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Crónicas de El Cenáculo–La Montonera. El retiro

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El Cenáculo–La Montonera quedaba bastante más lejos de lo que algunos habían imaginado. El camino de entrada se extendía entre árboles y grandes espacios verdes hasta que, finalmente, apareció ante ellos el conjunto de edificios que formaban parte del predio. Era sábado por la mañana. Los seis habían llegado con pocos minutos de diferencia, aunque ninguno conocía a los demás. Evaristo Ledesma fue el primero en bajar del auto. Tenía cuarenta y ocho años, era alto, delgado y llevaba el cabello entrecano cuidadosamente peinado hacia atrás. Sacó un paquete de cigarrillos del bolsillo de la camisa, golpeó dos veces la base contra la palma de la mano y encendió uno. —Al fin —murmuró. A pocos metros, una mujer cerró la puerta de otro vehículo. —¿Vos también venís al retiro? Evaristo retiró el cigarrillo de la boca. —Parece que sí. Ella sonrió. —Malena. —Evaristo. Malena Arístegui tenía treinta y cuatro años. El cabello negro y lacio le llegaba casi hasta la mitad de la espalda. Vestía jeans, zapatillas blancas y una campera liviana. Mientras hablaba, comenzó a mascar un chicle. —¿Primera vez? —Sí. —Yo también. Un tercer auto estacionó detrás de ellos. De allí bajó un hombre robusto, de barba corta y pelo castaño muy corto. Llevaba un bolso deportivo en una mano y un paquete de tabaco en la otra. —¿El retiro es acá? —preguntó. —Eso parece —contestó Malena. El hombre miró alrededor. —Esperemos que no nos hagan cantar. Evaristo sonrió. —¿Tan mal cantás? —No. Pero canto peor cuando me obligan. El hombre sacó papel y tabaco. —Lisandro Veyra. —Malena. —Evaristo. Lisandro comenzó a armar un cigarrillo mientras miraba el lugar. —Linda quinta. —No es una quinta —aclaró una voz detrás de ellos. Los tres se dieron vuelta. Nicanor Bellido acababa de acercarse. Era un hombre de cincuenta y seis años, corpulento, de cabello completamente blanco y un grueso bigote que le cubría parte del labio superior. Vestía pantalón oscuro, camisa clara y zapatos cómodos. Sacó un caramelo de menta del bolsillo y se lo llevó a la boca. —Es un predio bastante grande —agregó. Lisandro guardó el encendedor. —¿Usted ya vino? —No. —Entonces estamos igual. Nicanor sonrió. —La diferencia es que yo leí un poco antes de venir. Malena dejó escapar una pequeña risa. —¿Usted es de los que leen todo antes de viajar? —Todo lo que puedo. Una mujer apareció entonces por el camino de entrada. Era joven. Tenía el cabello rojizo hasta los hombros, piel muy clara y unos ojos verdes que parecían destacar incluso desde lejos. Llevaba una mochila pequeña y caminaba despacio, mirando los edificios. Irupé Salvatierra. Tenía veintinueve años. Al llegar junto al grupo, saludó con un movimiento de cabeza. —Hola. —Hola —respondieron casi al mismo tiempo. Irupé sacó un pequeño paquete del bolsillo de la mochila. —¿Son ustedes los del retiro? —Sí —dijo Malena. Irupé abrió el paquete y tomó una pastilla de menta. —Perfecto. La última en llegar fue Amparo Elizondo. Estacionó unos minutos después y bajó con un bolso pequeño en una mano y un cuaderno en la otra. Tenía treinta y ocho años, cabello castaño claro y ondulado, recogido detrás de la cabeza. Una pequeña cicatriz atravesaba su ceja izquierda. Se quedó unos segundos mirando el lugar antes de acercarse. —¿Llegué tarde? —Todavía no empezó nada —respondió Nicanor. —Entonces llegué justo a tiempo. Amparo sonrió y guardó el cuaderno debajo del brazo. Los seis quedaron finalmente juntos. Durante unos segundos nadie habló. Era una situación extraña. Seis desconocidos. Un fin de semana. Un lugar que ninguno conocía demasiado. Y una actividad de la que, en realidad, ninguno sabía exactamente qué esperar. Desde el edificio principal apareció un hombre vestido con ropa sencilla. —¿Los seis del retiro? —Sí —contestó Amparo. —Perfecto. Soy Darío. Voy a acompañarlos durante estos días. Darío los saludó uno por uno. Después tomó una carpeta. —Antes de instalarse, les voy a explicar algunas cosas. Lisandro encendió su cigarrillo. Malena volvió a mascar el chicle. Irupé guardó la pastilla de menta en el bolsillo. Nicanor volvió a llevarse un caramelo a la boca. Evaristo expulsó lentamente el humo. Amparo abrió su cuaderno. Darío los observó. —Lo primero que quiero decirles es que este retiro no tiene demasiadas reglas. Hizo una pausa. —Pero hay una que sí les voy a pedir que respeten. Los seis prestaron atención. —Después de las once de la noche, no deben alejarse solos del edificio principal. Lisandro levantó una ceja. —¿Por qué? Darío sonrió apenas. —Porque el predio es muy grande y de noche es fácil perderse. Nicanor asintió. —Tiene sentido. Darío cerró la carpeta. —Bueno. Ahora sí. Vamos a mostrarles dónde van a dormir. Darío los condujo hacia el edificio principal. Mientras caminaban, les fue señalando algunos de los lugares que formaban parte del predio. —Acá van a desayunar y almorzar. La cena también se sirve acá. Los seis caminaban detrás de él. El lugar era mucho más grande de lo que habían imaginado al llegar. Había árboles enormes, senderos que se perdían entre la vegetación y distintas construcciones distribuidas a cierta distancia unas de otras. Malena miraba hacia todos lados. —¿Cuánta gente viene normalmente? —Depende de la época —respondió Darío—. Algunos fines de semana hay grupos grandes; otros son más tranquilos. —Este parece tranquilo —comentó Lisandro. —Por ahora. Evaristo sonrió mientras encendía otro cigarrillo. —¿Se puede fumar acá? —En los lugares habilitados, sí. —Perfecto. Nicanor sacó otro caramelo de menta. —¿Y las habitaciones? —Ahora vamos con eso. Entraron al edificio. El interior era sencillo y silencioso. Había un amplio salón, algunas mesas y sillas distribuidas contra las paredes. Más adelante aparecía un pasillo que conducía hacia las habitaciones. Darío comenzó a repartir las llaves. —Evaristo, habitación tres. Le entregó una llave. —Malena, cuatro. Otra llave. —Lisandro, cinco. Lisandro guardó la llave en el bolsillo. —Nicanor, seis. —Gracias. —Irupé, siete. La joven tomó la llave y asintió. Finalmente, Darío miró a Amparo. —Vos, ocho. Amparo tomó la llave. —¿Todas están en el mismo sector? —Sí. —Mejor. Darío les dio unos minutos para acomodarse. Las habitaciones eran pequeñas pero cómodas. Una cama, una mesa de luz, un placard y una ventana que daba hacia los árboles. Irupé dejó la mochila sobre la cama y abrió la ventana. El aire fresco entró inmediatamente. Desde allí podía verse un sendero que desaparecía detrás de una hilera de árboles. Se quedó unos segundos mirando. Después cerró la ventana. En el salón principal, los demás comenzaban a reunirse. La primera actividad sería después del almuerzo. Hasta entonces tenían tiempo libre. Malena se sentó junto a una de las ventanas y continuó mascando chicle. —¿Alguien sabe qué vamos a hacer? —Supongo que nos van a hacer hablar de nuestros sentimientos —respondió Lisandro. —¿Y eso te preocupa? —No. Me preocupa que después quieran que hable de los sentimientos de los demás. Evaristo soltó una carcajada. Nicanor negó con la cabeza. —No seas tan negativo. —No soy negativo. Soy realista. Amparo permanecía algo apartada. Había abierto su cuaderno y escribía. Malena se acercó. —¿Qué anotás? Amparo levantó la mirada. —Nada importante. —¿Escribís durante todo? —A veces. —¿Diario personal? —Algo así. Malena no insistió. A las doce y media almorzaron juntos. La conversación fluyó mucho más que durante la llegada. Hablaron de sus trabajos, de sus familias y de las razones por las que habían decidido participar. Evaristo contó que había ido principalmente porque su esposa consideraba que necesitaba bajar un poco el ritmo. —Trabajo demasiado —admitió—. Eso dice ella. —¿Y tiene razón? —preguntó Irupé. Evaristo sonrió. —Probablemente. Lisandro había ido porque un amigo se lo había recomendado. Nicanor buscaba simplemente unos días de tranquilidad. Malena dijo que necesitaba despejarse. Irupé prefirió no dar demasiadas explicaciones. —Me pareció una buena idea venir. Amparo permaneció unos segundos en silencio. —Yo también necesitaba alejarme. Después de almorzar tuvieron la primera actividad. Darío los llevó hasta un salón amplio. Había seis sillas formando un círculo. —La idea es sencilla —explicó—. Durante la próxima hora vamos a olvidarnos un poco de lo que ocurre afuera. Lisandro miró las sillas. —¿Una hora? —Una hora. —Eso sí que lo puedo hacer. Se sentaron. Darío comenzó con algunas preguntas. Qué esperaban encontrar durante esos días. Qué cosas les costaba dejar atrás. Qué significaba para ellos estar solos. Al principio las respuestas fueron breves. Después comenzaron a hablar más. El tiempo pasó rápidamente. Cuando terminó la actividad, Darío los invitó a caminar por el predio. —No hace falta que vayamos todos juntos —aclaró—. Pueden caminar, quedarse acá o volver a sus habitaciones. Los seis salieron. Algunos caminaron juntos. Evaristo y Lisandro se adelantaron unos metros para fumar. Malena conversaba con Nicanor. Amparo iba detrás, escribiendo algo en su cuaderno mientras caminaba. Irupé se quedó unos metros más atrás. Observaba los árboles. El lugar transmitía una tranquilidad extraña. No había ruido de tránsito. No había bocinas. No había edificios alrededor. Solamente viento, pájaros y el sonido de sus propios pasos. Por primera vez desde que había llegado, Irupé sintió que realmente podía desconectarse. Se detuvo. Los demás continuaron caminando. —¿No venís? —preguntó Malena desde adelante. —Después los alcanzo. Malena levantó la mano y siguió caminando. Irupé permaneció unos segundos quieta. Miró el sendero. Después miró hacia los árboles. Respiró profundamente. Y comenzó a caminar sola. No tenía un destino concreto. Simplemente quería alejarse un poco. El sendero se estrechó a medida que avanzaba y la vegetación se hizo más tupida. De vez en cuando aparecía alguna construcción entre los árboles, pero Irupé no le prestó demasiada atención. Siguió caminando. Después de unos minutos encontró un edificio pequeño, apartado del camino principal. Era sencillo, de paredes claras y grandes ventanas. Irupé se acercó. La puerta estaba abierta. Entró. Adentro había una sala amplia y silenciosa. Varias sillas estaban acomodadas contra una pared. En un rincón había una pequeña mesa y, sobre ella, una jarra con agua. Irupé miró alrededor. No había nadie. Dejó la mochila junto a una silla. Por primera vez desde que había llegado sintió que realmente estaba sola. Sonrió. Sacó una pequeña manta de la mochila y la extendió sobre el piso. Comenzó a hacer yoga. No tenía apuro. Después de unos minutos se sentó con las piernas cruzadas y permaneció quieta, respirando lentamente. El silencio era absoluto. Cuando terminó, tomó la botella de agua y bebió. Después sacó un libro. Se acomodó junto a una de las ventanas y comenzó a leer. No supo cuánto tiempo había pasado hasta que miró el reloj de la pared. Las cuatro y veinte. Había salido del grupo alrededor de las tres y veinte. Una hora. Guardó el libro. Dobló la manta. Se puso la mochila al hombro. Antes de salir volvió a mirar la sala. Todo estaba exactamente igual. Cerró la puerta y emprendió el regreso. Mientras caminaba pensó que había sido una buena decisión alejarse. Necesitaba eso. Silencio. Un poco de tiempo para ella. Nada más. Los otros cinco continuaron caminando por el predio. Al principio nadie notó la ausencia de Irupé. Malena fue la primera en preguntar. —¿Irupé no venía con nosotros? —Dijo que nos alcanzaba después —respondió Amparo. Siguieron caminando. Pasaron varios minutos. Después veinte. Nicanor miró hacia atrás. —¿No les parece que está tardando demasiado? —Capaz volvió a la habitación —dijo Evaristo. —Puede ser. Continuaron. Cuando regresaron al edificio principal, Irupé no estaba allí. Malena golpeó la puerta de su habitación. No hubo respuesta. Abrió. La mochila no estaba. La cama estaba intacta. —Debe seguir afuera —dijo Lisandro. Evaristo miró el reloj. —Ya pasó bastante tiempo. Darío apareció en el pasillo. —¿Qué ocurre? —No encontramos a Irupé. Darío frunció el ceño. —¿Hace cuánto? Malena miró a los demás. —Una hora, más o menos. Darío tomó su teléfono. —Voy a avisar a los responsables del predio. Los cinco volvieron a salir. Buscaron por los senderos. Preguntaron a otras personas. Revisaron los lugares donde habían estado durante la tarde. Nada. Irupé no aparecía. Cuando comenzó a oscurecer, la preocupación se transformó en miedo. Darío llamó a distintas zonas del predio. No hubo respuesta. A las nueve de la noche organizaron una búsqueda. A las once todavía no la habían encontrado. A medianoche tampoco. Pasaron las horas. El cansancio comenzó a apoderarse de todos. Malena no quería irse a dormir. —Tiene que estar en algún lado. —La vamos a encontrar —dijo Nicanor. Pero su voz ya no tenía la seguridad de unas horas antes. Evaristo fumaba un cigarrillo detrás de otro. Lisandro caminaba de un lado a otro. Amparo había dejado de escribir. Nadie hablaba demasiado. El domingo llegó sin respuestas. La búsqueda continuó durante todo el día. Cuando cayó la noche, Irupé seguía sin aparecer. Y llegó el lunes. Para Irupé, en cambio, solamente había pasado una hora. Caminaba tranquilamente por el sendero. No tenía idea de lo que estaba ocurriendo. Pensaba en volver al edificio, darse una ducha y descansar un rato antes de la cena. Cuando finalmente vio las construcciones a lo lejos, aceleró el paso. Al acercarse distinguió a varias personas reunidas. Reconoció a Malena. A Nicanor. A Evaristo. A Lisandro. También estaba Amparo. Irupé levantó una mano. —¡Ahí están! Los cinco se dieron vuelta. Durante unos segundos nadie reaccionó. Irupé se detuvo. —¿Qué pasa? Malena comenzó a caminar hacia ella. Después corrió. La abrazó con fuerza. Irupé quedó completamente desconcertada. —¿Qué te pasa? Malena lloraba. —¿Dónde estuviste? —¿Cómo que dónde? —¡Desapareciste! Irupé se separó lentamente. —No desaparecí. Los demás se acercaron. Nicanor tenía los ojos enrojecidos. —Irupé, te estuvimos buscando durante dos días. Ella lo miró sin entender. —¿Dos días? —Dos días. Irupé soltó una pequeña risa nerviosa. —No. —Sí. —No puede ser. Miró su reloj. Seguía marcando las cuatro y veinte. —Me fui hace una hora. Nadie respondió. Irupé miró a los cinco. —Me fui a hacer yoga. Después estuve leyendo. Lisandro la observaba como si intentara descubrir si estaba bromeando. —¿Dónde? —En un edificio que está por allá. Señaló hacia los árboles. —¿Qué edificio? Irupé frunció el ceño. —Ese. Los cinco miraron en la dirección indicada. Entre los árboles no había ningún edificio. Solo vegetación. Irupé volvió a señalar. —Ahí. Nicanor negó lentamente con la cabeza. —Irupé... —¿Qué? —Ahí no hay nada. Irupé permaneció inmóvil. Miró nuevamente hacia los árboles. —No puede ser. —¿Qué había ahí? —preguntó Amparo. —Un edificio. —¿Cómo era? —preguntó Nicanor. Irupé comenzó a describirlo. —Era bastante sencillo. Había una sala grande, unas sillas contra la pared, una mesa y una ventana grande. Estaba todo muy tranquilo. Lisandro la observaba sin decir nada. —¿Y qué hiciste ahí? —Yoga. —¿Yoga? —Sí. —¿Y después? —Tomé agua y me puse a leer. Malena la miró con incredulidad. —¿Todo ese tiempo? Irupé levantó su reloj. —Una hora. Los cinco intercambiaron miradas. —Irupé —dijo Evaristo—, desapareciste hace dos días. Ella negó con la cabeza. —No. Me fui hace una hora. —Te buscamos durante dos días. —Pero yo estuve una hora ahí. Se hizo un silencio incómodo. Irupé miró nuevamente hacia los árboles. —Además, ustedes estuvieron todo el tiempo juntos. —¿Y qué tiene que ver eso? —preguntó Lisandro. —Que yo justamente no quería hacer eso. Los demás la miraron. —Vine a un retiro para desconectarme —continuó—. Ustedes siguieron haciendo lo mismo de siempre. Se levantaron, hicieron las actividades, siguieron al guía, hicieron lo que les decía uno, después lo que les decía otro. Todo en grupo. Malena bajó lentamente la mirada. —Nosotros pensamos que te había pasado algo. —Ya sé. —Te buscamos por todos lados. —Pero yo estaba bien. Irupé hizo una pausa. —Hice yoga. Tomé agua. Leí un rato. Estuve tranquila. Eso era lo que necesitaba. Nicanor señaló hacia el lugar donde supuestamente había estado el edificio. —¿Y eso? Irupé miró. El edificio seguía sin aparecer. —No sé. Por primera vez pareció dudar. —Pero estaba ahí. Darío se acercó unos pasos. —¿Estás segura de que era ese lugar? Irupé asintió. —Completamente. —¿Y cuánto tiempo estuviste? —Una hora. Darío miró a los demás. Nadie respondió. Irupé volvió a observar los árboles. Después respiró profundamente. —Bueno... supongo que será mejor que volvamos. Comenzaron a caminar. Los cinco fueron detrás de ella. Ninguno volvió a hablar durante el trayecto. Irupé caminaba tranquila. Para ella, aquella había sido solamente una hora de retiro. Para los demás, habían sido dos días. Y ninguno de los seis pudo explicar dónde había estado Irupé durante ese tiempo.
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