Beatriz tenía la estampita entre los dedos.
La había encontrado la noche anterior sobre la mesita de luz y, desde entonces, no había dejado de pensar en ella.
La había observado varias veces antes de dormirse.
Incluso después de apagar la luz, la imagen había permanecido en su cabeza.
Esperó a encontrarse con Aldana durante la mañana.
Cuando finalmente la vio, se acercó.
—Aldana.
—¿Qué?
Beatriz le mostró la estampita.
—¿Quién es este hombre?
Aldana tomó la imagen entre sus dedos.
Miró el rostro del santo durante unos segundos.
Después levantó los ojos hacia Beatriz.
—¿No sabés quién es?
—No.
Aldana la observó con cierta sorpresa.
—Vos deberías saberlo.
—¿Por qué?
—Porque se supone que sos una mujer de fe.
Beatriz sonrió apenas.
—¿Se supone?
—Bueno... —Aldana hizo una pausa—. También puede ser que yo esté suponiendo demasiado.
Volvió a mirar la estampita.
—Es San Juan Nepomuceno.
—¿Y quién fue?
Aldana comenzó a explicarle.
—Fue un sacerdote de Bohemia. Se hizo famoso, entre otras cosas, por mantener el secreto de confesión. Según la tradición, murió por negarse a revelar lo que una persona le había contado durante una confesión.
Beatriz permaneció inmóvil.
Sus ojos volvieron lentamente hacia la pequeña imagen que todavía tenía delante.
Ahora entendía perfectamente por qué Rodolfo se la había dejado.
No era una casualidad.
El mensaje estaba allí.
Claro.
Silencioso.
Y, de alguna manera, dirigido exclusivamente a ella.
—¿De dónde sacaste esto? —preguntó Aldana.
—Estaba en mi mesita de luz.
Aldana frunció el ceño.
—¿Y cómo llegó ahí?
Beatriz bajó la mirada.
—Creo que me la dejó el padre Rodolfo.
Aldana la observó durante unos segundos.
—¿Qué le confesaste al cura?
Beatriz levantó lentamente los ojos.
No respondió.
El silencio fue suficiente.
Aldana comprendió que había ido demasiado lejos.
—Perdón.
Beatriz guardó la estampita en el bolsillo.
—No pasa nada.
Pero su voz había cambiado.
Ya no tenía la misma naturalidad de unos segundos antes.
Aldana decidió no insistir.
No quería obligarla a hablar.
No todavía.
Más tarde, un automóvil se detuvo frente al convento.
Inés había llegado.
Esta vez no estaba sola.
Su madre estaba sentada en una silla de ruedas mientras Inés bajaba algunas pertenencias del vehículo.
Beatriz salió al patio justo cuando ambas comenzaban a entrar.
Inés la vio.
—¡Beatriz!
Ella sonrió.
—Hola, Inés.
—Qué bueno volver a verte.
—Sí.
Beatriz miró hacia otro lado.
—Tengo que llevar unas cosas adentro.
—Claro.
Estaba a punto de alejarse cuando escuchó la voz de la madre superiora.
—Beatriz.
Se detuvo.
—Sí, madre.
—Quiero pedirte algo.
—Claro.
La madre superiora señaló a la anciana.
—Quiero que seas vos quien ayude a instalar a la madre de Inés.
Beatriz miró a la mujer.
—¿Yo?
—Sí.
Inés sonrió.
—Le pedí que fueras vos.
Beatriz no entendió.
—¿Por qué?
—Me caíste bien desde el primer momento.
Aquella frase produjo algo extraño en Beatriz.
Sintió que podía jugar a su favor.
O en su contra.
Cuanto más cerca estuviera Inés, más posibilidades existían de que descubriera algo.
Cada conversación podía convertirse en una pregunta.
Cada pregunta podía conducir a otra.
Y tarde o temprano alguien podía comenzar a unir las piezas.
Pero también sabía que negarse podía resultar todavía más sospechoso.
No podía llamar la atención.
No podía permitírselo.
Sonrió.
—Por supuesto.
—Gracias —dijo Inés.
Beatriz se acercó a la silla de ruedas.
—Vamos.
Comenzó a empujarla hacia el interior.
Mientras avanzaba por el pasillo, Beatriz intentó concentrarse en la tarea.
En la silla.
En la anciana.
En las paredes.
En cualquier cosa que no fuera Inés.
Inés se quedó unos segundos junto a la madre superiora.
—Es muy reservada, ¿no?
La madre superiora sonrió.
—Sí.
—¿Siempre fue así?
—No la conozco desde hace tanto tiempo.
Inés miró hacia el interior del edificio.
—Parece una buena mujer.
—Lo es.
La madre superiora hizo una pausa.
—Aunque habrá tenido un pasado difícil.
—¿Usted cree?
—Todos tenemos una historia.
Inés dudó unos segundos.
Había algo en aquella respuesta que parecía dejar una puerta abierta.
—¿Cuál es su apellido?
La madre superiora la miró.
—¿El de Beatriz?
—Sí.
La mujer permaneció en silencio.
—Prefiero que se lo preguntes a ella.
Inés asintió.
—Claro.
—Es algo que le corresponde decidir a ella.
—Entiendo.
Mientras tanto, al otro lado del pasillo, Beatriz acomodaba las pertenencias de la anciana.
Colocaba cada cosa en su sitio.
La ropa.
Los objetos personales.
Todo aquello que ahora formaría parte de la nueva vida de aquella mujer.
Y por primera vez se preguntó cuánto tiempo podría seguir escondiendo su verdadera identidad en aquel lugar.
La instalación de la madre de Inés terminó sin inconvenientes.
Beatriz ayudó a acomodar sus pertenencias, ordenó la ropa en el pequeño armario y explicó a Inés algunos detalles de la rutina diaria.
—Si necesita algo durante la noche, puede tocar el timbre que está junto a la cama —le explicó.
—Perfecto.
Inés miró a su madre.
—¿Estás cómoda?
La anciana asintió.
—Sí.
Inés sonrió.
—Entonces me quedo tranquila.
Antes de marcharse, volvió a acercarse a Beatriz.
—Gracias por todo.
—No hay de qué.
—Nos vamos a volver a ver.
Beatriz sonrió.
—Sí.
Inés se marchó satisfecha.
Beatriz la observó alejarse desde una de las ventanas.
Esperó hasta que dejó de verla.
Recién entonces se apartó del vidrio.
Después regresó a sus tareas.
Con el paso de los días, la rutina del convento comenzó a resultarle familiar.
Ya no necesitaba preguntar dónde estaba cada cosa.
Sabía qué medicamentos había que preparar.
Conocía los horarios de la enfermería.
Sabía quién necesitaba ayuda para levantarse.
Quién prefería comer temprano.
Quién se quedaba dormido después del almuerzo.
Incluso en la cocina había aprendido rápidamente dónde estaba cada utensilio.
Las hermanas comenzaron a confiar en ella.
Y Aldana se había convertido en su compañía más cercana.
Pasaban buena parte del día juntas.
Trabajaban.
Conversaban.
Fumaban debajo del árbol cuando tenían un momento libre.
A veces simplemente permanecían en silencio.
No necesitaban hablar todo el tiempo.
La compañía de la otra comenzaba a ser suficiente.
Beatriz había aprendido a querer aquella tranquilidad.
Una tranquilidad que, hasta hacía poco tiempo, le parecía imposible.
La madre superiora también lo había notado.
Una tarde la llamó a su despacho.
—Beatriz.
—Sí, madre.
—Estoy muy contenta con usted.
Ella sonrió.
—Gracias.
—Ha trabajado mucho desde que llegó.
Beatriz bajó modestamente la mirada.
—Solo hago lo que puedo.
—Y lo hace muy bien.
La madre superiora hizo una pausa.
—Por eso quería decirle algo.
Beatriz levantó los ojos.
—Pronto me gustaría que pudiera comenzar a llamarse Sor Beatriz.
Beatriz quedó en silencio.
La frase pareció tardar unos segundos en llegarle completamente.
—¿Sor Beatriz?
—Sí.
—No sabía que...
La madre superiora sonrió.
—Hay ciertas etapas dentro de la comunidad. No ocurre de un día para el otro.
Beatriz asintió.
—Entiendo.
—Todavía tiene mucho por aprender.
—Claro.
—Pero ha demostrado compromiso, respeto y dedicación.
Beatriz agradeció.
Al salir del despacho, caminó lentamente por el pasillo.
Algunas de las hermanas la miraron y sonrieron.
Una de ellas incluso la felicitó.
—Muy bien, Beatriz.
Ella no comprendía completamente la importancia que aquello tenía para las demás.
Pero para las hermanas que habían recorrido ese camino antes, que la madre superiora hubiera mencionado la posibilidad de llamarla Sor Beatriz significaba mucho.
Era su primer logro desde que había llegado.
Y mientras caminaba hacia la cocina, Beatriz sintió algo que no esperaba sentir.
Orgullo.
Durante mucho tiempo había querido desaparecer.
Ahora, por primera vez, alguien parecía estar orgulloso de ella.
Y eso la hacía sentirse extrañamente bien.
Los días continuaron pasando.
La vida en el convento tenía una rutina que parecía no detenerse nunca.
Cada jornada comenzaba casi igual.
Las mismas tareas.
Los mismos pasillos.
Los mismos rostros.
Las mismas voces.
Pero una mañana, algo cambió.
Una de las ancianas había fallecido durante la madrugada.
La noticia recorrió el lugar en silencio.
Las hermanas se movieron con discreción.
No hubo gritos ni corridas.
Solo voces bajas y puertas que se cerraban lentamente.
Beatriz se quedó unos segundos inmóvil cuando se enteró.
Había conocido a aquella mujer.
Le había llevado medicamentos.
Había empujado su silla de ruedas.
Había conversado con ella, aunque algunas veces la anciana apenas respondía.
Ahora ya no estaba.
La idea le produjo una sensación extraña.
Hasta ese momento, la muerte había sido algo lejano.
Algo que sabía que existía.
Pero allí, dentro del convento, acababa de entrar silenciosamente en la rutina.
Poco después llegó el médico.
Entró a la habitación acompañado por una de las hermanas y permaneció allí unos minutos.
Finalmente salió y confirmó lo que todos ya sabían: la anciana había fallecido.
La madre superiora recibió la noticia con serenidad.
Se encargó de avisar a la familia y comenzó los preparativos para acompañarlos durante las horas siguientes.
Beatriz observaba en silencio.
Hasta entonces había pensado que el convento era solamente un lugar donde los ancianos recibían cuidados.
Ahora comprendía que también era el lugar donde muchas de aquellas personas pasaban sus últimos días.
La madre superiora reunió a las hermanas.
—Tenemos que acompañar a la familia —les dijo—. Es un momento difícil para ellos.
Las hermanas prepararon la habitación.
La anciana fue acomodada con cuidado y respeto.
Cuando llegaron sus familiares, la madre superiora los recibió personalmente.
Una de las hijas abrazó a la religiosa y comenzó a llorar.
—Gracias por cuidarla.
—Fue un honor hacerlo —respondió la madre superiora.
Las demás hermanas permanecieron cerca.
Nadie interrumpía.
Nadie hacía preguntas innecesarias.
Simplemente estaban allí.
Beatriz observaba todo.
Nunca había visto aquella parte del convento.
La muerte también formaba parte de la vida de aquellas mujeres.
Más tarde, el padre Rodolfo llegó.
Beatriz lo vio desde el otro extremo del pasillo.
Su cuerpo reaccionó antes que su cabeza.
Se dio vuelta.
Intentó mezclarse entre las demás hermanas.
No quería cruzarse con él.
Desde aquella confesión no había vuelto a entrar a la capilla.
Tampoco había vuelto al confesionario.
Rodolfo la vio.
No la llamó.
La dejó marcharse.
El sacerdote entró en la habitación donde estaba la anciana.
Los familiares se acercaron.
Las hermanas permanecieron alrededor.
Rodolfo comenzó el responso.
Su voz era tranquila.
Rezaba por el descanso de la mujer y acompañaba a sus familiares en aquel momento.
Beatriz escuchaba desde el pasillo.
No quería acercarse.
Pero tampoco podía dejar de escuchar aquella voz.
La misma voz que había escuchado detrás del confesionario.
La misma voz a la que le había dicho la verdad.
Maté a mi marido.
Beatriz cerró los ojos.
Intentó concentrarse en otra cosa.
Pero aquellas palabras regresaron a su cabeza.
Una vez.
Y otra.
Y otra vez.
Al terminar la ceremonia, los familiares agradecieron nuevamente a las hermanas.
La hija de la anciana abrazó a Beatriz.
—Gracias por cuidarla.
Beatriz sintió un nudo en la garganta.
—No tiene que agradecerme.
—Ella siempre hablaba de ustedes.
Beatriz sonrió.
—La vamos a extrañar.
La mujer volvió con su familia.
Beatriz permaneció unos segundos en el pasillo.
Entonces escuchó pasos detrás de ella.
No necesitó darse vuelta.
Sabía quién era.
Rodolfo se detuvo a unos metros.
No dijo nada.
Beatriz tampoco.
El silencio entre ambos parecía contener todo aquello que ninguno estaba dispuesto a pronunciar.
El sacerdote finalmente siguió caminando.
Ella esperó unos segundos antes de hacer lo mismo.
Desde aquella confesión, algo había cambiado entre ambos.
No había enojo.
No había rechazo.
Solo una verdad que ahora compartían.
Y un silencio que ninguno de los dos parecía dispuesto a romper todavía.
Después del responso, los familiares se encargaron de los últimos trámites.
La madre superiora permaneció junto a ellos durante un rato, respondiendo las preguntas que le hacían y acompañándolos en silencio.
Las hermanas habían hecho todo lo que estaba a su alcance.
Ahora la despedida pertenecía a la familia.
El féretro fue retirado del convento.
Beatriz permaneció junto a Aldana mientras lo llevaban hacia el vehículo que esperaba afuera.
Ninguna de las dos habló.
No hacía falta.
La hija de la anciana se acercó antes de subir al automóvil.
—Gracias por todo lo que hicieron por mi madre.
La madre superiora tomó sus manos.
—No tiene que agradecer.
La mujer abrazó a la religiosa.
Después se acercó a Beatriz.
—Usted también la cuidó.
Beatriz asintió.
—Era una mujer muy querida.
—Sí.
La mujer volvió junto a su familia.
El cortejo comenzó a alejarse.
Las hermanas permanecieron en la entrada del convento hasta que los vehículos desaparecieron de su vista.
Más tarde, algunas de ellas acompañaron a la familia hasta el cementerio.
Beatriz también fue.
El día estaba gris.
El viento movía suavemente las ramas de los árboles mientras el pequeño grupo avanzaba hacia el lugar donde sería sepultada la anciana.
El padre Rodolfo estaba allí.
Beatriz lo vio.
Esta vez no pudo evitarlo.
Pero tampoco quiso acercarse.
Permaneció junto a Aldana.
La familia se ocupó de la despedida.
Las hermanas permanecieron respetuosamente a un lado.
Rodolfo rezó unas últimas palabras.
Beatriz bajó la mirada.
Cuando todo terminó, los familiares fueron los primeros en acercarse al féretro.
Las hermanas se retiraron lentamente.
Ya no había nada más que hacer.
La vida continuaría en el convento.
Otro anciano ocuparía aquella habitación.
Otra comida sería servida.
Otra silla de ruedas recorrería los mismos pasillos.
Y quizás esa era la parte más extraña de todo.
La muerte se había llevado a una de ellas.
Pero el convento debía seguir funcionando.
La vida no se detenía.
Nunca se detenía.
Mientras regresaban, Aldana caminó junto a Beatriz.
Durante unos minutos ninguna habló.
Finalmente, Aldana rompió el silencio.
—¿Estás bien?
Beatriz miró hacia atrás.
El cementerio comenzaba a quedar lejos.
Observó durante unos segundos las últimas filas de árboles.
Después volvió la mirada hacia el camino.
—Sí.
Y esta vez no estaba mintiendo.
Al menos no completamente.
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