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Gsabelli

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Sorpresa. Capítulo 8

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Los días comenzaron a sucederse con cierta normalidad. Beatriz se había acostumbrado a la rutina del convento. Por las mañanas ayudaba en la enfermería. Acompañaba a las hermanas cuando tenían que atender a alguno de los ancianos, acomodaba medicamentos y colaboraba con todo lo que le pedían. También ayudaba en la cocina. Pelaba papas. Lavaba verduras. Ordenaba los utensilios. Poco a poco, las tareas habían dejado de parecerle extrañas. Una mañana, la madre superiora se acercó mientras Beatriz acomodaba unas cajas. —Necesito que vaya a la farmacia. Le entregó una lista. —Son medicamentos para algunos de los residentes. —Claro. Beatriz tomó el papel. Se puso un abrigo y salió. La calle estaba bastante transitada. Caminó mirando hacia adelante, intentando no prestar atención a las personas que pasaban a su lado. Llegó a la farmacia. Esperó. Mientras aguardaba, miró hacia la puerta. Una mujer policía entró. Beatriz sintió un pequeño sobresalto. Bajó la mirada. Intentó hacerse a un lado. La mujer pasó cerca de ella. —¡Beatriz! La voz la paralizó. Levantó la cabeza. Era Inés. —Hola —dijo Inés con una sonrisa. Beatriz respondió casi sin expresión. —Hola. —¿Cómo estás? —Bien. —¿Y el convento? —Bien. Beatriz miró hacia el mostrador. —Tengo que esperar los medicamentos. —Claro. —Me están esperando. Inés notó la respuesta seca. —Bueno, no te entretengo. —Gracias. Beatriz se apartó. Inés continuó observándola unos segundos. —Nos vemos. Beatriz apenas levantó una mano. —Sí. Cuando Inés salió de la farmacia, Beatriz soltó lentamente el aire que había estado conteniendo. Recibió los medicamentos. Los guardó. Y regresó al convento. Por la tarde, como había comenzado a hacerlo cada día, Beatriz fue a la capilla. El confesionario estaba ocupado. Un anciano esperaba sentado en uno de los bancos. Beatriz tomó asiento. Esperó. El hombre entró. Pasaron varios minutos. Finalmente salió. Beatriz se levantó. Caminó hacia el confesionario. Abrió la puerta. Rodolfo estaba del otro lado. —Beatriz. —Padre. El sacerdote pareció sorprendido. —No esperaba verla. Ella se sentó. Hubo un silencio. Entonces Beatriz preguntó: —Padre... —Sí. —Si alguien viene a confesarse y le cuenta que cometió un crimen... ¿usted lo denuncia a la policía? Rodolfo permaneció inmóvil. —No necesariamente, hija. Hizo una pausa. —Pero estoy preocupado por vos. Beatriz bajó la mirada. Recordó las palabras que debía decía al confesarse. Respiró profundamente. —Padre... —Decime. —He pecado. Rodolfo cerró los ojos por un instante. —Decime, hija. Beatriz tardó varios segundos. —Maté a mi marido. El silencio fue absoluto. Rodolfo quedó helado. No respondió. Beatriz continuó mirando hacia adelante. —¿Estás arrepentida? Ella negó con la cabeza. —No. Rodolfo respiró profundamente. —Beatriz... —Lo volvería a hacer. La voz comenzó a quebrarse. —Lo volvería a hacer. Y entonces empezó a llorar. Primero fueron unas pocas lágrimas. Después el llanto se volvió incontenible. Rodolfo intentó mantener la calma. —Tranquila. —No puedo. —Respirá. —No puedo. —Beatriz, escuchame. Ella se cubrió el rostro. —No puedo volver. —Tenés que entregarte. Beatriz levantó la cabeza. —No. —Hija... —No. —Lo que hiciste es grave. —Lo sé. —Entonces tenés que enfrentar lo que hiciste. Beatriz negó desesperadamente. —La justicia no sirve. —¿Por qué decís eso? Ella lo miró a través de la pequeña rejilla del confesionario. —Porque la justicia es ciega. Rodolfo no respondió. Beatriz se secó las lágrimas. —No ve lo que realmente tiene que ver. El sacerdote permaneció en silencio. Ahora entendía que detrás de aquella mujer había mucho más de lo que había imaginado. Y por primera vez, la pregunta ya no era solamente qué había hecho Beatriz. Sino por qué había tenido que hacerlo. Rodolfo permaneció en silencio unos segundos. Del otro lado del confesionario podía escuchar el llanto de Beatriz. —¿Fue algo planeado? —preguntó finalmente, con voz serena. Beatriz negó con la cabeza. —No. —Entonces, ¿qué ocurrió? Ella respiró profundamente. —Fue en defensa propia. Rodolfo esperó. —¿Tu marido te estaba haciendo daño? Beatriz tardó en responder. —Sí. —¿Te atacó? —Sí. La voz de Beatriz comenzó a quebrarse nuevamente. —Yo intenté defenderme. Rodolfo bajó la mirada. —¿Y después? Beatriz cerró los ojos. —Después... No pudo continuar. Se llevó una mano al rostro. —Después descargué toda mi furia contra él. El sacerdote permaneció quieto. —¿Qué querés decir con eso? Beatriz empezó a llorar nuevamente. —Todo lo que había guardado durante años... Su respiración se hizo entrecortada. —Toda la rabia... Rodolfo escuchaba sin interrumpir. —No sé qué me pasó, padre. Beatriz se cubrió el rostro. —No sé qué me pasó. El llanto aumentó. Rodolfo habló suavemente. —Beatriz, no tenés que contarme más de lo que puedas soportar. Ella se levantó de golpe. Abrió la puerta del confesionario. —Perdón. —Beatriz... Ella salió de la capilla. Caminó rápidamente por el pasillo. —Hija, esperá. Pero Beatriz no se detuvo. Rodolfo podría haber salido detrás de ella. No lo hizo. Permaneció sentado dentro del confesionario. Sabía que en ese momento seguirla podía ser peor. Necesitaba darle espacio. Beatriz llegó a su habitación y cerró la puerta. Se apoyó contra ella. Volvió a llorar. Mientras tanto, en la capilla, Rodolfo permaneció inmóvil. Había escuchado una confesión que jamás hubiera imaginado recibir. Pero había algo que lo preocupaba todavía más. Beatriz no había hablado como una mujer que quisiera justificar lo ocurrido. Había hablado como alguien que llevaba demasiado tiempo intentando escapar de aquello. Y ahora el pasado había comenzado a alcanzarla. Beatriz tardó un rato en salir de su habitación. Cuando finalmente lo hizo, tenía los ojos todavía enrojecidos. Se acomodó el cabello frente al pequeño espejo y respiró profundamente. Después salió. El convento seguía funcionando como siempre. Los ancianos necesitaban atención. Había ropa que doblar. Medicamentos que acomodar. Platos que llevar a la cocina. La vida continuaba. Beatriz volvió a sus tareas. Pero algo había cambiado. Estaba mucho más callada. Aldana lo notó desde el primer momento. —¿Estás mejor? —Sí. —¿Seguro? —Sí. —¿Hablaste con el padre hoy? Beatriz siguió acomodando unas prendas. —Sí. —¿Y? —Nada. Aldana esperó alguna explicación. No llegó. —Bueno —dijo finalmente—. Si no querés hablar, no hables. Beatriz asintió. La confesión había abierto una puerta que ella creía cerrada con llave. Una puerta que durante mucho tiempo había mantenido escondida. Había llegado al convento con una intención sencilla: desaparecer. Permanecer oculta. Dejar atrás su vida. Construir otra. Pero ahora aquella intención se había esfumado. Había hablado. Había pronunciado las palabras que jamás pensó decir en voz alta. Maté a mi marido. Y ahora esas palabras existían también fuera de su cabeza. —Aldana... —¿Sí? Beatriz dejó lo que estaba haciendo. —El padre es de confiar, ¿no? Aldana la miró. —Sí, Beatriz. —¿Estás segura? —Si él no es de confiar, la verdad es que no sé quién lo sería. Beatriz bajó la mirada. —¿Por qué? Aldana esperó. Beatriz reaccionó rápidamente. —Preguntaba. Aldana no insistió. Sacó un paquete de cigarrillos del bolsillo. —Tengo cigarrillos. Lo dijo como si hubiera encontrado la solución a todos los problemas. Beatriz la miró. —¿Vamos? —Vamos. —Me va a venir bien. Salieron al jardín. Llegaron hasta el árbol donde solían sentarse. Aldana encendió los cigarrillos y le pasó uno. Durante unos minutos ninguna habló. El humo se perdía entre las ramas. —¿Sabés qué? —dijo Aldana. —¿Qué? —Nunca te pregunté por esa cicatriz. Beatriz se llevó instintivamente una mano debajo del ojo izquierdo. —¿Esta? —Sí. Beatriz dio una pitada. —Me golpeé con una hamaca mientras hamacaba... Se detuvo. La respuesta había salido demasiado rápido. Aldana la miró. —¿A quién hamacabas? Beatriz quedó en silencio. Pensó durante un segundo. —A la hija de una mujer que cuidaba. Aldana no dijo nada. La observó. Beatriz también la miró. El cigarrillo de Aldana se consumía lentamente entre sus dedos. El silencio ocupó el lugar de las palabras. Finalmente, Aldana apagó el cigarrillo. —Tenemos que volver. —Sí. Regresaron al interior. El resto de la tarde transcurrió entre las tareas habituales. Cuando llegó la noche, Beatriz volvió a su habitación. Cerró la puerta. Se acercó a la cama. Miró el crucifijo. Durante unos segundos tuvo el impulso de cubrirlo. Tomó la remera. La levantó. Pero se detuvo. Recordó las palabras de la madre superiora. No quiero volver a verlo tapado. Bajó la remera. Dejó el crucifijo descubierto. Beatriz se acostó. Apagó la luz. Entonces vio algo sobre la mesita de luz. Una pequeña estampita. La tomó. La luz de la calle entraba débilmente por la ventana y le permitió distinguir la imagen. San Juan Nepomuceno. Beatriz la observó durante unos segundos. Recordó al padre Rodolfo. Entendió. Él se la había dejado. Volvió la estampita. En el reverso había una oración. Beatriz comenzó a leerla en voz baja. Sus palabras apenas llenaban la habitación. Cuando terminó, dejó la estampita sobre la mesita. Miró una última vez el crucifijo. Esta vez no lo cubrió. Cerró los ojos. Y se quedó dormida.
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