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Las llaves del engaño

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Todo comenzó con las llaves del auto. Jorge estaba convencido de que llevaba todo lo necesario para afrontar la jornada. La billetera estaba en el bolsillo trasero del pantalón. Los papeles del vehículo, dentro de una carpeta que había guardado en la mochila. Incluso llevaba una pequeña computadora portátil que pensaba utilizar durante la mañana. No le faltaba nada. O eso creía. Era una mañana espléndida. El cielo estaba completamente despejado y el sol comenzaba a calentar el asfalto con una intensidad que anunciaba otro día sofocante. Apenas eran unas cuadras las que separaban su casa de la vivienda de su madre, donde Jorge solía guardar el auto. Caminó tranquilo. Al llegar, encontró a su madre levantada, como siempre, preparando unos mates en la cocina. —Llegaste temprano —le dijo ella. —Tengo bastante para hacer hoy. Su madre le alcanzó el mate y ambos compartieron unos minutos de charla. Una radio pequeña, apoyada sobre una repisa, transmitía las noticias de la mañana. El locutor hablaba de las altas temperaturas que se esperaban para ese día y recomendaba evitar salir durante las horas de mayor calor. Jorge terminó el mate, tomó las llaves del auto que estaban sobre la mesa y salió. Abrió la puerta del vehículo. Se sentó. Puso la mochila en el asiento del acompañante y buscó la llave para arrancar. Entonces se quedó inmóvil. Revisó el bolsillo derecho. Después el izquierdo. Abrió la mochila. Volvió a revisar los bolsillos. Nada. —No puede ser... Cerró los ojos durante unos segundos. La llave estaba en su casa. Había dejado el llavero sobre una pequeña mesa junto a la puerta. —¡La puta madre! —murmuró. Su madre apareció en la puerta. —¿Qué pasó? —Me olvidé las llaves. —¿No las tenías? —Las del auto no. Las de casa si. Su madre soltó una pequeña risa. —Y bueno, volvé a buscarlas. Jorge no tenía otra alternativa. Se despidió y emprendió el regreso caminando. Estaba molesto consigo mismo y durante las tres cuadras que lo separaban de su vivienda no dejó de reprocharse su distracción. Sin embargo, cuando estaba a pocos metros de su casa, algo llamó su atención. Un camión de soda estaba estacionado en doble fila frente a la puerta. Jorge redujo el paso. Era un vehículo viejo, de color claro, con varios cajones de sifones acomodados en la parte trasera. —¿Y este qué hace acá? Miró hacia su casa. No recordaba haber pedido soda. Tampoco esperaba a ningún repartidor. El conductor no estaba dentro de la cabina. Jorge permaneció unos segundos observando el vehículo. Luego se encogió de hombros. —Después veo. Sacó las llaves de su bolsillo y abrió la puerta. Apenas entró, algo le llamó la atención. El silencio. No era un silencio normal. Era demasiado profundo. La casa parecía detenida. Jorge cerró la puerta lentamente. —¿María? Nadie respondió. Dejó la mochila sobre una silla y comenzó a caminar por el pasillo. Entonces escuchó algo. Un ruido. Muy leve. Se detuvo. Volvió a escucharlo. Provenía del dormitorio. Jorge frunció el ceño. Durante un instante pensó que su esposa estaría hablando por teléfono. Avanzó unos pasos más. El ruido volvió a escucharse. Había algo extraño en aquella habitación. Algo que no podía identificar. Llegó frente a la puerta. La abrió de golpe. Y se quedó paralizado. María Rosa estaba allí. Desnuda, visiblemente agitada, con el cabello revuelto y el rostro completamente sonrojado. Durante unos segundos ninguno de los dos dijo nada. Ella fue la primera en reaccionar. —¿Qué te pasó? ¿Por qué volviste tan rápido? Jorge no respondió. La miró. Después recorrió lentamente la habitación con los ojos. La cama. La ventana. El baño. El piso. El placard. Algo no encajaba. Había algo que su esposa no le estaba contando. —¿Qué pasa? —preguntó ella. Jorge siguió sin responder. Se agachó y miró debajo de la cama. Nada. Se incorporó. María Rosa lo observaba con una expresión cada vez más nerviosa. —Jorge... Él levantó la mirada. —¿Dónde está? —¿Dónde está quién? El silencio que siguió fue suficiente. Jorge sintió que algo se quebraba dentro suyo. Miró nuevamente el placard. Se acercó. —Jorge, no hay nadie. Abrió una de las puertas. Ropa. Cajones. Una caja. Nada. Abrió la segunda. Y entonces ocurrió. Una figura masculina salió disparada desde el interior del placard. Jorge apenas tuvo tiempo de reaccionar. El desconocido lo empujó con todas sus fuerzas. —¡Eh! Jorge perdió el equilibrio y cayó contra la pared. Cuando consiguió incorporarse, el hombre ya corría por el pasillo. —¡Hijo de puta! Jorge salió detrás de él. La puerta de entrada se abrió de golpe. El desconocido salió a la calle y corrió hacia el camión de soda. Jorge llegó hasta la vereda justo cuando el hombre subía a la cabina. —¡Pará! El motor rugió. El camión arrancó bruscamente y desapareció por la esquina. Jorge quedó parado en medio de la calle. Miró hacia donde había desaparecido. Después volvió lentamente la cabeza hacia su casa. Ahora entendía. Y lo que entendía le dolía mucho más que cualquier golpe. Entró. María Rosa estaba en la habitación. —Jorge, dejame explicarte... Él no la escuchaba. —No fue lo que pensás. —¿Ah, no? —Por favor... —¿Quién era? Ella abrió la boca, pero no respondió. —¡¿QUIÉN ERA?! María Rosa retrocedió. —Jorge, calmate. Pero él ya no estaba calmado. Tenía la respiración acelerada. Sentía el corazón golpeándole con fuerza contra el pecho. En su cabeza aparecían imágenes una detrás de otra. El hombre. El placard. El camión. Su esposa. Todo mezclado. —¿Desde cuándo? —No entendés... —¡¿Desde cuándo?! María Rosa intentó acercarse. —Escuchame. Jorge dio un paso atrás. Ella continuó hablando, intentando explicarse. Pero cada palabra parecía aumentar la furia de Jorge. Hasta que ocurrió. Su brazo se movió antes de que pudiera detenerlo. El golpe fue seco. María Rosa cayó hacia atrás. Su cuerpo chocó contra la mesa de vidrio. La cabeza golpeó contra uno de los bordes. El sonido fue pequeño. Demasiado pequeño para lo que acababa de provocar. Jorge quedó inmóvil. María Rosa no se movió. —María... Se acercó. Ella tenía los ojos cerrados. Un hilo de sangre comenzó a deslizarse lentamente por un costado de su cabeza. —María Rosa... Jorge se arrodilló junto a ella. —No... La tocó. Nada. La sacudió suavemente. —María... despertate. Pero la respiración se había detenido. Jorge se quedó mirando el cuerpo de su esposa. Toda la furia que había sentido segundos antes desapareció de golpe. En su lugar quedó algo mucho peor. El silencio. Un silencio absoluto. Jorge se sentó en el piso. Miró sus manos. Después volvió a mirar a María Rosa. —¿Qué hice? No obtuvo respuesta. Pasaron varios minutos. Tal vez fueron diez. Tal vez veinte. Jorge no lo supo. Finalmente se levantó. Su rostro había cambiado. Ya no parecía un hombre confundido. Parecía alguien que había tomado una decisión. Salió de la casa y cerró la puerta detrás de él. El camión de soda seguía apareciendo en su cabeza. El hombre había escapado en ese vehículo. Y alguien debía saber quién era. La fábrica de Soda Estéreo estaba a pocas calles. Jorge llegó caminando. Entró sin pedir permiso. Varios empleados levantaron la vista. —¿Quién manejó el camión que salió de acá esta mañana hacia la calle Polonia? Nadie respondió. —Pregunté quién manejó el camión por esa calle. Uno de los empleados miró a otro. Jorge avanzó. —¡¿Quién fue?! Un hombre delgado, de anteojos transparentes, levantó las manos. —Flaco, pará. —¿Quién era? —Yo no sé qué pasó. —Vos sabés algo. —No. Jorge miró alrededor. Su cuerpo imponente contrastaba con el silencio que se había apoderado del lugar. De pronto tomó uno de los cajones llenos de sifones y lo levantó del suelo. Los empleados retrocedieron. —Te juro que no queremos problemas —dijo el hombre de los anteojos—. Ninguno de nosotros tiene nada que ver con tu mujer. Jorge dejó lentamente el cajón. —Entonces hablá. El empleado tragó saliva. —Esta mañana apareció un tipo corriendo. Se subió al camión y me pidió que lo sacara de ahí. —¿Quién? —No sé su nombre. —¿Qué te dijo? El hombre dudó. —Me dijo que si se quedaba... vos te lo ibas a cargar. Jorge clavó los ojos en él. —¿Cómo era? El empleado comenzó a describirlo. Joven. Cabello alborotado. Delgado. Una cicatriz pequeña sobre la ceja izquierda. Jorge no necesitó escuchar más. —¿Adónde lo llevaste? —Lo dejé unas cuadras más adelante. Bajó y se fue caminando. —¿Hacia dónde? El empleado señaló una calle. Jorge se dio vuelta y salió. De regreso en su casa, comenzó a buscar. No sabía exactamente qué buscaba. Hasta que encontró el celular de María Rosa. Lo desbloqueó. Mensajes. Conversaciones. Nombres que no conocía. Y finalmente lo encontró. Una conversación que parecía confirmar lo que había sospechado. Había mensajes recientes. Demasiado recientes. Jorge sintió que el estómago se le cerraba. Siguió leyendo. Había un lugar que aparecía varias veces. Set Jet. Un punto de encuentro. Un lugar habitual. Jorge se quedó mirando la pantalla. Después comenzó a pensar. Si escribía desde el teléfono de María Rosa, quizás el hombre respondiera. Tomó aire. Escribió. Esperó. La respuesta llegó unos minutos después. El hombre preguntó qué había ocurrido. Jorge respondió fingiendo ser María Rosa. La conversación continuó. Finalmente apareció el mensaje que estaba esperando. —El sábado a la noche, a la misma hora de siempre. Ahí te espero, preciosa. Jorge observó la pantalla durante varios segundos. Después apagó el teléfono. El sábado estaba a pocos días. La noche del encuentro llegó. El Set Jet estaba lleno. Música. Gente. Risas. Mesas ocupadas. Nadie parecía prestar atención a lo que ocurría alrededor. Jorge entró solo. Miró el lugar. Y lo encontró. Era él. El mismo hombre. La cicatriz sobre la ceja izquierda. Estaba parado cerca de la entrada, mirando su reloj. Esperando. Esperando a María Rosa. Jorge caminó hacia él. El hombre levantó la mirada. Durante un segundo pareció confundido. —¿Vos...? Jorge no respondió. Se acercó un poco más. El hombre comprendió demasiado tarde. Intentó retroceder. Pero Jorge ya estaba encima de él. Todo ocurrió en cuestión de segundos. Un movimiento rápido. Una hoja brilló bajo las luces del lugar. El hombre llevó las manos al cuello y cayó al suelo. Los gritos comenzaron inmediatamente. Las personas se apartaron. Alguien pidió una ambulancia. Otros corrieron hacia la salida. Jorge permaneció quieto apenas un instante. Miró al hombre en el piso. Luego guardó el arma y salió caminando. No corrió. No miró hacia atrás. Simplemente desapareció entre la gente. Horas después, Jorge se presentó en una comisaría. Entró por la puerta principal. Un policía levantó la vista. —¿Qué necesita? Jorge dejó las manos sobre el mostrador. —Vengo a entregarme. —¿Por qué? Jorge respiró profundamente. —Maté a un hombre. El policía se quedó mirándolo. Jorge no opuso resistencia. Tampoco pidió abogado. No intentó escapar. Durante el interrogatorio permaneció sentado, con la mirada perdida. Cuando finalmente le preguntaron por qué lo había hecho, respondió: —Porque ese hombre destruyó mi vida. El oficial continuó escribiendo. —¿Y su esposa? Jorge bajó la cabeza. Por primera vez, su voz se quebró. —María Rosa murió hace unos dias. El policía levantó lentamente la mirada. —¿Qué pasó? Jorge permaneció en silencio. Después contestó: —Fue un accidente. Nadie dijo nada. Pasaron unos segundos. Jorge miró hacia la ventana. Afuera comenzaba a amanecer. -¿Está arrepentido de lo que hizo? —No sé si arrepentirme alcanza para algo. El policía dejó la lapicera sobre la mesa. —¿Hay algo más que quiera declarar? Jorge tardó en responder. Cuando finalmente habló, lo hizo con una calma inquietante. —Me pareció injusto que ese tipo siguiera impune mientras María Rosa está muerta... y yo estoy preso. El oficial lo observó en silencio. Jorge bajó la mirada. Afuera, la ciudad comenzaba un nuevo día. Los autos circulaban. Los comercios abrían sus puertas. La gente caminaba por las calles sin saber que, unas horas antes, la vida de un hombre había quedado destruida para siempre. Y todo había comenzado con unas simples llaves olvidadas.
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