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SORPRESA Capítulo 10

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La visita de Inés al convento fue completamente normal. Su madre ya estaba instalada y comenzaba a acostumbrarse al lugar. Aquella mañana había ido para firmar unos documentos relacionados con la permanencia de la anciana. La madre superiora la recibió en su despacho. —Son solamente algunos papeles que necesitamos completar. —Claro. Inés se sentó frente al escritorio. Mientras la madre superiora buscaba los documentos, observó distraídamente una estantería. Había varias carpetas. Algunas llevaban nombres. No les prestó demasiada atención. Hasta que sus ojos recorrieron una de ellas. **Beatriz López.** Inés la vio durante apenas un segundo. Después volvió a concentrarse en los papeles que tenía delante. No significaba nada para ella. La madre superiora le indicó dónde debía firmar. —Acá. —Perfecto. Inés terminó el trámite, agradeció y se marchó. El apellido quedó olvidado. Al menos por unos días. --- Beatriz salió nuevamente hacia la farmacia. La madre superiora le había encargado varios medicamentos para los ancianos. Caminó por la calle intentando mantener la calma. Ya conocía el recorrido. La farmacia estaba a pocas cuadras. Entró. Esperó. Cuando recibió el pedido, salió. —López. Beatriz continuó caminando. —Beatriz López. Se detuvo. Por un instante no entendió. Después giró lentamente la cabeza. Inés estaba parada detrás de ella. Vestía el uniforme policial. Sonreía. —Perdón —dijo Beatriz. —Te llamé por tu apellido. Beatriz sintió que el corazón le golpeaba con fuerza. —Perdón. No reaccioné por mi apellido. Intentó sonreír. —¿Cómo? —Es que no estoy acostumbrada a que me llamen así. Inés sonrió. —Ahora entiendo. Beatriz sostuvo la bolsa de medicamentos con fuerza. —¿Cómo estás? —Bien. —¿Y tu mamá? —Muy bien. Se está adaptando. —Me alegro. Inés miró la bolsa. —¿Medicamentos? —Sí. Para los ancianos. —Claro. Hubo un pequeño silencio. Beatriz miró hacia la calle. —Tengo que volver. —Por supuesto. Inés sonrió. —Nos vemos, Beatriz. —Nos vemos. Inés siguió caminando. Beatriz permaneció inmóvil unos segundos. Después comenzó a caminar nuevamente. Cada paso hacia el convento parecía más pesado que el anterior. **López.** Ese nombre que había elegido para esconderse. Ese nombre que había repetido tantas veces para convertirlo en verdad. Ahora acababa de escucharlo en boca de una mujer policía. Y aunque Inés no había sospechado absolutamente nada, Beatriz sintió que acababa de recibir una advertencia. Apretó la bolsa contra su pecho y siguió caminando hacia el convento. --- Cuando regresó, dejó los medicamentos en la enfermería. Intentó continuar con sus tareas como si nada hubiera ocurrido. Pero el encuentro con Inés seguía dando vueltas en su cabeza. **Beatriz López.** Había escuchado su apellido en boca de una mujer policía. Aunque Inés no había mostrado la menor sospecha, Beatriz no podía dejar de pensar en ello. —Beatriz. La voz de Aldana la sacó de sus pensamientos. —¿Sí? —La madre superiora te está buscando. —¿Ahora? —Sí. Beatriz dejó lo que tenía entre las manos. —Voy. Caminó hasta el despacho y golpeó la puerta. —Adelante. Entró. La madre superiora estaba acompañada por algunas de las hermanas. Beatriz las miró. —¿Ocurre algo? La madre superiora sonrió. —Sí. Algo bueno. Beatriz permaneció de pie. —Acercate. Lo hizo. —Desde que llegaste has demostrado dedicación, respeto y compromiso con nuestra comunidad. Beatriz bajó la mirada. —Has aprendido nuestras tareas. Has cuidado a nuestros ancianos y has ayudado a las hermanas en todo lo que se te pidió. Las demás sonreían. —Por eso consideramos que estás preparada para dar un nuevo paso. Beatriz levantó los ojos. La madre superiora tomó una pequeña cruz. —A partir de hoy, dentro de nuestra comunidad, serás conocida como Sor Beatriz. Hubo una sonrisa general. Una de las hermanas se acercó y la abrazó. —Felicitaciones. Beatriz quedó inmóvil durante un instante. Después sonrió. —Gracias. Aldana fue la última en acercarse. —Bueno, Sor Beatriz. Le guiñó un ojo. Beatriz soltó una pequeña risa. —No empieces. —Ahora tengo que tratarte con respeto. —Eso quiero verlo. Las dos rieron. La madre superiora observó la escena con satisfacción. —Este no es solamente un nombre, Beatriz. Es una responsabilidad. Ella asintió. —Lo entiendo. Las hermanas comenzaron a felicitarla. Beatriz agradecía cada abrazo y cada palabra. Pero dentro de ella aparecía una sensación extraña. **Sor Beatriz.** Ese nombre comenzaba a ocupar el lugar del que había utilizado para esconderse. Y eso la inquietaba. Porque había llegado al convento para desaparecer. Ahora, en cambio, todos comenzaban a conocerla. Todos comenzaban a quererla. Todos confiaban en ella. Y cuanto más la aceptaban, más difícil sería algún día explicar quién era realmente. --- La mañana había comenzado tranquila para Inés. Había llegado a la dependencia temprano y se encontraba revisando algunos documentos cuando uno de sus compañeros dejó una carpeta sobre su escritorio. —Llegó una comunicación de Uruguay. Inés levantó la mirada. —¿Otro pedido? —Sí. Mirala cuando puedas. El hombre continuó su camino. Inés abrió la carpeta. Había varios documentos y una fotografía. Comenzó a leer. **MARIANA SOLEDAD BENTANCUR.** Uruguaya. Treinta y cuatro años. Buscada en relación con una investigación criminal. Inés miró la fotografía. Una mujer de pelo negro y largo. Ojos marrones. Tez clara. Nariz ligeramente puntiaguda. Labio superior fino y el inferior un poco más grueso. Debajo del ojo izquierdo, una pequeña cicatriz. Inés observó la imagen durante unos segundos. Después pasó a la siguiente hoja. No le dio demasiada importancia. Había visto muchas fotografías de personas buscadas. Guardó los documentos y continuó trabajando. --- Unas horas más tarde, Inés llegó al convento. Quería visitar a su madre. Entró por la puerta principal y saludó a una de las hermanas. —Buen día. —Buen día, Inés. —¿Cómo está mi mamá? —Muy bien. —Me alegro. Avanzó por el pasillo. Entonces vio a Beatriz. Estaba acomodando unas prendas junto a una de las habitaciones. —Hola, Beatriz. Ella levantó la cabeza. —Hola. Inés sonrió. —¿Cómo estás? —Bien. Beatriz volvió a su tarea. Inés siguió caminando. Pero después de unos pasos se detuvo. Miró hacia atrás. Beatriz continuaba acomodando la ropa. Inés volvió a observarla. Algo había cambiado. No sabía qué. La miró durante unos segundos más. Los ojos. La nariz. La forma de la boca. Y entonces apareció un recuerdo. Una fotografía. Una mujer de pelo largo. Inés sintió un pequeño escalofrío. **Mariana Soledad Bentancur.** Volvió a mirar a Beatriz. Ella tenía el pelo corto. Pero los ojos eran los mismos. La piel. La nariz. La boca. Inés bajó la mirada hacia su rostro. Y la vio. La pequeña cicatriz debajo del ojo izquierdo. Se quedó inmóvil. Beatriz levantó la cabeza. —¿Necesitás algo? Inés reaccionó. —No. Sonrió. —Perdón. Beatriz volvió a su tarea. Inés continuó caminando. Pero ya no estaba pensando en su madre. Estaba pensando en la fotografía. En el nombre. En Montevideo. En el apellido López. Y en aquella mujer que había conocido semanas atrás. **Beatriz López.** O quizás no. Inés siguió caminando hacia la habitación de su madre. No dijo nada. Todavía. Necesitaba estar segura. Y si aquella mujer era realmente Mariana Soledad Bentancur, entonces la mujer que había llegado al convento buscando refugio no era quien decía ser. --- Inés permaneció unos minutos junto a su madre. Intentó conversar con ella como cualquier otro día, pero le costaba concentrarse. La fotografía seguía apareciendo en su cabeza. Aquella mujer de pelo largo. Los ojos marrones. La cicatriz. La nariz. La boca. Y después Beatriz. Cuando terminó la visita, se despidió de su madre y salió del convento. Esta vez no se dirigió directamente a su casa. Volvió a la dependencia. Entró rápidamente. —Necesito hablar con el detective que recibió la comunicación de Uruguay. Uno de los agentes levantó la mirada. —¿Por qué? —Creo que puedo haber visto a la mujer. El hombre dejó de escribir. —¿A Bentancur? —No estoy segura. —Entonces no digamos todavía que la viste. —Eso pensé. El agente señaló una puerta. —Está adentro. Inés golpeó. —Adelante. El detective levantó la cabeza. —¿Qué pasa? Inés cerró la puerta detrás de ella. —Creo que encontré algo relacionado con la mujer que buscan desde Uruguay. El detective dejó el bolígrafo sobre el escritorio. —Contame. —Hoy estuve en el convento donde está internada mi madre. —¿Y? —Hay una mujer que trabaja allí. Se hace llamar Beatriz López. El detective esperó. —¿Qué tiene que ver con Bentancur? —Vi la fotografía esta mañana. —¿Y la reconociste? —No exactamente. Al principio no. —¿Entonces? —Después la vi a ella. Inés se quedó unos segundos en silencio. —Tiene los mismos ojos. La misma nariz. La misma boca. El detective la observó atentamente. —¿Alguna señal particular? Inés respondió inmediatamente. —Una cicatriz debajo del ojo izquierdo. El detective dejó de escribir. —¿La mujer del convento tiene esa cicatriz? —Sí. —¿Edad aproximada? —Coincide. —¿Nacionalidad? —Me dijo que nació en Montevideo. El detective se reclinó en la silla. La coincidencia comenzaba a ser demasiado grande. Pero todavía faltaba algo. —¿Estás segura de que es ella? —No. —Bien. Inés lo miró. —¿Bien? —Sí. Porque si vamos a hacer algo con esto, primero tenemos que estar seguros. El detective tomó la carpeta. Volvió a mirar la fotografía. —No podemos ir al convento y sacar a una mujer solamente porque se parece a una persona buscada. Inés asintió. —Eso pensé. —Vamos a verificar toda la información. Buscó el teléfono. —Primero quiero saber exactamente qué tenemos entre manos. Realizó una consulta oficial con la información disponible. Mientras esperaban la respuesta, el detective volvió a mirar la fotografía. —¿Sabés de qué está acusada? Inés negó con la cabeza. —No. —Yo tampoco tengo todos los detalles. Pasaron unos minutos. Finalmente llegó la respuesta. El detective comenzó a leer. Su expresión cambió. Inés lo observó. —¿Qué pasa? Él volvió a leer el documento. —Esto es mucho peor de lo que pensaba. —¿Qué dice? El detective levantó la mirada. —Mariana Soledad Bentancur está acusada de haber asesinado a su marido. Inés permaneció inmóvil. —¿Solo a su marido? El detective negó lentamente con la cabeza. —A sus dos hijos también. Inés sintió un escalofrío. —¿Los tres? —Sí. El detective continuó leyendo. —La investigación estaba avanzada. Iba a ser sometida a juicio y enfrentaba una condena que podía llevarla a prisión de por vida. Inés tragó saliva. —¿Y qué pasó? El detective cerró la carpeta. —Escapó antes de ser juzgada. Los dos permanecieron en silencio. Inés pensó inmediatamente en Beatriz. En su manera de esconderse. En sus respuestas cortas. En la forma en que había reaccionado al uniforme policial. En aquella vez que la llamó por su apellido y ella se quedó paralizada. Y en algo más. La confesión que Beatriz había mencionado sin querer. Inés todavía no sabía qué significaba todo aquello. Pero ahora tenía una certeza. Si la mujer del convento era realmente Mariana Soledad Bentancur, no estaba frente a una simple mujer que había ocultado su identidad. Estaba frente a alguien que llevaba escapando desde hacía mucho tiempo. Y quizás había encontrado refugio justo donde menos esperaba encontrarla.
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