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El eco de la despedida

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Es tarde. Ya casi oscurece. Estoy sentada en la silla junto a la ventana, mirando cómo la lluvia golpea el cristal. Cada gota parece arrastrar consigo un pedazo de algo que ya no volverá. Algo que se ha ido, pero que no puedo dejar atrás. Y aunque sé que debería irme, mis piernas no se mueven. No puedo. No quiero. El reloj de la pared marca ese tic-tac monótono que me recuerda que el tiempo avanza, que no existe la marcha atrás. Pero yo sigo aquí. Esperando. Esperando que quizás decidas regresar, aunque, en el fondo, sé que no lo harás. Hace días que no hablamos. No. Me corrijo. Hace días que no nos hablamos realmente. Las palabras entre nosotros se han vuelto vacías, como ecos lejanos de lo que alguna vez compartimos. Y yo sigo sentada en la misma silla, repitiéndome una y otra vez lo que ya sé: Este es el final. Ya no hay más. Mi respiración se vuelve pesada, como si el aire se hubiera espesado. Como si ya no pudiera habitar el mismo espacio que antes compartíamos. Tú, que solías ocupar todos mis pensamientos, ahora eres un vacío. Un hueco que duele. Que estremece. Lo siento, pero no sé cómo continuar sin ti. No sé cómo continuar sin esta sensación que se apoderó de mí, que marcó todo lo que tocaste. Recuerdo cómo comenzó todo. Las primeras tardes juntos, cuando el futuro no importaba. Cuando solo existía el momento. El sonido de tu risa resonaba en mis oídos como una melodía suave, casi sagrada. Los paseos bajo el sol, cuando todo parecía sencillo, cuando la vida se sentía clara, limpia, prometedora. ¿Recuerdas? ¿Recuerdas cómo me mirabas? Y yo, tan feliz de tenerte cerca. Pero algo cambió. Algo empezó a deteriorarse, como si las piezas del rompecabezas hubieran dejado de encajar. Como si nuestra historia, tan llena de posibilidades, hubiera llegado a su final mucho antes de que pudiéramos imaginarlo. Miro la mesa. Y ahí está. El vaso de whisky que tanto te gustaba. El que ya nunca tocas. Siempre decías que era tu favorito. Ahora está vacío. Como esa promesa de amor que solías susurrarme. Vacía. Como un eco de algo que quizás nunca existió. El vaso permanece inmóvil. Un testigo mudo de nuestra despedida. Del desvanecimiento lento de lo que alguna vez fuimos. Las conversaciones que antes fluían ahora se sienten como un peso. Como si las palabras que alguna vez fueron consuelo se hubieran convertido en muros invisibles. Muros detrás de los cuales cada uno se esconde. Donde ya no podemos tocarnos. ¿Cuándo dejamos de hablar de nuestros sueños? ¿De nuestras inseguridades? Ahora solo hablamos del clima. De las cosas triviales que no importan. Y lo peor es que las decimos como si todavía significaran algo. Pero no. Ya no. Escucho un ruido a lo lejos. Un coche arrancando. Las luces del vecindario iluminan las sombras del pasillo. Afuera, el mundo sigue girando mientras yo me quedo aquí, atrapada. Quizás es tu coche. Quizás vuelves. Pero no lo sé. Solo me queda esperar, sentada, observando cómo las sombras se alargan con cada minuto, viendo cómo la oscuridad se despliega lentamente sobre todo lo que alguna vez conocí. Hoy, mientras lavaba los platos, recordé aquella tarde en la que cocinamos juntos. El sol entraba por la ventana y tú, tan concentrado en cortar las cebollas, ni siquiera te diste cuenta de que te estaba mirando. Así me enamoré de ti. En esos pequeños momentos. En gestos que parecían insignificantes, pero que para mí lo eran todo. No sé cuándo las palabras se volvieron cuchillos. Cuándo dejamos de mirarnos con ternura y empezamos a vernos como dos desconocidos. Como si lo que compartíamos hubiera sido solo un espejismo. Una historia que nunca fue real. Recuerdo aquellos primeros días, cuando todo era fácil. Cuando tus manos encontraban las mías sin pensarlo. Cuando tus palabras eran mi refugio. Ahora, todo es un silencio pesado. Inacabable. Sé que cometí errores. Sé que fui egoísta. Hay tantas cosas que me gustaría cambiar... Tantas veces que pude haberte escuchado mejor. Tantas veces que pude haber estado ahí, como lo necesitabas. Te fallé. Y lo sé. La última vez que hablamos de nosotros, dijiste algo que no he podido olvidar: —Ya no sé si quiero seguir. Ya no sé si esto tiene sentido. Me dolió tanto escucharte. Porque, aunque lo dijiste con calma, sabías que no había vuelta atrás. Esas palabras se clavaron en mi pecho más de lo que quisiera admitir. ¿Qué hicimos mal? ¿Por qué, cuando llegamos a este punto, no supimos salvar lo que teníamos? El sonido de unos pasos acercándose a la puerta me sobresalta. ¿Es ahora? Mi cuerpo se tensa. La respiración se acelera. Cada fibra de mí está en alerta, esperando que toques el timbre, esperando que expliques, que nos entendamos de nuevo. El timbre suena. Abro la puerta con rapidez. Pero tu rostro lo dice todo. Lo que parecía un amor en crecimiento se derrumba como una casa de naipes. Eres tú. Pero tus ojos ya no me miran como antes. Ya no hay amor ahí. Solo cansancio. Una resignación silenciosa que me desgasta. Y aunque estamos tan cerca, la distancia entre nosotros es infinita. —Ya no puedo más —dices. Casi un susurro. Como si esas palabras fueran lo último que pudieras pronunciar sin romperte. Y esas palabras me destruyen. Porque sé que no hay vuelta atrás. Que el futuro que soñamos ya no existe. Que todo lo que construimos se ha desvanecido en la niebla. Mis manos tiemblan cuando intento alcanzar las tuyas. Pero te apartas. Ya no hay espacio entre nosotros. Ni siquiera aire. La habitación se llena de una angustia amarga. Un vacío se abre bajo mis pies, como un abismo que no deja tregua. Te vas. Y yo me quedo aquí, mirando la puerta cerrarse. Como si con ese gesto me arrancaras una parte de mí. Ya no te escucho. Ya no te veo. Mi mente queda en blanco. Mi cuerpo se congela. Te vas. Y no puedo hacer nada. Ya todo ha sido dicho. Y, sin embargo, todo sigue sin decirse. Solo me queda el eco de tu despedida, resonando en cada rincón de esta casa vacía, en cada rincón de mi corazón. La puerta se cierra detrás de ti con un estrépito sordo que retumba en las paredes. Me quedo allí, inmóvil, mirando el espacio que acabas de dejar. La casa, que hasta hace unos minutos era un refugio compartido, ahora parece un laberinto de sombras y ecos. El silencio es absoluto. Casi insoportable. Sobre la mesa, al lado del vaso de whisky vacío —ese que nunca volviste a tocar—, está la llave. No sé cuánto tiempo lleva ahí. Quizás desde que te fuiste. Quizás desde antes. No la noté. No la vi. O no quise verla. Cuando me la diste, apenas si me detuve a mirarla. Un gesto rápido, casi mecánico. La pusiste en mi mano y yo, sin saber bien qué hacer con aquel metal frío, la dejé ahí, sin pensarlo. Como si no significara nada. Y ahora está ahí. Inmóvil. Junto a ese vaso que todavía parece guardar el olor de lo que fuimos. Como si ambos —la llave y el vaso— fueran reliquias de una historia que terminó en silencio. Dos objetos inofensivos que, sin embargo, me atraviesan. Pienso en lo simple que fue todo. El gesto. Tu voz baja. El roce fugaz de nuestras manos. Y lo irreversible que resultó. Nadie grita cuando se termina el amor. A veces solo se entrega una llave. Y eso basta. Camino lentamente hacia la sala. Mis pasos resuenan sobre el suelo de madera, marcando un ritmo que, lejos de tranquilizarme, acentúa una sensación extraña. Algo no encaja. Hay algo fuera de lugar. Algo invisible se cierne sobre el aire como una sombra. Me siento... Observada. Me doy vuelta de golpe. El corazón se me acelera. Nada. Solo el pasillo oscuro que se estira hacia las habitaciones, silencioso, inmóvil, como un túnel sin fin. Pero la sensación persiste. Una presencia sutil. Casi imperceptible. Pero innegable. Es como si el aire se hubiera vuelto más espeso, más denso, difícil de respirar. Como si el espacio mismo estuviera habitado por algo que no alcanzo a ver. Un presentimiento brumoso que se cuela entre los pliegues de mi mente como un susurro inaprensible, apenas fuera del alcance de la razón. Respiro hondo, intentando calmar los latidos frenéticos de mi pecho. No hay motivo para tener miedo. Todo está en orden. O, al menos, eso parece. Las cortinas se balancean suavemente con la brisa nocturna. Las luces parpadean con un ritmo errático. Y el viejo reloj de péndulo sigue marcando el paso del tiempo con su monótona cadencia, como si nada hubiera cambiado. Pero entonces... Un crujido. Apenas audible. Nítido. Proviene de la cocina. El estremecimiento es inmediato. Una corriente helada recorre mi espalda, tensando cada músculo. Un nudo se forma en mi estómago. Podría haber sido mi imaginación. Un simple sonido de la casa asentándose. Pero no. El crujido se repite. Esta vez más claro. Más insistente. Como si algo —o alguien— se deslizara lentamente por el suelo. Avanzo, aunque no lo decido. Mis pies se mueven por sí solos, arrastrándome hacia el final del pasillo. La cocina me espera, sumida en una penumbra espectral que vuelve incierto todo cuanto la rodea. La lámpara del techo parpadea con un temblor agónico, lanzando destellos que deforman las sombras. La puerta, entreabierta como siempre, hoy parece otra cosa. Un umbral. Una advertencia. El aire es helado. Mucho más de lo que debería. Respiro con dificultad. Las paredes parecen cerrarse, apretándome, como si la casa se contrajera en torno a mí. Siento que el tiempo se ralentiza. Que cada segundo pesa como una piedra. Miro hacia la mesa, buscando algo. Cualquier cosa que le dé sentido a este miedo que se ha instalado en mis entrañas. Pero solo encuentro silencio. Y la certeza de que ya no estoy sola. De repente, el sonido se detiene. Un silencio espeso cae sobre la casa. Tan denso como el anterior, pero distinto. Ahora está cargado de algo más. Una presencia. Un presagio. Miro hacia el rincón más oscuro de la cocina, donde las sombras parecen respirar. Moverse. Como si tuvieran una cadencia propia, ajena a las leyes de la lógica. La sensación de ser observada se intensifica. Casi puedo tocarla. Es como si los rincones de esta casa no estuvieran vacíos, sino ocupados por algo que no debería estar aquí. Algo que no pertenece. Algo que se esconde justo fuera de mi vista. Mi corazón golpea con fuerza dentro del pecho, como si intentara escapar. El sonido de mis propios latidos llena mis oídos, opacando todo lo demás. Avanzo hacia la puerta. Cada paso es una lucha contra una resistencia invisible. Mi mano se extiende, pero tiembla al rozar el pomo. ¿Por qué tanto miedo? ¿Qué es lo que creo que voy a encontrar? ¿Qué es lo que temo encontrar? Con un esfuerzo casi físico, giro la manilla. La puerta se abre con un chirrido tenue. La cocina está vacía. La lámpara parpadea. Su luz vacilante crea sombras que bailan sobre las paredes. La mesa está desordenada, como si alguien hubiera estado allí... O como si algo la hubiera atravesado. Pero no hay nadie. Solo esa energía inasible. Ese cambio imperceptible en el aire. No se ha ido. Sea lo que sea, sigue aquí. Observándome. Esperando. Me doy vuelta. El nudo en la garganta se aprieta. La casa está en silencio, pero se siente más viva que nunca. Nunca había estado tan vacía. O, quizás, tan llena de lo desconocido. Casi sin pensarlo, dejo escapar un grito: —¿Leandro, sos vos? Entonces me congelo. ¿Escuché algo? ¿Una respiración? ¿Un eco? No debería haber nadie. No hay nadie. Estoy sola. El silencio me envuelve como un manto. Pero el crujido vuelve a irrumpir. Más claro. Más definido. Como un objeto cayendo. Como un aviso. Un llamado. Mis pies se mueven sin que los mande, dirigiéndose hacia el pasillo. El aire es cada vez más espeso, más denso, como si todo en la casa contuviera la respiración. Cada paso que doy es una lucha contra ese peso invisible. El crujido se repite. Más fuerte. Más cercano. No suena como una amenaza. Suena como una invitación. Una tentación susurrada desde la oscuridad. Y, sin quererlo, sin saber por qué, respondo. Llego al umbral de la cocina y miro con atención. Todo parece en orden. El pequeño reloj de la pared marca su paso con constancia. Los platos están alineados con una precisión casi obsesiva. Inalterados. La normalidad se impone a simple vista. Pero no dentro de mí. Hay algo que no encaja. Una disonancia invisible en el aire, como si la escena que contemplo fuera solo una fachada. Y detrás... Algo se mueve. Entonces, el crujido regresa. Más nítido. Más cercano. Ahora proviene del salón. Mi corazón da un vuelco. El tic-tac del reloj se vuelve distante, borroso, como si el tiempo mismo comenzara a diluirse. Mis ojos se deslizan hacia el rincón más oscuro de la cocina, donde las sombras se alargan, insidiosas. Por un instante, algo se mueve. Un gesto sutil. Una vibración en el aire. Pero al girar la mirada, todo permanece en su sitio. Inmutable. Es mi mente, me repito. Me está traicionando. La despedida me afectó más de lo que pensaba. Y entonces... Algo roza mi cuello. Es un susurro gélido, apenas una caricia helada, pero tan real que mi piel se eriza al instante. Me quedo inmóvil. No hay brisa. Todas las ventanas están cerradas. Nada debería moverse en esta casa. Mi respiración se acelera. ¿Qué está pasando? Doy un paso hacia la sala y, al cruzar el umbral, el espejo de la pared atrapa mi atención. Su superficie refleja la penumbra con una nitidez engañosa. Por un segundo, la luz titila. Una vez. Dos. Y en ese parpadeo, lo veo. Una figura. Detrás de mí. Mi cuerpo reacciona por instinto. Me doy vuelta de golpe. No hay nadie. Nada. Solo la habitación vacía y las sombras que reptan por las paredes, alargándose, ondulando como si tuvieran vida propia. Mi mente se niega a aceptar lo que acaba de ver. Pero la imagen persiste. Grabada en mis retinas como una quemadura. Vuelvo al espejo. La figura ya no está. Pero el aire ha cambiado. Ahora es espeso. Irrespirable. Como si algo invisible hubiera exhalado justo frente a mí. Los pensamientos me atropellan. Estoy sola. Estoy sola. Me lo repito como un mantra. Pero las paredes parecen cerrarse. El techo pesa más. Y los ruidos... Esos ruidos... No cesan. Se multiplican. Pequeños golpes. Un roce. Un crujido constante. Cada vez más cercano. Como si algo se arrastrara por el suelo... Y no quisiera que lo viera llegar. ¿Es mi mente? ¿O algo más está sucediendo aquí? Decido salir de la casa. Tengo que hacerlo. Pero justo cuando me doy vuelta hacia la puerta, un sonido retumba desde el pasillo. Grave. Profundo. El suelo cruje bajo el peso de algo que se arrastra, como si una presencia se deslizara lentamente. Y entonces lo escucho con claridad. Pasos. Uno. Después otro. Lentos. Arrastrados. Cada uno más cercano que el anterior. No son míos. No pueden serlo. La respiración se me corta. Mis ojos recorren la casa en busca de una salida, pero todo parece más oscuro ahora. Más cerrado. Como si los muros se hubieran estrechado sin que me diera cuenta. Los pasos continúan. Ocultos en alguna parte del pasillo. No puedo verlos. Pero los siento. Están ahí. Avanzando hacia mí. La casa ya no es la misma. Es como si algo en su interior se hubiera activado. Despertado. Dispuesto a revelarse. El silencio se transforma en un peso insoportable, casi doloroso. No sé si los pasos vienen del pasillo... O del interior de mi propia mente. Mis piernas tiemblan, pero no responden. El sonido se acerca. Cada respiración mía parece una traición al silencio. El corazón late tan fuerte que siento que va a delatarme. Estoy a punto de enfrentar algo que escapa a toda lógica. A todo entendimiento. El aire se carga de una presencia invisible. Me envuelve. Me presiona. Me estudia. Sé que no estoy sola. Esta certeza no nace del miedo. Nace del instinto más puro. Ese que grita cuando algo nos acecha. Entonces... Un susurro. Suave. Entrecortado. Mi nombre. No. No puede ser. Me congelo. Abro los ojos de golpe, como si eso pudiera borrar lo que acabo de oír. No hay nadie. No puede haber nadie. Pero lo escuché. Lo escuché. Fue real. Miro a mi alrededor. Todo está en su sitio. Inmóvil. Quieto. Pero ya no confío en lo que veo. La calma es una máscara. Y detrás de ella se oculta algo que respira. Doy un paso atrás. El suelo cruje bajo mis pies. Y entonces... Los pasos regresan. No son míos. El eco de esos pasos resuena con una precisión escalofriante, como si alguien imitara cada uno de mis movimientos desde el otro lado de la casa. Como si jugara conmigo. Como si disfrutara del juego. El pánico me aprieta el pecho. Quiero correr. Pero mis piernas no responden. Quiero gritar. Pero el sonido se ahoga en mi garganta. La lógica intenta imponerse. Me dice que nada de esto es real. Pero el instinto, ese que nunca se equivoca, me grita lo contrario. Doy otro paso. Esta vez más lento. Contengo el aliento. Escucho. Nada. El silencio ha vuelto. Pero ahora es distinto. Ahora el silencio es un susurro que se esconde... Antes de gritar. Y entonces, detrás de mí, escucho el sonido más aterrador de todos. La puerta se cierra de golpe. Un estruendo seco. Brutal. Definitivo. Las paredes tiemblan. Mi corazón da un vuelco feroz en el pecho. Me giro de inmediato. El cuerpo en tensión. La sangre martilleando en mis oídos. La puerta de entrada está cerrada. Yo la dejé abierta. Estoy segura. Lo sé. El aire se vuelve helado. El tipo de frío que no viene del clima, sino de algo más primitivo. Como si el espacio mismo se hubiera vaciado de calor. De seguridad. El pánico que antes apenas latía bajo mi piel ahora me arrasa. Y entonces lo entiendo. Con una certeza que me hiela la sangre: No importa lo que haga. No importa cuánto intente convencerme de que todo esto es una ilusión. No estoy sola. Y lo que sea que está aquí conmigo... No quiere que me vaya. Doy un paso hacia la puerta, con el corazón a punto de romperme las costillas. Pero, en ese instante, otro estruendo. Algo cae en el fondo de la casa. Un golpe seco. Pesado. Como si un mueble hubiera sido arrastrado. O como si algo —algo grande— se hubiera desplomado. Y entonces lo veo. Una sombra. Cruza el pasillo. Rápida. Fluida. Demasiado rápida. No tiene una forma clara. Pero es real. No es mi imaginación. No es un juego de luces. Se mueve como si las leyes de este mundo no se aplicaran a ella. Me quedo inmóvil. Paralizada. Sin aliento. El instinto de correr me sacude el cuerpo, pero las piernas no responden. El miedo es un ancla. Una garra. Y, de repente, la luz titila. Una vez. Dos veces. Parpadeos erráticos. La casa se convierte en una secuencia de sombras que se mueven entre destellos. Y luego... Oscuridad. Oscuridad total. Un vacío negro que lo engulle todo. Que me traga a mí también. Mi respiración se vuelve errática. No puedo ver. Solo escucho el pulso en mis oídos, como tambores lejanos. Extiendo las manos. Intento orientarme. Pero el aire se ha vuelto... Distinto. Más espeso. Como si no estuviera sola ni siquiera en la oscuridad. Y entonces lo siento. Un roce. Ligero. Apenas un soplo sobre mi brazo. Pero gélido. Suficiente para helarme hasta la médula. Un escalofrío me atraviesa. No estoy sola. El roce se vuelve toque. El toque, agarre. Una mano. Dedos largos. Fríos. Inhumanos. No puedo verlos, pero los siento. Me sujetan la muñeca con una fuerza imposible de ignorar. Intento soltarme. Tironeo. Pero la presión aumenta. Y entonces algo se cierra alrededor de mi cuello. Firme. Frío. Implacable. Llevo mis manos al cuello, desesperada por apartarlo. Pero no hay nada. No hay forma. No hay rostro. Y, sin embargo, la sensación es real. Tan real como el aire que ya no entra en mis pulmones. Mi visión se nubla. El cuerpo se sacude. Un jadeo ahogado escapa de mi boca. Intento gritar, pero el sonido muere antes de nacer. La presión se intensifica. Y en mis oídos aparece un zumbido. Un lamento profundo que se instala en mi cráneo y lo devora todo. El aire desaparece. El mundo se apaga. Y, al fin... El silencio absoluto. La oscuridad me consume.
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