Había pasado casi un año y medio.
El tiempo había hecho su trabajo.
Había cambiado algunas cosas.
Había cerrado heridas que parecían imposibles de cerrar y, al mismo tiempo, había dejado otras abiertas, esperando una respuesta que tardaría mucho más en llegar.
La historia de Mariana Soledad Bentancur había vuelto a ser investigada en Uruguay.
Nuevas pericias.
Viejos documentos.
Aquella denuncia que nadie había tomado demasiado en serio.
Los antecedentes de violencia.
Y, sobre todo, la reconstrucción de aquella noche.
Cada detalle había comenzado a adquirir un nuevo significado.
Lo que durante tanto tiempo había parecido confuso empezó a encajar de otra manera.
La versión de Beatriz había comenzado a coincidir con pruebas que durante años habían permanecido olvidadas.
Testimonios.
Documentos.
Indicios que habían sido ignorados.
Todo aquello terminó modificando el rumbo de la investigación.
Finalmente, la Justicia determinó que no había elementos suficientes para sostener la acusación contra ella y que su accionar había sido considerado dentro del marco de la legítima defensa.
Mariana Soledad Bentancur quedó libre.
Pero la libertad no significaba que pudiera olvidar.
Tampoco significaba que pudiera regresar a la vida que había dejado atrás como si nada hubiera ocurrido.
Durante meses había pensado en una sola cosa.
El convento.
Las ancianas.
La enfermería.
Aldana.
La madre superiora.
Rodolfo.
Y aquella vida que había construido bajo un nombre falso.
Una vida que, con el paso del tiempo, había dejado de sentirse completamente falsa.
Porque allí había encontrado algo que nunca había tenido.
Un lugar.
Personas que la habían recibido sin conocer toda su historia.
Personas que la habían acompañado sin exigirle respuestas.
Y, sobre todo, un nombre que había terminado adquiriendo un significado que jamás imaginó.
Beatriz.
Una tarde, un automóvil se detuvo frente a la entrada.
Beatriz bajó.
Llevaba una pequeña valija.
La sostuvo durante unos segundos, sin moverse.
Miró el edificio.
Era el mismo.
La misma entrada.
Las mismas paredes.
El mismo lugar que había dejado atrás hacía tanto tiempo.
Pero ella ya no era la misma mujer que había cruzado aquella puerta por primera vez.
Respiró profundamente.
Una vez.
Después otra.
Y caminó hasta la puerta.
Cada paso parecía pesarle más que el anterior.
Cuando llegó, levantó la mano.
Dudó.
Por un instante pareció arrepentirse.
Pero finalmente golpeó.
Una hermana abrió.
La miró durante unos segundos.
Beatriz permaneció inmóvil.
La hermana entrecerró los ojos, como si necesitara confirmar lo que estaba viendo.
—¿Sí?
Beatriz tragó saliva.
—Quisiera hablar con la madre superiora.
La hermana volvió a mirarla.
Esta vez con mayor atención.
Entonces la reconoció.
Sus ojos se abrieron.
—¿Beatriz?
Ella sonrió.
Una sonrisa pequeña.
Casi temerosa.
—Sí.
La hermana se quedó inmóvil.
Después la abrazó.
—¡Volviste!
Beatriz cerró los ojos.
Sintió cómo aquel abrazo atravesaba algo que llevaba demasiado tiempo endurecido dentro de ella.
Hacía mucho que nadie la abrazaba de esa manera.
Sin preguntas.
Sin miedo.
Sin reproches.
Simplemente porque había vuelto.
Cuando la hermana se separó, Beatriz tenía los ojos llenos de lágrimas.
No quiso limpiárselas.
La madre superiora apareció unos minutos después.
Se detuvo al verla.
No dijo nada.
Beatriz tampoco.
Durante unos segundos las dos permanecieron mirándose.
Había demasiado entre ellas para resumirlo en una sola palabra.
Demasiados silencios.
Demasiadas preguntas.
Demasiadas cosas que nunca habían llegado a decirse.
—Hola, madre.
La mujer respiró profundamente.
—Hola.
Beatriz bajó la mirada.
—No sabía si iba a querer recibirme.
La madre superiora la observó.
—Yo tampoco sabía si iba a poder hacerlo.
La sinceridad de aquella respuesta dolió.
Beatriz asintió lentamente.
—Lo entiendo.
No intentó defenderse.
No intentó explicar nada.
Había aprendido que algunas cosas necesitaban tiempo.
—¿Qué querés?
Beatriz miró alrededor.
Sus ojos recorrieron el lugar.
El mismo pasillo.
Las mismas paredes.
El mismo silencio que tantas veces había escuchado durante las noches.
Después volvió a mirarla.
—Quiero volver.
La madre superiora permaneció en silencio.
Beatriz sintió que el corazón comenzaba a latirle con fuerza.
Había imaginado aquel momento muchas veces.
Pero ahora que estaba allí, no sabía qué podía ocurrir.
—Ya no soy Beatriz López.
—Lo sé.
—Ahora soy Mariana.
La mujer negó lentamente con la cabeza.
Beatriz levantó la mirada.
—¿No?
La madre superiora se acercó.
—Acá no.
Beatriz no comprendió inmediatamente.
La mujer continuó:
—No sé qué nombre figura en tus documentos. No sé qué nombre te dieron tus padres. Tampoco sé qué nombre utilizaste durante todos estos años.
Hizo una pausa.
—Pero yo sé quién entró por esa puerta hace tiempo.
Los ojos de Beatriz comenzaron a llenarse de lágrimas.
La madre superiora la miró con serenidad.
—Sor Beatriz.
La mujer sonrió.
—Ese nombre no te lo vamos a quitar.
Beatriz lloró.
No pudo evitarlo.
Todo lo que había contenido durante meses pareció desprenderse de golpe.
—¿Puedo quedarme?
La madre superiora tardó unos segundos en responder.
Beatriz esperó.
Esos segundos parecieron interminables.
—No depende solamente de mí.
Beatriz bajó la cabeza.
Entonces escuchó voces detrás.
Varias hermanas habían aparecido.
Una de ellas sonrió.
Otra se acercó.
—Que se quede.
—Sí.
—Volvió a casa.
Beatriz levantó lentamente la mirada.
La madre superiora miró a todas.
Después volvió a mirar a Beatriz.
—Parece que ya tomaron la decisión por mí.
Beatriz sonrió entre lágrimas.
—Gracias.
Un rato después, Aldana apareció.
Ya no era solamente Aldana.
Llevaba una pequeña cruz sobre el pecho.
Beatriz la observó durante unos segundos.
Sonrió.
—Sor Aldana.
Aldana sonrió también.
—Y vos seguís siendo Sor Beatriz.
Se abrazaron.
No necesitaron decir nada durante varios segundos.
El abrazo decía todo lo que ninguna de las dos podía expresar con palabras.
Beatriz cerró los ojos.
Por un instante volvió a sentirse protegida.
Volvió a sentirse en casa.
Después Aldana se separó.
La miró con una expresión que Beatriz conocía perfectamente.
—¿Querés fumar?
Beatriz soltó una pequeña risa.
—Pensé que nunca me lo ibas a preguntar.
Caminaron hasta el árbol.
El mismo de siempre.
El lugar donde habían compartido tantas conversaciones.
El lugar donde Beatriz había comenzado, lentamente, a contar algunas partes de una vida que durante años había intentado borrar.
Aldana encendió dos cigarrillos.
Le entregó uno.
Beatriz lo sostuvo entre los dedos durante unos segundos antes de encenderlo.
Después aspiró lentamente.
Miró el convento.
Había regresado.
Pero esta vez no estaba escapando.
—¿Sabés que nunca dejé de pensar en este lugar?
Aldana la miró.
—Nosotros tampoco dejamos de pensar en vos.
Beatriz permaneció en silencio.
Observó el humo elevarse lentamente.
—Ahora podés contármelo todo —dijo Aldana.
Beatriz la miró.
—¿Todo?
—Todo.
Beatriz observó el humo que escapaba de sus labios.
Durante unos segundos no dijo nada.
Quizás porque todavía le costaba creer que podía hablar sin tener que esconderse.
Quizás porque durante demasiado tiempo había pensado que contar su historia significaba condenarse.
Finalmente comenzó a hablar.
Le contó de su infancia.
De la separación de sus padres.
De los años que siguieron.
De su marido.
De los golpes.
De los abusos.
De las veces que intentó pedir ayuda.
De las denuncias que no llegaron a ninguna parte.
De la noche en que decidió escapar.
De sus hijos.
De los gritos.
Del cuchillo.
De la mano que interpuso entre la hoja y su cuello.
De la caída del arma.
Y de lo que hizo después.
Cada palabra parecía quitarle un peso de encima y, al mismo tiempo, obligarla a mirar nuevamente aquello que había intentado olvidar.
Aldana escuchó sin interrumpirla.
No hizo preguntas.
No necesitó hacerlas.
Simplemente permaneció a su lado.
Cuando Beatriz terminó, el cigarrillo casi se había consumido por completo.
Durante unos segundos ninguna de las dos habló.
Beatriz bajó la mirada.
Esperó.
Quizás esperaba una respuesta.
Quizás temía recibirla.
Aldana negó con la cabeza.
—Ahora entendés por qué tuve que esconderme.
Aldana negó nuevamente.
—No.
Beatriz la miró.
—No tuviste que esconderte.
Aldana apagó su cigarrillo.
Después sostuvo la mirada de Beatriz.
—Tuviste que sobrevivir.
Beatriz bajó la mirada.
Aquella palabra quedó suspendida entre las dos.
Sobrevivir.
Durante años había pensado que solamente había huido.
Que había mentido.
Que había escapado.
Que había cometido un crimen.
Que había construido una vida sobre otra identidad.
Pero ahora aquella palabra parecía decir algo diferente.
Sobrevivir.
Beatriz respiró profundamente.
Por primera vez en muchos años, aquella palabra no le produjo miedo.
La repitió dentro de su cabeza.
Sobrevivir.
Miró hacia el convento.
Las paredes seguían allí.
El lugar seguía allí.
Y también las personas que la habían ayudado a llegar hasta ese momento.
Beatriz sonrió.
No era la sonrisa de alguien que hubiera olvidado su pasado.
Era la sonrisa de alguien que, finalmente, podía mirarlo sin tener que escapar de él.
Sor Beatriz había vuelto.
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