En el barrio todos conocían al viejo Pacho.
No hacía falta saber demasiado sobre él para tenerle miedo.
Pacho vivía en una casa antigua, de esas que alguna vez habían sido lindas y que con el paso de los años parecían haberse rendido. La pintura de las paredes estaba descascarada, las persianas permanecían casi siempre cerradas y el pequeño jardín delantero había desaparecido debajo de las malezas.
Pero había algo que llamaba todavía más la atención.
El auto.
Estaba estacionado sobre la vereda desde hacía tantos años que algunos vecinos aseguraban que ya formaba parte de la casa.
Era un Peugeot 404.
O, al menos, alguna vez lo había sido.
El color celeste original apenas podía distinguirse debajo de las manchas de óxido. La carrocería estaba cubierta de pequeñas marcas, golpes y zonas donde la pintura se había desprendido por completo. Los neumáticos estaban desinflados y las ventanillas permanecían cerradas, cubiertas por una fina capa de suciedad.
Nadie recordaba haberlo visto circular.
Nadie, salvo Pacho.
Y nadie sabía por qué seguía ahí.
Los chicos del barrio evitaban pasar demasiado cerca.
Cuando tenían que caminar por esa vereda, aceleraban el paso.
Algunos aseguraban que el viejo salía de repente de la casa para perseguirlos.
Otros decían que lo habían visto observándolos desde detrás de las cortinas.
Había quienes incluso juraban que Pacho había amenazado con matar al próximo chico que tocara el auto.
Probablemente muchas de esas historias fueran mentira.
Pero a nadie le interesaba comprobarlo.
Pacho se había ganado su fama.
Era un hombre gruñón, de pocas palabras y mal carácter. Si encontraba una pelota en su jardín, la pinchaba. Si alguien se apoyaba contra su pared, salía a los gritos. Si los chicos jugaban demasiado cerca de su casa, abría la puerta y los insultaba hasta que se alejaban.
Tres años atrás había muerto su esposa.
Con ella se había ido la poca armonía que todavía existía dentro de aquella casa.
Antes de enviudar, Pacho ya tenía mal carácter, pero al menos su mujer conseguía hablar con los vecinos, saludar a los chicos y mantener la casa relativamente cuidada.
Después de su muerte, Pacho se encerró.
La casa se deterioró.
Y él también.
Con el tiempo, dejó de salir salvo para hacer las compras indispensables. Nadie volvió a verlo sonreír.
Para los chicos, simplemente se convirtió en el ogro del barrio.
Y el Peugeot 404 pasó a formar parte de aquella leyenda.
Hasta aquella tarde.
La ambulancia llegó cerca de las cinco.
Aaron fue el primero en verla.
Estaba jugando a la pelota con Facundo cuando escuchó la sirena.
—Mirá.
Los dos dejaron de jugar.
La ambulancia se detuvo frente a la casa de Pacho.
Tamara y Andrea, que estaban sentadas en el cordón de la vereda, también se acercaron.
Los cuatro observaron en silencio.
Dos enfermeros bajaron de la ambulancia y entraron rápidamente a la casa.
Pasaron varios minutos.
Después salieron empujando una camilla.
Sobre ella estaba Pacho.
Parecía mucho más pequeño que de costumbre.
Llevaba los ojos cerrados y una máscara de oxígeno cubría parte de su rostro.
Los cuatro chicos miraron.
Ninguno dijo nada.
Pacho fue introducido en la ambulancia.
Las puertas se cerraron.
La sirena volvió a sonar.
Y el vehículo desapareció por la esquina.
Aaron esperó unos segundos.
—Se murió.
—No digas boludeces —contestó Tamara.
—Si estuviera muerto no se lo llevarían en ambulancia —dijo Andrea.
Facundo miró la casa.
—Entonces ahora no hay nadie.
Los otros tres lo miraron.
Facundo sonrió.
—Podemos entrar.
—¿A la casa? —preguntó Tamara.
—No. Al patio.
Aaron miró el Peugeot.
—Al auto.
Nadie respondió.
Durante unos segundos, los cuatro permanecieron inmóviles.
Era una idea estúpida.
Precisamente por eso resultaba tentadora.
Andrea fue la primera en cruzar la verja.
—Dale.
Tamara la siguió.
Aaron miró hacia la esquina por donde había desaparecido la ambulancia.
Después entró.
Facundo fue detrás de ellos.
El jardín estaba silencioso.
Demasiado silencioso.
La puerta de la casa permanecía cerrada.
Las persianas también.
Los cuatro caminaron hasta el auto.
De cerca era todavía más viejo.
Aaron pasó un dedo por la carrocería y retiró la mano cubierta de polvo.
—Está hecho mierda.
—No lo toques —dijo Tamara.
—¿Ahora te da miedo?
—Sí.
Aaron sonrió.
Abrió la puerta del conductor.
El sonido de las bisagras resonó por todo el jardín.
Los cuatro se quedaron quietos.
—¿Escucharon?
—Es la puerta —dijo Andrea.
Aaron subió.
Los otros dudaron.
El interior parecía todavía más deteriorado que el exterior.
Los asientos prácticamente habían desaparecido. Debajo de la poca tela que quedaba se veía el metal oxidado. Algunas partes del tablero estaban rotas. El volante conservaba apenas restos de una vieja goma espuma.
El olor fue lo peor.
Humedad.
Óxido.
Y algo más.
Un olor encerrado durante años.
Facundo se tapó la nariz.
—Qué asco.
—Bajate entonces —dijo Aaron.
Facundo no bajó.
Tamara terminó sentándose atrás.
Andrea ocupó el asiento del acompañante.
Facundo se acomodó junto a Tamara.
Aaron cerró la puerta.
El ruido del golpe hizo eco dentro del auto.
—Bueno —dijo—. ¿Y ahora?
Nadie contestó.
Aaron puso las manos sobre el volante.
—Hagamos como que manejamos.
Giró el volante hacia un lado.
No se movió.
Intentó hacerlo nuevamente.
Entonces escucharon un ruido.
Un pequeño golpe proveniente del motor.
Tac.
Los cuatro se quedaron inmóviles.
Tac.
Otro golpe.
Aaron retiró las manos del volante.
—¿Qué fue eso?
El motor tosió.
Una vez.
Dos.
Y arrancó.
Los cuatro gritaron.
El Peugeot comenzó a vibrar.
—¡Bajá! —gritó Andrea.
Aaron intentó abrir la puerta.
No pudo.
—¡Está trabada!
Tamara tiró de la manija trasera.
Nada.
Facundo comenzó a golpear el vidrio.
—¡Abrí! ¡Abrí!
El motor rugió.
El Peugeot avanzó.
Salió del jardín.
Atravesó la verja abierta.
Y quedó sobre la calle.
—¡Frená! —gritó Andrea.
Aaron buscó el pedal.
Lo pisó.
El auto no disminuyó la velocidad.
—¡No frena!
La calle comenzó a pasar cada vez más rápido frente a ellos.
El Peugeot avanzaba.
Aaron giró el volante.
El volante giró solo.
El auto corrigió su trayectoria.
—¡No lo estoy manejando! —gritó Aaron.
Entonces Andrea comprendió algo.
—No somos nosotros.
—¿Qué?
Andrea miró hacia adelante.
—El auto.
El Peugeot aceleró.
Y el miedo reemplazó definitivamente a la diversión.
Una mujer apareció cruzando la calle.
Doña Amanda.
Los chicos la conocían de toda la vida.
—¡Frená! —gritó Tamara.
Aaron pisó el freno con todas sus fuerzas.
No ocurrió nada.
Doña Amanda levantó la cabeza.
Vio el auto.
Intentó retroceder.
Demasiado tarde.
El golpe fue seco.
El cuerpo salió despedido.
Tamara gritó.
Facundo comenzó a llorar.
—¡Frená! ¡Frená!
El Peugeot continuó.
Como si nada hubiera ocurrido.
Aaron tiró del volante.
No respondía.
El auto siguió derecho.
Entonces Tamara vio a sus padres.
Estaban cruzando por la senda peatonal.
—¡Mamá!
Su voz se quebró.
—¡PAPÁ!
Los dos levantaron la cabeza.
El Peugeot avanzó.
Tamara comenzó a golpear desesperadamente la ventanilla.
—¡NO! ¡NO!
El auto los alcanzó.
El golpe hizo que los dos cuerpos se elevaran.
Tamara dejó escapar un grito que terminó convertido en llanto.
—¡Mamá!
Andrea la abrazó.
Facundo lloraba sin parar.
Aaron seguía luchando con el volante.
—¡No puedo hacer nada!
El Peugeot continuó avanzando.
Llegó hasta la plaza.
Había adolescentes sentados en los bancos.
Algunos tomaban mate.
Otros hablaban.
Uno de ellos levantó la vista al escuchar el motor.
—¡Corran! —gritó Aaron.
Algunos lo hicieron.
Otros no llegaron a reaccionar.
El Peugeot subió a la vereda.
Los chicos vieron cómo las personas corrían en todas direcciones.
El auto pasó entre los bancos.
Golpes.
Gritos.
Vidrios.
Un mate volando por el aire.
Un banco cayendo.
Personas intentando escapar.
Pero el Peugeot parecía no detenerse ante nada.
Tamara tenía las manos sobre el rostro.
—Quiero bajar.
—¡No podemos! —gritó Andrea.
Facundo golpeaba la puerta.
—¡Déjenme salir!
Aaron sentía que las manos le temblaban.
El volante continuaba girando solo.
El Peugeot abandonó la plaza.
Volvió a la calle.
Durante unos segundos pareció disminuir la velocidad.
Los cuatro respiraron.
Quizás se había terminado.
Quizás finalmente iba a detenerse.
Pero el motor volvió a rugir.
El Peugeot aceleró.
Los chicos gritaron.
La calle comenzó a pasar nuevamente frente a ellos.
Aaron cerró los ojos.
No quería mirar.
No quería saber qué vendría después.
Pero el auto no siguió hacia ninguna otra parte.
Doblando una esquina, tomó una calle conocida.
Después otra.
Y otra.
Andrea abrió los ojos.
—Está volviendo.
Aaron miró hacia adelante.
Reconoció la casa.
La casa de Pacho.
El Peugeot desaceleró.
Entró por la misma calle.
Pasó frente a la plaza.
Frente a la esquina donde habían visto a Doña Amanda.
Continuó hasta la vieja casa.
Los cuatro permanecieron inmóviles.
El Peugeot avanzó unos metros más.
Y se detuvo.
Exactamente en el lugar donde había estado estacionado durante años.
El motor se apagó.
Silencio.
Las puertas se destrabaron.
Nadie se movió.
—Bajemos —susurró Andrea.
Aaron abrió su puerta.
Saltó hacia afuera.
Tamara salió detrás.
Facundo prácticamente cayó sobre la vereda.
Andrea fue la última.
Los cuatro respiraban agitadamente.
Se miraron.
Tenían la ropa cubierta de polvo.
Las caras pálidas.
Los ojos llenos de lágrimas.
Pero algo no estaba bien.
Aaron miró hacia la calle.
No había ambulancias.
No había gente corriendo.
No había vidrios rotos.
No había sangre.
Nada.
Doña Amanda estaba cruzando la calle.
Viva.
Los padres de Tamara caminaban tranquilamente unos metros más adelante.
Vivos.
En la plaza, los adolescentes seguían sentados tomando mate.
Como si nunca hubiera ocurrido nada.
Tamara se quedó paralizada.
—No...
Aaron miró a Andrea.
Andrea miró a Facundo.
Facundo no podía hablar.
Todo estaba exactamente igual.
La misma calle.
La misma plaza.
La misma gente.
La misma tarde.
Como si los últimos minutos jamás hubieran existido.
Los cuatro comenzaron a alejarse lentamente de la casa.
Nadie quería mirar nuevamente el Peugeot.
Llegaron hasta la esquina.
Entonces escucharon el sonido.
BEEEEEEP.
Los cuatro se detuvieron.
Se dieron vuelta al mismo tiempo.
El Peugeot 404 seguía estacionado frente a la casa de Pacho.
No había nadie adentro.
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