
—Gallego no está aquí.
Brescio señaló la puerta.
—Se escapó, señor.
—¿Y ustedes?
—Nosotros llegamos detrás de él.
El general volvió a mirar la cápsula.
Algo no le cerraba.
La giró entre sus manos.
La abrió.
Su expresión cambió.
La cápsula estaba vacía.
Completamente vacía.
El general permaneció inmóvil.
Miró nuevamente hacia el cuerpo del militar británico.
Después volvió a mirar el recipiente.
Y comprendió que aquellas dos cosas probablemente estaban relacionadas.
—¿Dónde está? —preguntó.
Los tres se miraron.
Norberto fue el primero en comprender.
Pero no dijo nada.
El general levantó la vista.
—Les hice una pregunta.
Tamara observó el recipiente.
—No sabemos.
—¿No saben?
—Cuando llegamos, Gallego ya estaba preparando su escape.
El general volvió a mirar la cápsula.
Entonces ordenó:
—Conecten la pantalla.
Uno de los oficiales instaló rápidamente un monitor portátil.
El general se colocó frente a él.
La pantalla se encendió.
Durante unos segundos apareció solamente una imagen oscura.
Después apareció un rostro conocido.
La boina.
La mirada.
La expresión imperturbable.
El comandante.
Los tres quedaron paralizados.
Brescio fue el primero en reaccionar.
—¡Hijo de puta!
Norberto dio un paso hacia la pantalla.
—¡Nos mandaste a una trampa!
Tamara lo miró con furia.
—¡Sabías todo!
El comandante no respondió.
El general inglés lo observó.
—¿Son ellos?
El comandante sostuvo la mirada.
—Sí.
Brescio soltó una carcajada amarga.
—¿Sí?
Se acercó a la pantalla.
—¡Deciles quiénes somos!
El comandante permaneció en silencio.
—¡Deciles que somos tus hombres!
Nada.
—¡Deciles que fuimos enviados a detener a Gallego!
El comandante finalmente habló.
—Son Los Notables.
El general inglés miró a los tres.
Después volvió a mirar al comandante.
—Entonces son responsables.
—Sí.
La respuesta sorprendió a todos.
El general frunció el ceño.
El comandante observó la pantalla durante unos segundos.
Luego miró directamente la cápsula que el general sostenía entre sus manos.
—Si la cápsula está vacía...
Hizo una pausa.
La expresión del general cambió.
—¿Qué?
El comandante terminó la frase.
—Es porque ya se utilizó su contenido.
Nadie habló.
El general bajó lentamente la cápsula.
—¿Dónde?
El comandante no respondió.
Brescio comprendió antes que los demás.
—El agua...
Tamara lo miró.
Norberto cerró los ojos durante un instante.
El general se acercó a la pantalla.
—¿Qué agua?
El comandante respondió con absoluta calma.
—La que utiliza la población.
El rostro del general perdió color.
Se dio vuelta inmediatamente.
—¡Alerta sanitaria!
Los oficiales comenzaron a moverse.
—¡Comuníquense con todas las autoridades locales!
—¡Que nadie consuma agua!
—¡Cierren los puntos de distribución!
—¡Avisen a hospitales, fuerzas de seguridad y servicios de emergencia!
Las órdenes comenzaron a superponerse.
El general tomó una radio.
—¡Necesito comunicación inmediata con el comando central!
Uno de los oficiales intentó establecer contacto.
—Señor, estamos intentando.
—¡No intenten! ¡Háganlo!
Tamara permanecía inmóvil.
—¿Cuánto tiempo hace?
El general la miró.
Ella insistió.
—¿Cuánto tiempo hace que pudo haber ocurrido?
Nadie respondió.
Eso era peor que cualquier respuesta.
Norberto miró por una de las ventanas.
Afuera, todo continuaba con aparente normalidad.
Personas caminando.
Vehículos circulando.
Gente entrando a edificios.
Alguien comprando una bebida.
La vida seguía.
Sin saber lo que acababa de comenzar.
Brescio miró nuevamente la cápsula vacía.
—Llegamos tarde.
Tamara negó lentamente con la cabeza.
—No.
Los dos la miraron.
—Llegamos cuando Gallego quería que llegáramos.
El comandante seguía en la pantalla.
Norberto lo observó.
—¿Cómo dejaste que esto pase?
El comandante tardó unos segundos en responder.
—Hasta pronto, señores.
La comunicación se cortó.
La pantalla quedó negra.
Nadie habló.
Y ahora las fuerzas británicas tenían tres sospechosos perfectamente identificados.
Mientras tanto, Gallego había desaparecido.
Con Bustafa.
Y probablemente ya estaba muy lejos.
Afuera comenzaron a escucharse sirenas.
Después otra.
Y otra.
Los vehículos militares empezaron a abandonar el lugar a toda velocidad.
El general seguía dando órdenes por radio.
Pero el tiempo ya no estaba de su lado.
En algún lugar, miles de personas continuaban con sus actividades cotidianas.
Algunas habían bebido.
Otras habían utilizado el agua.
Otras simplemente habían estado en contacto con ella.
Todavía nadie sabía cuántas personas habían quedado expuestas.
Y lo peor era que el mundo aún no sabía nada.
Los Notables fueron llevados a un calabozo militar.
A lo lejos comenzaron a escucharse más sirenas.
Y, mientras las puertas se cerraban detrás de ellos, ninguno de los tres sabía qué era lo que encontrarían cuando volvieran a abrirse.
Ver más

Los notables 4 parte 1

Brescio caminaba lentamente por el pasillo del hospital.
Ya estaba mucho mejor.
Todavía sentía algunas molestias, especialmente cuando hacía determinados movimientos, pero después de todo lo que había ocurrido en Italia, aquello parecía casi insignificante.
Habían conseguido sacarlo del país antes de que las autoridades italianas pudieran reconstruir lo ocurrido y comenzar a hacer preguntas demasiado incómodas.
El traslado a la Argentina había sido rápido, discreto y, sobre todo, necesario.
Ahora se encontraba en un hospital de Buenos Aires junto a Tamara y Norberto.
Los tres habían sobrevivido.
Pero ninguno había salido completamente ileso.
Brescio avanzaba por el pasillo sin apuro. Caminaba como cualquier otro paciente que hubiera decidido estirar un poco las piernas.
No quería llamar la atención.
A unos metros, detrás de una puerta entreabierta, Tamara y Norberto permanecían dentro de la habitación.
Brescio se detuvo frente a una ventana.
Desde allí podía observar una parte de la ciudad.
El tránsito avanzaba con su ritmo habitual.
Personas entrando y saliendo del hospital.
Un hombre hablando por teléfono junto a la entrada.
Una mujer empujando un cochecito.
Dos enfermeros cruzando el hall con una camilla.
Una ambulancia acababa de detenerse frente a la puerta principal.
Brescio la observó.
Era una ambulancia diferente.
Extraña.
No sabía exactamente qué era lo que le llamaba la atención, pero algo en aquella escena le produjo una sensación inusual.
Tal vez simplemente estaba demasiado acostumbrado a desconfiar de todo.
Después de Italia, había aprendido que las cosas más peligrosas podían presentarse con una apariencia completamente normal.
Apartó la mirada de la ambulancia y regresó hacia la habitación.
Cuando entró, Tamara levantó la cabeza.
—¿Dónde estabas?
—Caminando.
Norberto lo observó.
—¿Y?
—Y nada.
Brescio se sentó lentamente en una de las sillas.
Tamara lo miró durante unos segundos.
—No pongas esa cara.
—¿Qué cara?
—Esa.
—No sé de qué hablás.
Norberto sonrió.
—La de cuando estás pensando demasiado.
Brescio no respondió.
Miró hacia la puerta.
—Tengo una sensación rara.
Tamara se acomodó en la cama.
—¿Por la ambulancia?
Brescio la miró.
—¿Vos también la viste?
—Sí.
Norberto levantó una ceja.
—Era una ambulancia.
—Ya sé.
—Entonces...
Brescio se encogió de hombros.
—Nada.
No llegó a decir una palabra más.
La puerta se abrió.
Los tres giraron al mismo tiempo.
Un médico ingresó en la habitación.
Era un hombre de aspecto completamente corriente. Llevaba guardapolvo blanco, una carpeta bajo el brazo y el rostro serio de alguien acostumbrado a dar malas noticias.
Cerró la puerta detrás de él.
—Necesito hablar con los tres.
Norberto lo miró.
—¿Ahora?
El médico asintió.
—Ahora.
Dejó la carpeta sobre una mesa.
Durante unos segundos nadie dijo nada.
Entonces sacó una pequeña tablet de un bolso negro y la encendió.
La pantalla quedó iluminada.
Los tres reconocieron inmediatamente el rostro que apareció.
El comandante.
La misma boina.
La misma mirada.
La misma expresión imperturbable.
—Buenos días —dijo el comandante.
Ninguno respondió.
El comandante los observó desde la pantalla.
—Voy a ir directamente al punto.
Hizo una pausa.
—La cápsula que tanto trabajo les está dando fue robada en Rosario.
Brescio se incorporó.
—¿Rosario?
—Exactamente.
Tamara cruzó los brazos.
—¿Cuándo?
—Hace bastante.
Norberto se acercó a la pantalla.
—¿Y recién ahora nos informan?
El comandante no respondió inmediatamente.
—No parecía algo importante en ese momento. Lo prioritario era recuperarla. Recién ahora tenemos información suficiente para confirmar qué fue robado y, sobre todo, qué relación tiene ese robo con lo ocurrido en Italia.
La habitación quedó en silencio.
El comandante hizo aparecer una serie de fotografías y documentos.
—Es la misma cápsula.
Brescio sintió que se le endurecía el rostro.
El comandante pasó a la siguiente imagen.
—Después del robo en Rosario, la cápsula fue trasladada fuera del país. El primer destino que pudimos establecer fue Italia.
Norberto negó con la cabeza.
—Y allí casi nos mata.
—Lo sé.
—No. Creo que no lo sabe —intervino Brescio—. Porque nosotros estuvimos ahí.
El comandante sostuvo la mirada desde la pantalla.
—Precisamente por eso quiero explicarles qué ocurrió.
Hizo una pausa.
—Gallego y sus hombres pretendían realizar una prueba.
Tamara frunció el ceño.
—¿Una prueba?
—Querían conocer la verdadera capacidad de la cápsula.
Apareció otra imagen.
—No buscaban provocar un desastre de grandes dimensiones. Todavía no. Necesitaban saber qué podía hacer, cuánto podía afectar un lugar determinado y qué consecuencias podía producir.
Norberto se quedó mirando la pantalla.
—Querían medir su capacidad.
—Sí.
Brescio bajó lentamente la mirada.
—Y nosotros impedimos la prueba.
—Eso creemos.
Brescio levantó la cabeza.
—¿Cómo que lo creen?
El comandante hizo una pausa demasiado larga.
—Porque después de Italia ocurrió algo que cambió completamente nuestra evaluación.
En la pantalla apareció un mapa.
Esta vez no mostraba Europa.
Mostraba el Atlántico Sur.
Las islas.
Brescio dejó de respirar durante un instante.
Tamara se acercó.
Norberto miró el mapa sin decir una palabra.
El comandante habló lentamente.
—Gallego no quiere utilizar la cápsula en Argentina.
Brescio sintió un nudo en el estómago.
—¿Dónde?
El comandante señaló el mapa.
—En las Malvinas.
Nadie habló.
El silencio dentro de la habitación se volvió pesado.
—Su intención —continuó el comandante— es provocar un incidente que pueda ser interpretado de una sola manera.
Tamara fue la primera en comprender.
—Que Argentina está detrás.
—Exactamente.
Norberto se apartó lentamente de la pantalla.
—Quiere hacer parecer que Argentina utilizó las islas para provocar un ataque.
—Sí.
—Y espera que Inglaterra responda.
—Eso es lo que creemos.
Brescio se puso de pie.
—Pero si Inglaterra cree que Argentina está detrás...
No terminó la frase.
No hacía falta.
El comandante lo hizo por él.
—La respuesta podría ser inmediata.
Tamara miró nuevamente el mapa.
—Y después sería imposible detener lo que venga.
—Exactamente.
El comandante dejó pasar unos segundos.
—Ese es el verdadero objetivo de Gallego.
Norberto lo miró.
—¿Un conflicto?
—Una reacción.
Brescio comprendió.
Gallego no necesitaba ganar una guerra.
Solo necesitaba conseguir que dos países comenzaran a enfrentarse.
El resto podía ocurrir solo.
—¿Y qué piensa hacer la Argentina? —preguntó Tamara.
El comandante negó lentamente con la cabeza.
—No podemos intervenir militarmente.
Brescio reaccionó inmediatamente.
—¿Cómo que no?
—Porque cualquier movimiento de nuestras fuerzas puede ser interpretado como una provocación.
—Pero sabemos lo que están intentando hacer.
—Nosotros lo sabemos.
El comandante señaló el mapa.
—El problema es que los demás no necesariamente lo sabrán.
La habitación quedó nuevamente en silencio.
—Si enviamos fuerzas militares a la zona y algo sale mal —continuó—, Gallego habrá conseguido exactamente lo que quiere.
Brescio apretó los puños.
—Entonces, ¿qué hacemos?
El comandante lo miró directamente.
—Van ustedes.
Tamara respiró profundamente.
—¿Los tres?
—Los tres.
Norberto dejó escapar una pequeña sonrisa.
—Supongo que ya tiene una historia preparada.
El comandante hizo aparecer tres documentos.
—No una historia.
Una pausa.
—Una vida completa.
Brescio se acercó a la pantalla.
—¿Qué identidades?
—Las mismas que utilizaron en Italia.
Tamara levantó una ceja.
—¿Otra vez?
—Funcionaron.
Norberto soltó una pequeña risa.
—Casi nos matan.
—Esta vez intentarán que no ocurra.
Brescio negó con la cabeza.
—Qué tranquilidad.
El comandante continuó.
—El médico les entregará esos documentos y todo lo relacionado con sus nuevas identidades. Pero ahora van a ingresar como historiadores especializados en historia bélica de las islas.
Tamara tomó uno de los documentos.
—¿Historiadores?
—Investigadores civiles.
Norberto observó la pantalla.
—¿Y qué hacemos si alguien empieza a hacer preguntas?
—Las responden.
—¿Y si preguntan demasiado?
—Improvisan.
Brescio sonrió.
—Eso siempre termina bien.
Por primera vez, el comandante pareció esbozar una mínima sonrisa.
Pero desapareció inmediatamente.
La pantalla cambió.
Apareció una fotografía de Gallego.
Después otra.
Y otra.
—Sabemos que Gallego no está solo.
La imagen cambió.
Apareció el rostro de un hombre de edad avanzada, cabello gris y expresión severa.
Brescio se acercó.
—¿Quién es?
—Un militar británico retirado.
Tamara observó detenidamente la fotografía.
—¿Trabaja para Gallego?
—No exactamente.
Norberto frunció el ceño.
—Entonces, ¿qué hace?
El comandante hizo una pausa.
—Algo mucho más peligroso.
Los tres esperaron.
—Le está dando acceso.
Brescio miró nuevamente la fotografía.
—¿Acceso a qué?
—A todo lo que Gallego necesita para moverse sin levantar sospechas.
El comandante amplió la imagen.
—Este hombre conoce los procedimientos. Conoce los controles. Conoce las rutas y, aunque ya está retirado, todavía conserva contactos dentro del sistema.
Norberto comprendió.
—Les está abriendo las puertas.
—Sí.
Tamara miró a Brescio.
Después a Norberto.
Los tres sabían lo que eso significaba.
Gallego no estaba improvisando.
Tenía dinero.
Tenía contactos.
Tenía la cápsula.
Y ahora tenía a alguien capaz de facilitarle el acceso al lugar donde pretendía provocar el incidente.
—¿Sabemos dónde está? —preguntó Brescio.
El comandante negó con la cabeza.
—No.
—¿Y Gallego?
—Tampoco.
—Entonces vamos a buscarlos a ciegas.
—No completamente.
Aparecieron nuevas imágenes.
Vehículos.
Personas.
Edificios.
Zonas marcadas sobre el mapa.
—Tenemos algunos movimientos registrados. Son insuficientes para determinar su ubicación exacta, pero nos permiten establecer una zona probable.
Norberto estudió las imágenes.
—¿Cuánto tiempo tenemos?
El comandante no respondió inmediatamente.
Ese silencio fue suficiente.
Brescio lo miró.
—¿Cuánto?
—No lo sabemos.
Tamara dio un paso hacia la pantalla.
—Eso no es una respuesta.
—Es la única que tengo.
El comandante cerró lentamente la carpeta que tenía frente a él.
—Podrían tener días.
Hizo una pausa.
—O podrían tener horas.
Nadie dijo nada.
Brescio miró a sus compañeros.
Tamara tenía el rostro serio.
Norberto ya no sonreía.
El comandante volvió a colocarse la boina.
La misma boina.
La misma mirada.
—Ustedes van a entrar como historiadores.
Hizo una pausa.
—Van a encontrar a Gallego.
Otra pausa.
—Van a recuperar la cápsula.
Y finalmente:
—Y van a salir de allí antes de que alguien comprenda lo que realmente está ocurriendo.
Brescio respiró profundamente.
—¿Y si llegamos tarde?
El comandante sostuvo su mirada.
Esta vez no respondió inmediatamente.
Cuando finalmente habló, su voz fue más baja.
—Entonces ya no habrá nada que podamos detener.
La pantalla quedó en silencio.
El médico apagó la tablet.
Durante unos segundos ninguno de los tres se movió.
Desde el pasillo llegó el sonido de una camilla pasando frente a la puerta.
Después, pasos.
Una puerta que se cerraba.
Y nuevamente silencio.
Brescio miró a Tamara.
—¿Cuándo salimos?
El médico volvió a guardar la tablet.
—En cuanto puedan.
Norberto miró a Brescio.
—Entonces tenemos un problema.
—¿Cuál?
—Yo todavía no camino demasiado bien.
Brescio sonrió.
—Yo tampoco.
Tamara se levantó.
—Perfecto.
Los dos la miraron.
—¿Qué tiene de perfecto?
Tamara tomó los documentos que habían quedado sobre la mesa.
—Que por primera vez vamos a viajar como historiadores.
Brescio la observó.
—¿Y eso qué significa?
Tamara abrió la puerta de la habitación.
—Que esta vez tendremos que aprender algo de historia.
Norberto soltó una carcajada.
—Estamos muertos.
Brescio tomó su campera.
—No.
Miró hacia el pasillo.
—Todavía no.
Los tres salieron de la habitación.
Ninguno de ellos vio que, en el estacionamiento del hospital, la ambulancia que Brescio había observado desde la ventana unos minutos antes ya no estaba.
Y nadie sabía quién había llegado en ella.
Ni para qué.
La próxima misión acababa de comenzar.
El aeropuerto
El aeropuerto estaba lleno.
Personas arrastrando valijas, familias despidiéndose, empleados de las aerolíneas caminando de un lado a otro y pasajeros que miraban constantemente las pantallas buscando su puerta de embarque.
Entre todos ellos, tres personas avanzaban sin llamar demasiado la atención.
Nadie habría imaginado que eran Los Notables.
Y eso era exactamente lo que buscaban.
Tamara caminaba unos metros delante de los otros dos.
Su aspecto había cambiado por completo.
El cabello, que habitualmente la identificaba, ahora tenía otro color. También habían modificado el tono de sus ojos mediante lentes especialmente preparados para coincidir con la fotografía de su documentación.
Se detuvo frente a uno de los paneles informativos y fingió revisar el horario del vuelo.
Detrás de ella apareció Brescio.
Era casi irreconocible.
La prótesis que llevaba modificaba la forma de su cabeza y le daba una apariencia completamente distinta. Parecía calvo, más ancho de rostro y considerablemente mayor.
Un grueso bigote cubría buena parte de su cara.
Brescio había pasado varios minutos frente al espejo antes de salir del hotel.
—No me reconozco ni yo —había dicho.
Norberto había sido el último en prepararse.
Llevaba el cabello largo, recogido detrás de la cabeza con una pequeña colita. La barba estaba perfectamente recortada y le daba un aspecto completamente diferente.
Los tres utilizaban exactamente los mismos nombres falsos que habían utilizado durante la operación en Italia.
Los documentos eran auténticos.
Los antecedentes también.
Pero sus rostros ya no coincidían con los hombres y la mujer que habían viajado anteriormente.
La idea era sencilla.
Si alguien relacionaba aquellos nombres con la operación anterior, encontraría tres fotografías que no correspondían con las personas que tenía delante.
Eso les daba una pequeña ventaja.
Una muy pequeña.
Pero a esas alturas habían aprendido a valorar cada ventaja.
Tamara llegó al mostrador.
—Buenos días.
La empleada revisó su documentación.
—¿Destino?
Tamara respondió con naturalidad.
—Las islas.
La mujer volvió a mirar el documento.
Después levantó los ojos hacia ella.
Tamara sonrió.
—Investigación histórica.
La empleada asintió.
—¿Viaja sola?
Tamara miró hacia atrás.
Brescio estaba unos metros más lejos, hojeando un libro.
Norberto escribía algo en un cuaderno.
—Con tres colegas —respondió ella—. Pero viajamos por separado.
La empleada continuó con el procedimiento.
No había nada extraño.
Al menos, nada que pudiera llamar la atención.
Los tres llevaban poco equipaje.
Cámaras fotográficas.
Cuadernos.
Libros.
Material de estudio.
Nada más.
No llevaban armas visibles.
No llevaban dispositivos que pudieran despertar sospechas.
No llevaban nada que pareciera relacionado con una operación clandestina.
Todo había sido pensado para sostener la misma historia.
Tres historiadores.
Tres investigadores.
Tres personas interesadas en documentar aspectos de la historia bélica de las islas.
Eso era todo.
O al menos eso debía parecer.
El control de seguridad fue minucioso.
Mucho más de lo que habían esperado.
Las mochilas fueron abiertas.
Los libros revisados.
Los cuadernos pasaron por el escáner.
Las cámaras fotográficas fueron examinadas una por una.
Tamara permaneció tranquila.
Brescio también.
Norberto incluso tuvo tiempo de hacer un comentario sobre la cantidad de controles.
—Parece que vamos a entrar en una prisión —murmuró.
El empleado de seguridad lo miró.
—¿Perdón?
Norberto sonrió.
—Dije que parece que vamos a entrar a un lugar muy seguro.
El hombre no respondió.
Continuó revisando el equipaje.
Brescio observaba desde unos metros de distancia.
No podía hacer nada.
No debía hacer nada.
Ese era precisamente el objetivo.
Durante toda la operación tendrían que comportarse como civiles.
Cualquier reacción fuera de lugar podía arruinarlo todo.
Finalmente, el empleado cerró la mochila.
—Está todo bien.
—Gracias —respondió Norberto.
Tomó su equipaje y se alejó.
Cuando llegó junto a Brescio, no dijo una palabra.
Tampoco Brescio.
Los tres siguieron caminando.
El avión comercial esperaba en la pista.
No había helicópteros.
No había vehículos oficiales.
No había escolta.
No había nada que indicara que aquellas tres personas tenían una misión diferente a la del resto de los pasajeros.
Subieron al avión mezclados entre turistas, trabajadores y otros viajeros.
Tamara ocupó un asiento.
Brescio quedó varias filas más atrás.
Norberto se sentó del otro lado del pasillo.
Ni siquiera viajaban juntos.
Era parte del plan.
Si alguien observaba el vuelo, solo encontraría tres pasajeros que casualmente compartían un destino.
Nada más.
Cuando el avión despegó, Tamara miró por la ventanilla.
La ciudad comenzó a alejarse lentamente.
Por primera vez desde que habían iniciado aquella operación, no había nadie siguiéndolos.
O al menos eso esperaba.
Brescio cerró los ojos.
Norberto abrió un libro.
Tamara hizo lo mismo.
Durante las primeras horas, ninguno habló.
La operación acababa de comenzar.
La llegada
Mucho después, cuando finalmente llegaron a destino, cada uno recuperó su equipaje.
Las cámaras seguían siendo cámaras.
Los libros seguían siendo libros.
Los cuadernos seguían conteniendo anotaciones sobre historia.
Todo había pasado los controles.
Todo parecía exactamente lo que debía parecer.
Pero la verdadera misión comenzaría recién cuando los tres estuvieran nuevamente juntos.
No en el aeropuerto.
No frente a las autoridades.
No en la calle.
En un lugar donde nadie pudiera relacionarlos entre sí.
Habían alquilado dos habitaciones de hotel separadas.
Tamara y Norberto ocupaban una.
Brescio, la otra
Ver más

Historia de un cualquiera

El sol me quemaba la cara.
No era un calor agradable. No de esos que uno busca cuando llega el verano y quiere olvidarse por un rato del frío. Era un calor pesado, insistente, que se me quedaba pegado a la piel y me hacía entrecerrar los ojos cada vez que levantaba la cabeza.
Seguí caminando.
Escuchaba voces por todas partes.
Una mujer hablaba demasiado fuerte. Un hombre se reía. Dos chicos gritaban mientras corrían detrás de algo que yo no alcanzaba a ver. Más adelante, alguien discutía y, unos metros después, otra persona se reía como si aquella discusión no existiera.
No prestaba demasiada atención.
Caminaba.
Eso era todo lo que hacía.
Caminar.
Mis pies se hundían apenas a cada paso. Sentía cómo algo caliente se metía entre los dedos y se desprendía después, dejando una sensación áspera en la planta.
Había personas acostadas alrededor.
Algunas estaban boca arriba, con los ojos cerrados. Otras conversaban sin levantarse. Una pareja estaba sentada muy cerca, compartiendo algo que pasaba de una mano a la otra.
Mate, pensé.
Vi el recipiente apenas de reojo.
Seguí caminando.
Un chico pasó corriendo delante de mí y tuve que esquivarlo.
—¡Cuidado!
No sé si me lo dijo a mí o si se lo gritó a alguien que venía detrás.
No contesté.
El sol seguía golpeándome.
Me llevé una mano a la frente.
Pensé en ella.
Era inevitable.
Siempre terminaba pensando en ella.
—Tenés que darte tiempo.
La voz del psicólogo volvió a aparecer en mi cabeza.
No sé por qué recordaba exactamente esa frase.
Quizás porque me la había repetido varias veces.
—Una separación después de tantos años puede generar un vacío muy importante —había dicho—. Es normal que sientas tristeza, desorientación, incluso cierta sensación de pérdida de identidad.
Yo lo había mirado.
No sabía qué responderle.
Me acuerdo de haber pensado que hablaba como si estuviera leyendo las instrucciones de un aparato.
Una sensación de pérdida de identidad.
Vacío.
Desorientación.
Palabras correctas.
Palabras profesionales.
Palabras que seguramente ayudaban a mucha gente.
A mí no.
Yo sabía que estaba triste.
Sabía que estaba perdido.
Sabía perfectamente que ella se había ido.
No necesitaba que nadie me explicara eso.
Necesitaba que alguien me dijera cómo se hacía para despertarse una mañana y no buscarla al otro lado de la cama.
Eso nunca me lo explicó.
—Con el tiempo vas a empezar a sentirte mejor.
Eso también me dijo.
El tiempo.
Todo parecía depender del tiempo.
Como si el tiempo fuera una persona que pudiera venir a sentarse conmigo y decirme qué hacer.
Como si alcanzara con esperar.
Mis padres también hablaban del tiempo.
—Ya vas a estar mejor.
Mi mamá lo decía mientras me servía comida.
Yo comía porque ella había cocinado.
Mi papá era menos hablador.
Se sentaba conmigo, me preguntaba cómo estaba y después se quedaba en silencio.
Una tarde me dijo:
—Si necesitás algo, sabés que estamos.
Eso fue todo.
No tenía nada que reprocharle.
Nada.
Mis padres estaban.
Mis hermanos también.
Mi hermana me escribía.
Mi hermano me llamaba.
A veces me invitaban a salir.
Yo decía que no.
Después insistían un poco.
Y finalmente dejaban de hacerlo.
No porque no les importara.
Porque tampoco sabían qué hacer conmigo.
¿Cómo se ayuda a alguien que no necesita comida, ni dinero, ni un lugar donde dormir?
¿Cómo se ayuda a alguien que solamente quiere que una persona vuelva a entrar por una puerta?
—Si necesitás hablar, hablá —me había dicho mi hermana.
—Sabés que podés llamarme a cualquier hora.
Yo asentí.
Siempre asentía.
Porque no quería preocuparlos.
Y porque no sabía cómo explicarles que podía hablar durante diez horas y seguir sintiéndome exactamente igual.
El problema no era que estuviera solo.
El problema era que estaba solo sin ella.
Y eso era diferente.
Un silbido cortó el ruido que me rodeaba.
Agudo.
Breve.
Me detuve.
Volvió a escucharse.
Por alguna razón, aquel sonido me llevó muchos años atrás.
Un tren.
Las ruedas golpeando las vías.
El movimiento constante.
La ventanilla vibrando ligeramente.
Ella dormía apoyada contra mi hombro.
Me acuerdo perfectamente.
Era nuestro viaje.
Nuestra luna de miel.
Yo tenía la cabeza apoyada contra el vidrio y miraba pasar el paisaje.
No recuerdo qué veía.
Recuerdo mirarla a ella.
Tenía los ojos cerrados.
Respiraba despacio.
En algún momento abrió los ojos.
—¿Me estabas mirando?
—No.
Sonrió.
—Mentiroso.
Yo también sonreí.
Qué fácil era sonreír entonces.
No necesitábamos nada extraordinario.
Un tren.
Dos asientos.
Una valija.
Un viaje.
Ella.
Yo.
Éramos suficientes.
Durante mucho tiempo pensé que algunas cosas duraban para siempre simplemente porque uno las quería lo suficiente.
Me equivoqué.
Ella no murió.
No desapareció.
No tuve que despedirme de ella en un hospital.
No hubo una tragedia.
No hubo una última oportunidad.
Simplemente, un día, se sentó frente a mí y me dijo que ya no quería continuar.
Eso fue todo.
Después de tantos años.
Después de tantas risas.
Después de tantas noches.
Después de abrazarnos cuando estábamos tristes.
Después de abrazarnos cuando estábamos felices.
Después de discutir por cosas estúpidas.
Después de pedirnos perdón.
Después de hacer planes.
Después de vivir juntos.
Después de acostumbrarnos tanto a la presencia del otro que yo había olvidado que una persona también podía irse.
Se fue.
Y yo me quedé con todas las cosas que habíamos sido.
Seguí caminando.
Alrededor mío la vida continuaba.
Un grupo de chicos gritaba.
Una mujer se reía.
Alguien abrió una bebida.
Otro encendió un cigarrillo.
Más adelante, una pareja se abrazaba.
Aparté la mirada.
No quería verlos.
No porque me molestaran.
Porque me recordaban que alguna vez nosotros también habíamos sido así.
Me quedé unos segundos mirando el suelo.
La arena se pegaba a mis pies.
Ahora entendía que llevaba bastante tiempo caminando.
El agua estaba cerca.
Podía escucharla.
Ese sonido constante que llegaba y se retiraba.
Llegaba.
Se retiraba.
Una y otra vez.
Me acerqué.
Sentí el frío en los pies.
Después en los tobillos.
Seguí avanzando.
Pensé en mi madre.
En mi padre.
En mis hermanos.
En todas esas personas que habían intentado ayudarme sin saber cómo.
Pensé en el psicólogo.
—Tenés que aprender a soltar.
Esa frase me había molestado.
Mucho.
Porque era fácil decirla.
Soltar.
Como si ella fuera un objeto.
Como si todo lo vivido pudiera abrirse de las manos y caer al suelo.
Seguí avanzando.
El agua me llegaba cada vez más arriba.
Ya no escuchaba con claridad las voces.
El mundo comenzaba a quedar atrás.
El sol seguía ahí.
Fuerte.
Blanco.
Intenso.
Por un momento pensé nuevamente en aquel tren.
En ella dormida sobre mi hombro.
En su sonrisa cuando descubrió que la estaba mirando.
Pensé en mi hermana diciéndome que podía llamarla.
En mi padre sentado frente a mí.
En mi madre sirviendo un plato que yo casi nunca terminaba.
Pensé en el psicólogo.
En sus palabras.
En el tiempo.
En todo lo que supuestamente iba a pasar.
Después respiré profundamente.
El agua ya me cubría.
Sentí miedo.
Por primera vez en mucho tiempo, miedo.
Mi cuerpo quiso regresar.
Durante unos segundos no hice nada.
Solo permanecí allí.
Después avancé un poco más.
El ruido de afuera se hizo lejano.
Ya no distinguía las voces.
Ya no escuchaba las risas.
Ya no escuchaba el silbato.
Solo el agua.
Me sumergí.
Volví a salir.
Respiré.
Y durante un instante pensé que todavía podía regresar.
Que quizá podía hacerlo.
Que quizá mi madre tenía razón.
Que quizá el psicólogo tenía razón.
Que quizá el tiempo...
No terminé el pensamiento.
Volví a hundirme.
Mi cuerpo luchó por salir.
Mis brazos se movieron desesperadamente.
Busqué arriba.
Busqué aire.
Durante un instante lo encontré.
Después no.
Y mientras todo se volvía oscuro, por primera vez desde que ella se había ido, dejé de pensar en ella.
Ver más

Los notables 3 parte 2

Cuando aterrizaron, el asistente del comandante los esperaba.
Les entregó una mochila.
—Documentación nueva.
Después les dio dos radios encriptadas.
—Munición.
Tamara tomó la mochila.
—¿Algo más?
El hombre negó con la cabeza.
—No dejen que la misión vuelva a salir mal.
Ninguno respondió.
Frente a ellos comenzaba el enorme barrio señalado por inteligencia.
Las calles estaban llenas de gente.
Niños jugando.
Comercios abiertos.
Vecinos caminando.
Turistas sentados en las terrazas.
Nadie imaginaba que, a pocas cuadras, un grupo armado ocultaba material capaz de provocar una tragedia.
Tamara observó desde una azotea.
—Si empezamos un tiroteo acá, va a morir mucha gente.
Norberto levantó los binoculares.
Sobre varios edificios distinguió hombres armados.
—Entraremos de noche.
Tamara asintió.
—Como siempre.
La oscuridad seguía siendo la mejor aliada de Los Notables.
Esperaron.
El sol desapareció detrás de los edificios.
Las luces comenzaron a encenderse.
Y el barrio cambió.
Las calles empezaron a vaciarse.
Tamara y Norberto descendieron de la azotea.
Avanzaron por los techos evitando las zonas iluminadas.
Cada movimiento estaba calculado.
Norberto consultó una pequeña pantalla.
—El depósito principal está a menos de doscientos metros.
Tamara observó el edificio.
Una antigua fábrica de ladrillos.
Un muro alto.
Varias garitas.
—Demasiado custodiado.
—Eso confirma que estamos cerca.
Descendieron por una escalera de incendios.
Llegaron a un callejón.
Tamara levantó el puño.
Alguien venía.
Dos hombres armados avanzaban conversando.
Esperaron.
Cuando estuvieron suficientemente cerca, Tamara salió de la oscuridad.
Golpeó al primero.
Norberto redujo al segundo antes de que pudiera utilizar la radio.
En pocos segundos ambos estaban inconscientes.
Los arrastraron hasta un viejo garaje abandonado.
Norberto registró los bolsillos.
Encontró una radio, un teléfono y una tarjeta magnética.
—Esto nos puede servir.
Tamara despertó a uno de los hombres.
El guardia abrió los ojos.
Vio el arma.
—¿Dónde está la cápsula?
El hombre permaneció callado.
—¿Dónde?
—No sé.
Norberto se acercó.
—Pensalo bien.
—No sé dónde está.
—¿Quién la tiene?
—No lo sé.
Tamara estudió su rostro.
Parecía sinceramente aterrorizado.
Finalmente lo dejó inconsciente nuevamente.
—No sabe nada.
—Entonces sigamos.
Llegaron hasta un edificio de tres plantas.
Desde la terraza podían observar toda la zona.
Norberto levantó los binoculares.
Su expresión cambió.
—Tenemos problemas.
Tamara tomó los prismáticos.
En el patio central de la fábrica había más de veinte hombres armados.
Algunos vigilaban.
Otros descargaban cajas de un camión.
Pero había algo más.
Tamara enfocó.
Se quedó inmóvil.
—No puede ser.
Norberto miró.
Erick Bustafa caminaba tranquilamente por el patio.
Estaba vivo.
Y no parecía un prisionero.
—¿Qué hace ahí? —preguntó Norberto.
Tamara continuó observándolo.
Bustafa hablaba con varios hombres.
Después apareció otro individuo.
Traje oscuro.
Cabello corto.
Sin armas visibles.
No necesitaba llevarlas.
Todos parecían obedecerlo.
Norberto bajó lentamente los binoculares.
—Cristian Gallego.
Era la primera vez que lo veían personalmente.
No levantaba la voz.
No hacía movimientos bruscos.
Simplemente hablaba.
Y los demás obedecían.
Cristian señaló el interior de la fábrica.
Varios hombres comenzaron a trasladar un pesado contenedor metálico.
Tamara observó.
—Ahí adentro hay algo.
—Y apuesto a que es lo que buscamos.
Entonces una luz se encendió detrás de ellos.
Los dos giraron.
La puerta de la terraza acababa de abrirse.
Un guardia los observaba.
Llevó inmediatamente una mano hacia la radio.
—¡Intrus...!
El silenciador de Tamara emitió apenas un pequeño chasquido.
El hombre cayó.
Pero la radio permaneció en el suelo.
Una voz comenzó a escucharse.
—¿Marco? ¿Marco, me recibís?
Norberto miró a Tamara.
—Tenemos menos de un minuto.
Tomó la radio.
Imitó la voz del guardia.
—Todo... controlado.
Silencio.
—¿Marco?
Norberto esperó.
—Se escucha mal.
La comunicación se cortó.
Tamara negó lentamente.
—No te creyó.
—Lo sé.
Abajo comenzaron a escucharse gritos.
Las luces de la fábrica se encendieron una tras otra.
Cristian permaneció inmóvil en el centro del patio.
Levantó lentamente la cabeza.
Observó los edificios.
No parecía nervioso.
Parecía estar pensando.
Calculando.
—Ese tipo piensa demasiado —murmuró Tamara.
Norberto volvió a mirar hacia abajo.
—Y eso lo vuelve peligroso.
Descendieron rápidamente por la escalera de emergencia.
No podían quedarse.
Apenas llegaron al callejón escucharon motores.
Tres camionetas negras bloquearon los accesos.
Las puertas se abrieron.
Hombres armados comenzaron a descender.
—Nos están encerrando.
Tamara señaló una puerta lateral.
—Por acá.
Entraron en un viejo taller mecánico abandonado.
Entre herramientas oxidadas y vehículos cubiertos de polvo encontraron una salida hacia otra calle.
Estaban a punto de cruzarla cuando una voz los detuvo.
—¡Quietos!
Dos hombres aparecieron apuntándolos.
Tamara levantó las manos.
Norberto hizo lo mismo.
Uno de los guardias avanzó para registrarlos.
Fue el error que necesitaban.
Tamara desvió el arma.
Norberto golpeó al segundo.
El enfrentamiento duró apenas unos segundos.
Los dos hombres quedaron inconscientes.
Pero ya era tarde.
El ruido había alertado al resto.
Las primeras linternas aparecieron al fondo de la calle.
—¡Están acá!
Los disparos golpearon la pared.
Fragmentos de ladrillo volaron por todas partes.
Tamara respondió con dos disparos.
—¡Corré!
Salieron por la parte trasera.
Atravesaron patios.
Callejones.
Terrazas.
Detrás de ellos se escuchaban gritos y pasos.
Finalmente consiguieron refugiarse en el techo de un edificio.
Norberto cayó de rodillas para recuperar el aire.
—Esto ya no es una organización.
Miró hacia abajo.
—Es un ejército.
Tamara observaba la fábrica.
De pronto vio movimiento.
Un camión de carga salió por un portón lateral.
Dos camionetas armadas lo escoltaban.
—Norberto.
Él tomó los binoculares.
En la cabina del camión estaba Bustafa.
Y a su lado, Cristian Gallego.
—Se están moviendo —dijo.
Tamara negó.
—No.
Bajó los binoculares.
—Están llevando la cápsula a otro lugar.
Norberto miró el convoy.
—No podemos seguirlos a pie.
Tamara recorrió la calle con la mirada.
Una camioneta utilitaria estaba estacionada frente a un almacén.
El conductor descargaba mercadería.
—Ya tenemos transporte.
No tardaron en tomar el vehículo.
Mantuvieron una distancia prudente.
El convoy avanzaba por una carretera casi desierta.
Durante varios minutos nadie habló.
Entonces el camión abandonó la ruta principal.
Tomó un camino de tierra.
Frente a ellos apareció una antigua cantera rodeada de enormes paredes de roca.
Un portón metálico protegía la entrada.
Varios hombres armados custodiaban el acceso.
El convoy ingresó.
Tamara apagó las luces.
—No me gusta este lugar.
Norberto levantó los binoculares.
En el centro de la cantera había un viejo galpón industrial.
Varias antenas satelitales sobresalían del techo.
Un generador iluminaba el predio.
—Encontramos el laboratorio.
Permanecieron observando.
Los hombres descargaron el contenedor metálico.
Cristian caminaba detrás.
Bustafa vigilaba el perímetro.
Norberto enfocó una de las ventanas.
—Hay científicos.
Tamara sintió un escalofrío.
—Entonces el comandante tenía razón.
No querían esconder la cápsula.
Querían utilizarla.
La barrera comenzó a bajar.
El acceso quedaría cerrado.
—Si cierran el portón...
Norberto terminó la frase.
—Nos quedamos afuera.
Se ocultaron detrás de unas rocas.
Esperaron.
Entonces Norberto abrió la mochila.
—La agencia nos dejó algo.
Sacó un pequeño dron.
Lo armó rápidamente.
El aparato ascendió.
En la pantalla aparecieron imágenes del interior.
El galpón estaba dividido en sectores.
Científicos.
Guardias.
Equipos.
Y una habitación aislada.
Tamara se inclinó sobre la pantalla.
—Detenelo.
Norberto congeló la imagen.
Sobre una mesa de acero había un recipiente cilíndrico protegido por gruesas paredes de plomo.
Tamara no necesitó preguntar.
—La cápsula.
Norberto asintió.
—La encontramos.
Una alarma comenzó a sonar.
El dron perdió estabilidad.
La pantalla se llenó de interferencias.
—Nos detectaron.
La imagen desapareció.
Norberto guardó el control.
Las luces de la cantera comenzaron a moverse.
Reflectores buscaban entre las rocas.
Tamara miró el complejo.
—Tenemos que entrar.
—Es un suicidio.
—Entonces hagamos que dejen de ser tantos.
Norberto observó un depósito de combustible.
Comprendió.
—Siempre pensás en grande.
—Vos ocupate de la energía.
—¿Y vos?
Tamara miró los tanques.
—Yo me encargo del resto.
Se estrecharon las manos.
Cada uno tomó su camino.
Norberto desapareció entre las sombras.
Tamara comenzó a avanzar hacia los tanques.
Había recorrido apenas unos metros cuando una voz surgió detrás de ella.
—Sabía que volverían.
Tamara se detuvo.
Giró lentamente.
Cristian Gallego estaba a menos de diez metros.
Solo.
Las manos en los bolsillos.
Una sonrisa tranquila.
—¿Buscaban esto?
Levantó el pequeño recipiente blindado.
Tamara apuntó.
Cristian no se movió.
—Tengo que reconocer algo —dijo—. Son mucho más persistentes de lo que imaginaba.
—Y vos hablás demasiado.
Cristian sonrió.
—No.
Miró el arma.
—Simplemente disfruto las conversaciones inteligentes.
Tamara mantuvo el dedo sobre el gatillo.
—Podría dispararte.
—Podrías.
—Entonces no me tientes.
Cristian negó lentamente.
—No lo vas a hacer.
—¿Tan seguro estás?
—Completamente.
Se acercó apenas un paso.
—Antes querés respuestas.
Tamara no respondió.
Porque tenía razón.
—¿Qué querés hacer con la cápsula?
Cristian levantó el recipiente.
—¿Sabés cuál fue el mayor error de la humanidad?
Tamara no apartó el arma.
—Iluminame.
—Creer que la energía solo debía servir para iluminar ciudades.
Hizo una pausa.
—Cuando en realidad puede cambiar el equilibrio del mundo.
—¿Vas a destruir una ciudad?
Cristian soltó una pequeña carcajada.
—No soy un asesino.
—Entonces, ¿qué sos?
—Un científico.
—Los científicos no suelen trabajar con gente armada.
Cristian sonrió.
—Los científicos tampoco suelen tener que proteger sus descubrimientos de gobiernos.
Tamara apretó la mandíbula.
—¿Para qué necesitás la cápsula?
Cristian levantó el recipiente.
—Es un prototipo.
—Eso ya lo sé.
—No pienso utilizarla aquí.
—¿Entonces?
—Solo necesito demostrar que funciona.
Tamara comprendió.
—Y después la vas a vender.
—A quien pueda pagar.
Aquella respuesta resultaba incluso más inquietante que cualquier amenaza.
Cristian no tenía bandera.
No tenía causa.
No tenía lealtades.
Solo un precio.
Entonces todas las luces se apagaron.
La cantera quedó sumida en la oscuridad.
Cristian dejó de sonreír.
—Así que tu compañero ya empezó.
Tamara disparó.
La bala impactó contra el recipiente blindado.
Cristian retrocedió.
Pero no lo soltó.
Al mismo tiempo comenzaron los gritos.
—¡Se cortó la energía!
—¡Busquen a los intrusos!
—¡Protejan el laboratorio!
Linternas comenzaron a moverse por todas partes.
Cristian retrocedió.
—Tengo que irme.
—No esta vez.
Tamara volvió a disparar.
Cristian se lanzó detrás de unas cajas metálicas.
Las balas levantaron chispas.
Entonces una explosión sacudió toda la cantera.
Norberto había volado un depósito secundario de combustible.
Una enorme columna de fuego iluminó el lugar.
El caos fue inmediato.
Los hombres corrían.
Los científicos intentaban abandonar el laboratorio.
Las alarmas se mezclaban con los gritos.
Tamara avanzó entre el humo.
Buscó a Cristian.
Nada.
Entonces vio algo en el suelo.
El recipiente blindado.
Lo levantó.
Pesaba demasiado poco.
Tamara frunció el ceño.
Abrió la tapa.
Vacío.
—No...
Cristian la había engañado.
Otra vez.
La cápsula seguía en su poder.
A lo lejos se escuchó el rugido de una motocicleta.
Tamara levantó la cabeza.
Cristian atravesaba un camino lateral.
Sujetaba un pequeño maletín negro contra el pecho.
Tamara levantó el arma.
Demasiado tarde.
La motocicleta desapareció entre la oscuridad de la montaña.
Entonces escuchó la radio.
—¡Tamara!
Era Norberto.
—¡Bustafa escapó!
Tamara apretó los dientes.
Habían destruido el laboratorio.
Habían impedido que la cápsula fuera activada.
Pero el verdadero objetivo seguía libre.
Y ahora tenían un nombre.
Cristian Gallego.
Tamara corrió hasta encontrar a Norberto.
Las llamas comenzaban a extenderse por la cantera.
Las explosiones secundarias hacían caer chapas y vigas metálicas.
—¿Estás bien?
—Sí.
Norberto miró hacia el camino.
—Cristian escapó.
—Bustafa también.
Los dos contemplaron el laboratorio envuelto en fuego.
La misión había impedido la activación de la cápsula.
Pero no habían recuperado el objetivo.
De pronto, el cielo comenzó a vibrar.
Un ruido de rotores creció sobre la cantera.
Tres helicópteros negros aparecieron entre las nubes.
Sus reflectores iluminaron el terreno.
—La agencia —dijo Norberto.
Los primeros comandos descendieron por sogas.
Otros rodearon el complejo.
Los hombres armados comenzaron a rendirse.
En pocos minutos, todo había terminado.
Dentro de uno de los helicópteros, una pantalla se encendió.
El comandante apareció.
—Recibí el informe.
Tamara habló antes de que pudiera continuar.
—Cristian escapó.
—Lo sé.
—Y se llevó la cápsula.
El comandante asintió.
—También lo sé.
Norberto apoyó ambas manos sobre la mesa.
—Entonces fracasamos.
—No.
Los dos lo miraron.
—Evitaron que la cápsula fuera activada y destruyeron el laboratorio.
El comandante hizo una pausa.
—Eso nos dio algo que necesitábamos.
—¿Qué?
—Tiempo.
La pantalla cambió.
Apareció una fotografía.
Brescio.
Seguía internado.
Pero estaba despierto.
Tenía el torso completamente vendado.
Y sonreía.
Tamara sintió que el pecho se le aflojaba.
—Sobrevivió.
—Hace unas horas recuperó el conocimiento.
Norberto sonrió.
—¿Qué dijo?
El comandante permitió una pequeña sonrisa.
—Preguntó cuándo podía volver al trabajo.
Norberto soltó una carcajada.
—Ese sí que está loco.
—Creo que los tres forman un buen equipo.
La sonrisa desapareció.
—Pero la próxima vez no podrán improvisar.
La pantalla cambió nuevamente.
Apareció un mapa de Europa.
Roma.
París.
Berlín.
Madrid.
Londres.
Varias ciudades estaban marcadas.
—Hace cuarenta minutos detectamos movimientos bancarios vinculados a Cristian Gallego.
Tamara observó el mapa.
—¿Está preparando otra operación?
—Eso creemos.
El comandante hizo una pausa.
—Y será mucho más grande.
Norberto miró nuevamente las ciudades.
—¿La cápsula era solo el principio?
El comandante no respondió inmediatamente.
—Sí.
La pantalla se oscureció.
—Descansen unos días.
La comunicación comenzó a cortarse.
—Van a necesitarlos.
Tamara levantó la mirada.
—¿Por qué?
La imagen del comandante volvió a aparecer durante un segundo.
—Porque la próxima misión podría definir el futuro de millones de personas.
La pantalla se apagó.
El helicóptero continuó alejándose de la cantera.
A través de la ventanilla, Tamara observó el laboratorio todavía envuelto en llamas.
Cristian Gallego había escapado.
La cápsula continuaba en sus manos.
Pero ahora Los Notables tenían algo que antes no tenían.
Un nombre.
Un rostro.
Y un enemigo.
Tamara permaneció mirando la oscuridad hasta que las llamas desaparecieron en la distancia.
La guerra acababa de comenzar.
Ver más