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Los notables 3 parte 1

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Tamara abrió los ojos lentamente. Durante unos segundos no supo dónde estaba. Solo escuchaba un pitido constante, regular, casi hipnótico. Pip. Pip. Pip. Intentó mover el brazo derecho y una punzada feroz le atravesó el hombro. Contuvo un gemido. Entonces recordó. El taxi. Los disparos. Los vidrios explotando. Norberto a su lado. Brescio... Abrió los ojos por completo. El intenso olor a desinfectante terminó de ubicarla. Un hospital. Intentó incorporarse, pero el dolor volvió a obligarla a recostarse. Tenía el hombro derecho completamente vendado y varios cortes pequeños en el rostro. Giró lentamente la cabeza. En la cama contigua, Norberto permanecía despierto. Respiraba con dificultad. Una venda gruesa le cubría parte de la pierna izquierda y varios hematomas se extendían por el cuello y los brazos. Al notar que Tamara lo observaba, sonrió. —Pensé que iba a despertarme solo. Tamara hizo una mueca. —Todavía no tuvimos esa suerte. Norberto dejó escapar una breve risa. La risa se transformó inmediatamente en una expresión de dolor. —Ese chaleco nos salvó la vida. Tamara bajó la mirada. Recordaba perfectamente el impacto. La violencia con la que las balas habían golpeado contra la protección. Sin el chaleco antibalas, ninguno de los dos habría salido vivo de aquel taxi. Durante unos segundos permanecieron en silencio. Los dos pensaban en la misma persona. —¿Y Brescio? La sonrisa de Norberto desapareció. —Sigue en cirugía. Tamara cerró los ojos. Aquellas cuatro palabras pesaron más que cualquier herida. Brescio siempre se había negado a utilizar chaleco. Decía que lo volvía lento. Que limitaba sus movimientos. Que prefería confiar en sus reflejos. Esta vez sus reflejos no habían sido suficientes. —¿Cuánto hace? —Horas. —¿Y los médicos? Norberto respiró profundamente. —Todavía están intentando detener las hemorragias. Tamara miró el techo. —Va a salir. Lo dijo con seguridad. Pero ninguno de los dos creyó realmente que aquella frase fuera una garantía. Antes de que Norberto pudiera responder, la puerta se abrió. Entró un médico acompañado por una enfermera. El hombre revisó primero el monitor de Tamara y después el de Norberto. —Me alegra verlos despiertos. —¿Cómo estamos? —preguntó Norberto. El médico sonrió. —Vivos. Y eso, después de lo que les ocurrió, ya es bastante. Revisó algunas anotaciones. —Tuvieron mucha suerte. Las protecciones que llevaban evitaron heridas mucho más graves. Tamara permaneció callada. El médico continuó: —Deberán permanecer internados al menos una semana. Quizá más, dependiendo de cómo evolucionen. Norberto y Tamara intercambiaron una mirada. Una semana era imposible. —Además —continuó el médico—, la policía italiana quiere tomarles declaración cuando estén en condiciones. Aquella frase cambió inmediatamente el ambiente. Los dos entendieron lo mismo. Sus identidades falsas. Los documentos. La operación. La agencia. Todo podía quedar expuesto. El médico terminó la revisión y salió junto a la enfermera. —Intenten descansar —dijo ella antes de cerrar la puerta. Esperaron. Cinco segundos. Diez. Tamara miró hacia el pasillo. Después volvió a mirar a Norberto. —Tenemos que irnos. —¿Ahora? —Ahora. Norberto soltó una pequeña carcajada. —Apenas puedo caminar. —Entonces no vas a caminar. Tamara se incorporó. El hombro protestó de inmediato. Apretó los dientes. Con la mano izquierda tomó el extremo del suero y retiró cuidadosamente la aguja. Una gota de sangre apareció sobre la piel. Norberto la observó. —Estás completamente loca. —Después hablamos de eso. Él hizo lo mismo. Cuando intentó ponerse de pie, las piernas le fallaron. Tamara lo sujetó antes de que cayera. —Despacio. —Estoy bien. —Claro. Y yo vine de vacaciones. Norberto sonrió. En ese momento la puerta se abrió. La enfermera apareció nuevamente. —¿Qué están haciendo? Tamara reaccionó por instinto. Se llevó una mano al hombro y simuló perder el equilibrio. La enfermera avanzó rápidamente para sostenerla. Fue suficiente. Tamara aprovechó la cercanía, la sujetó y aplicó una maniobra rápida para dejarla inconsciente. La mujer perdió la fuerza en los brazos. Tamara consiguió sostenerla antes de que golpeara el suelo. Norberto la miró. —¿Eso era realmente necesario? —¿Querías explicarle que estamos escapando? —Buen punto. Entre ambos colocaron a la enfermera sobre la cama. Tamara respiraba con dificultad. El dolor del hombro comenzaba a intensificarse. —Necesitamos salir antes de que alguien la encuentre. Tomó el uniforme de la mujer. Minutos después, había conseguido ponerse el ambo de enfermería y ocultar el cabello bajo una cofia. Norberto la observó. —No parecés enfermera. —No tengo que parecer enfermera. Tengo que parecer alguien que sabe adónde va. —Eso es más preocupante. Tamara abrió la puerta. Miró hacia ambos lados. Vacío. —Esperá acá. Desapareció por el pasillo. Cinco minutos después regresó empujando una silla de ruedas. Norberto arqueó una ceja. —¿De dónde la sacaste? —Le dije a un camillero que el paciente de la habitación 214 necesitaba una radiografía urgente. —Mentís demasiado bien. —Es parte del trabajo. Lo ayudó a sentarse. Tomaron las cosas personales de ellos y comenzaron a avanzar. Cada persona que cruzaban aumentaba la tensión. Un médico pasó junto a ellos y saludó con la cabeza. Tamara respondió con absoluta naturalidad. Otro enfermero apareció desde una puerta. Ella continuó caminando. No demasiado rápido. No demasiado lento. Como si aquella fuera una rutina de todos los días. Doblaron una esquina. Ya podían ver las puertas de salida. Entonces escucharon: —¡Enfermera! Tamara sintió que el corazón le golpeaba el pecho. Se detuvo. Giró lentamente. Un médico de guardia caminaba hacia ellos con una carpeta. —¿Puede llevar estos estudios a diagnóstico? Tamara tomó la carpeta. —Claro, doctor. —Gracias. El hombre siguió su camino. Tamara esperó unos segundos. Después continuó. Las puertas automáticas se abrieron. El aire frío de la calle golpeó sus rostros. Habían salido. Norberto respiró profundamente. —Nunca pensé que iba a alegrarme tanto de ver una calle. —No cantes victoria. —¿Por qué? Tamara miró hacia atrás. —Porque todavía tenemos que descubrir quién nos atacó. Apenas cruzaron la salida del hospital, Tamara detuvo un taxi. Le indicó al conductor el nombre del hotel. El hombre arrancó sin hacer preguntas. Durante todo el trayecto ninguno habló. El cansancio, las heridas y el fracaso de la misión pesaban demasiado. Habían recuperado la cápsula. Y se la habían vuelto a quitar. Pero había algo peor. Alguien había sabido dónde encontrarlos. Cuando llegaron al hotel, Tamara pagó. La recepcionista levantó la mirada. Los reconoció inmediatamente. —Pensé que ya habían regresado a su país. Tamara sonrió. —Tuvimos un pequeño inconveniente de salud. La mujer observó sus heridas. —¿Están bien? —Ahora sí. La recepcionista les entregó la llave. —Me alegro. Subieron. Una vez dentro de la habitación, cerraron la puerta. Tamara dejó caer el cuerpo sobre una silla. Norberto hizo lo mismo. Durante unos segundos solo escucharon sus respiraciones. Después Norberto habló. —Necesitamos saber qué pasó con Bustafa. Tamara asintió. —Y rápido. Media hora después volvieron al segundo piso. La puerta de la habitación 225 estaba abierta. Dos empleados cambiaban las sábanas mientras otro retiraba varias bolsas de residuos. Tamara mostró una credencial falsa. —Somos de la compañía de seguros del señor Bustafa. Necesitamos verificar algunos datos. Uno de los empleados se encogió de hombros. —Llegan tarde. Tamara mantuvo la expresión seria. —¿Por qué? —El señor Bustafa se fue esta mañana. Norberto intervino. —¿Solo? El empleado negó con la cabeza. —No lo sé. No era suficiente. Bajaron nuevamente. En recepción, Norberto apoyó discretamente un billete sobre el mostrador. El recepcionista lo miró. Después miró alrededor. Finalmente guardó el dinero. —¿Qué quieren saber? —Quién retiró al huésped de la habitación 225. El hombre bajó la voz. —Fue raro. Tamara se inclinó ligeramente hacia él. —¿Qué pasó? —A media mañana llegó una ambulancia privada. —¿Una ambulancia? —Sí. —¿Para Bustafa? El recepcionista asintió. —Un médico dijo que debía ser trasladado a una clínica. Norberto frunció el ceño. —¿Y nadie verificó la orden? —Parecía auténtica. El hombre hizo una pausa. —Además, el paciente seguía dormido. Tamara y Norberto se miraron. Ya no necesitaban más explicaciones. Alguien había aprovechado que Bustafa permanecía inconsciente. Y se lo había llevado. —¿Las cámaras? El recepcionista señaló una oficina. —Seguridad. Minutos después observaron las grabaciones. La ambulancia había permanecido menos de tres minutos frente al hotel. Cuatro hombres vestidos como personal médico habían descendido. Subieron a Bustafa y a su custodio a dos camillas. Nadie los detuvo. Las patentes eran falsas. Los rostros estaban parcialmente cubiertos. Todo había sido preparado con una precisión inquietante. Tamara apagó el monitor. —Nos ganaron por minutos. Norberto apoyó las manos sobre la mesa. —No. Tamara lo miró. —¿No qué? —No nos ganaron por minutos. Hizo una pausa. —Sabían que él estaba ahí. Tamara quedó inmóvil. La idea era mucho peor. —¿Creés que ellos organizaron el ataque? Norberto negó lentamente. —No lo sé. —Pero sabían dónde estaba Bustafa. —Y sabían que nosotros no íbamos a poder impedir que se lo llevaran. Tamara observó nuevamente la pantalla apagada. Aquello ya no parecía una simple persecución. Alguien estaba jugando varios movimientos por delante. Esa misma tarde regresaron al hospital. Brescio ya no estaba en terapia intensiva. Había sido trasladado a una habitación de cuidados intermedios. Seguía inconsciente. Pero respiraba por sus propios medios. Tamara permaneció varios segundos observándolo detrás del vidrio. No dijo nada. Norberto se colocó a su lado. —Va a salir. —Tiene que salir. —Va a hacerlo. Tamara apoyó una mano sobre el vidrio. —No pienso dejarlo solo. Norberto asintió. —Tampoco yo. Se alejaron lentamente. Cuando abandonaban el edificio, una figura enorme apareció frente a ellos. Era un hombre de casi dos metros de altura. Vestía un impecable traje negro. No parecía un guardaespaldas común. Su postura era demasiado rígida. Su mirada, demasiado fría. —¿Tamara y Norberto? Los dos se detuvieron. Norberto dio un paso adelante. —¿Quién quiere saberlo? El desconocido introdujo una mano en el bolsillo interior del saco. Tamara tensó el cuerpo. Pero el hombre solo extrajo una pequeña insignia metálica. No tenía nombre. Solo el emblema de la agencia. —El comandante los está esperando. Una limusina negra se detuvo junto al cordón. Las puertas se abrieron. Tamara intercambió una mirada con Norberto. No era una invitación. Era una orden. Subieron. Pero cuando las puertas se cerraron, descubrieron algo inesperado. El interior no tenía el aspecto de una limusina. Las butacas habían sido reemplazadas por computadoras, pantallas, radios y equipos de comunicaciones. Era un centro de operaciones móvil. Una pantalla se encendió frente a ellos. El rostro del comandante apareció. Durante unos segundos los observó en silencio. —Me alegra comprobar que siguen vivos. Norberto tomó la palabra. —Señor, intentamos permanecer en el hospital, pero Brescio seguía en cirugía. No podíamos abandonarlo. El comandante permaneció inmóvil. —Lo sé. Tamara esperó. La expresión del hombre cambió. —Desde un punto de vista humano, hicieron lo correcto. Silencio. —Desde el punto de vista de esta organización... El comandante hizo una pausa. —Cometieron un error gravísimo. Ninguno respondió. —Mientras ustedes cuidaban a un compañero, el enemigo ganaba tiempo. Tamara bajó la mirada. El comandante activó otra pantalla. Apareció la fotografía de la cápsula. Después, un mapa del sur de Italia. Varias zonas aparecieron marcadas en rojo. —La recuperaron. Otra imagen. —Durante unos minutos. La siguiente fotografía mostraba una zona urbana. —Después volvió a manos de quienes realmente la buscan. Norberto observó el mapa. —¿Dónde? El comandante amplió una zona. —Sur de Italia. Un antiguo barrio industrial rodeado de viviendas. —Creemos que permanece dentro de este perímetro. No podemos intervenir con fuerzas militares. Hay miles de civiles alrededor. Tamara cruzó los brazos. —Entonces, ¿qué hacemos? —Lo que hacen Los Notables. La pantalla mostró nuevas imágenes. —Entrar sin que nadie sepa que estuvieron allí. Norberto observó los datos. —¿Cuántos hombres? —Entre treinta y cuarenta. Todos armados. Aparecieron fotografías de distintos individuos. —Además, contrataron exmilitares como seguridad. Tamara miró al comandante. —¿Y nosotros somos dos? El hombre asintió. —Brescio continúa fuera de combate. Un silencio pesado llenó el vehículo. —No voy a mentirles —continuó el comandante—. Las posibilidades de éxito son bajas. La imagen cambió. Apareció el rostro del hombre que había arrebatado la cápsula durante la emboscada. —Este sujeto dirigió toda la operación. Tamara se acercó ligeramente a la pantalla. —¿Quién es? El comandante tardó unos segundos en responder. —Cristian Gallego. Debajo de la fotografía apareció información. Físico nuclear. Especialista en materiales radiactivos. Exconsultor internacional. —Durante años trabajó para distintos gobiernos —explicó el comandante—. Después desapareció. Norberto observó la fotografía. —¿Y ahora? —Vende sus conocimientos al mejor postor. Tamara estudió su rostro. —¿Es un terrorista? —No. El comandante la miró fijamente. —Eso es precisamente lo que lo vuelve peligroso. La pantalla cambió. —No responde ante ninguna organización. No responde ante ningún gobierno. Responde únicamente ante quien pueda pagar. Norberto preguntó: —¿Sabemos para qué quieren la cápsula? El comandante guardó silencio durante unos segundos. —Todavía no. La pantalla mostró una transcripción. —Inteligencia interceptó una conversación. Apareció una única frase: «Solo necesitamos comprobar que funciona.» Nadie habló. Tamara volvió a mirar la frase. —¿Quieren probarla? —Eso creemos. —¿En una zona habitada? —Es posible. El comandante apagó la pantalla. —Por eso tienen que detenerlos. Dos días después, las heridas todavía estaban presentes. El hombro de Tamara continuaba doliendo cada vez que levantaba el brazo. Norberto caminaba con una leve dificultad. Pero ambos estaban listos. Antes del amanecer, un vehículo de la agencia los llevó hasta un pequeño aeródromo militar. Un jet privado esperaba con los motores encendidos. Durante el vuelo repasaron los planos enviados por inteligencia. Calles. Azoteas. Rutas de escape. Puntos de vigilancia. Posibles posiciones de francotiradores.
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