Brescio caminaba lentamente por el pasillo del hospital.
Ya estaba mucho mejor.
Todavía sentía algunas molestias, especialmente cuando hacía determinados movimientos, pero después de todo lo que había ocurrido en Italia, aquello parecía casi insignificante.
Habían conseguido sacarlo del país antes de que las autoridades italianas pudieran reconstruir lo ocurrido y comenzar a hacer preguntas demasiado incómodas.
El traslado a la Argentina había sido rápido, discreto y, sobre todo, necesario.
Ahora se encontraba en un hospital de Buenos Aires junto a Tamara y Norberto.
Los tres habían sobrevivido.
Pero ninguno había salido completamente ileso.
Brescio avanzaba por el pasillo sin apuro. Caminaba como cualquier otro paciente que hubiera decidido estirar un poco las piernas.
No quería llamar la atención.
A unos metros, detrás de una puerta entreabierta, Tamara y Norberto permanecían dentro de la habitación.
Brescio se detuvo frente a una ventana.
Desde allí podía observar una parte de la ciudad.
El tránsito avanzaba con su ritmo habitual.
Personas entrando y saliendo del hospital.
Un hombre hablando por teléfono junto a la entrada.
Una mujer empujando un cochecito.
Dos enfermeros cruzando el hall con una camilla.
Una ambulancia acababa de detenerse frente a la puerta principal.
Brescio la observó.
Era una ambulancia diferente.
Extraña.
No sabía exactamente qué era lo que le llamaba la atención, pero algo en aquella escena le produjo una sensación inusual.
Tal vez simplemente estaba demasiado acostumbrado a desconfiar de todo.
Después de Italia, había aprendido que las cosas más peligrosas podían presentarse con una apariencia completamente normal.
Apartó la mirada de la ambulancia y regresó hacia la habitación.
Cuando entró, Tamara levantó la cabeza.
—¿Dónde estabas?
—Caminando.
Norberto lo observó.
—¿Y?
—Y nada.
Brescio se sentó lentamente en una de las sillas.
Tamara lo miró durante unos segundos.
—No pongas esa cara.
—¿Qué cara?
—Esa.
—No sé de qué hablás.
Norberto sonrió.
—La de cuando estás pensando demasiado.
Brescio no respondió.
Miró hacia la puerta.
—Tengo una sensación rara.
Tamara se acomodó en la cama.
—¿Por la ambulancia?
Brescio la miró.
—¿Vos también la viste?
—Sí.
Norberto levantó una ceja.
—Era una ambulancia.
—Ya sé.
—Entonces...
Brescio se encogió de hombros.
—Nada.
No llegó a decir una palabra más.
La puerta se abrió.
Los tres giraron al mismo tiempo.
Un médico ingresó en la habitación.
Era un hombre de aspecto completamente corriente. Llevaba guardapolvo blanco, una carpeta bajo el brazo y el rostro serio de alguien acostumbrado a dar malas noticias.
Cerró la puerta detrás de él.
—Necesito hablar con los tres.
Norberto lo miró.
—¿Ahora?
El médico asintió.
—Ahora.
Dejó la carpeta sobre una mesa.
Durante unos segundos nadie dijo nada.
Entonces sacó una pequeña tablet de un bolso negro y la encendió.
La pantalla quedó iluminada.
Los tres reconocieron inmediatamente el rostro que apareció.
El comandante.
La misma boina.
La misma mirada.
La misma expresión imperturbable.
—Buenos días —dijo el comandante.
Ninguno respondió.
El comandante los observó desde la pantalla.
—Voy a ir directamente al punto.
Hizo una pausa.
—La cápsula que tanto trabajo les está dando fue robada en Rosario.
Brescio se incorporó.
—¿Rosario?
—Exactamente.
Tamara cruzó los brazos.
—¿Cuándo?
—Hace bastante.
Norberto se acercó a la pantalla.
—¿Y recién ahora nos informan?
El comandante no respondió inmediatamente.
—No parecía algo importante en ese momento. Lo prioritario era recuperarla. Recién ahora tenemos información suficiente para confirmar qué fue robado y, sobre todo, qué relación tiene ese robo con lo ocurrido en Italia.
La habitación quedó en silencio.
El comandante hizo aparecer una serie de fotografías y documentos.
—Es la misma cápsula.
Brescio sintió que se le endurecía el rostro.
El comandante pasó a la siguiente imagen.
—Después del robo en Rosario, la cápsula fue trasladada fuera del país. El primer destino que pudimos establecer fue Italia.
Norberto negó con la cabeza.
—Y allí casi nos mata.
—Lo sé.
—No. Creo que no lo sabe —intervino Brescio—. Porque nosotros estuvimos ahí.
El comandante sostuvo la mirada desde la pantalla.
—Precisamente por eso quiero explicarles qué ocurrió.
Hizo una pausa.
—Gallego y sus hombres pretendían realizar una prueba.
Tamara frunció el ceño.
—¿Una prueba?
—Querían conocer la verdadera capacidad de la cápsula.
Apareció otra imagen.
—No buscaban provocar un desastre de grandes dimensiones. Todavía no. Necesitaban saber qué podía hacer, cuánto podía afectar un lugar determinado y qué consecuencias podía producir.
Norberto se quedó mirando la pantalla.
—Querían medir su capacidad.
—Sí.
Brescio bajó lentamente la mirada.
—Y nosotros impedimos la prueba.
—Eso creemos.
Brescio levantó la cabeza.
—¿Cómo que lo creen?
El comandante hizo una pausa demasiado larga.
—Porque después de Italia ocurrió algo que cambió completamente nuestra evaluación.
En la pantalla apareció un mapa.
Esta vez no mostraba Europa.
Mostraba el Atlántico Sur.
Las islas.
Brescio dejó de respirar durante un instante.
Tamara se acercó.
Norberto miró el mapa sin decir una palabra.
El comandante habló lentamente.
—Gallego no quiere utilizar la cápsula en Argentina.
Brescio sintió un nudo en el estómago.
—¿Dónde?
El comandante señaló el mapa.
—En las Malvinas.
Nadie habló.
El silencio dentro de la habitación se volvió pesado.
—Su intención —continuó el comandante— es provocar un incidente que pueda ser interpretado de una sola manera.
Tamara fue la primera en comprender.
—Que Argentina está detrás.
—Exactamente.
Norberto se apartó lentamente de la pantalla.
—Quiere hacer parecer que Argentina utilizó las islas para provocar un ataque.
—Sí.
—Y espera que Inglaterra responda.
—Eso es lo que creemos.
Brescio se puso de pie.
—Pero si Inglaterra cree que Argentina está detrás...
No terminó la frase.
No hacía falta.
El comandante lo hizo por él.
—La respuesta podría ser inmediata.
Tamara miró nuevamente el mapa.
—Y después sería imposible detener lo que venga.
—Exactamente.
El comandante dejó pasar unos segundos.
—Ese es el verdadero objetivo de Gallego.
Norberto lo miró.
—¿Un conflicto?
—Una reacción.
Brescio comprendió.
Gallego no necesitaba ganar una guerra.
Solo necesitaba conseguir que dos países comenzaran a enfrentarse.
El resto podía ocurrir solo.
—¿Y qué piensa hacer la Argentina? —preguntó Tamara.
El comandante negó lentamente con la cabeza.
—No podemos intervenir militarmente.
Brescio reaccionó inmediatamente.
—¿Cómo que no?
—Porque cualquier movimiento de nuestras fuerzas puede ser interpretado como una provocación.
—Pero sabemos lo que están intentando hacer.
—Nosotros lo sabemos.
El comandante señaló el mapa.
—El problema es que los demás no necesariamente lo sabrán.
La habitación quedó nuevamente en silencio.
—Si enviamos fuerzas militares a la zona y algo sale mal —continuó—, Gallego habrá conseguido exactamente lo que quiere.
Brescio apretó los puños.
—Entonces, ¿qué hacemos?
El comandante lo miró directamente.
—Van ustedes.
Tamara respiró profundamente.
—¿Los tres?
—Los tres.
Norberto dejó escapar una pequeña sonrisa.
—Supongo que ya tiene una historia preparada.
El comandante hizo aparecer tres documentos.
—No una historia.
Una pausa.
—Una vida completa.
Brescio se acercó a la pantalla.
—¿Qué identidades?
—Las mismas que utilizaron en Italia.
Tamara levantó una ceja.
—¿Otra vez?
—Funcionaron.
Norberto soltó una pequeña risa.
—Casi nos matan.
—Esta vez intentarán que no ocurra.
Brescio negó con la cabeza.
—Qué tranquilidad.
El comandante continuó.
—El médico les entregará esos documentos y todo lo relacionado con sus nuevas identidades. Pero ahora van a ingresar como historiadores especializados en historia bélica de las islas.
Tamara tomó uno de los documentos.
—¿Historiadores?
—Investigadores civiles.
Norberto observó la pantalla.
—¿Y qué hacemos si alguien empieza a hacer preguntas?
—Las responden.
—¿Y si preguntan demasiado?
—Improvisan.
Brescio sonrió.
—Eso siempre termina bien.
Por primera vez, el comandante pareció esbozar una mínima sonrisa.
Pero desapareció inmediatamente.
La pantalla cambió.
Apareció una fotografía de Gallego.
Después otra.
Y otra.
—Sabemos que Gallego no está solo.
La imagen cambió.
Apareció el rostro de un hombre de edad avanzada, cabello gris y expresión severa.
Brescio se acercó.
—¿Quién es?
—Un militar británico retirado.
Tamara observó detenidamente la fotografía.
—¿Trabaja para Gallego?
—No exactamente.
Norberto frunció el ceño.
—Entonces, ¿qué hace?
El comandante hizo una pausa.
—Algo mucho más peligroso.
Los tres esperaron.
—Le está dando acceso.
Brescio miró nuevamente la fotografía.
—¿Acceso a qué?
—A todo lo que Gallego necesita para moverse sin levantar sospechas.
El comandante amplió la imagen.
—Este hombre conoce los procedimientos. Conoce los controles. Conoce las rutas y, aunque ya está retirado, todavía conserva contactos dentro del sistema.
Norberto comprendió.
—Les está abriendo las puertas.
—Sí.
Tamara miró a Brescio.
Después a Norberto.
Los tres sabían lo que eso significaba.
Gallego no estaba improvisando.
Tenía dinero.
Tenía contactos.
Tenía la cápsula.
Y ahora tenía a alguien capaz de facilitarle el acceso al lugar donde pretendía provocar el incidente.
—¿Sabemos dónde está? —preguntó Brescio.
El comandante negó con la cabeza.
—No.
—¿Y Gallego?
—Tampoco.
—Entonces vamos a buscarlos a ciegas.
—No completamente.
Aparecieron nuevas imágenes.
Vehículos.
Personas.
Edificios.
Zonas marcadas sobre el mapa.
—Tenemos algunos movimientos registrados. Son insuficientes para determinar su ubicación exacta, pero nos permiten establecer una zona probable.
Norberto estudió las imágenes.
—¿Cuánto tiempo tenemos?
El comandante no respondió inmediatamente.
Ese silencio fue suficiente.
Brescio lo miró.
—¿Cuánto?
—No lo sabemos.
Tamara dio un paso hacia la pantalla.
—Eso no es una respuesta.
—Es la única que tengo.
El comandante cerró lentamente la carpeta que tenía frente a él.
—Podrían tener días.
Hizo una pausa.
—O podrían tener horas.
Nadie dijo nada.
Brescio miró a sus compañeros.
Tamara tenía el rostro serio.
Norberto ya no sonreía.
El comandante volvió a colocarse la boina.
La misma boina.
La misma mirada.
—Ustedes van a entrar como historiadores.
Hizo una pausa.
—Van a encontrar a Gallego.
Otra pausa.
—Van a recuperar la cápsula.
Y finalmente:
—Y van a salir de allí antes de que alguien comprenda lo que realmente está ocurriendo.
Brescio respiró profundamente.
—¿Y si llegamos tarde?
El comandante sostuvo su mirada.
Esta vez no respondió inmediatamente.
Cuando finalmente habló, su voz fue más baja.
—Entonces ya no habrá nada que podamos detener.
La pantalla quedó en silencio.
El médico apagó la tablet.
Durante unos segundos ninguno de los tres se movió.
Desde el pasillo llegó el sonido de una camilla pasando frente a la puerta.
Después, pasos.
Una puerta que se cerraba.
Y nuevamente silencio.
Brescio miró a Tamara.
—¿Cuándo salimos?
El médico volvió a guardar la tablet.
—En cuanto puedan.
Norberto miró a Brescio.
—Entonces tenemos un problema.
—¿Cuál?
—Yo todavía no camino demasiado bien.
Brescio sonrió.
—Yo tampoco.
Tamara se levantó.
—Perfecto.
Los dos la miraron.
—¿Qué tiene de perfecto?
Tamara tomó los documentos que habían quedado sobre la mesa.
—Que por primera vez vamos a viajar como historiadores.
Brescio la observó.
—¿Y eso qué significa?
Tamara abrió la puerta de la habitación.
—Que esta vez tendremos que aprender algo de historia.
Norberto soltó una carcajada.
—Estamos muertos.
Brescio tomó su campera.
—No.
Miró hacia el pasillo.
—Todavía no.
Los tres salieron de la habitación.
Ninguno de ellos vio que, en el estacionamiento del hospital, la ambulancia que Brescio había observado desde la ventana unos minutos antes ya no estaba.
Y nadie sabía quién había llegado en ella.
Ni para qué.
La próxima misión acababa de comenzar.
El aeropuerto
El aeropuerto estaba lleno.
Personas arrastrando valijas, familias despidiéndose, empleados de las aerolíneas caminando de un lado a otro y pasajeros que miraban constantemente las pantallas buscando su puerta de embarque.
Entre todos ellos, tres personas avanzaban sin llamar demasiado la atención.
Nadie habría imaginado que eran Los Notables.
Y eso era exactamente lo que buscaban.
Tamara caminaba unos metros delante de los otros dos.
Su aspecto había cambiado por completo.
El cabello, que habitualmente la identificaba, ahora tenía otro color. También habían modificado el tono de sus ojos mediante lentes especialmente preparados para coincidir con la fotografía de su documentación.
Se detuvo frente a uno de los paneles informativos y fingió revisar el horario del vuelo.
Detrás de ella apareció Brescio.
Era casi irreconocible.
La prótesis que llevaba modificaba la forma de su cabeza y le daba una apariencia completamente distinta. Parecía calvo, más ancho de rostro y considerablemente mayor.
Un grueso bigote cubría buena parte de su cara.
Brescio había pasado varios minutos frente al espejo antes de salir del hotel.
—No me reconozco ni yo —había dicho.
Norberto había sido el último en prepararse.
Llevaba el cabello largo, recogido detrás de la cabeza con una pequeña colita. La barba estaba perfectamente recortada y le daba un aspecto completamente diferente.
Los tres utilizaban exactamente los mismos nombres falsos que habían utilizado durante la operación en Italia.
Los documentos eran auténticos.
Los antecedentes también.
Pero sus rostros ya no coincidían con los hombres y la mujer que habían viajado anteriormente.
La idea era sencilla.
Si alguien relacionaba aquellos nombres con la operación anterior, encontraría tres fotografías que no correspondían con las personas que tenía delante.
Eso les daba una pequeña ventaja.
Una muy pequeña.
Pero a esas alturas habían aprendido a valorar cada ventaja.
Tamara llegó al mostrador.
—Buenos días.
La empleada revisó su documentación.
—¿Destino?
Tamara respondió con naturalidad.
—Las islas.
La mujer volvió a mirar el documento.
Después levantó los ojos hacia ella.
Tamara sonrió.
—Investigación histórica.
La empleada asintió.
—¿Viaja sola?
Tamara miró hacia atrás.
Brescio estaba unos metros más lejos, hojeando un libro.
Norberto escribía algo en un cuaderno.
—Con tres colegas —respondió ella—. Pero viajamos por separado.
La empleada continuó con el procedimiento.
No había nada extraño.
Al menos, nada que pudiera llamar la atención.
Los tres llevaban poco equipaje.
Cámaras fotográficas.
Cuadernos.
Libros.
Material de estudio.
Nada más.
No llevaban armas visibles.
No llevaban dispositivos que pudieran despertar sospechas.
No llevaban nada que pareciera relacionado con una operación clandestina.
Todo había sido pensado para sostener la misma historia.
Tres historiadores.
Tres investigadores.
Tres personas interesadas en documentar aspectos de la historia bélica de las islas.
Eso era todo.
O al menos eso debía parecer.
El control de seguridad fue minucioso.
Mucho más de lo que habían esperado.
Las mochilas fueron abiertas.
Los libros revisados.
Los cuadernos pasaron por el escáner.
Las cámaras fotográficas fueron examinadas una por una.
Tamara permaneció tranquila.
Brescio también.
Norberto incluso tuvo tiempo de hacer un comentario sobre la cantidad de controles.
—Parece que vamos a entrar en una prisión —murmuró.
El empleado de seguridad lo miró.
—¿Perdón?
Norberto sonrió.
—Dije que parece que vamos a entrar a un lugar muy seguro.
El hombre no respondió.
Continuó revisando el equipaje.
Brescio observaba desde unos metros de distancia.
No podía hacer nada.
No debía hacer nada.
Ese era precisamente el objetivo.
Durante toda la operación tendrían que comportarse como civiles.
Cualquier reacción fuera de lugar podía arruinarlo todo.
Finalmente, el empleado cerró la mochila.
—Está todo bien.
—Gracias —respondió Norberto.
Tomó su equipaje y se alejó.
Cuando llegó junto a Brescio, no dijo una palabra.
Tampoco Brescio.
Los tres siguieron caminando.
El avión comercial esperaba en la pista.
No había helicópteros.
No había vehículos oficiales.
No había escolta.
No había nada que indicara que aquellas tres personas tenían una misión diferente a la del resto de los pasajeros.
Subieron al avión mezclados entre turistas, trabajadores y otros viajeros.
Tamara ocupó un asiento.
Brescio quedó varias filas más atrás.
Norberto se sentó del otro lado del pasillo.
Ni siquiera viajaban juntos.
Era parte del plan.
Si alguien observaba el vuelo, solo encontraría tres pasajeros que casualmente compartían un destino.
Nada más.
Cuando el avión despegó, Tamara miró por la ventanilla.
La ciudad comenzó a alejarse lentamente.
Por primera vez desde que habían iniciado aquella operación, no había nadie siguiéndolos.
O al menos eso esperaba.
Brescio cerró los ojos.
Norberto abrió un libro.
Tamara hizo lo mismo.
Durante las primeras horas, ninguno habló.
La operación acababa de comenzar.
La llegada
Mucho después, cuando finalmente llegaron a destino, cada uno recuperó su equipaje.
Las cámaras seguían siendo cámaras.
Los libros seguían siendo libros.
Los cuadernos seguían conteniendo anotaciones sobre historia.
Todo había pasado los controles.
Todo parecía exactamente lo que debía parecer.
Pero la verdadera misión comenzaría recién cuando los tres estuvieran nuevamente juntos.
No en el aeropuerto.
No frente a las autoridades.
No en la calle.
En un lugar donde nadie pudiera relacionarlos entre sí.
Habían alquilado dos habitaciones de hotel separadas.
Tamara y Norberto ocupaban una.
Brescio, la otra
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