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Los notables 2 parte 2

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El aire fresco golpeó sus rostros apenas abandonaron el aeropuerto. Italia los recibió con un cielo completamente despejado. Cada uno tomó un vehículo diferente. El hotel elegido por Bustafa era elegante, discreto y frecuentado por empresarios extranjeros. La recepción estaba decorada con mármol blanco, enormes lámparas de cristal y un perfume suave que impregnaba todo el ambiente. Tamara ingresó primero. Ya no era Tamara. En aquel lugar existía únicamente Norma Dupla. Presentó su documentación sin despertar sospechas. La recepcionista sonrió. —Habitación doscientos diecisiete. Segundo piso. Perfecto. Bustafa ocupaba la habitación 225. Apenas ocho puertas los separaban. Mientras tanto, Brescio recogía un taxi previamente alquilado por la organización. Durante las siguientes horas recorrería la ciudad como un conductor más, esperando la llamada que iniciaría la operación. Norberto alquiló una pequeña habitación frente al hotel. Desde allí instaló una computadora portátil, varios receptores de frecuencia y una antena direccional. En pocos minutos, el cuarto parecía un centro de vigilancia. Comprobó los equipos. Auriculares. Micrófonos. Canales de comunicación. Todo funcionaba. Tomó el pequeño transmisor. —Base instalada. La voz de Tamara respondió de inmediato. —Recibido. Brescio también intervino. —Taxi listo. Norberto respiró profundamente. Era el momento. La misión acababa de comenzar. Tamara dejó pasar unos minutos antes de actuar. Desde la mirilla de la habitación comprobó que el pasillo estuviera vacío. Tomó el uniforme de mucama que la organización había preparado especialmente para la misión, acomodó su cabello debajo de una cofia blanca y empujó el carro de limpieza por el corredor. Caminaba con absoluta naturalidad. Ni demasiado rápido. Ni demasiado lento. Era una empleada más del hotel. Al llegar frente a la habitación 225 respiró hondo y golpeó la puerta. Dos golpes suaves. Esperó. Nada. Volvió a golpear. Esta vez la puerta se abrió apenas unos centímetros. Un hombre robusto, vestido con traje oscuro, la observó con desconfianza. —¿Qué quiere? —Servicio de limpieza. Vengo a cambiar las sábanas y las toallas. El hombre no respondió de inmediato. Sus ojos recorrieron el uniforme, el carro y la credencial que colgaba de su cuello. Tamara sostuvo la mirada sin demostrar el menor nerviosismo. Después de unos segundos que parecieron eternos, el custodio abrió completamente la puerta. —Cinco minutos. —Será suficiente. Empujó el carro hacia el interior. La habitación era amplia y lujosa. Sobre una mesa descansaban varias carpetas, un teléfono satelital y una computadora portátil cerrada. Tamara no los miró más de un instante. Sabía que un exceso de curiosidad podía delatarla. Comenzó a retirar las sábanas con movimientos mecánicos. Mientras acomodaba la cama, dejó caer discretamente un pequeño micrófono debajo de la mesa de luz. Continuó trabajando. Al levantar un almohadón, escondió un segundo transmisor entre la estructura de madera de la cama. El tercero quedó adherido bajo la mesa donde descansaban los documentos. Todo parecía salir según lo planeado. Hasta que la puerta del baño se abrió. El vapor escapó lentamente. Erick Bustafa apareció secándose el cabello con una toalla. Era un hombre de presencia imponente. Cabello negro y corto. Barba perfectamente recortada. Ojos marrones. Una expresión dura que parecía desconfiar de todo. Observó a Tamara durante un instante. Ella siguió doblando las sábanas. Como si fuera una empleada más. Bustafa terminó de secarse y, sin preocuparse por la presencia de la mucama, se quitó la toalla. —Esta también hay que cambiarla. Se la extendió. Tamara la tomó con absoluta naturalidad. Ni un gesto. Ni una palabra. Simplemente abrió el armario del baño, dejó una toalla limpia perfectamente doblada y guardó la usada dentro del carro. Bustafa pareció perder el interés. Se dirigió al dormitorio para vestirse. Tamara aprovechó esos segundos. Mientras acomodaba una silla, deslizó un cuarto micrófono bajo el asiento. Era el último. —Ya terminé, señor. El hombre de seguridad volvió a abrirle la puerta. —Retírese. Tamara salió sin apurar el paso. Recién cuando dobló el pasillo permitió que el aire volviera a llenar sus pulmones. Entró en la habitación 217 y cerró la puerta. Tomó el pequeño transmisor. —Micrófonos instalados. Del otro lado respondió Norberto. —Recibiendo señal... Durante unos segundos solo se escuchó un leve ruido de interferencia. Después comenzaron a llegar las voces desde la habitación 225. El sistema funcionaba perfectamente. Norberto aumentó el volumen. Los tres permanecieron en silencio mientras escuchaban. La conversación era en un idioma que ninguno comprendía por completo. De repente, una frase fue pronunciada en español. —Esta noche. Restaurante Bellavista. Veintidós horas. Norberto tomó nota inmediatamente. Minutos después, otra voz agregó: —La cápsula llegará con un solo custodio. Brescio sonrió desde el taxi. —Eso nos simplifica bastante las cosas. Tamara no respondió. Algo le llamaba la atención. Escuchó nuevamente la grabación. Retrocedió unos segundos. Había un ruido extraño. Como si alguien hubiera apoyado un vaso muy cerca de uno de los micrófonos. —Norberto... —¿Sí? —Volvé diez segundos atrás. Lo hizo. Los tres escucharon el mismo sonido. Después... Silencio. —¿Qué tiene de raro? —preguntó Brescio. Tamara frunció el ceño. —No sé... Hizo una pausa. —Pero siento que alguien estuvo a centímetros de descubrir uno de los micrófonos. Durante unos segundos ninguno habló. Finalmente Norberto rompió el silencio. —Si sospecharan algo, ya habrían revisado toda la habitación. Tamara asintió. Tenía razón. Sin embargo, una incómoda sensación no dejaba de acompañarla. Por primera vez desde que habían llegado a Italia, sintió que ellos también podían estar siendo observados. La tarde transcurrió con una calma casi desesperante. Norberto permanecía frente a la computadora escuchando cada conversación que provenía de la habitación 225. La mayor parte del tiempo solo oía el televisor encendido, el ruido del agua en el baño o el ir y venir del guardaespaldas. Brescio aprovechó las horas para recorrer la ciudad con el taxi. Necesitaba memorizar las calles cercanas al hotel y al restaurante. Si algo salía mal, conocer cada atajo podía marcar la diferencia entre escapar o terminar rodeados. Tamara, mientras tanto, descansaba apenas unos minutos. No dormía. Repasaba mentalmente cada paso de la operación. A las ocho y media de la noche, la radio volvió a cobrar vida. —Movimiento en la habitación —informó Norberto. Tamara tomó inmediatamente un pequeño binocular y se ubicó junto a la ventana. Dos minutos después, la puerta de la 225 se abrió. Primero salió el guardaespaldas. Observó el pasillo de punta a punta antes de hacer un gesto con la cabeza. Entonces apareció Bustafa. Vestía un elegante traje oscuro y llevaba un pequeño maletín de cuero sujeto con la mano izquierda. —Objetivo en movimiento —dijo Tamara. —Recibido —respondió Brescio. Desde el asiento del conductor observó cómo ambos abandonaban el hotel. No podía ser él quien los recogiera. Todavía era demasiado temprano. Otro taxi se detuvo frente a la entrada. Bustafa y su custodio subieron sin hacer preguntas. Tamara esperó unos segundos antes de arrancar con el automóvil alquilado por la organización. Mantenía siempre dos vehículos de distancia. Ni demasiado cerca para despertar sospechas. Ni demasiado lejos como para perderlos. El recorrido terminó frente a un pequeño restaurante de aspecto tradicional. Las luces amarillas iluminaban una calle angosta de adoquines. Desde el exterior parecía un lugar tranquilo. Pero Norberto no dejaba de mirar la pantalla. —Tengo tres cámaras de seguridad enfocando la entrada... cuatro hombres dentro... uno en la cocina... dos mozos... Hizo una pausa. —Y alguien más. —¿Quién? —preguntó Tamara. —No lo sé. —¿Dónde está? —No entra. No sale. Siempre queda fuera del alcance de las cámaras. Tamara sintió un escalofrío. —Seguí observándolo. Bustafa ingresó al restaurante acompañado por su guardaespaldas. Veinte minutos después llegó otro hombre. Vestía un sobretodo gris y llevaba un pequeño portafolios metálico. No intercambiaron abrazos. Ni siquiera sonrieron. Se sentaron frente a frente. El maletín cambió de manos en menos de diez segundos. La reunión continuó apenas unos minutos más. Parecía una simple cena de negocios. Pero los tres sabían que aquella pequeña cápsula podía tener consecuencias enormes. Finalmente, el desconocido abandonó el lugar. Bustafa permaneció unos minutos más, terminando una copa de vino. Después se levantó. —Ahora —dijo Norberto. Tamara puso en marcha el motor. Brescio hizo lo mismo desde la esquina siguiente. Todo estaba saliendo exactamente como lo habían planeado. O eso parecía. Bustafa y su custodio salieron del restaurante buscando un taxi. Pero el vehículo de Brescio no aparecía. —¿Dónde estás? —preguntó Tamara por la radio. —Problemas... La voz de Brescio sonaba irritada. Un anciano había subido a su taxi unos minutos antes y se negaba rotundamente a bajar. —¡Le dije que me lleve al hospital! —Señor, tengo que terminar mi turno. —¡No me importa! Brescio respiró hondo. Miró por el espejo. Bustafa ya estaba en la puerta del restaurante. No podía perderlo. —Perdóneme... Sujetó al hombre con firmeza, abrió la puerta y prácticamente lo dejó sobre la vereda. —¡Está loco! ¡Voy a denunciarlo! —gritó el anciano. —Haga la fila primero —murmuró Brescio mientras aceleraba. El taxi apareció frente al restaurante apenas unos segundos después. Bustafa levantó la mano. —Taxi. Brescio frenó. El guardaespaldas abrió la puerta trasera. Ambos subieron. —Al hotel. —Como usted diga. El vehículo comenzó a avanzar. Durante varios minutos nadie habló. Solo se escuchaba el sonido del motor y el tránsito nocturno. Brescio observó discretamente el espejo retrovisor. Esperó. Una cuadra. Dos. Tres. Entonces presionó con el pulgar un pequeño interruptor oculto bajo el volante. Un gas comenzó a salir silenciosamente por las rejillas del aire acondicionado. Cinco segundos. Diez. Quince. El guardaespaldas fue el primero en cabecear. Bustafa intentó incorporarse. Ya era tarde. Los dos quedaron profundamente dormidos. —Paquete asegurado. La voz de Norberto respondió de inmediato. —Voy para allá. Brescio no perdió un segundo. Detuvo el taxi en una calle poco transitada, lejos del restaurante, y comprobó que tanto Bustafa como su guardaespaldas siguieran inconscientes. —Norberto, ¿cuánto falta? —Un minuto. —Apurate. Tamara ya había llegado al lugar. Descendió del automóvil y abrió la puerta trasera del taxi. —¿Cómo están? —No se van a despertar por un buen rato. Entre los tres revisaron cuidadosamente a Bustafa. Nada. El maletín tampoco contenía la cápsula. Solo había documentos, dinero y un teléfono satelital. Tamara frunció el ceño. —No puede ser... Norberto comenzó a revisar al guardaespaldas. Palpó el saco, los bolsillos del pantalón y los zapatos. Entonces sonrió. —Acá está. Del interior de un bolsillo oculto extrajo un pequeño recipiente metálico del tamaño de un tubo de ensayo. Dentro descansaba la cápsula. Incluso a través del recipiente protector imponía respeto. —Objetivo recuperado. Tamara guardó el cilindro dentro de un estuche especialmente preparado para transportarlo. —Vámonos. Los tres volvieron a subir al taxi. No habían recorrido ni una cuadra cuando Norberto levantó la vista. —Esperen... Todos lo miraron. —¿Qué pasa? —Si desaparecen ahora, Bustafa va a saber inmediatamente que le robaron la cápsula. Tamara comprendió enseguida. —Tenemos que devolverlos al hotel. Brescio golpeó suavemente el volante. —Eso nos hace perder tiempo. —Pero nos regala varias horas de ventaja. No había discusión posible. Regresaron al hotel. El guardaespaldas fue el primero en bajar. Entre Brescio y Norberto lo sostuvieron por los hombros. Parecía un hombre completamente borracho. Tamara hizo lo mismo con Bustafa. El recepcionista levantó la vista. —¿Todo bien? Norberto sonrió. —Demasiado vino italiano. El empleado soltó una carcajada. —Les pasa a muchos turistas. Nadie sospechó absolutamente nada. Subieron por el ascensor hasta el segundo piso. Tamara abrió la habitación 225 utilizando la tarjeta que llevaba guardada el custodio. Acostaron primero al guardaespaldas. Después dejaron a Bustafa sobre la cama. Antes de marcharse, Tamara retiró cuidadosamente los micrófonos que había instalado horas antes. No pensaba dejar ninguna evidencia. Observó una última vez la habitación. Todo parecía exactamente igual que antes. Cerró la puerta. —Ahora sí... misión cumplida. La ciudad comenzaba a vaciarse. Las calles estaban húmedas por una llovizna reciente. Brescio conducía rumbo al aeropuerto mientras Norberto sostenía el estuche con la cápsula entre las manos. Ninguno hablaba. Después de tantas horas de tensión, el silencio era casi un alivio. Tamara observó por el espejo lateral. Un sedán negro dobló detrás de ellos. No le dio importancia. Segundos después, seguía allí. Tomó el pequeño espejo del parasol. Volvió a mirar. El mismo vehículo. —Brescio... —¿Qué? —Creo que tenemos compañía. Él observó el espejo retrovisor. El sedán mantenía exactamente la misma distancia. —Puede ser casualidad. Dobló en la siguiente esquina. El automóvil también. Norberto levantó lentamente la cabeza. —No me gusta. Brescio aceleró. El otro vehículo hizo lo mismo. —Ahora sí estoy seguro. Tamara tomó la radio. —Nos siguen. Norberto sujetó con fuerza el estuche. —¿Cuántos? —No puedo verlos. El taxi atravesó una avenida casi desierta. El sedán continuaba detrás. De pronto apareció un segundo automóvil por una calle lateral. Se colocó delante de ellos. —¡Nos cerraron! Brescio pisó el freno con todas sus fuerzas. Las cubiertas chirriaron sobre el asfalto. El taxi quedó atravesado en medio de la calle. Durante una fracción de segundo nadie se movió. Entonces se abrieron las puertas de ambos vehículos. —¡Agáchense! —gritó Tamara. La respuesta fue una lluvia de disparos. Los vidrios del taxi estallaron en cientos de fragmentos. Las balas atravesaron las puertas, el capó y el parabrisas. Brescio sintió un impacto violento en el hombro. El volante se le escapó de las manos. Norberto cayó hacia un costado mientras protegía el estuche contra su pecho. Tamara intentó sacar su arma. Otro disparo rompió la ventanilla junto a su cabeza. El interior del taxi se llenó de humo, pólvora y cristales. Los disparos cesaron tan rápido como habían comenzado. Todo quedó en silencio. Solo se escuchaba el motor funcionando y el sonido de la lluvia sobre el pavimento. Varias sombras se acercaron lentamente al vehículo. Una de ellas abrió la puerta trasera. Sin pronunciar una sola palabra, tomó el estuche metálico que Norberto todavía sostenía entre sus brazos. De un fuerte tirón logró arrebatárselo. Otro hombre observó a los tres agentes ensangrentados. —Están muertos. —No perdamos tiempo. Las puertas de los automóviles volvieron a cerrarse. Los dos vehículos desaparecieron en la oscuridad de la madrugada. Dentro del taxi solo quedó el silencio. La cápsula había sido robada otra vez. Y los tres Notables permanecían inmóviles, gravemente heridos, sin posibilidad de pedir ayuda. Por primera vez desde que formaban parte de la organización... la misión había terminado en un completo desastre.
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