LA HABITACIÓN QUE NO EXISTE
Damián Orsini llegó a El Cenáculo–La Montonera un martes por la mañana.
Había manejado casi una hora desde Buenos Aires sin escuchar la radio.
No era algo habitual en él. Siempre necesitaba ruido durante los viajes largos, pero aquella mañana había preferido el silencio.
Cuando estacionó frente a la recepción permaneció unos segundos dentro del auto.
Miró el edificio.
Después el campo.
Respiró profundamente.
—Bueno...
Bajó con un bolso pequeño en una mano.
Tenía cuarenta y siete años, era delgado, de cabello castaño oscuro con algunas canas en las sienes. Vestía jean, zapatos negros y una camisa gris.
No había nada particularmente llamativo en él.
Salvo por un detalle.
Llevaba un chupetín en la boca.
Damián fumaba desde los veinte años y llevaba tiempo intentando dejarlo. Había decidido reemplazar los cigarrillos por chupetines.
No sabía si funcionaría.
Pero necesitaba tener algo en la boca.
Darío apareció detrás del mostrador.
—Buen día.
Damián retiró el chupetín.
—Buen día.
—¿Damián Orsini?
—Sí.
—¿Cuatro noches?
—Sí.
Darío revisó unos papeles.
—Vino solo.
—Sí.
—¿Por descanso?
Damián volvió a colocarse el chupetín.
—Más o menos.
Darío levantó la mirada.
—¿Más o menos?
Damián sonrió apenas.
—Necesitaba estar lejos.
Darío no preguntó de qué.
Le explicó los horarios, las comidas y las actividades del lugar.
Mientras escuchaba, Damián observaba.
La puerta de entrada.
Las ventanas.
El pasillo.
La salida lateral.
El patio.
No parecía buscar nada.
Pero miraba todo.
Darío le entregó una llave.
—Habitación doce.
—¿Está lejos?
—Pasando el comedor. Segunda puerta a la derecha.
Damián guardó la llave.
—Gracias.
Caminó hacia las habitaciones.
La habitación era sencilla.
Una cama, una mesa de luz, un armario, un escritorio y una ventana que daba al campo.
Damián dejó el bolso.
Después recorrió el lugar con la mirada.
Abrió el armario.
Miró detrás de la puerta.
Observó debajo de la cama.
Finalmente se sentó.
Se quitó el chupetín y lo sostuvo entre los dedos.
Afuera, el viento movía lentamente las ramas.
Damián permaneció unos minutos mirando por la ventana.
Después volvió a colocarse el chupetín.
El primer día pasó sin inconvenientes.
Damián almorzó solo.
Se sentó en una mesa desde la que podía observar el comedor.
Una pareja discutía en voz baja.
Dos hombres hablaban de fútbol.
Una mujer leía.
Damián parecía distraído, pero registraba cada detalle.
Después caminó por el predio.
No llevaba teléfono ni escuchaba música.
Simplemente caminaba.
Al regresar pasó junto a Darío.
—¿Todo bien?
—Muy bien.
—¿Le gusta el lugar?
Damián miró los árboles.
—Sí.
—Es tranquilo.
—Eso buscaba.
Esa noche cenó temprano.
Antes de acostarse comprobó dos veces que la puerta estuviera cerrada.
Después apagó la luz.
A las dos y diecisiete de la madrugada se despertó.
No supo por qué.
Permaneció inmóvil.
Entonces escuchó un golpe.
Tac.
Se incorporó.
Otro.
Esta vez parecía venir de la pared detrás de la cama.
Encendió la luz.
Miró la pared.
Nada.
Se acercó y apoyó una mano.
Silencio.
Entonces escuchó tres golpes.
Tac.
Tac.
Tac.
Damián retiró lentamente la mano.
No volvió a dormir.
A la mañana siguiente no dijo nada.
Desayunó solo.
Darío pasó cerca de su mesa.
—¿Durmió bien?
—Sí.
Damián terminó el café.
Intentó olvidarse de los golpes.
Lo consiguió hasta la madrugada siguiente.
A las dos y diecisiete volvió a despertarse.
Esta vez los golpes parecían venir del otro lado de la pared.
Después escuchó una respiración.
Lenta.
Profunda.
Y un grito.
Damián salió al pasillo.
No había nadie.
—¡Darío!
El hombre apareció unos segundos después.
—¿Qué pasó?
—Hay alguien.
—¿Dónde?
Damián señaló la pared.
—En la habitación de al lado.
Darío la observó.
—No hay ninguna habitación al lado de la suya.
—Sí hay. La escuché.
—Su habitación está en el extremo del pasillo. De ese lado solamente está la pared exterior.
Damián quedó callado.
—Probablemente sea una tubería o alguna rama contra la pared —dijo Darío—. Trate de descansar.
Damián lo miró.
—¿Está seguro de que no hay otra habitación detrás de esa pared?
Darío sonrió.
—Completamente.
Y se fue.
Damián esperó hasta que desapareció.
Entonces escuchó nuevamente el golpe.
Tac.
Otro.
Tac.
Se acercó a la pared.
Apoyó la palma.
Nada.
Retiró la mano.
Tres golpes respondieron desde el otro lado.
Tac.
Tac.
Tac.
Damián retrocedió.
El chupetín había quedado en el suelo.
Lo recogió y volvió a su habitación.
Cerró la puerta.
La trabó.
Permaneció de pie en medio de la oscuridad.
Esperó.
Nada.
Finalmente se acostó.
A las 3:06 escuchó tres golpes en la puerta.
Tac.
Tac.
Tac.
Damián se incorporó.
No vio pies debajo de la puerta.
Entonces escuchó una voz.
—Damián...
Se quedó paralizado.
—Abrime.
Damián retrocedió.
La voz volvió a escucharse.
—Damián...
Había algo familiar en ella.
Algo que le produjo un miedo distinto.
No abrió.
Una respiración comenzó a escucharse del otro lado.
Damián corrió hacia la ventana.
La abrió.
Saltó.
Corrió por el campo.
No sabía hacia dónde.
Solo quería alejarse.
Después de varios minutos se detuvo junto a un árbol.
Miró hacia atrás.
Nada.
Respiró.
Volvió caminando hacia los edificios.
Entró por una puerta lateral.
Subió una escalera.
Cuando llegó frente a su habitación se detuvo.
La puerta estaba abierta.
Desde el interior llegó el sonido de una silla arrastrándose.
Damián retrocedió.
Entonces vio una figura reflejada en el vidrio de una ventana.
Un hombre.
Quieto.
Damián giró.
No había nadie.
Volvió a mirar el vidrio.
El hombre estaba allí.
Vestía ropa oscura.
Tenía un cuchillo en la mano.
El rostro permanecía oculto.
Damián corrió.
Atravesó el comedor.
Una mujer lo vio pasar.
—¿Está bien?
Damián no respondió.
Salió al jardín.
Escuchó pasos detrás.
Se dio vuelta.
La criatura corría hacia él.
—¡Ayuda!
Un hombre salió de una habitación.
—¿Qué pasa?
—¡Corre!
El hombre miró detrás de Damián.
—¿Quién te persigue?
Damián señaló.
La criatura estaba a pocos metros.
El hombre no vio nada.
—¿Quién?
Damián retrocedió.
La criatura levantó el cuchillo.
Damián se apartó.
El hombre cayó al suelo.
Damián gritó y salió corriendo.
Desde ese momento la criatura no volvió a darle descanso.
Damián atravesó pasillos, patios y habitaciones.
Intentaba pedir ayuda, pero nadie veía al hombre que lo perseguía.
Una mujer salió al pasillo.
Damián le gritó que cerrara la puerta.
Ella no entendió.
La criatura apareció detrás de ella.
Damián siguió corriendo.
Más adelante encontró a dos hombres.
—¡Ayúdenme!
—¿Qué pasó?
—¡Hay un hombre con un cuchillo!
Los hombres miraron hacia donde señalaba.
No vieron nada.
Damián escuchó los pasos acercándose.
—¡Corran!
No corrieron.
Damián cerró los ojos.
Escuchó un grito.
Cuando volvió a abrirlos, estaba solo.
Llegó hasta el edificio principal.
Encontró a Darío detrás del mostrador.
—¡Darío!
—¿Qué pasa?
—Me está siguiendo.
—¿Quién?
Damián señaló el pasillo.
La criatura estaba allí.
Esperándolo.
—Él.
Darío miró.
No había nadie.
—Damián, necesita descansar.
—No estoy loco.
—No dije eso.
—Usted no puede verlo.
Darío suspiró.
—Voy a llamar a alguien.
Damián palideció.
—No.
—Necesita ayuda.
—No llame a nadie.
Darío tomó el teléfono.
Damián observó cómo marcaba.
Algo cambió en su expresión.
—Darío.
—Voy a pedir ayuda.
—No lo haga.
Darío continuó marcando.
Damián se abalanzó sobre él.
Los dos cayeron contra una mesa.
El teléfono salió despedido.
—¡¿Qué está haciendo?!
—¡No llame a la policía!
Damián levantó el puño.
Se detuvo.
Miró su propia mano.
Durante un instante pareció horrorizado.
—Yo no...
Darío aprovechó para escapar.
Corrió por el pasillo.
—¡Ayuda!
Dos personas aparecieron.
—¿Qué pasa?
—¡Llamen a la policía!
Damián llegó detrás.
Miró a los dos.
Después miró a la criatura.
Estaba junto a ellos.
El cuchillo en la mano.
Damián cerró los ojos.
Cuando los abrió, uno de los hombres estaba en el suelo.
El otro había escapado.
Damián miró sus manos.
—No...
La criatura permanecía frente a él.
—Vos me obligaste.
El hombre no respondió.
Damián comenzó a llorar.
—Vos me obligaste.
Y volvió a correr.
Darío consiguió encerrarse en una oficina.
Tomó el teléfono fijo.
Marcó.
—Policía...
Damián golpeó la puerta.
¡PUM!
—¡Abra!
Otro golpe.
¡PUM!
—¡Damián, tranquilícese!
—¡Abra!
Darío mantuvo el teléfono contra el oído.
—Hay un hombre acá. Está armado.
Damián volvió a golpear.
La puerta comenzó a ceder.
—Se llama Damián Orsini.
Darío escuchó la respuesta.
Su rostro cambió.
—¿Qué?
Escuchó nuevamente.
—¿Está seguro?
Permaneció unos segundos en silencio.
—Entiendo.
Colgó.
La puerta se abrió.
Damián apareció.
—¿Qué le dijeron?
Darío retrocedió.
—Ya sé quién es usted.
Damián quedó inmóvil.
—¿Qué?
—La policía conoce su nombre.
Damián no respondió.
—Usted es buscado.
—No.
—Hay varios asesinatos relacionados con usted.
Damián cerró los ojos.
—No sabe nada.
—Me dijeron que no intente enfrentarlo.
Damián levantó lentamente la cabeza.
Su expresión había cambiado.
—¿Qué más le dijeron?
—Que es peligroso.
Damián sonrió.
Una sonrisa vacía.
—Ya es tarde.
Darío corrió.
Damián fue detrás.
El hombre intentó llegar a otra salida, pero Damián lo alcanzó.
Lo tomó de la camisa.
—¿Dónde está el teléfono?
—No lo sé.
—Mentira.
Darío intentó soltarse.
Damián lo empujó contra la pared.
Entonces vio a la criatura.
Estaba detrás de Darío.
El cuchillo levantado.
Damián se quedó inmóvil.
Comprendió algo que hasta ese momento no había querido aceptar.
La criatura nunca lo había atacado.
Nunca.
Siempre aparecía.
Siempre lo perseguía.
Pero quienes morían eran las personas a las que Damián había enfrentado.
La criatura solamente observaba.
Damián había tomado el cuchillo.
Había golpeado.
Había perseguido.
Había matado.
La criatura inclinó lentamente la cabeza.
Damián soltó a Darío.
—Vos no existís.
Darío lo miró desconcertado.
—¿De qué habla?
Damián no le respondió.
Miraba al hombre que tenía delante.
—Sos yo.
La criatura levantó el cuchillo.
Damián retrocedió.
—Sos todo lo que hice.
Por primera vez, la criatura mostró su rostro.
Damián lo reconoció.
Era él.
Su misma cara.
Sus mismos ojos.
La misma cicatriz junto a la ceja.
El mismo hombre que había intentado esconder durante años.
El asesino.
Damián cerró los ojos.
Corrió hasta su habitación.
Darío permaneció detrás.
No sabía qué estaba haciendo.
Solo sabía que aquel hombre era peligroso.
Y que debía avisar a la policía.
Damián entró en la habitación doce.
La criatura estaba allí.
Esperándolo.
Damián miró la pared.
—Acá empezó.
Apoyó la mano.
Tres golpes respondieron desde el otro lado.
Tac.
Tac.
Tac.
Damián sonrió tristemente.
—Nunca hubo ninguna habitación.
Se dio vuelta.
La criatura estaba frente a él.
El cuchillo en la mano.
Damián no retrocedió.
—Se terminó.
La criatura avanzó.
Damián dio un paso hacia ella.
Cerró los ojos.
Y se dejó caer sobre el cuchillo.
Darío escuchó un grito.
Después un golpe.
Corrió hasta la habitación.
Damián estaba en el suelo.
El cuchillo había caído junto a su mano.
Darío se quedó inmóvil.
—Damián...
No hubo respuesta.
Miró alrededor.
No había nadie más.
Ninguna criatura.
Ningún hombre.
Ninguna habitación detrás de la pared.
Solamente Damián.
Y su último aliento.
Horas después, los investigadores revisaron el lugar.
Encontraron las pertenencias de Damián.
Encontraron pruebas que lo relacionaban con varios asesinatos cometidos durante los últimos años.
Pero nunca encontraron la habitación de al lado.
Porque no existía.
Tampoco encontraron al hombre del cuchillo.
Darío intentó explicar lo sucedido.
Habló de los golpes.
De la voz.
De la forma en que Damián miraba hacia lugares vacíos.
De la última conversación.
Pero había algo que no podía explicar.
Damián había dicho que la criatura era él mismo.
Y nadie sabía si aquella frase había sido una confesión, una alucinación o ambas cosas.
Durante las semanas siguientes, la habitación doce permaneció cerrada.
Una tarde, Darío entró para retirar algunas pertenencias.
Todo estaba vacío.
La cama tendida.
El armario abierto.
La mesa limpia.
Darío caminó hasta la pared.
La observó durante unos segundos.
Después apoyó una mano.
Nada.
Sonrió.
—No hay ninguna habitación.
Se dio vuelta.
Caminó hacia la puerta.
Entonces escuchó tres golpes.
Tac.
Tac.
Tac.
Darío se detuvo.
No volvió a mirar.
Siguió caminando.
Y cerró la puerta detrás de él.
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