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San Jón

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—¡Vos siempre hacés lo mismo! —¿Qué cosa hago ahora? —¡No te hagas el desentendido, Aureliano! Sabés perfectamente de qué estoy hablando. —No, Ofelia. La verdad, no. Hace veinte minutos que venís repitiendo lo mismo y todavía no consigo entender cuál es el problema. —¡El problema es que no te das cuenta de nada! Aureliano apretó los labios y volvió a concentrarse en la ruta. Llevaba las dos manos sobre el volante, aunque una de ellas tenía la tentación permanente de levantarse para acompañar alguna respuesta que, por el momento, prefería guardarse. El viaje a Bariloche había sido maravilloso. Al menos durante los primeros días. Habían paseado, sacado fotografías, comido en restaurantes, visitado lugares que Ofelia había anotado cuidadosamente en una libreta y gastado bastante más dinero del que Aureliano había calculado. Pero todo eso había quedado atrás. Faltaban apenas unos días para regresar a casa y el viaje, que había comenzado como una escapada romántica, se había transformado en una sucesión de reproches. La discusión había empezado esa misma noche, durante la cena. Una moza joven, de sonrisa amable y cabello recogido, se había acercado a la mesa para tomarles el pedido. Aureliano, que tenía la costumbre de conversar con cualquiera que le prestara un poco de atención, le había dicho que tenía una sonrisa muy bonita. Nada más. Un comentario inocente, según él. Una falta de respeto imperdonable, según Ofelia. —¿Era necesario que le dijeras eso? —¿Qué cosa? —¡Que tenía una sonrisa hermosa! —Pero si la chica estaba sonriendo. ¿Qué querías que le dijera? ¿Que tenía cara de pocos amigos? —No te hagas el gracioso. —No me hago el gracioso. Le hice un comentario amable. —Sí, claro. Siempre sos muy amable con las mujeres jóvenes. Aureliano había intentado cambiar de tema, pero Ofelia tenía una capacidad extraordinaria para encontrar motivos de discusión incluso cuando no los había. Y ahora, de regreso al hotel, el asunto había vuelto a aparecer con más fuerza que antes. —Además, no es la primera vez —continuó ella—. En el supermercado te quedaste mirando a la cajera. —¡Ofelia, por favor! ¡Era una señora de sesenta años! —¿Y eso qué tiene que ver? —¡Que podría haber sido mi madre! —Siempre tenés una explicación. —Y vos siempre tenés un problema. Ofelia giró la cabeza hacia la ventanilla. —Me tenés podrida. —Y vos a mí me tenés podrido. El silencio duró apenas unos segundos. —¿Sabés qué pasa, Aureliano? Que nunca ves lo que necesito. Nunca. Yo organizo todo, pienso en los dos, me ocupo de las cosas y vos vas por la vida como si nada te importara. —¿Y qué querés que haga? ¿Que te agradezca cada cinco minutos? —No. Quiero que alguna vez tengas un detalle conmigo. —¿Como cuál? —No sé. Algo. No tengo que explicarte todo. Aureliano soltó una carcajada seca. —¡Ah, bueno! Tengo que adivinar. —No te rías. —Es que ya no sé si estoy casado o participando de un concurso de preguntas y respuestas. Ofelia lo miró con indignación. —Sos un idiota. —Y vos una insoportable. La ruta se extendía delante de ellos, iluminada por los faros del vehículo. La noche había caído y el tránsito era escaso. Aureliano conducía con cierta tranquilidad, aunque la conversación comenzaba a ponerlo nervioso. En el interior del auto se escuchaba el motor, el roce de los neumáticos contra el asfalto y la voz de Ofelia, que parecía haber encontrado nuevas razones para continuar. —Encima, cuando te digo algo, me contestás mal. —Porque no puedo decir una palabra sin que la conviertas en una discusión. —¡Porque no escuchás! Aureliano respiró profundamente. Miró por el espejo retrovisor. Allí estaba. Pequeño, de yeso, con una túnica marrón y una expresión que pretendía transmitir serenidad. Colgaba de una cuerda fina, balanceándose suavemente con cada movimiento del vehículo. Ofelia lo había comprado en una iglesia durante una de sus excursiones. Había insistido en que debían llevarlo porque era un santo protector de los viajeros. Desde entonces, el muñeco ocupaba un lugar privilegiado junto al espejo retrovisor. Aureliano nunca había entendido demasiado aquella devoción. Pero tampoco le había dado importancia. Hasta esa noche. —¡Y encima tenemos que llevar a este santo de mierda colgado acá! —exclamó, señalándolo con un movimiento de la cabeza—. ¡Como si nos hiciera falta alguien más que nos esté vigilando! Ofelia abrió los ojos. —¡No te metas con el santo! —¿Qué santo, Ofelia? ¿Qué puede hacer ese pedazo de yeso? —¡Es San cristóbal! Y lo compré para que nos protegiera durante el viaje. —¡Pues decile que haga algo con vos, porque no te aguanto más! Ofelia levantó la mano y le dio un cachetazo al pequeño muñeco. El golpe hizo que la figura saliera disparada hacia adelante. La cuerda se tensó. El santo chocó contra el parabrisas y regresó violentamente hacia atrás. Aureliano apenas tuvo tiempo de girar la cabeza. El muñeco le pegó de lleno en el ojo derecho. —¡La puta madre! El dolor lo hizo cerrar ambos ojos por un instante. Instintivamente levantó una mano para cubrirse la cara y el auto se desvió hacia la derecha. —¡Aureliano! ¡El volante! —¡No veo! El vehículo abandonó el asfalto. Las ruedas delanteras mordieron la banquina y comenzaron a sacudir el automóvil. Aureliano intentó corregir la dirección, pero el movimiento brusco terminó empeorando las cosas. —¡Agarrate! Ofelia alcanzó a sujetarse del tablero. El auto avanzó unos metros más, golpeó contra una irregularidad del terreno y perdió definitivamente el control. Después vino el golpe. Un estruendo seco, seguido de otro más fuerte. El vehículo cayó en un zanjón profundo, rebotó contra uno de sus laterales y terminó detenido en una posición inclinada, con el motor todavía encendido. Durante unos segundos no hubo palabras. Ni reproches. Ni acusaciones. Solamente el ruido del motor y la respiración agitada de dos personas que intentaban comprender qué acababa de suceder. Aureliano abrió lentamente el ojo izquierdo. —¿Estás bien? Ofelia no contestó. Tenía las manos apoyadas sobre el pecho y miraba hacia adelante, inmóvil. —Ofelia... —¿Qué? —¿Estás bien? Ella giró lentamente la cabeza. —Creo que sí. Aureliano se tocó la cara. —Me parece que me sacaste un ojo. —¡Yo no te saqué ningún ojo! —¡Me tiraste el santo en la cara! —¡Yo no sabía que iba a volver! —¡Era cuestión de física, Ofelia! ¡Lo golpeaste y volvió! Ella lo miró unos segundos. Después se llevó una mano a la boca. —¿Qué? —¡Que casi nos matamos por un muñeco! Ofelia comenzó a reírse. Primero fue una risa nerviosa, contenida, de esas que aparecen cuando el cuerpo todavía no terminó de procesar el miedo. Después se convirtió en una carcajada imposible de controlar. Aureliano la observó sin entender. —¿De qué te reís? —De tu cara. —¿De mi cara? —¡Tenés un ojo cerrado y el pelo todo parado! Aureliano intentó acomodarse en el asiento, pero el dolor alrededor del ojo lo hizo quejarse. —No tiene ninguna gracia. Ofelia volvió a reírse. Él quiso mantener la seriedad, pero terminó contagiándose. En cuestión de segundos, los dos estaban riéndose dentro del auto, todavía temblando, con la adrenalina recorriéndoles el cuerpo y la certeza de que habían estado a punto de protagonizar una tragedia por una discusión absurda. Cuando consiguieron tranquilizarse, Aureliano miró hacia el espejo retrovisor. El pequeño San cristóbal seguía colgando de su cuerda, torcido, con una pequeña marca blanca en la cabeza. —Mirá cómo quedó tu santo —dijo. Ofelia lo observó. —No te burles. Nos protegió. Aureliano la miró con el ojo sano. —¿Nos protegió? —Sí. Estamos vivos. —Ofelia, nos hizo caer en un zanjón. —Pero estamos vivos. Aureliano negó con la cabeza y soltó una carcajada. —La próxima vez comprá uno que proteja de verdad. —La próxima vez manejá con los dos ojos abiertos. —¡Por tu culpa tengo uno cerrado! Volvieron a reírse. Después de comprobar que ninguno tenía heridas importantes, consiguieron salir del vehículo y pedir ayuda. La noche terminó con una grúa, una visita a una guardia médica y un automóvil que necesitaría bastante más que un lavado para volver a circular. Ya de madrugada, sentados en la habitación del hotel, Ofelia observó el pequeño santo que Aureliano había dejado sobre la mesa de luz. —Mañana lo voy a llevar a bendecir —dijo. Aureliano, que tenía un apósito alrededor del ojo, la miró con incredulidad. —¿Después de lo que nos hizo? —No seas injusto. Nos cuidó. —¡Nos mandó al zanjón! —Pero no nos pasó nada. Aureliano se acomodó en la cama y la miró durante unos segundos. —¿Sabés una cosa? —¿Qué? —Creo que el santo se cansó de escucharnos discutir. Ofelia sonrió. —Y sí. Pobre San cristóbal. Aureliano apagó la luz. Por primera vez en varios días, se durmieron sin discutir. Aunque, antes de cerrar los ojos, él todavía tuvo tiempo de murmurar: —Eso sí, mañana lo sacás del auto. —Ni se te ocurra. —Ofelia... —Buenas noches, Aureliano. Él suspiró. Al parecer, el viaje todavía no había terminado.
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