Tito siempre estaba apurado.
No importaba hacia dónde fuera ni cuánto faltara para llegar. Para él, todo el mundo se movía demasiado lento.
—Dale, viejo de mierda, cruzá que ya está verde para mí.
El hombre avanzaba despacio, apoyándose en su bastón. Había llegado hasta la mitad de la calle cuando Tito comenzó a golpear los dedos contra el volante.
—Dale, tortuga... acelerá un poco.
El semáforo seguía en rojo para los peatones y en verde para los autos que venían por la otra mano.
Tito miró el reloj.
Siempre miraba el reloj.
Había hecho lo mismo aquella mañana con la mujer que tardaba demasiado en sacar las monedas del supermercado. También con el hombre que caminaba lentamente delante suyo en la vereda. Y con el conductor que había frenado unos metros antes para dejar pasar a una familia.
Tito no entendía cómo podía existir tanta gente sin apuro.
Una vez incluso había dicho:
—La gente debería aprender a moverse más rápido.
Ahora, mientras el viejo terminaba de cruzar, Tito avanzó unos metros y quedó detrás de otro automóvil que circulaba demasiado despacio.
—¿Y este qué hace? —murmuró.
Se acercó.
Tenía ganas de tocar bocina.
De insultarlo.
De pasar por al lado y decirle algo.
Pero cuando estuvo lo suficientemente cerca, vio al conductor.
Era un hombre mayor.
Tito resopló.
—¿Cómo siguen dándole el registro a estos viejos?
No llegó a decir nada más.
Un bocinazo fuerte lo sacó de sus pensamientos.
Tito levantó la cabeza.
Y entonces entendió.
No estaba detrás del volante.
Estaba cruzando la calle.
Llevaba un bastón en una mano.
Avanzaba despacio.
Muy despacio.
Frente a él, el semáforo acababa de ponerse en rojo para los peatones.
Detrás, un automóvil esperaba.
El conductor bajó la ventanilla.
—¡Dale, viejo, que ya está verde!
Tito miró hacia atrás.
Después miró su bastón.
Y siguió caminando.
Por primera vez en su vida, no tenía ninguna respuesta para darle.
Quizás porque, sin darse cuenta, había llegado a la otra vereda.
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