La primera vez que Lisandro vio a Malena fue un martes.
No recordaba qué día del mes era, pero sí la lluvia. No llovía demasiado. Apenas una de esas lloviznas finas que parecen quedarse suspendidas en el aire y que, sin que uno termine de advertirlo, acaban mojándolo todo.
Ella estaba acomodando unas cajas junto a la puerta del salón de catequesis. Lisandro llevaba apenas unos meses en el seminario y todavía recorría los pasillos con esa mezcla de entusiasmo y temor de quien cree haber encontrado el camino que seguirá durante el resto de su vida.
—¿Me ayudás con esto?
Lisandro levantó la mirada.
Fue la primera vez que escuchó su voz.
—Sí, claro.
Se acercó y tomó una de las cajas. No era pesada, pero ella la sostenía desde un extremo y pareció agradecer que alguien le diera una mano.
Eso fue todo.
Una caja. Una respuesta. Una mirada que duró apenas un segundo más de lo necesario.
No ocurrió nada aquel día. Al menos, eso creyó Lisandro.
Durante las semanas siguientes se cruzaron muchas veces. Malena llegaba para dar catequesis y él colaboraba con algunas tareas de la parroquia. Al principio apenas se saludaban. Después empezaron a conversar. Primero sobre asuntos de la iglesia; más tarde, sobre cualquier cosa. Sin darse cuenta, comenzaron a buscarse.
Lisandro sabía que no debía hacerlo.
Malena también.
Por eso ninguno decía nada. No hacía falta. A veces alcanzaba con encontrarse en un pasillo, intercambiar una mirada o sonreírse al pasar. Otras veces era el roce accidental de una mano cuando ambos intentaban alcanzar el mismo libro.
Pequeñeces que, para cualquiera que las observara, no significaban absolutamente nada. Para ellos, en cambio, empezaban a significarlo todo.
Una tarde, mientras guardaban unas sillas, sus manos se tocaron. Ninguno la retiró enseguida. Permanecieron así durante unos segundos, en silencio, como si aquel contacto hubiera dicho algo que los dos llevaban tiempo intentando callar.
Fue entonces cuando Lisandro comprendió que aquello ya no era una simple simpatía.
Se había enamorado.
Y lo peor —o quizá lo mejor— era que no quería dejar de estarlo.
El ruido de un motor lo hizo volver por un instante.
Lisandro levantó la cabeza.
Esperó unos segundos.
Después se puso de pie.
Buscó con la mirada el vehículo que se acercaba por el camino y extendió una mano hacia el mecanismo de la tranquera.
Todavía faltaban varios minutos para que pudiera volver a quedarse solo.
Mientras esperaba que el vehículo terminara de acercarse, pensó nuevamente en Malena.
Y en todo lo que había ocurrido desde aquella primera mirada.
Nunca supieron exactamente quién los había descubierto.
Tal vez alguien los vio salir juntos. Tal vez escuchó una conversación que no debía. O quizá, sencillamente, habían dejado de tener cuidado. El amor tiene esa particularidad: durante un tiempo uno cree que puede esconderlo, hasta que empieza a ocupar demasiado espacio. Entonces, por más que intente disimularlo, termina asomándose en los gestos, en las miradas y en las ausencias.
Cuando los descubrieron, ya no hubo manera de explicar nada.
A Lisandro lo llamaron a una reunión. Tres personas lo esperaban sentadas detrás de un escritorio. Él permaneció de pie, con las manos quietas a los costados del cuerpo y la sensación de que cualquier movimiento podía delatar su nerviosismo.
No recordaba todas las palabras que utilizaron. Sí recordaba una.
Decepción.
Le preguntaron si entendía la gravedad de lo que había hecho.
Dijo que sí.
Le preguntaron si estaba arrepentido.
Y ahí cometió, según ellos, su segundo error.
No respondió.
No estaba arrepentido.
Podía sentir vergüenza. Podía sentir miedo. También podía reconocer que había quebrantado las reglas de una institución a la que había elegido pertenecer. Pero arrepentirse de haber amado a Malena era otra cosa. Y eso no podía hacerlo.
Le comunicaron que iban a expulsarlo.
Lisandro creyó que todo terminaba allí. Sin embargo, uno de los hombres le ofreció una última posibilidad. No se trataba de borrar lo sucedido ni de justificarlo. Le propuso pasar un tiempo en el Cenáculo La Montonera, donde tendría una tarea sencilla: permanecer en la entrada, cumplir con las indicaciones que le dieran y, sobre todo, pensar.
Debía decidir si todavía quería pertenecer a la Iglesia o si había llegado el momento de aceptar que su camino estaba en otro lugar.
Lisandro no preguntó cuánto tiempo tendría que quedarse. Tampoco quiso saber quién había tomado la decisión ni por qué habían elegido aquel sitio.
Solamente aceptó.
Y llegó al Cenáculo.
El sol empezaba a bajar.
Lisandro miró el camino vacío.
Por un momento volvió a pensar en aquella tarde.
Malena estaba llorando.
Él también.
Se habían encontrado a escondidas detrás de la iglesia porque necesitaban hablar.
—¿Y ahora qué hacemos? —le había preguntado ella.
Lisandro no supo responder.
Quizás porque, en el fondo, sabía que la respuesta era demasiado sencilla.
La amaba.
Y ella lo amaba.
El problema era todo lo que había entre ellos y ese amor.
La Iglesia.
Las reglas.
El seminario.
La vida que Lisandro había imaginado.
Y la vida que, sin pedir permiso, había comenzado a querer.
Otro ruido apareció a lo lejos.
Esta vez era más fuerte.
Lisandro salió de sus pensamientos.
Un vehículo avanzaba lentamente por el camino de entrada.
Se acercó a la tranquera.
Lisandro la abrió.
El vehículo pasó frente a él y siguió su camino.
Cuando volvió a cerrar la tranquera, se quedó unos segundos mirando el polvo que habían levantado las ruedas.
Después regresó a su asiento.
Acomodó la silla.
Apoyó los brazos sobre la pequeña mesa.
Y volvió a mirar hacia el camino.
Entonces comprendió que aquella era la verdadera pregunta que le habían hecho.
No si podía olvidar a Malena.
No si podía fingir que nada había ocurrido.
Sino si, después de haber conocido aquello que sentía por ella, todavía podía imaginarse viviendo el resto de su vida sin volver a sentirlo.
Lisandro bajó la mirada.
A unos pocos metros, una pequeña garita de madera y ladrillo permanecía en silencio bajo su techo de tejas.
Desde allí había pasado las últimas horas.
Solo.
Esperando.
Pensando.
Abria la tranquera cada vez que alguien llegaba.
Y sin saber todavía qué respuesta iba a llevar de regreso cuando terminara su castigo.
Los días siguientes comenzaron a parecerse unos a otros.
Lisandro se levantaba temprano, cumplía con sus obligaciones y pasaba buena parte del tiempo pensando.
A veces intentaba concentrarse en otras cosas.
Contaba los vehículos que pasaban.
Observaba cómo cambiaba la luz.
Escuchaba los sonidos que llegaban desde lejos.
Pero siempre terminaba volviendo al mismo lugar.
Malena.
Había días en los que conseguía pasar varias horas sin pensar en ella.
Entonces aparecía algún recuerdo.
Una frase.
Una mirada.
La forma en que ella sonreía cuando intentaba ocultar que estaba nerviosa.
Y todo volvía.
Lisandro sabía que la tentación no había desaparecido.
Ese era el problema.
No se trataba solamente de extrañarla.
La tentación estaba en imaginar qué habría ocurrido si aquella relación hubiera podido continuar.
Una casa.
Una mujer esperándolo al regresar.
Una familia.
Hijos.
Una vida común.
A veces se descubría imaginando cosas tan sencillas que terminaban siendo más peligrosas que cualquier otra tentación.
Malena preparando el desayuno.
Malena enojada porque él había llegado tarde.
Malena riéndose de alguna estupidez.
Una discusión.
Una reconciliación.
Una vida.
Y después aparecía la otra imagen.
El seminario.
La Iglesia.
El camino que había elegido muchos años antes.
Las personas que habían confiado en él.
La posibilidad de convertirse en sacerdote.
Lisandro cerraba los ojos.
Intentaba expulsar aquellas imágenes.
Rezaba.
Pero cuanto más intentaba no pensar en Malena, más presente la sentía.
Una tarde llegó incluso a preguntarse si aquello que llamaban tentación no era, en realidad, una forma de descubrir quién era.
La pregunta lo asustó.
Porque si la respuesta era sí, entonces quizá el problema no fuera Malena.
Quizá el problema fuera que él había estado intentando convertirse en alguien que ya no sabía si quería ser.
El sonido de un motor volvió a interrumpir sus pensamientos.
Lisandro se incorporó.
Esperó.
El vehículo se acercó lentamente.
Él hizo lo que había aprendido a hacer desde que había llegado.
Esperó el momento indicado.
Después accionó el mecanismo.
La barrera se levantó.
El vehículo pasó.
Lisandro volvió a bajarla.
Esperó unos segundos más.
Y regresó a su lugar.
Era una tarea sencilla.
Casi mecánica.
Quizá por eso le habían dado aquel trabajo.
No había demasiadas cosas que hacer.
Y demasiadas horas para pensar.
Por la noche, Malena aparecía con más fuerza.
Era entonces cuando Lisandro sentía que la tentación podía vencerlo.
Recordaba el último día que habían estado juntos.
Ella le había tomado la mano.
No habían dicho nada durante un largo rato.
Después ella había preguntado:
—¿Te vas a arrepentir de mí?
Lisandro nunca había podido responder.
Porque sabía que, si decía que no, estaría aceptando una verdad que podía cambiarle la vida.
Y si decía que sí, estaría mintiendo.
Aquella noche había entendido algo que nadie le había explicado durante su formación.
Hay tentaciones que no llegan para destruirte.
Algunas llegan para obligarte a elegir.
Lisandro abrió los ojos.
Miró hacia adelante.
Otra vez estaba solo.
Y otra vez tenía que decidir.
Malena o la Iglesia.
El amor o el compromiso.
La vida que había imaginado o la vida que acababa de descubrir que podía desear.
Quizás ninguna de las dos cosas fuera sencilla.
Quizás ninguna fuera completamente correcta o equivocada.
Pero una de ellas tendría que ser suya.
La tarde comenzaba a caer cuando escuchó un ruido diferente.
Lisandro levantó la cabeza.
El vehículo avanzaba lentamente y, después de unos metros, se detuvo.
Esperó unos segundos.
El motor continuó encendido.
Entonces vio que algo se movía dentro.
Lisandro se puso de pie y se acercó.
El hombre estaba inclinado sobre el volante.
—¿Se encuentra bien?
No respondió.
Lisandro abrió la puerta.
El hombre levantó apenas la cabeza.
—Me cuesta respirar.
Lisandro sintió que el corazón le golpeaba con fuerza.
—Tranquilo. Voy a pedir ayuda.
Mientras buscaba el teléfono, algo llamó su atención.
Del espejo retrovisor colgaba un pequeño crucifijo.
Oscilaba lentamente.
Lisandro se quedó mirándolo durante un instante.
Después bajó la vista.
El hombre llevaba otro crucifijo alrededor del cuello.
Dos cruces.
Una frente a él.
La otra sobre el pecho de aquel desconocido.
Lisandro sintió algo difícil de explicar.
No era la primera vez que veía una cruz.
Había visto miles.
Pero en ese momento aquellas dos parecían tener un significado diferente.
Como si le estuvieran recordando algo que había intentado olvidar.
Se apartó unos pasos y llamó por teléfono.
Explicó dónde estaban y pidió una ambulancia.
Mientras hablaba, escuchó la voz del hombre.
—¿Puede quedarse conmigo?
Lisandro terminó la llamada.
—Sí.
Se agachó junto a él.
—Ya viene una ambulancia.
El hombre respiraba con dificultad.
—¿Es religioso?
Lisandro dudó.
La pregunta le produjo una extraña incomodidad.
—Sí.
El hombre cerró los ojos.
—Entonces rece conmigo.
Lisandro lo miró.
Durante un instante no supo qué hacer.
Después tomó la mano del hombre.
Y comenzó a rezar.
No lo hizo como tantas otras veces, siguiendo una oración aprendida de memoria.
Esta vez rezó despacio.
Sin pensar en las palabras correctas.
Sin pensar en las reglas.
Sin pensar en Malena.
Solo rezó.
El hombre empezó a respirar más lentamente.
Su mano dejó de temblar.
Lisandro continuó.
Cuando terminó, el hombre abrió los ojos.
—Gracias.
Lisandro permaneció en silencio.
Miró nuevamente el crucifijo que colgaba del espejo.
Después observó el que descansaba sobre el pecho del hombre.
Algo dentro suyo se había aquietado. No era una certeza completa ni una respuesta capaz de resolver, de un momento a otro, todas sus dudas. Pero durante aquellos minutos había dejado de mirarse a sí mismo y había estado presente para otra persona.
No había pensado en Malena, ni en el castigo, ni en la posibilidad de abandonar el seminario. Había pensado en algo mucho más sencillo: estar ahí, ayudar, rezar cuando alguien se lo pedía, acompañar a una persona que tenía miedo.
Quizá eso era lo que necesitaba recordar. No una respuesta sobre Malena, sino una parte de sí mismo que todavía seguía allí.
La ambulancia llegó unos minutos después.
Los médicos se hicieron cargo del hombre.
Antes de subirlo, él volvió a buscar la mano de Lisandro.
—No deje de rezar.
Lisandro asintió.
El hombre se fue.
Y él quedó nuevamente solo.
Miró hacia el vehículo, que había quedado detenido junto a la entrada. Lo apartó lo suficiente para despejar el paso y apagó el motor.
Pensó en Malena.
Por primera vez, el recuerdo no le produjo dolor.
La quiso.
Eso no había cambiado.
Pero ya no sintió aquella necesidad de imaginar qué habría pasado si todo hubiera sido diferente.
Había cosas que uno debía aceptar que no podía tener.
Y otras que debía aceptar que todavía quería conservar.
Lisandro bajó la mirada.
Quizás su decisión ya estaba tomada.
No porque alguien se la hubiera impuesto.
Sino porque, durante unos minutos, había vuelto a sentirse exactamente donde debía estar.
Todavía podía sentir el apretón de aquel hombre.
«No deje de rezar.»
Las palabras volvieron a su cabeza.
Lisandro cerró los ojos.
Pensó en Malena.
Por última vez intentó imaginar qué habría sido de los dos si nada de aquello hubiera ocurrido. Una casa. Una familia. Una vida juntos.
La imagen apareció.
Pero esta vez no sintió la necesidad de alcanzarla.
Sonrió apenas.
Malena había sido importante.
Lo seguiría siendo.
No podía borrar lo que había sentido por ella ni fingir que nunca había existido. Pero ahora comprendía que amar a alguien no siempre significaba quedarse a su lado.
Abrió los ojos.
Por primera vez desde que había llegado, la decisión dejó de parecerle una batalla entre Malena y la Iglesia. Todavía le dolía pensar en lo que podía perder, pero empezaba a distinguir entre el amor que sentía por ella y la vocación que, pese a todas sus dudas, seguía reconociendo como propia.
No tenía resuelto cómo explicaría lo que había comprendido ni qué consecuencias tendría su decisión. Pero ya no quería que otros eligieran por él.
Entonces escuchó un motor.
El sonido se acercó lentamente.
Lisandro se puso de pie.
Miró hacia adelante y esperó.
Cuando el vehículo llegó, abrio la tranquera.
El auto pasó.
Lisandro volvió a bajarla.
Se quedó unos segundos de pie, observando cómo se alejaba.
Después regresó a su asiento.
Acomodó la silla y respiró profundamente.
Sobre su cabeza, las tejas recibieron las últimas luces de la tarde.
La pequeña garita volvió a quedar en silencio.
Allí había pasado los últimos días.
Allí había pensado en Malena.
Allí había dudado de su vocación.
Y allí, sin que nadie se lo dijera, había encontrado la respuesta.
Lisandro Ferreyra había decidido continuar su camino dentro de la Iglesia. Todavía tendría que hablar con quienes lo habían enviado al Cenáculo y afrontar lo que viniera después, pero por primera vez sentía que la decisión le pertenecía.
La tranquera permaneció cerrada.
Hasta que otro vehículo necesitara pasar.
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