Durante los días siguientes, Beatriz continuó con su rutina.
Nada parecía haber cambiado.
Ayudaba en la enfermería, colaboraba en la cocina y acompañaba a los ancianos cuando era necesario.
Aldana seguía a su lado.
La madre superiora continuaba confiando en ella.
Y el padre Rodolfo guardaba silencio.
Beatriz pensaba que la confesión había quedado allí, dentro del confesionario.
No sabía que, afuera, las cosas comenzaban a moverse.
El detective había realizado las consultas correspondientes y había confirmado la identidad de la mujer buscada en Uruguay.
La fotografía.
Las características físicas.
La cicatriz.
El nacimiento en Montevideo.
Y ahora también existían otros elementos que permitían vincularla con la mujer que vivía en el convento bajo el nombre de Beatriz López.
La información fue suficiente.
Se solicitó la orden correspondiente.
Y una vez confirmada, el detective preparó el procedimiento.
Beatriz no sabía nada.
Aquella mañana estaba en la enfermería.
Aldana se encontraba junto a ella, acomodando unos medicamentos.
—Pasame esa caja.
—¿Esta?
—Sí.
Beatriz la tomó.
—Acá tenés.
—Gracias, Sor Beatriz.
Beatriz sonrió.
—No te acostumbres.
Aldana se rio.
Entonces escucharon pasos.
Beatriz continuó trabajando.
No prestó atención.
Hasta que una voz la llamó.
—Mariana Soledad Bentancur.
El medicamento que tenía en la mano cayó al suelo.
El ruido de la caja golpeando contra las baldosas pareció detener el tiempo.
Beatriz no se movió.
Aldana tampoco.
—¿Qué...? —murmuró.
Beatriz levantó lentamente la cabeza.
Inés estaba parada en la entrada.
Ya no tenía la expresión cordial con la que solía visitarla.
A su lado estaba el detective.
Beatriz miró a Inés.
Después al hombre.
Volvió a mirar a Inés.
—¿Mariana Soledad Bentancur? —repitió el detective.
Beatriz no respondió.
Aldana dio un paso hacia atrás.
—Beatriz...
Pero ella seguía inmóvil.
—Ese no es mi nombre —dijo finalmente.
Inés la observó.
—Sí lo es.
Beatriz sintió que las piernas comenzaban a temblarle.
—Yo soy Beatriz.
—No —respondió Inés suavemente—. Ese es el nombre que elegiste acá.
Aldana miró a Beatriz.
Después miró a Inés.
—¿De qué están hablando?
Nadie respondió.
El detective sacó la documentación.
—Mariana Soledad Bentancur, tenemos una orden de detención.
Aldana se quedó completamente paralizada.
—¿Detención?
Beatriz cerró los ojos.
Durante un instante recordó la habitación de su infancia.
A su padre.
El abrazo.
Después el hombre.
El cuchillo.
La sangre.
Abrió los ojos.
—No...
La voz apenas salió de su boca.
En ese momento apareció la madre superiora.
—¿Qué está ocurriendo?
Miró a Inés.
Después al detective.
Finalmente a Beatriz.
—¿Beatriz?
El detective respondió:
—La mujer que ustedes conocen como Beatriz López tiene otra identidad.
La madre superiora quedó inmóvil.
—¿Quién es?
El detective pronunció el nombre.
—Mariana Soledad Bentancur.
La mujer se llevó una mano al pecho.
—No...
Aldana miraba a su amiga sin poder reaccionar.
Todas las conversaciones.
Los cigarrillos.
Las preguntas.
Las respuestas.
Las mentiras.
Todo comenzaba a adquirir otro significado.
Entonces apareció el padre Rodolfo.
Se detuvo en la puerta.
Miró a Beatriz.
No pareció sorprendido.
La madre superiora lo observó.
—¿Usted lo sabía?
Rodolfo bajó la mirada.
—Sabía quién era.
La madre superiora abrió los ojos.
—¿Desde cuándo?
El sacerdote no respondió inmediatamente.
Miró a Beatriz.
Ella también lo miró.
Durante unos segundos ninguno dijo nada.
Rodolfo parecía triste.
No enojado.
No sorprendido.
Simplemente triste.
Beatriz bajó la cabeza.
—Perdón.
El padre Rodolfo respiró profundamente.
—Eso es algo que tendrás que decirle a Dios.
Beatriz levantó la mirada.
Y por primera vez desde que había llegado al convento comprendió que el refugio que había construido con tanto cuidado acababa de desaparecer.
Aldana tenía lágrimas en los ojos.
La madre superiora no podía apartar la mirada de ella.
Y Rodolfo permanecía en silencio.
El hombre que había escuchado su confesión.
El único que conocía una parte de la verdad antes que todos los demás.
Ahora ya no podía protegerla de aquello que había estado huyendo durante tanto tiempo.
El silencio del convento se rompió cuando el detective le indicó a Beatriz que debía acompañarlos.
Ella no opuso resistencia.
Caminó lentamente por el pasillo.
Las hermanas habían salido de sus habitaciones.
Algunos ancianos observaban desde las puertas.
Otros permanecían sentados en sus sillas de ruedas.
Todos miraban.
Nadie entendía completamente qué estaba ocurriendo.
Aldana permanecía inmóvil.
Tenía los ojos llenos de lágrimas.
—Beatriz...
Ella se detuvo.
Miró a su amiga.
Durante unos segundos ninguna de las dos dijo nada.
—Perdón —susurró Beatriz.
Aldana negó con la cabeza.
—No entiendo.
Beatriz quiso responder.
Pero no encontró palabras.
Continuó caminando.
Al pasar frente a la capilla miró hacia el interior.
La cruz con jesus estaba allí.
Beatriz se detuvo un instante.
Después siguió.
Rodolfo observaba desde lejos.
No hizo ningún movimiento.
Solo la acompañó con la mirada hasta que desapareció por la puerta.
En la dependencia policial, Beatriz permaneció sentada frente al escritorio.
El detective tenía la carpeta abierta.
Inés estaba presente.
El procedimiento fue formal.
Le informaron su verdadera identidad y la causa por la que había sido buscada durante años.
—Mariana Soledad Bentancur —dijo el detective—, usted se encuentra detenida en el marco de una causa por el homicidio de su esposo y de sus dos hijos.
Beatriz bajó la mirada.
El funcionario continuó explicándole sus derechos.
Ella escuchó en silencio.
Cuando terminó, el detective cerró la carpeta.
—¿Comprende lo que se le está informando?
Beatriz asintió.
—Sí.
—¿Quiere agregar algo?
Beatriz levantó los ojos.
Miró al detective.
Después miró a Inés.
—Sí.
El detective tomó nuevamente el bolígrafo.
—Puede hablar.
Beatriz negó con la cabeza.
—No quiero hablar con él.
Miró a Inés.
—Quiero hablar con ella.
Inés quedó sorprendida.
—¿Conmigo?
—Sí.
El detective observó a ambas.
Finalmente se levantó.
—Les doy unos minutos.
Salió de la habitación.
Inés permaneció sentada frente a Beatriz.
Durante unos segundos ninguna habló.
—¿Por qué querías hablar conmigo?
Beatriz tragó saliva.
—Porque vos me miraste como una persona antes de mirarme como una asesina.
Inés no respondió.
Beatriz bajó la cabeza.
—Yo no maté a mis hijos.
Inés sintió un nudo en el estómago.
—Entonces contame qué pasó.
Beatriz cerró los ojos.
Las lágrimas comenzaron a caer.
—Mi marido me golpeaba.
Inés permaneció en silencio.
—Durante años.
Beatriz se secó las lágrimas con el dorso de la mano.
—También me abusaba.
Inés apretó los labios.
—Intenté denunciarlo.
Hizo una pausa.
—Pero nunca pude.
—¿Por qué?
—Porque tenía miedo.
Beatriz levantó la mirada.
—Miedo de que fuera peor.
Respiró profundamente.
—Todo eso se lo expliqué a la policía de mi país. Fui. Hablé. Conté lo que me hacía.
—¿Y qué hicieron?
Beatriz soltó una pequeña risa amarga.
—Nada.
Bajó nuevamente la mirada.
—Nunca vieron nada.
El silencio se hizo pesado.
—Un día decidí irme.
—¿Sola?
—Quería abandonar a mi marido. Quería llevarme a mis hijos. Pensaba empezar de nuevo.
Las lágrimas volvieron.
—Pero él se enteró.
Beatriz cerró los ojos.
—Se volvió loco.
Inés no apartaba la mirada.
—Agarró a mis hijos.
Su voz comenzó a quebrarse.
—Y los mató.
Inés quedó inmóvil.
—Decía que lo hacía por mí.
Beatriz se llevó una mano al rostro.
—Me gritaba: “Mirá lo que me obligás a hacer”.
Respiró entrecortadamente.
—Después vino hacia mí.
Se miró la mano.
—Tenía un cuchillo.
La voz apenas le salía.
—Quiso matarme.
Inés observó la cicatriz de la mano que Beatriz había mencionado meses atrás.
—Puse la mano entre el cuchillo y mi cuello.
Beatriz la levantó.
—Por eso tengo esta cicatriz.
Se quedó mirando su propia mano.
—El movimiento hizo que se le cayera el cuchillo.
Hubo un silencio.
—Lo agarré.
Inés sabía lo que venía.
—Y me defendí.
Beatriz comenzó a llorar desconsoladamente.
—Lo apuñalé.
Permaneció unos segundos en silencio.
—Una vez.
Otra lágrima cayó.
—Y otra.
Cerró los ojos.
—Y otra.
Inés respiró profundamente.
—Pero cuando llegó la policía...
Beatriz negó con la cabeza.
—Para ellos todo estaba claro.
—¿Qué encontraron?
—A mis hijos muertos.
Miró a Inés.
—A mi marido muerto.
—Y a vos con el cuchillo.
Beatriz asintió.
—Para el mundo, yo había matado a los tres.
Inés no dijo nada.
Beatriz se inclinó hacia adelante.
—Pero nadie vio lo que pasó antes.
Su voz se quebró.
—Nadie vio lo que él me hizo durante años.
Inés la observó durante varios segundos.
Ahora comprendía algo.
La mujer que había conocido en el convento no había estado huyendo únicamente de la policía.
Había estado huyendo de una historia que nadie había querido escuchar.
Y quizás por eso había necesitado tanto aquel lugar.
Un lugar donde, por primera vez, alguien la llamara Sor Beatriz.
Un nombre nuevo.
Una vida nueva.
Aunque la verdad siempre hubiera estado esperando para encontrarla.
Los días siguientes fueron extraños para Beatriz.
Ya no había convento.
Ya no había ancianos.
Ya no había tareas en la enfermería ni cigarrillos debajo del árbol.
Ahora había paredes grises, una cama pequeña y una puerta que permanecía cerrada.
Las autoridades uruguayas habían solicitado formalmente su extradición para que pudiera responder ante la Justicia de su país por los delitos que se le imputaban.
El trámite llevaría un tiempo.
Mientras tanto, Beatriz permanecería detenida en Argentina.
Una mañana recibió una visita inesperada.
—Tenés una visita.
Beatriz levantó la cabeza.
—¿Quién?
—Aldana.
Por un instante no supo qué sentir.
Se puso de pie.
Caminó hasta la sala de visitas.
Y allí estaba.
Aldana permanecía sentada al otro lado de la mesa.
Cuando vio entrar a Beatriz, se levantó.
Ninguna de las dos habló inmediatamente.
Beatriz se sentó.
Aldana también.
—Hola.
—Hola.
Aldana la miró durante unos segundos.
—No sabía si me iban a dejar venir.
—Yo tampoco.
—La madre superiora preguntó si podía.
Beatriz bajó la mirada.
—¿Cómo están?
—Los abuelos preguntan por vos.
Beatriz sonrió con tristeza.
—¿Por mí?
—Sí.
Aldana hizo una pausa.
—Y algunas de las hermanas también.
Beatriz respiró profundamente.
—¿Y el padre Rodolfo?
Aldana la observó.
—También.
Beatriz bajó la mirada.
—No sé qué decir.
—No tenés que decir nada.
Aldana estiró la mano sobre la mesa.
Beatriz dudó.
Finalmente la tomó.
—Para mí seguís siendo Beatriz.
Las lágrimas aparecieron en los ojos de Beatriz.
—Pero ese no es mi nombre.
—Para mí sí.
Aldana sonrió.
—Yo conocí a Sor Beatriz.
Beatriz soltó una pequeña risa entre lágrimas.
—Nunca pensé que terminaría extrañando ese lugar.
—Nosotros también te extrañamos.
Permanecieron un rato en silencio.
Antes de despedirse, Aldana se levantó.
—¿Sabés qué es lo peor?
—¿Qué?
—Que nunca me dijiste la verdad.
Beatriz bajó la cabeza.
—Tenía miedo.
Aldana asintió.
—Lo sé.
Se acercó y la abrazó.
Beatriz cerró los ojos.
Durante unos segundos volvió a sentir el convento.
El árbol.
La capilla.
Los pasillos.
El sonido de los ancianos.
Y aquella vida que había construido con un nombre que no le pertenecía.
Cuando Aldana se separó, Beatriz la miró.
—Gracias por venir.
—No me agradezcas.
Aldana caminó hacia la puerta.
Antes de salir, se dio vuelta.
—Cuidate, Sor Beatriz.
Beatriz sonrió.
—Vos también.
Pasaron las semanas.
Finalmente llegó la resolución judicial que autorizaba su extradición.
Beatriz sería trasladada a Uruguay para quedar a disposición de la Justicia de su país.
El día del traslado, Inés estuvo presente.
Cuando Beatriz pasó frente a ella, ambas se miraron.
—¿Estás lista? —preguntó Inés.
Beatriz respiró profundamente.
—No.
Inés asintió.
—Lo imaginé.
Beatriz miró hacia adelante.
Ya no tenía dónde esconderse.
Ni otro nombre.
Ni otro lugar.
Esta vez regresaría a Uruguay.
Y tendría que enfrentarse a su pasado.
Pero por primera vez en muchos años, alguien había escuchado su versión.
Quizás eso no cambiara lo que había ocurrido.
Quizás tampoco cambiara la condena que la esperaba.
Pero al menos, cuando cruzara aquella puerta, su verdad viajaría con ella.
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