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Los notables 4 parte 2

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Horas después, una puerta se cerró. Tamara y Norberto estaban en su habitación. Brescio entró. Los tres se miraron. Por primera vez desde que habían abandonado la Argentina, podían dejar de actuar. Brescio dejó su bolso sobre una mesa. —¿Estamos solos? Norberto comprobó el lugar. —Sí. Tamara cerró las cortinas. —Entonces empecemos. Abrieron los bolsos. A simple vista no había nada diferente. Cámaras. Objetivos. Cuadernos. Libros. Accesorios fotográficos. Los mismos elementos que habían sido revisados en el aeropuerto. Pero ahora, sobre aquella mesa, dejaron de parecer simples objetos. Cada uno comenzó a preparar discretamente su equipo. No había instrucciones. No había explicaciones. Los tres conocían el procedimiento. Poco a poco, aquello que durante el viaje había parecido material fotográfico adquirió otra función. En pocos minutos, los tres dispusieron de un arma pequeña cada uno. Era lo único que tendrían durante la misión. Nada más. Brescio tomó la suya y la observó. —Espero no tener que usarla. Norberto terminó de preparar la suya. —Yo espero que sí tengamos que usarla. Tamara lo miró. —No digas eso. Norberto sonrió. —Está bien. Guardó el arma. —Espero que no. Tamara tomó su celular. Lo apoyó sobre la mesa y abrió el mapa donde tenía marcadas las zonas. Había tres puntos señalados. —Tenemos una ubicación probable. Brescio se acercó. —¿Gallego? —Gallego. Norberto señaló otro punto. —¿Y Bustafa? Tamara asintió. —También. Brescio observó una tercera marca. —¿Y el británico? Tamara levantó la mirada. —Sabemos dónde buscarlo. Durante unos segundos ninguno habló. Tres nombres. Tres objetivos. Y una cápsula que podía desencadenar algo mucho más grande que cualquiera de las misiones anteriores. Brescio volvió a mirar el mapa. —Entonces ya sabemos dónde empezar. Tamara guardó el celular. —No. Los otros dos la miraron. —Sabemos dónde buscar. Hizo una pausa. —Todavía no sabemos qué vamos a encontrar. Afuera, el viento golpeó con fuerza contra las ventanas. Los tres quedaron en silencio. Habían llegado como historiadores. Pero desde ese momento, la investigación había terminado. Ahora comenzaba la cacería. La ubicación La ubicación estaba a menos de dos kilómetros. Alquilaron un auto pequeño y salieron hacia los lugares marcados. Tamara miró el mapa de su celular. —Es acá. Brescio miró por la ventanilla del vehículo. Frente a ellos se extendía una zona prácticamente desierta. Algunas construcciones bajas, caminos de tierra y, más allá, una extensión de terreno que parecía perderse bajo el cielo gris. Norberto observó nuevamente las coordenadas. —No hay movimiento. —Eso no significa nada —respondió Brescio. Tamara guardó el teléfono. —Vamos. Los tres descendieron. Habían dejado atrás cualquier elemento que pudiera identificarlos como agentes. Ahora eran los historiadores que habían llegado hasta aquella zona para investigar. Pero llevaban las armas ocultas. Y sabían exactamente a quién buscaban. Avanzaron lentamente. El viento dificultaba escuchar cualquier ruido. Brescio levantó una mano. Los otros dos se detuvieron. Había algo. Un sonido. Motor. Muy lejano. Esperaron. El ruido volvió a escucharse. Tamara señaló una construcción. —Ahí. Los tres se agacharon. A través de una abertura pudieron observar el interior. Había cuatro personas. Una de ellas era inconfundible. Cristian Gallego. A su lado estaba Bustafa. Y frente a ellos, el hombre que habían visto en las fotografías. El militar británico retirado. Tamara hizo una señal. Brescio y Norberto se prepararon. Contaron mentalmente. Tres. Dos. Uno. Entraron. —¡Quietos! Todo ocurrió en segundos. Bustafa reaccionó primero. Intentó alcanzar algo que llevaba oculto en la cintura, pero Brescio se abalanzó sobre él y consiguió derribarlo. Norberto se dirigió hacia Gallego. Gallego retrocedió. Tamara apuntó al británico. —¡Nadie se mueva! Por unos segundos, pareció que la operación había terminado. Los habían encontrado. A los tres. Gallego levantó lentamente las manos. Pero no parecía preocupado. Ni siquiera parecía sorprendido. Miró a Tamara. Después a Norberto. Finalmente a Brescio. Y sonrió. —Llegaron. Brescio lo miró con desconfianza. —Se terminó, Gallego. Gallego negó lentamente con la cabeza. —No. Tamara avanzó. —¿Dónde está la cápsula? Gallego no respondió. —¡¿Dónde está?! —insistió ella. Gallego volvió a sonreír. —Ustedes siguen pensando que la cápsula es el problema. Norberto frunció el ceño. —¿Qué querés decir? Gallego miró al británico. El hombre parecía cada vez más nervioso. —Deciles. El británico no respondió. Gallego volvió a mirar a los Notables. —Llegaron demasiado tarde. Brescio dio un paso hacia él. —Todavía podemos detenerte. —No. Gallego negó con la cabeza. —Ya no. Tamara sintió que algo no encajaba. —¿Qué hiciste? Gallego respiró profundamente. —El producto fue expuesto al agua. Los tres quedaron inmóviles. —¿Qué agua? —preguntó Norberto. Gallego sonrió. —Ya es tarde. Tamara sintió un escalofrío. —¿Qué hiciste? —Lo que necesitaba hacer. Brescio levantó el arma. —¡Al suelo! Gallego ni siquiera se movió. —No entienden. —Entonces explicalo —dijo Norberto. Gallego miró hacia una de las ventanas. —Cuando ustedes llegaron, ya había comenzado. Tamara siguió su mirada. Afuera no había nada. Solo el paisaje. —¿Qué comenzó? Gallego no respondió. El británico dio un paso hacia atrás. —Esto no era lo acordado. Gallego lo miró. —No. El hombre tragó saliva. —Vos dijiste que nadie iba a resultar herido. Gallego bajó lentamente la mirada. —Te mentí. El británico comprendió demasiado tarde. —Gallego... El disparo retumbó dentro de la construcción. El hombre cayó al suelo. Tamara quedó paralizada durante una fracción de segundo. —¡Hijo de puta! Brescio y Norberto apuntaron inmediatamente hacia Gallego. Pero Gallego ya estaba retrocediendo. Bustafa aprovechó la confusión. Golpeó a Brescio y escapó hacia una puerta lateral. —¡Bustafa! —gritó Norberto. Norberto salió detrás de él. Entonces ocurrió algo todavía peor. Desde el exterior comenzaron a escucharse motores. Muchos. Demasiados. Tamara miró hacia la entrada. Vehículos. Varios. Luego aparecieron hombres armados. Uniformes. El lugar quedó rodeado. Brescio regresó rápidamente. —¡Estamos rodeados! Norberto miró hacia las ventanas. —¿Quiénes son? Tamara observó los vehículos. No necesitó demasiado tiempo para comprenderlo. —Ingleses. Los tres quedaron inmóviles. Desde el exterior llegó una orden. —¡SALGAN CON LAS MANOS EN ALTO! Brescio miró a Tamara. —Esto no puede ser casualidad. Norberto negó lentamente con la cabeza. —Nos estaban esperando. Tamara volvió la mirada hacia el lugar donde habían estado Gallego y Bustafa. Ya no estaban. —¡Busquen a Gallego! Los tres se movieron rápidamente. Nada. Una puerta trasera abierta. Una habitación vacía. Un pasillo. Nada. Brescio golpeó una mesa. —¡Se escaparon! Afuera, las órdenes volvieron a escucharse. —¡SALGAN AHORA! Tamara miró al hombre británico tendido en el suelo. Después observó el exterior. Los habían llevado exactamente hasta allí. Gallego había conseguido desaparecer. Y el ejército británico había llegado justo en el momento adecuado para convertirlos a ellos en los únicos sospechosos visibles. Norberto comprendió lo que estaba ocurriendo. —Nos dejaron acá. Brescio lo miró. —¿Qué? —Gallego sabía que iban a venir. Tamara negó con la cabeza. —No. Miró nuevamente hacia el exterior. —Gallego sabía que nosotros íbamos a venir. Los tres se quedaron en silencio. La misión había cambiado por completo. Ya no estaban persiguiendo a Gallego. Ahora tenían que salir vivos de allí. Y mientras los rodeaban las fuerzas británicas, Gallego y Bustafa ya estaban lejos. Con una ventaja que podía ser imposible de recuperar. El interrogatorio Los soldados ingleses entraron rápidamente. —¡Al suelo! Brescio levantó las manos. —¡No disparemos! No alcanzó a terminar la frase. Dos soldados se abalanzaron sobre él y lo obligaron a arrodillarse. Tamara intentó explicar. —¡No somos responsables! ¡Escuchen! Otro soldado la tomó por detrás y le colocó las esposas. Norberto recibió el mismo trato. —¡Somos agentes! —gritó Norberto—. ¡Estamos buscando a Gallego! Nadie respondió. Los soldados los hicieron salir de la construcción y permanecer contra una pared. El lugar estaba completamente tomado. Vehículos militares. Hombres armados. Órdenes que se cruzaban constantemente. Uno de los oficiales recibió una comunicación por radio y levantó la mano. Todos se apartaron. Un vehículo militar se detuvo frente a la construcción. La puerta se abrió. Bajó un hombre de edad avanzada, vestido con uniforme militar. No necesitaba levantar la voz para imponer autoridad. Los soldados se cuadraron inmediatamente. Era un general. Caminó hacia los tres detenidos. Los observó durante unos segundos. Primero a Tamara. Después a Norberto. Finalmente a Brescio. —¿Quiénes son? Nadie respondió. El general se acercó a Tamara. —¿Quiénes son? —Ya se lo dijimos. Somos investigadores. El hombre la miró fijamente. —No. Tamara no apartó la mirada. —Entonces pregunte otra cosa. El general hizo una señal. Dos soldados levantaron a los tres. —Llévenlos adentro. Volvieron a entrar en la construcción. El general caminó lentamente por las habitaciones. Observaba todo. Una mesa. Documentos. Cajas. Equipos abandonados. Una puerta abierta. Entonces uno de los soldados se detuvo. —Señor. El general giró. El soldado señaló una habitación. —Encontramos algo. El general entró. Los tres Notables fueron llevados detrás de él. En el suelo estaba el militar británico. El mismo hombre cuya fotografía habían visto antes. El hombre que había facilitado el acceso de Gallego. Estaba muerto. Tamara se quedó inmóvil. Brescio bajó lentamente la mirada. Norberto apretó los dientes. —Él estaba con Gallego —dijo Tamara. El general se volvió hacia ella. —¿Lo conoce? —Sabemos quién es. El general se agachó junto al cuerpo. Observó la herida. Después miró alrededor. —¿Quién lo mató? Ninguno respondió. Brescio habló finalmente. —Gallego. El general levantó la vista. —¿Está seguro? —Lo vimos. —¿Por qué? Brescio miró el cuerpo. —Porque dejó de necesitarlo. El general permaneció unos segundos en silencio. Después se incorporó. —Busquen en todas las habitaciones. Los soldados comenzaron a revisar el lugar. El general continuó avanzando. Hasta que se detuvo frente a un pequeño cajón metálico. Lo abrió. Dentro había un objeto. La cápsula. La tomó con cuidado y la observó durante unos segundos. Después miró a los tres. —¿Esto es lo que buscaban? Ninguno respondió. El general levantó la cápsula. —¿Qué contiene? Tamara dio un paso. —Escúcheme... Uno de los soldados la golpeó. Brescio reaccionó inmediatamente. —¡No la toque! Otro soldado lo golpeó a él. Norberto intentó intervenir. —¡Basta! El general levantó una mano. Los soldados se detuvieron. El hombre volvió a observar la cápsula. —¿Qué hicieron con el contenido? Silencio. —¿Dónde está? Nadie respondió. El general miró a los tres. —Les estoy dando una oportunidad. Tamara respiró profundamente. —No fuimos nosotros. —¿Entonces quién? —Gallego. El general negó con la cabeza. —Gallego no está aquí. Brescio señaló la puerta. —Se escapó, señor. —¿Y ustedes? —Nosotros llegamos detrás de él. El general volvió a mirar la cápsula. Algo no le cerraba. La giró entre sus manos. La abrió. Su expresión cambió. La cápsula estaba vacía. Completamente vacía. El general permaneció inmóvil. Miró nuevamente hacia el cuerpo del militar británico. Después volvió a mirar el recipiente. Y comprendió que aquellas dos cosas probablemente estaban relacionadas. —¿Dónde está? —preguntó. Los tres se miraron. Norberto fue el primero en comprender. Pero no dijo nada. El general levantó la vista. —Les hice una pregunta. Tamara observó el recipiente. —No sabemos. —¿No saben? —Cuando llegamos, Gallego ya estaba preparando su escape. El general volvió a mirar la cápsula. Entonces ordenó: —Conecten la pantalla. Uno de los oficiales instaló rápidamente un monitor portátil. El general se colocó frente a él. La pantalla se encendió. Durante unos segundos apareció solamente una imagen oscura. Después apareció un rostro conocido. La boina. La mirada. La expresión imperturbable. El comandante. Los tres quedaron paralizados. Brescio fue el primero en reaccionar. —¡Hijo de puta! Norberto dio un paso hacia la pantalla. —¡Nos mandaste a una trampa! Tamara lo miró con furia. —¡Sabías todo! El comandante no respondió. El general inglés lo observó. —¿Son ellos? El comandante sostuvo la mirada. —Sí. Brescio soltó una carcajada amarga. —¿Sí? Se acercó a la pantalla. —¡Deciles quiénes somos! El comandante permaneció en silencio. —¡Deciles que somos tus hombres! Nada. —¡Deciles que fuimos enviados a detener a Gallego! El comandante finalmente habló. —Son Los Notables. El general inglés miró a los tres. Después volvió a mirar al comandante. —Entonces son responsables. —Sí. La respuesta sorprendió a todos. El general frunció el ceño. El comandante observó la pantalla durante unos segundos. Luego miró directamente la cápsula que el general sostenía entre sus manos. —Si la cápsula está vacía... Hizo una pausa. La expresión del general cambió. —¿Qué? El comandante terminó la frase. —Es porque ya se utilizó su contenido. Nadie habló. El general bajó lentamente la cápsula. —¿Dónde? El comandante no respondió. Brescio comprendió antes que los demás. —El agua... Tamara lo miró. Norberto cerró los ojos durante un instante. El general se acercó a la pantalla. —¿Qué agua? El comandante respondió con absoluta calma. —La que utiliza la población. El rostro del general perdió color. Se dio vuelta inmediatamente. —¡Alerta sanitaria! Los oficiales comenzaron a moverse. —¡Comuníquense con todas las autoridades locales! —¡Que nadie consuma agua! —¡Cierren los puntos de distribución! —¡Avisen a hospitales, fuerzas de seguridad y servicios de emergencia! Las órdenes comenzaron a superponerse. El general tomó una radio. —¡Necesito comunicación inmediata con el comando central! Uno de los oficiales intentó establecer contacto. —Señor, estamos intentando. —¡No intenten! ¡Háganlo! Tamara permanecía inmóvil. —¿Cuánto tiempo hace? El general la miró. Ella insistió. —¿Cuánto tiempo hace que pudo haber ocurrido? Nadie respondió. Eso era peor que cualquier respuesta. Norberto miró por una de las ventanas. Afuera, todo continuaba con aparente normalidad. Personas caminando. Vehículos circulando. Gente entrando a edificios. Alguien comprando una bebida. La vida seguía. Sin saber lo que acababa de comenzar. Brescio miró nuevamente la cápsula vacía. —Llegamos tarde. Tamara negó lentamente con la cabeza. —No. Los dos la miraron. —Llegamos cuando Gallego quería que llegáramos. El comandante seguía en la pantalla. Norberto lo observó. —¿Cómo dejaste que esto pase? El comandante tardó unos segundos en responder. —Hasta pronto, señores. La comunicación se cortó. La pantalla quedó negra. Nadie habló. Y ahora las fuerzas británicas tenían tres sospechosos perfectamente identificados. Mientras tanto, Gallego había desaparecido. Con Bustafa. Y probablemente ya estaba muy lejos. Afuera comenzaron a escucharse sirenas. Después otra. Y otra. Los vehículos militares empezaron a abandonar el lugar a toda velocidad. El general seguía dando órdenes por radio. Pero el tiempo ya no estaba de su lado. En algún lugar, miles de personas continuaban con sus actividades cotidianas. Algunas habían bebido. Otras habían utilizado el agua. Otras simplemente habían estado en contacto con ella. Todavía nadie sabía cuántas personas habían quedado expuestas. Y lo peor era que el mundo aún no sabía nada. Los Notables fueron llevados a un calabozo militar. A lo lejos comenzaron a escucharse más sirenas. Y, mientras las puertas se cerraban detrás de ellos, ninguno de los tres sabía qué era lo que encontrarían cuando volvieran a abrirse.
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