Beatriz estaba sentada sobre la cama.
Había terminado de ordenar algunas prendas y ahora permanecía quieta, con las manos apoyadas sobre las piernas.
Miró el crucifijo.
Esta vez estaba descubierto.
La conversación con la madre superiora todavía daba vueltas en su cabeza.
No soy digna de que me vea.
Había pronunciado esas palabras sin pensarlo demasiado.
Pero ahora comprendía de dónde habían salido.
Cerró los ojos.
Y recordó.
Tenía diez años.
Estaba sentada sobre aquella misma cama de su infancia cuando sus padres les habían anunciado que iban a separarse.
Recordaba las palabras.
Las voces.
El silencio que había quedado después.
Recordaba haber mirado a su madre sin entender completamente lo que estaba sucediendo.
Después había mirado a su padre.
Y había comenzado a llorar.
No quería que se fuera.
Se había levantado de la cama y lo había abrazado con todas sus fuerzas.
Su pequeño cuerpo se había apretado contra él.
Su padre la había abrazado también.
Beatriz recordaba la camisa.
El olor.
El calor de aquel cuerpo que durante tantos años había significado seguridad.
Y ahora, sentada en la cama del convento, sintió nuevamente la necesidad de aquel abrazo.
Abrió los ojos.
Durante unos segundos permaneció mirando el vacío.
—Beatriz.
La voz de Aldana la hizo volver.
—¿Qué?
Aldana estaba parada junto a la puerta.
—¿Qué necesitaba la madre superiora?
Beatriz tardó un segundo en responder.
—Nada importante.
—¿Nada?
—Me preguntó algunas cosas.
—¿Sobre qué?
Beatriz se encogió de hombros.
—Sobre las tareas.
La respuesta fue breve.
Aldana no pareció demasiado interesada.
—Bueno.
Se acercó.
—Yo quiero mostrarte algo.
—¿Qué?
—Vení.
—¿Adónde?
—Después te digo.
Beatriz sonrió.
—Eso no suena muy tranquilizador.
—Confiá en mí.
Salieron de la habitación.
Aldana caminó por un sector del convento que Beatriz todavía no conocía.
Subieron unas escaleras estrechas.
Después otra escalera.
Finalmente llegaron a una parte alta del edificio.
Aldana sacó una llave.
—¿Qué hay acá?
—Una sorpresa.
Beatriz la miró.
—¿En serio?
—Ahora vas a ver.
La llave giró dentro de la cerradura.
La puerta se abrió con un chirrido.
Aldana encendió la luz.
Beatriz quedó sorprendida.
La habitación era enorme.
Estaba llena de objetos antiguos.
Muebles cubiertos con sábanas.
Cuadros apoyados contra las paredes.
Cajas.
Libros.
Una antigua máquina de escribir.
Varios objetos religiosos.
Y, en un rincón, un piano cubierto de polvo.
—¿Qué es todo esto?
—No tengo idea.
Aldana caminó hacia el piano.
Levantó la tapa.
—No lo toques —dijo Beatriz.
—¿Por qué?
—Porque estamos en un lugar cerrado con llave.
Aldana sonrió.
—Precisamente por eso.
Presionó una tecla.
El sonido del piano inundó la habitación.
Beatriz se sobresaltó.
—¡Shhh!
—Perdón.
Aldana se llevó un dedo a los labios.
—No sabía si todavía funcionaba.
—Ahora lo saben todos.
Las dos rieron en voz baja.
Comenzaron a recorrer el lugar.
Beatriz observaba cada objeto con curiosidad.
Había fotografías antiguas.
Un reloj de pared detenido.
Una colección de pequeñas figuras.
Un espejo con el marco deteriorado.
Y una enorme biblioteca cuyos libros estaban cubiertos de polvo.
—Esto parece un museo.
—Te dije que tenía algo para mostrarte.
—¿Cómo encontraste este lugar?
—Hace mucho tiempo.
—¿Y por qué está cerrado?
Aldana se encogió de hombros.
—Supongo que porque nadie usa nada de esto.
Continuaron caminando.
Hasta que la puerta se abrió de golpe.
Las dos se quedaron paralizadas.
La madre superiora estaba allí.
Las miró.
Después miró la habitación.
Y finalmente volvió a mirarlas a ellas.
—¿Se puede saber qué están haciendo?
Aldana bajó la mirada.
—Yo tuve la idea.
—Eso ya lo imaginaba.
—Solo quería mostrarle el lugar a Beatriz.
La madre superiora respiró profundamente.
—¿Y quién les dio permiso para entrar?
Ninguna respondió.
—Aldana.
—Sí.
—Deme las llaves.
Aldana sacó el llavero del bolsillo y se lo entregó.
La madre superiora las tomó.
Miró nuevamente la habitación.
—Estas cosas no son las que me gustan precisamente.
Después cerró la puerta.
—Vamos.
Las dos salieron detrás de ella.
En el pasillo se encontraron con Mirta.
Era una de las mujeres que más ayudaba a la madre superiora con la organización del convento.
La madre superiora le entregó las llaves.
—Mirta, por favor, vuelva a cerrar esto.
—Claro.
Mirta miró a Aldana y después a Beatriz.
—¿Otra vez?
Aldana no respondió.
—Y ustedes dos —continuó la madre superiora— van a limpiar todo el convento.
Aldana abrió los ojos.
—¿Todo?
—Todo.
Beatriz intentó contener una sonrisa.
—Y después —agregó la madre superiora— van a pasar un rato en la capilla.
—¿Rezando? —preguntó Aldana.
La madre superiora la miró.
—Exactamente.
Aldana suspiró.
—Sí, madre.
Mirta cerró la puerta del depósito.
Las dos jóvenes comenzaron a bajar las escaleras.
—¿Valió la pena? —preguntó Beatriz.
Aldana la miró.
—Completamente.
Beatriz sonrió.
Beatriz y Aldana llevaban casi una hora limpiando.
El castigo había comenzado por el comedor y ya habían pasado por varios de los pasillos.
Aldana refunfuñaba cada vez que encontraba una nueva tarea.
—Esto no termina más.
Beatriz sonrió mientras pasaba el trapo por una mesa.
—Vos nos metiste acá.
—Sí, pero no sabía que el precio iba a ser limpiar todo el convento.
—La próxima vez pensalo antes de abrir una puerta.
—La próxima vez venís conmigo igual.
Beatriz soltó una pequeña risa.
En ese momento escucharon una voz.
—Perdón.
Las dos se dieron vuelta.
Una mujer estaba parada en la entrada del pasillo.
Tenía el pelo negro, largo y lacio. La piel muy blanca hacía que sus ojos oscuros resaltaran todavía más. Vestía una campera de cuero negra y un pantalón de jean del mismo color.
Parecía estar buscando a alguien.
—Perdón —repitió—. Me perdí.
Aldana dejó el trapo sobre la mesa.
—¿A quién busca?
—Una chica que trabaja acá. Me estaba mostrando el lugar porque quiero traer a mi mamá y... —miró hacia ambos lados— la perdí.
Beatriz se acercó.
—¿Quiere que la ayude?
La mujer sonrió.
—Si no es molestia.
—No.
Beatriz dejó las cosas de limpieza.
—Yo puedo mostrarle.
—Gracias.
Aldana la miró.
—¿Y yo?
—Seguí limpiando —dijo Beatriz.
Aldana hizo una mueca.
—Traicionera.
Beatriz sonrió y siguió caminando con la mujer.
—Me llamo Inés.
—Beatriz.
—Mucho gusto.
—Igualmente.
Beatriz comenzó a mostrarle el lugar.
Le enseñó el comedor.
Después las habitaciones.
La enfermería.
El patio.
Le explicó cómo se organizaban los horarios, cuándo se servían las comidas y cómo funcionaban las visitas.
Inés escuchaba atentamente.
—Es más grande de lo que imaginaba.
—Sí. Hay bastantes residentes.
—Mi mamá necesita cuidados prácticamente todo el día.
—Acá las hermanas se ocupan de eso.
Inés miró hacia una de las habitaciones.
—¿Y las familias pueden venir cuando quieren?
—Hay horarios de visita. Pero puede hablar con la madre superiora para conocer todos los detalles.
—Perfecto.
Continuaron hasta la entrada.
Inés se detuvo.
—¿Podés acompañarme un momento?
—Claro.
Salieron.
Un automóvil estaba estacionado frente al convento.
Inés caminó hasta él.
—Mi mamá está adentro.
Beatriz se acercó.
La mujer estaba sentada en el asiento trasero.
Beatriz se agachó ligeramente para quedar a su altura.
—Hola.
La anciana levantó la mirada.
—Hola.
—Soy Beatriz. Trabajo acá.
—Mucho gusto.
Beatriz sonrió.
Entonces sus ojos se desviaron hacia la parte delantera del automóvil.
Sobre uno de los asientos había una prenda oscura.
Beatriz la observó.
Era un uniforme.
Policial.
Su expresión cambió.
Sintió que el estómago se le cerraba.
Volvió a mirar.
No había dudas.
Era una mujer policía.
Beatriz se incorporó lentamente.
—¿Estás bien? —preguntó Inés.
—Sí.
—Te quedaste pálida.
—No, estoy bien.
Beatriz intentó sonreír.
—Tengo que volver adentro.
—¿Ahora?
—Sí. Tengo que terminar de limpiar.
Inés sonrió.
—Claro.
Beatriz dio un paso hacia la puerta.
—Gracias por mostrarme todo.
—No hay de qué.
Inés miró nuevamente el edificio.
—La verdad es que me gustó mucho.
Beatriz asintió.
—Me alegro.
—Voy a volver.
Beatriz se quedó quieta.
—¿Sí?
—Sí. Quiero traer a mi mamá y hacer todos los trámites para que pueda quedarse acá.
Beatriz sintió que la garganta se le cerraba.
—Bueno.
—Nos vemos, Beatriz.
—Nos vemos.
Inés volvió al automóvil.
Beatriz entró rápidamente al convento.
Cerró la puerta detrás de ella.
Se quedó unos segundos apoyada contra ella.
Respiró.
Una vez.
Dos veces.
Después miró hacia el pasillo.
Aldana estaba allí, con el trapo en la mano.
—¿Qué te pasó?
Beatriz negó con la cabeza.
—Nada.
—Otra vez esa cara.
—Estoy bien.
Aldana la observó.
No dijo nada.
Beatriz tomó nuevamente los elementos de limpieza.
Y continuó trabajando.
Después de terminar con la limpieza, Aldana y Beatriz fueron a la capilla.
Algunas de las ancianas ya estaban allí.
Unas permanecían sentadas en los bancos.
Otras rezaban en silencio.
El ambiente era tranquilo.
Beatriz se sentó junto a Aldana.
Poco después, la puerta de la capilla se abrió.
Era el padre Rodolfo.
—Buenas tardes.
Las religiosas respondieron al saludo.
Rodolfo recorrió la capilla con la mirada.
Cuando vio a Beatriz, sonrió.
—Beatriz.
Ella levantó los ojos.
—Padre.
—Qué bueno verla rezando.
Beatriz no respondió.
Rodolfo continuó caminando.
Después de unos minutos se acercó al confesionario.
—Voy a estar ahí dentro por si alguna quiere confesarse.
Algunas de las ancianas comenzaron a acercarse.
Una entró.
Después otra.
Luego otra.
Beatriz observaba desde su banco.
Aldana se levantó.
—Yo tengo que ayudar con unas cosas.
—Está bien.
—¿Venís?
Beatriz negó.
—Quiero quedarme un rato.
—Bueno.
Aldana salió de la capilla.
Beatriz permaneció sentada.
Poco a poco, las ancianas fueron terminando sus confesiones y regresaron a sus lugares.
Hasta que la capilla quedó prácticamente vacía.
Beatriz miró hacia el confesionario.
Se levantó.
Caminó lentamente.
Abrió la pequeña puerta y entró.
Se sentó.
Del otro lado escuchó la voz del sacerdote.
—¿Sí?
Beatriz permaneció en silencio.
—¿Beatriz?
—Padre...
—¿Ocurre algo?
—¿Cómo funciona esto?
Rodolfo sonrió al escucharla.
—¿Nunca estuvo en un confesionario?
—No.
—Entonces es un buen momento para aprender.
Beatriz soltó una pequeña risa.
Rodolfo también.
—Hola, hija.
—Hola, padre.
—Me alegra escuchar una verdad de tu boca.
Beatriz volvió a reír.
—No te preocupes —dijo Rodolfo—. No te estoy juzgando.
El tono del sacerdote se volvió más sereno.
—Supongo que tendrás tus motivos para no haber estado nunca acá.
Beatriz guardó silencio.
—Cuando alguien entra a confesarse —explicó Rodolfo— comienza diciendo: “Padre, vengo porque he pecado”.
Beatriz pensó unos segundos.
—¿Y cómo puedo pecar, padre, si ni siquiera sé qué es un pecado?
Rodolfo permaneció callado por un instante.
—Es una pregunta complicada.
—Lo sé.
—Pero quizás no viniste solamente para aprender cómo funciona esto.
Beatriz apoyó las manos sobre sus piernas.
—No.
—Entonces, ¿por qué viniste?
Beatriz respiró profundamente.
—Quería saber si se puede borrar el pasado.
Rodolfo se quedó en silencio.
—¿Tan feo es, hija, tu pasado?
Beatriz no respondió.
Del otro lado del confesionario, Rodolfo esperó.
No quiso apresurarla.
—No tenés que contarme nada que no quieras contarme.
Beatriz cerró los ojos.
—Creo que fue un error venir.
—No.
—Sí.
—Beatriz...
—No puedo hablar de eso.
Rodolfo bajó la voz.
—Entonces no hables.
Ella abrió los ojos.
—¿Cómo?
—Podés quedarte en silencio.
Beatriz respiró profundamente.
—Hay algo que no entiendo.
—Decime.
—Dicen que Jesús lo ve todo.
—Sí.
Beatriz miró hacia la pequeña rejilla que separaba ambos lados.
—Pero conmigo...
Hizo una pausa.
—Conmigo tenía los ojos tapados.
Rodolfo no respondió.
Comprendió que aquella frase significaba mucho más de lo que Beatriz estaba dispuesta a contar.
—Quizás —dijo finalmente— no los tenía tapados para no verte.
Beatriz permaneció en silencio.
—Quizás los tenía tapados para que pudieras aprender a mirarlo vos.
Ella no contestó.
Después de unos segundos abrió la puerta del confesionario.
Salió.
Rodolfo permaneció dentro.
Beatriz caminó hacia la salida de la capilla.
Antes de cruzar la puerta, se detuvo.
Miró hacia el altar.
Después siguió caminando.
Rodolfo la observó desde el confesionario.
No sabía qué había hecho aquella mujer.
Pero empezaba a sospechar que Beatriz no había llegado al convento solamente para buscar refugio.
Ver más
Debes iniciar sesión o registrarte para comprar un plan