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Gsabelli

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Historia de un cualquiera

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El sol me quemaba la cara. No era un calor agradable. No de esos que uno busca cuando llega el verano y quiere olvidarse por un rato del frío. Era un calor pesado, insistente, que se me quedaba pegado a la piel y me hacía entrecerrar los ojos cada vez que levantaba la cabeza. Seguí caminando. Escuchaba voces por todas partes. Una mujer hablaba demasiado fuerte. Un hombre se reía. Dos chicos gritaban mientras corrían detrás de algo que yo no alcanzaba a ver. Más adelante, alguien discutía y, unos metros después, otra persona se reía como si aquella discusión no existiera. No prestaba demasiada atención. Caminaba. Eso era todo lo que hacía. Caminar. Mis pies se hundían apenas a cada paso. Sentía cómo algo caliente se metía entre los dedos y se desprendía después, dejando una sensación áspera en la planta. Había personas acostadas alrededor. Algunas estaban boca arriba, con los ojos cerrados. Otras conversaban sin levantarse. Una pareja estaba sentada muy cerca, compartiendo algo que pasaba de una mano a la otra. Mate, pensé. Vi el recipiente apenas de reojo. Seguí caminando. Un chico pasó corriendo delante de mí y tuve que esquivarlo. —¡Cuidado! No sé si me lo dijo a mí o si se lo gritó a alguien que venía detrás. No contesté. El sol seguía golpeándome. Me llevé una mano a la frente. Pensé en ella. Era inevitable. Siempre terminaba pensando en ella. —Tenés que darte tiempo. La voz del psicólogo volvió a aparecer en mi cabeza. No sé por qué recordaba exactamente esa frase. Quizás porque me la había repetido varias veces. —Una separación después de tantos años puede generar un vacío muy importante —había dicho—. Es normal que sientas tristeza, desorientación, incluso cierta sensación de pérdida de identidad. Yo lo había mirado. No sabía qué responderle. Me acuerdo de haber pensado que hablaba como si estuviera leyendo las instrucciones de un aparato. Una sensación de pérdida de identidad. Vacío. Desorientación. Palabras correctas. Palabras profesionales. Palabras que seguramente ayudaban a mucha gente. A mí no. Yo sabía que estaba triste. Sabía que estaba perdido. Sabía perfectamente que ella se había ido. No necesitaba que nadie me explicara eso. Necesitaba que alguien me dijera cómo se hacía para despertarse una mañana y no buscarla al otro lado de la cama. Eso nunca me lo explicó. —Con el tiempo vas a empezar a sentirte mejor. Eso también me dijo. El tiempo. Todo parecía depender del tiempo. Como si el tiempo fuera una persona que pudiera venir a sentarse conmigo y decirme qué hacer. Como si alcanzara con esperar. Mis padres también hablaban del tiempo. —Ya vas a estar mejor. Mi mamá lo decía mientras me servía comida. Yo comía porque ella había cocinado. Mi papá era menos hablador. Se sentaba conmigo, me preguntaba cómo estaba y después se quedaba en silencio. Una tarde me dijo: —Si necesitás algo, sabés que estamos. Eso fue todo. No tenía nada que reprocharle. Nada. Mis padres estaban. Mis hermanos también. Mi hermana me escribía. Mi hermano me llamaba. A veces me invitaban a salir. Yo decía que no. Después insistían un poco. Y finalmente dejaban de hacerlo. No porque no les importara. Porque tampoco sabían qué hacer conmigo. ¿Cómo se ayuda a alguien que no necesita comida, ni dinero, ni un lugar donde dormir? ¿Cómo se ayuda a alguien que solamente quiere que una persona vuelva a entrar por una puerta? —Si necesitás hablar, hablá —me había dicho mi hermana. —Sabés que podés llamarme a cualquier hora. Yo asentí. Siempre asentía. Porque no quería preocuparlos. Y porque no sabía cómo explicarles que podía hablar durante diez horas y seguir sintiéndome exactamente igual. El problema no era que estuviera solo. El problema era que estaba solo sin ella. Y eso era diferente. Un silbido cortó el ruido que me rodeaba. Agudo. Breve. Me detuve. Volvió a escucharse. Por alguna razón, aquel sonido me llevó muchos años atrás. Un tren. Las ruedas golpeando las vías. El movimiento constante. La ventanilla vibrando ligeramente. Ella dormía apoyada contra mi hombro. Me acuerdo perfectamente. Era nuestro viaje. Nuestra luna de miel. Yo tenía la cabeza apoyada contra el vidrio y miraba pasar el paisaje. No recuerdo qué veía. Recuerdo mirarla a ella. Tenía los ojos cerrados. Respiraba despacio. En algún momento abrió los ojos. —¿Me estabas mirando? —No. Sonrió. —Mentiroso. Yo también sonreí. Qué fácil era sonreír entonces. No necesitábamos nada extraordinario. Un tren. Dos asientos. Una valija. Un viaje. Ella. Yo. Éramos suficientes. Durante mucho tiempo pensé que algunas cosas duraban para siempre simplemente porque uno las quería lo suficiente. Me equivoqué. Ella no murió. No desapareció. No tuve que despedirme de ella en un hospital. No hubo una tragedia. No hubo una última oportunidad. Simplemente, un día, se sentó frente a mí y me dijo que ya no quería continuar. Eso fue todo. Después de tantos años. Después de tantas risas. Después de tantas noches. Después de abrazarnos cuando estábamos tristes. Después de abrazarnos cuando estábamos felices. Después de discutir por cosas estúpidas. Después de pedirnos perdón. Después de hacer planes. Después de vivir juntos. Después de acostumbrarnos tanto a la presencia del otro que yo había olvidado que una persona también podía irse. Se fue. Y yo me quedé con todas las cosas que habíamos sido. Seguí caminando. Alrededor mío la vida continuaba. Un grupo de chicos gritaba. Una mujer se reía. Alguien abrió una bebida. Otro encendió un cigarrillo. Más adelante, una pareja se abrazaba. Aparté la mirada. No quería verlos. No porque me molestaran. Porque me recordaban que alguna vez nosotros también habíamos sido así. Me quedé unos segundos mirando el suelo. La arena se pegaba a mis pies. Ahora entendía que llevaba bastante tiempo caminando. El agua estaba cerca. Podía escucharla. Ese sonido constante que llegaba y se retiraba. Llegaba. Se retiraba. Una y otra vez. Me acerqué. Sentí el frío en los pies. Después en los tobillos. Seguí avanzando. Pensé en mi madre. En mi padre. En mis hermanos. En todas esas personas que habían intentado ayudarme sin saber cómo. Pensé en el psicólogo. —Tenés que aprender a soltar. Esa frase me había molestado. Mucho. Porque era fácil decirla. Soltar. Como si ella fuera un objeto. Como si todo lo vivido pudiera abrirse de las manos y caer al suelo. Seguí avanzando. El agua me llegaba cada vez más arriba. Ya no escuchaba con claridad las voces. El mundo comenzaba a quedar atrás. El sol seguía ahí. Fuerte. Blanco. Intenso. Por un momento pensé nuevamente en aquel tren. En ella dormida sobre mi hombro. En su sonrisa cuando descubrió que la estaba mirando. Pensé en mi hermana diciéndome que podía llamarla. En mi padre sentado frente a mí. En mi madre sirviendo un plato que yo casi nunca terminaba. Pensé en el psicólogo. En sus palabras. En el tiempo. En todo lo que supuestamente iba a pasar. Después respiré profundamente. El agua ya me cubría. Sentí miedo. Por primera vez en mucho tiempo, miedo. Mi cuerpo quiso regresar. Durante unos segundos no hice nada. Solo permanecí allí. Después avancé un poco más. El ruido de afuera se hizo lejano. Ya no distinguía las voces. Ya no escuchaba las risas. Ya no escuchaba el silbato. Solo el agua. Me sumergí. Volví a salir. Respiré. Y durante un instante pensé que todavía podía regresar. Que quizá podía hacerlo. Que quizá mi madre tenía razón. Que quizá el psicólogo tenía razón. Que quizá el tiempo... No terminé el pensamiento. Volví a hundirme. Mi cuerpo luchó por salir. Mis brazos se movieron desesperadamente. Busqué arriba. Busqué aire. Durante un instante lo encontré. Después no. Y mientras todo se volvía oscuro, por primera vez desde que ella se había ido, dejé de pensar en ella.
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