Cuando aterrizaron, el asistente del comandante los esperaba.
Les entregó una mochila.
—Documentación nueva.
Después les dio dos radios encriptadas.
—Munición.
Tamara tomó la mochila.
—¿Algo más?
El hombre negó con la cabeza.
—No dejen que la misión vuelva a salir mal.
Ninguno respondió.
Frente a ellos comenzaba el enorme barrio señalado por inteligencia.
Las calles estaban llenas de gente.
Niños jugando.
Comercios abiertos.
Vecinos caminando.
Turistas sentados en las terrazas.
Nadie imaginaba que, a pocas cuadras, un grupo armado ocultaba material capaz de provocar una tragedia.
Tamara observó desde una azotea.
—Si empezamos un tiroteo acá, va a morir mucha gente.
Norberto levantó los binoculares.
Sobre varios edificios distinguió hombres armados.
—Entraremos de noche.
Tamara asintió.
—Como siempre.
La oscuridad seguía siendo la mejor aliada de Los Notables.
Esperaron.
El sol desapareció detrás de los edificios.
Las luces comenzaron a encenderse.
Y el barrio cambió.
Las calles empezaron a vaciarse.
Tamara y Norberto descendieron de la azotea.
Avanzaron por los techos evitando las zonas iluminadas.
Cada movimiento estaba calculado.
Norberto consultó una pequeña pantalla.
—El depósito principal está a menos de doscientos metros.
Tamara observó el edificio.
Una antigua fábrica de ladrillos.
Un muro alto.
Varias garitas.
—Demasiado custodiado.
—Eso confirma que estamos cerca.
Descendieron por una escalera de incendios.
Llegaron a un callejón.
Tamara levantó el puño.
Alguien venía.
Dos hombres armados avanzaban conversando.
Esperaron.
Cuando estuvieron suficientemente cerca, Tamara salió de la oscuridad.
Golpeó al primero.
Norberto redujo al segundo antes de que pudiera utilizar la radio.
En pocos segundos ambos estaban inconscientes.
Los arrastraron hasta un viejo garaje abandonado.
Norberto registró los bolsillos.
Encontró una radio, un teléfono y una tarjeta magnética.
—Esto nos puede servir.
Tamara despertó a uno de los hombres.
El guardia abrió los ojos.
Vio el arma.
—¿Dónde está la cápsula?
El hombre permaneció callado.
—¿Dónde?
—No sé.
Norberto se acercó.
—Pensalo bien.
—No sé dónde está.
—¿Quién la tiene?
—No lo sé.
Tamara estudió su rostro.
Parecía sinceramente aterrorizado.
Finalmente lo dejó inconsciente nuevamente.
—No sabe nada.
—Entonces sigamos.
Llegaron hasta un edificio de tres plantas.
Desde la terraza podían observar toda la zona.
Norberto levantó los binoculares.
Su expresión cambió.
—Tenemos problemas.
Tamara tomó los prismáticos.
En el patio central de la fábrica había más de veinte hombres armados.
Algunos vigilaban.
Otros descargaban cajas de un camión.
Pero había algo más.
Tamara enfocó.
Se quedó inmóvil.
—No puede ser.
Norberto miró.
Erick Bustafa caminaba tranquilamente por el patio.
Estaba vivo.
Y no parecía un prisionero.
—¿Qué hace ahí? —preguntó Norberto.
Tamara continuó observándolo.
Bustafa hablaba con varios hombres.
Después apareció otro individuo.
Traje oscuro.
Cabello corto.
Sin armas visibles.
No necesitaba llevarlas.
Todos parecían obedecerlo.
Norberto bajó lentamente los binoculares.
—Cristian Gallego.
Era la primera vez que lo veían personalmente.
No levantaba la voz.
No hacía movimientos bruscos.
Simplemente hablaba.
Y los demás obedecían.
Cristian señaló el interior de la fábrica.
Varios hombres comenzaron a trasladar un pesado contenedor metálico.
Tamara observó.
—Ahí adentro hay algo.
—Y apuesto a que es lo que buscamos.
Entonces una luz se encendió detrás de ellos.
Los dos giraron.
La puerta de la terraza acababa de abrirse.
Un guardia los observaba.
Llevó inmediatamente una mano hacia la radio.
—¡Intrus...!
El silenciador de Tamara emitió apenas un pequeño chasquido.
El hombre cayó.
Pero la radio permaneció en el suelo.
Una voz comenzó a escucharse.
—¿Marco? ¿Marco, me recibís?
Norberto miró a Tamara.
—Tenemos menos de un minuto.
Tomó la radio.
Imitó la voz del guardia.
—Todo... controlado.
Silencio.
—¿Marco?
Norberto esperó.
—Se escucha mal.
La comunicación se cortó.
Tamara negó lentamente.
—No te creyó.
—Lo sé.
Abajo comenzaron a escucharse gritos.
Las luces de la fábrica se encendieron una tras otra.
Cristian permaneció inmóvil en el centro del patio.
Levantó lentamente la cabeza.
Observó los edificios.
No parecía nervioso.
Parecía estar pensando.
Calculando.
—Ese tipo piensa demasiado —murmuró Tamara.
Norberto volvió a mirar hacia abajo.
—Y eso lo vuelve peligroso.
Descendieron rápidamente por la escalera de emergencia.
No podían quedarse.
Apenas llegaron al callejón escucharon motores.
Tres camionetas negras bloquearon los accesos.
Las puertas se abrieron.
Hombres armados comenzaron a descender.
—Nos están encerrando.
Tamara señaló una puerta lateral.
—Por acá.
Entraron en un viejo taller mecánico abandonado.
Entre herramientas oxidadas y vehículos cubiertos de polvo encontraron una salida hacia otra calle.
Estaban a punto de cruzarla cuando una voz los detuvo.
—¡Quietos!
Dos hombres aparecieron apuntándolos.
Tamara levantó las manos.
Norberto hizo lo mismo.
Uno de los guardias avanzó para registrarlos.
Fue el error que necesitaban.
Tamara desvió el arma.
Norberto golpeó al segundo.
El enfrentamiento duró apenas unos segundos.
Los dos hombres quedaron inconscientes.
Pero ya era tarde.
El ruido había alertado al resto.
Las primeras linternas aparecieron al fondo de la calle.
—¡Están acá!
Los disparos golpearon la pared.
Fragmentos de ladrillo volaron por todas partes.
Tamara respondió con dos disparos.
—¡Corré!
Salieron por la parte trasera.
Atravesaron patios.
Callejones.
Terrazas.
Detrás de ellos se escuchaban gritos y pasos.
Finalmente consiguieron refugiarse en el techo de un edificio.
Norberto cayó de rodillas para recuperar el aire.
—Esto ya no es una organización.
Miró hacia abajo.
—Es un ejército.
Tamara observaba la fábrica.
De pronto vio movimiento.
Un camión de carga salió por un portón lateral.
Dos camionetas armadas lo escoltaban.
—Norberto.
Él tomó los binoculares.
En la cabina del camión estaba Bustafa.
Y a su lado, Cristian Gallego.
—Se están moviendo —dijo.
Tamara negó.
—No.
Bajó los binoculares.
—Están llevando la cápsula a otro lugar.
Norberto miró el convoy.
—No podemos seguirlos a pie.
Tamara recorrió la calle con la mirada.
Una camioneta utilitaria estaba estacionada frente a un almacén.
El conductor descargaba mercadería.
—Ya tenemos transporte.
No tardaron en tomar el vehículo.
Mantuvieron una distancia prudente.
El convoy avanzaba por una carretera casi desierta.
Durante varios minutos nadie habló.
Entonces el camión abandonó la ruta principal.
Tomó un camino de tierra.
Frente a ellos apareció una antigua cantera rodeada de enormes paredes de roca.
Un portón metálico protegía la entrada.
Varios hombres armados custodiaban el acceso.
El convoy ingresó.
Tamara apagó las luces.
—No me gusta este lugar.
Norberto levantó los binoculares.
En el centro de la cantera había un viejo galpón industrial.
Varias antenas satelitales sobresalían del techo.
Un generador iluminaba el predio.
—Encontramos el laboratorio.
Permanecieron observando.
Los hombres descargaron el contenedor metálico.
Cristian caminaba detrás.
Bustafa vigilaba el perímetro.
Norberto enfocó una de las ventanas.
—Hay científicos.
Tamara sintió un escalofrío.
—Entonces el comandante tenía razón.
No querían esconder la cápsula.
Querían utilizarla.
La barrera comenzó a bajar.
El acceso quedaría cerrado.
—Si cierran el portón...
Norberto terminó la frase.
—Nos quedamos afuera.
Se ocultaron detrás de unas rocas.
Esperaron.
Entonces Norberto abrió la mochila.
—La agencia nos dejó algo.
Sacó un pequeño dron.
Lo armó rápidamente.
El aparato ascendió.
En la pantalla aparecieron imágenes del interior.
El galpón estaba dividido en sectores.
Científicos.
Guardias.
Equipos.
Y una habitación aislada.
Tamara se inclinó sobre la pantalla.
—Detenelo.
Norberto congeló la imagen.
Sobre una mesa de acero había un recipiente cilíndrico protegido por gruesas paredes de plomo.
Tamara no necesitó preguntar.
—La cápsula.
Norberto asintió.
—La encontramos.
Una alarma comenzó a sonar.
El dron perdió estabilidad.
La pantalla se llenó de interferencias.
—Nos detectaron.
La imagen desapareció.
Norberto guardó el control.
Las luces de la cantera comenzaron a moverse.
Reflectores buscaban entre las rocas.
Tamara miró el complejo.
—Tenemos que entrar.
—Es un suicidio.
—Entonces hagamos que dejen de ser tantos.
Norberto observó un depósito de combustible.
Comprendió.
—Siempre pensás en grande.
—Vos ocupate de la energía.
—¿Y vos?
Tamara miró los tanques.
—Yo me encargo del resto.
Se estrecharon las manos.
Cada uno tomó su camino.
Norberto desapareció entre las sombras.
Tamara comenzó a avanzar hacia los tanques.
Había recorrido apenas unos metros cuando una voz surgió detrás de ella.
—Sabía que volverían.
Tamara se detuvo.
Giró lentamente.
Cristian Gallego estaba a menos de diez metros.
Solo.
Las manos en los bolsillos.
Una sonrisa tranquila.
—¿Buscaban esto?
Levantó el pequeño recipiente blindado.
Tamara apuntó.
Cristian no se movió.
—Tengo que reconocer algo —dijo—. Son mucho más persistentes de lo que imaginaba.
—Y vos hablás demasiado.
Cristian sonrió.
—No.
Miró el arma.
—Simplemente disfruto las conversaciones inteligentes.
Tamara mantuvo el dedo sobre el gatillo.
—Podría dispararte.
—Podrías.
—Entonces no me tientes.
Cristian negó lentamente.
—No lo vas a hacer.
—¿Tan seguro estás?
—Completamente.
Se acercó apenas un paso.
—Antes querés respuestas.
Tamara no respondió.
Porque tenía razón.
—¿Qué querés hacer con la cápsula?
Cristian levantó el recipiente.
—¿Sabés cuál fue el mayor error de la humanidad?
Tamara no apartó el arma.
—Iluminame.
—Creer que la energía solo debía servir para iluminar ciudades.
Hizo una pausa.
—Cuando en realidad puede cambiar el equilibrio del mundo.
—¿Vas a destruir una ciudad?
Cristian soltó una pequeña carcajada.
—No soy un asesino.
—Entonces, ¿qué sos?
—Un científico.
—Los científicos no suelen trabajar con gente armada.
Cristian sonrió.
—Los científicos tampoco suelen tener que proteger sus descubrimientos de gobiernos.
Tamara apretó la mandíbula.
—¿Para qué necesitás la cápsula?
Cristian levantó el recipiente.
—Es un prototipo.
—Eso ya lo sé.
—No pienso utilizarla aquí.
—¿Entonces?
—Solo necesito demostrar que funciona.
Tamara comprendió.
—Y después la vas a vender.
—A quien pueda pagar.
Aquella respuesta resultaba incluso más inquietante que cualquier amenaza.
Cristian no tenía bandera.
No tenía causa.
No tenía lealtades.
Solo un precio.
Entonces todas las luces se apagaron.
La cantera quedó sumida en la oscuridad.
Cristian dejó de sonreír.
—Así que tu compañero ya empezó.
Tamara disparó.
La bala impactó contra el recipiente blindado.
Cristian retrocedió.
Pero no lo soltó.
Al mismo tiempo comenzaron los gritos.
—¡Se cortó la energía!
—¡Busquen a los intrusos!
—¡Protejan el laboratorio!
Linternas comenzaron a moverse por todas partes.
Cristian retrocedió.
—Tengo que irme.
—No esta vez.
Tamara volvió a disparar.
Cristian se lanzó detrás de unas cajas metálicas.
Las balas levantaron chispas.
Entonces una explosión sacudió toda la cantera.
Norberto había volado un depósito secundario de combustible.
Una enorme columna de fuego iluminó el lugar.
El caos fue inmediato.
Los hombres corrían.
Los científicos intentaban abandonar el laboratorio.
Las alarmas se mezclaban con los gritos.
Tamara avanzó entre el humo.
Buscó a Cristian.
Nada.
Entonces vio algo en el suelo.
El recipiente blindado.
Lo levantó.
Pesaba demasiado poco.
Tamara frunció el ceño.
Abrió la tapa.
Vacío.
—No...
Cristian la había engañado.
Otra vez.
La cápsula seguía en su poder.
A lo lejos se escuchó el rugido de una motocicleta.
Tamara levantó la cabeza.
Cristian atravesaba un camino lateral.
Sujetaba un pequeño maletín negro contra el pecho.
Tamara levantó el arma.
Demasiado tarde.
La motocicleta desapareció entre la oscuridad de la montaña.
Entonces escuchó la radio.
—¡Tamara!
Era Norberto.
—¡Bustafa escapó!
Tamara apretó los dientes.
Habían destruido el laboratorio.
Habían impedido que la cápsula fuera activada.
Pero el verdadero objetivo seguía libre.
Y ahora tenían un nombre.
Cristian Gallego.
Tamara corrió hasta encontrar a Norberto.
Las llamas comenzaban a extenderse por la cantera.
Las explosiones secundarias hacían caer chapas y vigas metálicas.
—¿Estás bien?
—Sí.
Norberto miró hacia el camino.
—Cristian escapó.
—Bustafa también.
Los dos contemplaron el laboratorio envuelto en fuego.
La misión había impedido la activación de la cápsula.
Pero no habían recuperado el objetivo.
De pronto, el cielo comenzó a vibrar.
Un ruido de rotores creció sobre la cantera.
Tres helicópteros negros aparecieron entre las nubes.
Sus reflectores iluminaron el terreno.
—La agencia —dijo Norberto.
Los primeros comandos descendieron por sogas.
Otros rodearon el complejo.
Los hombres armados comenzaron a rendirse.
En pocos minutos, todo había terminado.
Dentro de uno de los helicópteros, una pantalla se encendió.
El comandante apareció.
—Recibí el informe.
Tamara habló antes de que pudiera continuar.
—Cristian escapó.
—Lo sé.
—Y se llevó la cápsula.
El comandante asintió.
—También lo sé.
Norberto apoyó ambas manos sobre la mesa.
—Entonces fracasamos.
—No.
Los dos lo miraron.
—Evitaron que la cápsula fuera activada y destruyeron el laboratorio.
El comandante hizo una pausa.
—Eso nos dio algo que necesitábamos.
—¿Qué?
—Tiempo.
La pantalla cambió.
Apareció una fotografía.
Brescio.
Seguía internado.
Pero estaba despierto.
Tenía el torso completamente vendado.
Y sonreía.
Tamara sintió que el pecho se le aflojaba.
—Sobrevivió.
—Hace unas horas recuperó el conocimiento.
Norberto sonrió.
—¿Qué dijo?
El comandante permitió una pequeña sonrisa.
—Preguntó cuándo podía volver al trabajo.
Norberto soltó una carcajada.
—Ese sí que está loco.
—Creo que los tres forman un buen equipo.
La sonrisa desapareció.
—Pero la próxima vez no podrán improvisar.
La pantalla cambió nuevamente.
Apareció un mapa de Europa.
Roma.
París.
Berlín.
Madrid.
Londres.
Varias ciudades estaban marcadas.
—Hace cuarenta minutos detectamos movimientos bancarios vinculados a Cristian Gallego.
Tamara observó el mapa.
—¿Está preparando otra operación?
—Eso creemos.
El comandante hizo una pausa.
—Y será mucho más grande.
Norberto miró nuevamente las ciudades.
—¿La cápsula era solo el principio?
El comandante no respondió inmediatamente.
—Sí.
La pantalla se oscureció.
—Descansen unos días.
La comunicación comenzó a cortarse.
—Van a necesitarlos.
Tamara levantó la mirada.
—¿Por qué?
La imagen del comandante volvió a aparecer durante un segundo.
—Porque la próxima misión podría definir el futuro de millones de personas.
La pantalla se apagó.
El helicóptero continuó alejándose de la cantera.
A través de la ventanilla, Tamara observó el laboratorio todavía envuelto en llamas.
Cristian Gallego había escapado.
La cápsula continuaba en sus manos.
Pero ahora Los Notables tenían algo que antes no tenían.
Un nombre.
Un rostro.
Y un enemigo.
Tamara permaneció mirando la oscuridad hasta que las llamas desaparecieron en la distancia.
La guerra acababa de comenzar.
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